LAS COSAS DE SEVILLA....

2 de julio de 2009

La "desnaturalización" de San Juan de la Palma

Hace mas de 30 años el maestro Fernando Chueca Goitia explicaba en su libro “La destrucción del legado urbanístico español” cuales eran las dos formas que había, a su juicio, de destruir una ciudad. Éstas eran demolición simple y desnaturalización.

Sobra decir que Sevilla fue una de las principales referencias utilizadas por el arquitecto a la hora de elaborar este trabajo, no en vano tenemos un amplio repertorio de edificios, plazas y lugares desaparecidos a lo largo de nuestra historia ya sea de una u otra modalidad, e incluso por ambas a la vez.

Cualquiera que haya seguido medianamente este blog apenas necesitará ejemplos del primero de estos “métodos” destructivos, de hecho mas de la mitad de las entradas tienen a la piqueta como protagonista principal junto a un elenco de secundarios de lujo como el mariscal Soult y compañía.

Igualmente dañino (aunque muchas veces encubierto y hasta planificado) es el segundo de los métodos a los que se refiere Chueca: la desnaturalización, proceso que se lleva a cabo cuando a base de retoques y modificaciones el edificio, la plaza, el entorno e incluso la ciudad misma pierden su personalidad sin necesidad de derribar una sola pared.

Desde hace varios años se está considerando en Sevilla la idea de homogeneizar el mobiliario urbano: diseñar y colocar elementos comunes en calles y plazas que den una imagen global y unitaria, como una especie de marca de la casa fácilmente identificable y diferenciable respecto a otras ciudades.

Hay que partir de la base de que el mobiliario urbano es fundamental en cualquier población moderna que se precie, de hecho cuantos mas equipamientos sean ofrecidos a vecinos y turistas mas calidad de vida tendrán los primeros y mejor imagen se llevarán los segundos. Pero claro, ¿es necesario que este mobiliario sea homogéneo, y mas en una ciudad como Sevilla, con tantos matices y peculiaridades a la vuelta de cada esquina?

Desde mi punto de vista no es lo mismo colocar una papelera de determinado diseño y características en Doña Elvira que hacerlo en el Museo, en San Lorenzo o en la Plaza de los Refinadores.

Y es que la gran mayoría de espacios de esta ciudad tienen unas connotaciones históricas y monumentales tan definidas que introducir elementos comunes entre ellos más que enriquecer los llevarían a la vulgaridad.

Muy al contrario, soy de la opinión de que, aunque tan solo sea para plantar un árbol, se debe intentar siempre dar un tratamiento personalizado y específico a cada lugar para que no se pierda su esencia y personalidad.

Igualmente es esto aplicable a espacios de nuevo cuño, remodelaciones y adecuaciones de lugares otrora degradados, siempre y cuando esta actuación se haya realizado bajo una planificación o proyecto previo, claro está. Es el caso de la recientemente remozada Alameda de Hércules.

No es el objetivo de esta entrada valorar el resultado final de esta plaza, que puede gustar más o menos, incluso nada (para gustos colores); pretendo centrarme sobre algo que chirría puesto que está completamente fuera de contexto, sea uno partidario o detractor del proyecto: la zona de juegos para niños que se ha situado frente al Bar Central.

Ya en su momento el autor de la actuación, el arquitecto Elías Torres, se opuso a la creación de esta zona de juegos porque “no quería que pareciera un gueto”. Afortunadamente no todas las decisiones de este señor fueron respetadas y (entre otras cosas) hoy podemos disfrutar de las columnas en el mismo emplazamiento en que las vieron nuestros abuelos. Y los niños pueden seguir jugando.

Todo ello me parece perfecto, lo que no entiendo es como después de invertir una millonada en esta adecuación, de cambiar completamente la fisonomía del entorno, de llevar la idea de proyecto hasta el límite de permitir las polémicas farolas de marras, de llevarle la contraria al arquitecto en algunas decisiones que se consideraban inapropiadas para la zona… se coloca el mismo parquecito de toboganes y columpios que hay en la barriada de Pino Flores, por poner un ejemplo y con todos los respetos hacia esta barriada, que allí estaba mi colegio.

