4 de julio de 2012

Después de la batalla...


 


El cielo se desangra sobre el Río de Sevilla
El combate, eterno combate, a punto está de finalizar. Se acerca el ocaso y en el horizonte carmesí se dan la mano lo finito con lo infinito, la vida con la muerte, el día con la noche
Y siempre el mismo testigo: el Río Grande, el Río de Sevilla, por los siglos de los siglos. 
Ese Río que fue escenario de tantas gestas y hazañas, de tanto dolor y llanto
Ese Río en que se reflejaban las llamas de los barcos de Julio César arrasados por el fuego turdetano cuando las páginas de la Historia de la ciudad aún estaban en blanco. 
Ese Río desde el que, en nombre del dios Odín, redujeron a cenizas los violentos hijos del Norte una indefensa ciudad abandonada a su suerte por los recelosos gobernantes omeyas
Ese Río que fue pañuelo de lágrimas cuando un oscuro navío llevaba hacia un exilio del que nunca regresó al Rey Poeta sin otra compañía que su Itimad amada. 
Ese Río de cadenas rotas y escaramuzas con acento cántabro al mando de Ramón Bonifaz que colocaron definitivamente la cruz cristiana sobre el alminar de la gran Mezquita
Ese Río que despedía a buscadores de fortuna y aventureros, a idealistas y desahuciados, sangre y sueños para que latiese un Mundo Nuevo y cambiara el que ya existía. 
Ese Río de corsarios de agua dulce que en la isla de los Humeros esquivaban como buenamente podían la sombra alargada de las mazmorras del castillo de San Jorge



Pero hoy todo ha cambiado: ya no es tiempo de guerras ni de aventuras, ni siquiera es tiempo para soñar
El fragor del combate y el ruido de las armas fueron arrastrados por la brisa de pleamar hacia alguna orilla desierta del olvido

Sólo una batalla se sigue repitiendo día tras día, al caer la tarde: esa batalla en la que el Sol claudica en el horizonte del Aljarafe dejando su cetro en el firmamento a la Luna

Una batalla sin inicio, sin final, sin tregua
Una batalla silenciosa, muda, sólo quebrada por el canto postrero de los jilgueros, heraldos de la victoria del crepúsculo
Una batalla que tiene lugar desde que echaron a andar los tiempos y seguirá hasta su final. 
Una batalla con un único eterno testigo: el Río Grande, el Río de Sevilla.

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