Mi infancia son recuerdos del Señor de Sevilla
y la voz de una saeta entre los naranjos del Museo;
mi juventud, veinte años delante del palio de Las Angustias;
mi madurez folios en blanco que, con la venia de la lluvia, escribir quiero.
Este podría ser mi Autorretrato cofrade. Veinte años de terciopelo morado, veinte madrugás, veinte cirios, veinte entradas en Campana…y veinte años sin ver al Señor de Sevilla en la calle. Casi nada.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Esta mañana he vuelto a pisar esa senda. Después de dos largas décadas, el Gran Poder y yo cara a cara bajo el cielo de Sevilla. Tan cercano y tan distante.
Delante mía estaba el Señor de Sevilla, pero también estaba mi infancia, también estaban los paseos por el barrio de mi abuelo, por su calle Teodosio; también estaba esa coca-cola del Sardinero, el bocata de queso de don Pedro Niño; por no faltar, estaban incluso los dibujos del murito de la calle Torneo.
Las hojas del almanaque se han plegado, han retrocedido 20 años, toda una vida, toda mi vida.
Pero todo lo perdemos,
y todo nos perderá.
No se cuando volverá a repetirse este momento. Veinte años, cuarenta, cincuenta… cuanto mas tarde mejor, buena señal. Entonces tenía una vida; hoy tengo otra. No tengo ni idea de cómo será la próxima vez.
Mis abuelos ya no están; hoy he ido con mi novia y con mi padre; quizás cuando volvamos a estar frente a frente me acompañen mis hijos, o mis nietos, o nadie.
A preguntas sin respuesta,
¿quién me podrá responder?
Aclaro las continuas referencias machadianas de la entrada: mi abuelo no me contaba cuentos, mi abuelo me recitaba poemas de Machado y de Federico. Así que esta noche volveré a soñar con caballos de cartón. Veinte años después...