Creo que habría sido coherente realizar una actuación mas cuidadosa, buscar un diseño acorde con la nueva plaza, con sus bancos y pérgolas, con su solería color albero... y no poner cacharritos de colores. No tiene sentido tratar de aportar una nueva personalidad a la Alameda y a la vez restarle parte de la misma con elementos estandarizados.

Afortunadamente no siempre son así las cosas. Por poner el ejemplo contrario, en la rehabilitación de la Glorieta Azul del Parque de María Luisa que a principios de esta década llevó a cabo J. Miguel Salado González, se añadió al mobiliario de bancos, jardines y juegos de niños ya existentes una fuente que por sus materiales (cerámica) y colores bien podría decirse que llevaba allí desde siempre.

A pesar de haber sido colocada hace menos de diez años, la fuente es un elemento más de la Glorieta, está diseñada pensando en la misma y le suma nuevos valores. Esa fuente no tendría sentido en la Glorieta de Bécquer o en la del Reloj o en la Plaza del Salvador; allí sería un simple pastiche fuera de lugar.

En definitiva, que en la Glorieta Azul no se puso una fuente, se puso su fuente. El resultado definitivo puede gustar mas o menos, pero al menos se tuvo el detalle de no colocar un elemento seriado como se ha hecho recientemente en la puerta de la iglesia de San Pedro.

Sin embargo a mi entender el caso mas flagrante que tenemos en la actualidad de la desnaturalización que ya advertía Chueca se encuentra, sin duda alguna, en la plaza de San Juan de la Palma.

Este histórico enclave parece en estos momentos un muestrario de mobiliario urbano que se hubiera ido amontonando poco a poco mientras ha tenido sitio.

Y es que a la típica palma que le da nombre desde tiempo inmemorial y que ha visto como se parterre se reabajaba a ras de suelo, se le han ido añadiendo los accesos a las cocheras de los bloques de vivienda (bolardos y pivotes incorporados), los veladores de los bares, los contenedores de basura, los clásicos bancos de fundición, la estación de Sevici e incluso otro parquecito de juego y recreo para niños. Todos ellos, por supuesto, estandarizados y comunes a otros muchos lugares de Sevilla.

En fin, que esta plaza es a día de hoy una exposición callejera de mobiliario urbano que no digo no sea necesario, pero que quizás debería haberse repartido un poco por los aledaños y, por supuesto, tratado de otra forma.

Porque si a día de hoy la única diferencia que tiene San Juan de la Palma respecto a cualquier otra plaza de cualquier otro barrio se basa en que de fondo tiene una iglesia mudéjar en vez de un bloque de pisos, mal andamos…

Son detalles que creo deberían cuidarse más ya que, al fin y al cabo, redundan en la imagen que ofrece la ciudad. A ver como se explica que en la plaza de San Juan de la Palma tengamos hoy de todo…. menos plaza…

25 de junio de 2009

¿Es necesaria la Torre Pelli?

Esta semana se reúne en Sevilla el Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO para decidir los nuevos sitios a incluir en el listado de bienes reconocidos por el organismo.

Buena noticia porque la organización de este tipo de eventos siempre es motivo de satisfacción, pero se da la paradoja de que la ciudad puede pasar a engrosar la lista de Patrimonio Mundial en Peligro. Cierto es que “en casa de herrero…”.

El motivo es la construcción de un rascacielos de 178 metros de altura, la Torre Pelli (en honor al arquitecto que la diseñó), en los terrenos de la Cartuja, mas concretamente en Puerta Triana, en la zona donde antes se situaba el Pabellón de los Descubrimientos.

En una ciudad dualista por excelencia donde las cosas no tienen mas remedio que ser blancas o negras, sin que haya opción alguna a la existencia de otros colores o matices intermedios, era de esperar que tan controvertido proyecto encontrara reacciones opuestas y dispares, generando un intenso debate que, desgraciadamente, ha quedado relegado al plano de la ciudadanía, ya que políticamente las cosas han estado claras desde el principio.

Periódicos, telediarios, programas radiofónicos, foros, blogs, encuestas, conversaciones: Torre Pelli, ¿sí o no?

El proyecto del rascacielos me genera una serie de dudas e interrogantes. En primer lugar y fundamental, ¿es necesario un rascacielos en Sevilla? O lo que es lo mismo, ¿necesita Sevilla un rascacielos?

En caso de ser la respuesta afirmativa, ¿para qué? ¿por qué un rascacielos y no otro tipo de edificación? ¿qué ganamos con su construcción?

Es evidente que Sevilla tiene un déficit de arquitectura moderna, de edificaciones contemporáneas de calidad que, como en tantos otros lugares (Bilbao o Valencia son clarísimos ejemplos), potencien la imagen de la ciudad y atraigan un abanico de visitantes que demanden algo mas que la oferta turística tradicional, típica y tópica que llevamos ofreciendo prácticamente desde el año 29.

Ahora bien: ¿es un rascacielos el tipo de arquitectura que necesita Sevilla?

Mi opinión es clara y rotunda: no.

Bien es cierto que mucha gente ve en este tipo de megaconstrucciones el paradigma de la modernidad, un símbolo del progreso, de los nuevos tiempos. Prácticamente se identifica la edificación en altura con la arquitectura mas vanguardista y puntera del momento. Desde mi punto de vista eso es un error.

Para empezar, ya a finales del siglo XIX la Escuela de Chicago, con Louis Henri Sullivan como abanderado, realiza los primeros rascacielos, aunque se elevan del suelo en apenas 10 plantas de altura. Hay que esperar hasta 1893 para que se superen los 100 metros con el Manhattan Life Insurance de Nueva York.

Para el siguiente ejemplo ni siquiera nos vamos a mover de Sevilla: en 1925 el alemán MAH Jochens proyecta un conjunto de rascacielos en el mismísimo Prado de San Sebastián que se abría en abanico sobre el Guadalquivir, el llamado MiraBetis, propuesta desechada ipso facto por Ayuntamiento y Academia de las Bellas Artes.

Años mas tarde Aníbal González diseña la Basílica de la Inmaculada Milagrosa, a la que adosa dos torres de 100 metros de altura que tampoco llegan a edificarse.

En definitiva, que la construcción en altura no es algo nuevo, ni mucho menos. Es mas, por la misma época en que se empezaban a elevar los edificios en Chicago y Nueva York aquí manteníamos aún intacto más de la mitad del perímetro amurallado de la ciudad…

Se me ocurren mil formas distintas de modernizar Sevilla sin tener que sobrepasar los 10 metros de altura. De hecho los grandes emblemas e iconos de la arquitectura moderna rara vez tienen más de dos plantas.

Otro aspecto que me preocupa bastante es el funcional. Una inversión tan fuerte y de tanta envergadura debería servir para solucionar buena parte de los problemas de la ciudad, o al menos de esa zona. La Torre Pelli, siempre desde mi punto de vista, mas que resolver los crea.

Porque sigue sin convencerme el argumento de que un coloso recubierto de cristal con 178 metros de alto vaya a ser sostenible, del mismo modo que se repite mi escepticismo referente a que se vayan a generar miles de puestos de trabajo cuando las torres de oficinas del cercano Torneo Parque Empresarial están semi-vacías. Del tema atascos, infraestructuras y tráfico ni hablamos.

Por poner un ejemplo en Metropol Parasol, que para servidor sí es una edificación moderna y de calidad, se resuelven todos los problemas iniciales de la zona (mercado, tratamiento de los restos romanos, conexión de los ejes Imagen-Laraña y Puente y Pellón-Regina, etc..) y además dota de personalidad a un entorno bastante degradado desde hace décadas. Todo ello si finalmente se termina, por supuesto…

Sin embargo la Torre Pelli no solo hace aguas en los problemas que se plantean a la hora de acometer un edificio de tales características, sino que genera un debate que a estas alturas de la película debería ser totalmente innecesario: la imagen de la ciudad.

Desde que en el siglo XVI se realizan las primeras representaciones pictóricas y grabados del que en ese momento era Puerto de Indias se aprecian unos límites claramente marcados.

Por un lado está la vieja muralla, heredada del período islámico, delimitando horizontalmente una urbe que presenta una característica excepcional frente al resto de ciudades de la época: un límite vertical, la Giralda.

Ese límite horizontal desaparece en el siglo XIX en pos del progreso y del crecimiento, para favorecer la expansión hispalense hacia el cinturón de huertas periféricas. Como anécdota destacar que el tramo de muralla que se consigue salvar, precisamente el que cerraba una de las zonas más deprimidas de la ciudad, los barrios de la Macarena y San Julián, es actualmente uno de sus símbolos turísticos y monumentales.

No deja de resultar curioso que una actuación que hoy día nos parece aberrante e innecesaria en esa época fuera considerada poco menos que fundamental para el desarrollo de la ciudad.

El límite vertical se mantiene intacto y la Giralda se consolida como canon de altura, pese a los intentos ya descritos anteriormente de arrebatarle dicho estatus.

El tren de la arquitectura moderna descarrila definitivamente en 1929 frente al regionalismo y el historicismo, más del gusto sevillano. Solo algunos pabellones comerciales como el de Maggi realizan incursiones en otros estilos mas vanguardistas, pero todo queda en una declaración de buenas intenciones, poco mas.

Sin embargo quizás fue precisamente ese el momento de hacer el rascacielos, de hacer algo nuevo, innovador, que asombrara al resto del mundo, que realmente llamara la atención. Pero, ¿ahora?

Ahora lo único que se conseguiría es anular o restar importancia a uno de los elementos que hacen de Sevilla una ciudad diferente y distinta, su imagen misma. Se rompe ese límite vertical, se elimina innecesariamente. Y para colmo a menos de una iniciativa privada (se me viene a la cabeza la terracita del Abades-Triana…)

Si se quiere hacer un nuevo emblema de Sevilla, algo innovador y moderno, que se dejen de medias tintas y se llegue hasta el último extremo, como hicieron los almohades cuando levantaron hace mas de 8 siglos un alminar de casi 100 metros de altura.

Con este tipo de edificación, que en algunos lugares ya está incluso pasada de moda, más que evolucionar me parece que se está dando un paso atrás, ya que anulamos lo que tenemos, antiguo pero original, a costa de introducir algo menos antiguo pero nada original.

Y lo peor es que al final continuaremos igual: el que quiera ver un rascacielos moderno seguirá yendo a Dubai mientras que en Sevilla la Giralda se mantendrá como principal reclamo turístico, aunque con una sombra de 178 metros

19 de junio de 2009

Mis "Ilustres Veteranos"

Ni Maldonado, ni Montes de Oca, ni Mario Picazo antes de hacer el indio en el Caribe; aquí el único hombre del tiempo infalible es el que inventó el refranero. Y es que ha sido llegar el 40 de Mayo y no hemos tenido mas remedio que cambiar a pelo el sayo por el aire acondicionado

Cada día tenemos una alerta diferente: que si roja, naranja, que se queda en amarilla... Lo cierto es que hace calor, mucho calor. O mucha, que ahora están de moda las palabras epicenas, aunque sea a nivel coloquial.

Para colmo uno no tiene otra ocurrencia que salir a callejear sin rumbo ni sentido, por el simple placer de pasear aunque sea bajo la nada despreciable temperatura de 40 grados (para gustos colores, sarna con gusto no pica…. a este paso el del refranero me pide derechos de autor)

Normalmente la de hoy habría sido otra tarde sin pena ni gloria que añadir a la lista de tardes sin pena ni gloria que acumulo en mi historial de tardes sin pena ni gloria, pero un cartel ha llamado mi atención en la calle Laraña.

Un cartel que intenta acaparar el poco viento que merodea por los rincones de la Sevilla estival y la atención de aquellos que pese al bochorno se atreven a desafiar las plusmarcas que señala la columna de mercurio.

Colgado de un balcón, fondo blanco, letras rojas, Domago, pantalones y camisas, anuncia el punto y final de su existencia: “Liquidación por Cierre, todo a mitad de precio

Siendo sincero nunca he sido un cliente habitual de la tienda. Siendo mas sincero aún, puedo llevar cerca de 10 años sin entrar ni comprar nada. Pero también es verdad que siempre que echa el cierre un comercio de los que llevo viendo toda la vida me invade una extraña sensación nostálgica, como si desapareciera un pedazo del universo que gravita a mi alrededor, de mi mundo, aunque como ya he dicho, ese mundo estuviera reducido a un escaparate frente al que apenas he parado mas de un minuto.

La ley de la vida o la ley del mercado. A Domago lo liquida la crisis económica, la crisis de los pequeños comercios cada vez mas arrinconados por las grandes superficies, la crisis inevitable que establece el paso del tiempo y la edad… Crisis y más crisis. La crisis en sus múltiples variantes es el comodín que justifica todos los males de los tiempos que corren, el Lucifer de la modernidad.

En fin, otro que cierra. Y el calor que no se va. Al menos las puertas de la Anunciación están abiertas y un fresquito místico alivia algo el panorama. No paro de darle vueltas a este “no somos nadie comercial” cuando observo en la acera contraria los esbozos de una nueva tienda de deportes: la juguetería de Cuervas, hasta hace muy poco una inmobiliaria, tiene nuevo dueño. Ya tengo la tarde hecha…

Que yo recuerde de las tiendas de juguetes de mi infancia ya solo queda Osorno. Tampoco pongo la mano en el fuego: si llevaba unos 10 años sin entrar en Domago, en una juguetería ya ni me salen las cuentas.

Lejos quedan esos tiempos en que comprándole un Master del Universo a Cuervas pensaba que amortizaba parte del fichaje de Pablito Bengoechea. Inocente de mi, con el calor que pasé años mas tarde…

Ya no hay quien me pare. Eso si, siempre “por la sombrita”. Y nada mejor que las velas de Puente y Pellón para al menos quitarse el sol de encima: baja la temperatura, baja el sudor y la alerta se vuelve naranjita clara. Algo es algo.

También ha tenido esta calle bajas importantes; que yo recuerde la Casa de los Pantalones (o algo así), Vilima… aunque si hay que tirar de historias, recuerdos y sentimentalismos la palma se la lleva sin duda Casa Marciano, Ultramarinos Finos.

Fueron muchas las tardes que pasé agarrado a la mano de mi abuela haciendo cola para comprar chacinas, siempre con la vista fija en la inmensa pata de cochina que presidía el escaparate… Los parroquianos aseguraban que en sus tiempos era gigantesca pero con los años había ido menguando. A mi me daba igual, y aunque escuchaba atentamente ésta y otras historias que se contaban en el local, no podía evitar hacer un cálculo “a grosso modo” del número de bocatas que podía sacarle a esta versión ahora reducida mientras el papel estrasa se llenaba de lonchas de chorizo, morcilla y jamón de los nietos de la cerda, de menor tamaño pero seguramente igual de exquisitos.

Se fueron Marciano, sus ultramarinos finos, sus parroquianos y su pata de cerda. Hoy lo mas grande que queda en la calle Harinas es un caracol gigante y lo mas antiguo el bar “El Comercio” con las ruedas de churros y las pizarras escritas con tiza blanca.

En la Plaza del Pan se acaban las velas, la sombra y el olor a incienso de la calle Córdoba. Las tiendecillas de joyas y recuerdos del lateral de la iglesia hacen del entorno una auténtica reliquia del comercio sevillano, mas por su tipología que por la antigüedad.

Aunque para una mente distraída y gustosa de encontrar esos detallitos estúpidos con los que matar el tiempo durante un buen rato, he de reconocer que mi foco de atención de siempre ha sido el azulejo esquina a Alcaicería donde entre otras cosas se anuncia la venta de chubesquis. No tengo ni la mas remota idea del uso que tienen estos artilugios ni de su fundamento, de hecho nunca he llegado a buscar su significado en un diccionario porque seguro que me decepcionaría; pero bueno, me hace gracia saber que antaño se compraban aquí, fueran lo que fueran.

Sigo atravesando la plaza y a mi alrededor no hay sombra ni nada que se le parezca: otra vez el sol a puerta gayola. Menos mal que la calle Villegas es cuesta abajo, aunque no sople una pizca de aire (quizás haya quedado definitivamente atrapado detrás del cartel de Domago). No hay tiempo para entrar en Rorro a saludar a la prima Rafi, ni de buscar en el Salvador algún amigo que esté cerveceando a estas horas de la tarde; hay que aligerarse y escapar otra vez del bochorno

Tampoco me paro en el Bazar Victoria, y eso que para mi gusto es uno de los establecimientos con mas encanto de la ciudad tanto por su antigua y bella fachada caoba como por el género expuesto en sus escaparates, donde se puede encontrar desde el último modelo de freidoras hasta una jaula de grillos pasando por un deshuesador de aceitunas.

No bajo, ya casi ruedo por Entrecárceles, que hoy día bien podría llamarse Entrebancos, en singular desde la fusión. Al fondo se atisba la tan ansiada sombra, los toldos blancos, gente paseando: la calle Sierpes.

La peatonalización de Tetuán, de la Avenida, los Factorys, los Carrefoures, los Hipercores… todos tuvieron que aliarse para acabar con la hegemonía económica de esta calle, durante muchos años pulmón comercial de Sevilla. Al final pasó lo que tenía que pasar, tanto fue el cántaro a la fuente que mucha gente aún no se ha dado cuenta que ya no luce las playeras baldosas de colores que la pavimentaban hasta hace pocos años.

De los “ilustres veteranos” desaparecidos de la calle Sierpes no hay material para una entrada sino para una saga de novelas en plan Caballo de Troya: Calvillo, Virgin Megastore… pero claro, esto es un blog y tampoco es plan de cansar al personal, así que sintetizaremos en la medida de lo posible.

Lo único que queda de Deportes Zulategui, Armería Z, son unos azulejos que afortunadamente se conservan en la esquina que hace el edificio sobre sí mismo. Recuerdo que para los chavales de mi edad esta tienda siempre era visita obligada cuando se iba al centro, no en vano era de las pocas oportunidades que se tenían para ver camisetas de equipos extranjeros sin necesidad de coger un avión. Después llegarían Nike, Adidas, Florentino y el marketing para hacerlo todo mas fácil y caro, pero esa es otra historia…

Menos suerte tuvieron Las Vegas. Tampoco es que la tuviera que tener, la verdad. En esa época ya estaba mas crecidito, que no madurito, y de la fase contemplativa de camisetas futboleras pasé a la activa, aunque fuera previo pago y a través de la pantalla de una máquina de videojuegos, no confundir con videoconsola.

Todo ello aderezado con las típicas matanzas de indios, de enanos del Golden Axe, de aviones, de ninjas, de nazis, de marcianos… y es que con solo cinco duritos uno lo mismo organizaba un holocausto mundial que salvaba de un secuestro a una neumática heroína pixelizada antes de que el dichoso Game Over señalara el camino de vuelta a casa. Era la época dorada de los salones recreativos, por suerte o por desgracia una auténtica especie en extinción en estos días de Wii y Play Station.

Mi último “ilustre veterano” desaparecido se dio de baja hace poco tiempo: la Papelería Padura. Aquí ya estaba crecidito, madurito y empezaba a encontrarme atareadito… Los cinco duros de las maquinitas de Las Vegas se multiplicaban por diez en forma de A3 de papel diapost para croquis y caballo para los claroscuros.

Pero una vez más el paso del tiempo se llevó su tributo, las papelerías técnicas dejaron de ser un negocio rentable y la firma Padura, que llegó a tener hasta 3 establecimientos en la ciudad, cerraba su última tienda en la calle Cuna hace solo unos meses. Y pensar que al empezar la carrera muchos de mis profesores renegaban del Autocad

En fin, que llegamos ya al idem con otro de mis “ilustres veteranos” que aún sigue dando guerra donde muere la calle Sierpes (según el recorrido que he trazado, ya que en realidad este es su nacimiento); la Confitería La Campana, uno de los comercios con mas solera y arraigo de Sevilla.

Desde que fuera fundada en 1885 por un pastelero que había hecho fortuna en Filipinas los dulces expuestos tras sus escaparates de caoba siempre han sido objeto de deseo de buena parte de la ciudad y visitantes; para algunos incluso una obsesión enfermiza, como el señor que a mediados de los 90 pasaba las horas muertas en la acera opuesta, junto al antiguo Burguer Alameda, vigilando no se sabe qué, o al menos yo nunca lo supe.

Lo que sí tengo claro es cual será mi destino en breves instantes. Las velas se acaban, vuelve el sol, la alerta naranja y el termómetro otra vez se asienta en mi inconsciente; conclusión, ya va siendo hora de que se acabe el paseo.

Se han quedado muchos “ilustres veteranos” en el tintero pero bueno, siempre habrá tiempo para recorrer otras calles de Sevilla en las que repasar y recordar esas tiendas que alguna vez han sido parte de nuestra vida. Las cordonerías de Francos, las bodeguitas del Arenal, los albures en adobo de la calle Feria

Aunque ya digo, eso será otro día; de momento servidor regresa a casa que un buen surtido de frigorías y de agua congelada me está esperando.

9 de junio de 2009

Hasta pronto Santa Rosa....

Podría decirse que el monumento que hace los honores a Santa Rosa tiene la extraña peculiaridad de estar siempre situado a medio camino.

Empezando por su propia ubicación en los Jardines del Valle, ese reducto (me niego a llamarlo espacio) verde del que ya se ha tratado en alguna que otra ocasión en este blog, atrapado entre la ciudad histórica que se encerraba tras los límites almohades y la Sevilla extramuros que a fines del siglo XIX soñó con expandirse mas allá de la Arrebolera, hoy la unidireccional María Auxiliadora.

De esa indefinición no se salva ni siquiera el mismo monumento, ya que al observarlo uno no sabe si está ante un trozo de pared indultado de un derribo por albergar un azulejo de la santa limeña o si por el contrario tiene delante un altar de ladrillo visto construido por devotas manos de fieles santarrosinos.

También sirve de contrapunto la soledad placentera de las calles de albero que atraviesan el parque frente al gran abanico de tentaciones que se abre tras las tapias de los Jardines: los guiris del Palacio Andaluz, las colas del Cash Converter, los alumnos salesianos, las cervezas del Trini

De la espiritualidad del viejo convento del Valle al mundanal ruido de la Sevilla con sabor a arrabal; de las ofrendas florales de antiguas alumnas a los altares improvisados con latas de Coca Cola y Cruzcampo: dualidad por los cuatro costados, o como se dice ahora, carácter bipolar.

En lo que no hay duda es que nos encontramos ante un monumento desconocido para la gran mayoría de los sevillanos. Quizás parte de la culpa de ese anonimato la tenga el hecho de estar en un rincón de unos de los rincones mas arrinconados de la ciudad. Evidentemente eso hace mucho…

Tampoco es un gran aliciente la corta vida que atesoran sus ladrillos, mas aún si tenemos en cuenta que durante muchos años no fue mas que un altar doméstico ubicado en el patio del antiguo Colegio del Sagrado Corazón hasta su traslado a Mairena del Aljarafe, en uno de esos pelotazos conventuales comunes en el tardofranquismo que tantos tesoros hispalenses regaló a la piqueta.

La historia de los Jardines del Valle se habría acabado en los años setenta como la del colegio de Villasís, el de los carmelitas de Bustos Tavera o los escolapios de Ponce de León. Ni siquiera habría tenido principio, ya que tanto las Ordenanzas Municipales como la inmobiliaria que adquirió los terrenos tenían en mente cambiar árboles y albero por pisos y cemento.

Por fortuna nada de esto se llevó a cabo ya que la presión social ejercida por vecinos y ecologistas hizo cambiar de ideas al Ayuntamiento y de planes a los propietarios, acontecimiento desgraciadamente poco usual en esta ciudad y que es recordado mediante un azulejo en el viejo pórtico de entrada al Colegio, hoy acceso principal del parque, el cual por salubridad e higiene recomiendo sea visto en esta foto mejor que in situ, ya que el nivel oloroso que alcanzan los orines en la zona es bastante considerable.

Santa Rosa se salvó con sus Jardines y su tramo de muralla, ese lienzo olvidado que cada cierto tiempo regala a algún turista desorientado destellos de una Sevilla monumental ajena a las guías turísticas, a los objetivos de las cámaras de fotos y al romero de las gitanas que persiguen a todo aquel que no camina mirando al frente.

Y se ha salvado durante todos estos años porque las cosas tienden a salvarse; porque la gravedad suele tener especial benevolencia con aquellos lugares que merecen ser respetados antes que olvidados. Esa misma benevolencia que evita el hundimiento de la cubierta de Santa Catalina o hace que se mantenga en pie el Humilladero de San Onofre.

De esta forma han llegado los Jardines del Valle hasta nuestros días, envueltos en un taimado silencio esporádicamente profanado por ladridos de los perros enmarañados en la maleza que alguna vez pretendió ser parterre, por los gritos de los niños que corren hacia los columpios que hay en la esquina de la muralla y por las voces de los yonkis que buscan el anonimato que proporciona la sombra de los árboles.

En pocas fechas parece ser que se inician las obras de remodelación del parque. Esperemos que en este caso no nos quedemos a medio camino y, sobre todo, que este camino no se dilate demasiado en el tiempo. Y es que no siempre vamos a estar encomendándonos a Santa Rosa para que las ramas de los árboles caigan en tierra de nadie…

27 de mayo de 2009

La Basílica de la Inmaculada Milagrosa

"Cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de nosotros
Miguel de Unamuno


Esta entrada está dedicada a uno de esos soñadores cuya obra, y sobre todo la familiaridad que hemos alcanzado con ella, ha pasado a formar parte de nuestras vidas. A una de esas personas que a pesar de haber estado en una época convulsa e inestable, a pesar de tener que sortear dificultades de todo tipo, a pesar de trabajar en una Sevilla decadente que trataba angustiosamente de no perder el tren de la modernidad… consiguió en un oscuro mundo de tinieblas no sólo brillar con luz propia, sino algo que es mucho mas importante y difícil, iluminar a toda una ciudad.

Aníbal González Álvarez-Ossorio, arquitecto sevillano de cuyo fallecimiento se cumplen 80 años el próximo 31 de Mayo, quizás no pase a la historia como un creador de renombre internacional; es más, el reconocimiento a su trabajo se podría decir que ha quedado reducido a un ámbito meramente local.

Pero una cosa no admite dudas: se pueda estar o no de acuerdo con sus ideas, se puedan compartir o no sus posturas artísticas, pueda gustar o no su obra, lo que es evidente e incuestionable es que personas como él son necesarias para que una ciudad esté viva. Tanto hace 80 años como en nuestros días.

Arranca aquí este recuerdo del que fue el último de sus sueños: la Basílica de la Inmaculada Milagrosa.

Toda esta historia empieza en una pequeña capilla sita en la calle Quevedo, hoy desaparecida como no podía ser de otra forma, donde se veneraba una antigua imagen de la Inmaculada a la que se atribuían numerosos milagros.

Hasta aquí todo entra dentro de lo normal; en plena collación de San Martín, tan cerca de la Plaza del Pozo Santo, estamos en una de las zonas milagreras por excelencia de la Sevilla de antaño. Y mas en la Sevilla de “ese” antaño, que tan necesitada estaba de ayudas divinas para seguir adelante en su difícil día a día.

El número de actos piadosos y de prodigios relacionados con la imagen de la calle Quevedo iba in crescendo a la par que la devoción popular que suscitaba la misma entre el vecindario, llegando a tal extremo que se creyó necesario edificar una iglesia en la que poder rendirle culto.

Es entonces cuando entra en escena Aníbal González, personalidad de reconocido prestigio, arquitecto afamado y para mas señas fiel devoto de la Inmaculada.

Cierto es que no pasaba precisamente por uno de sus mejores momentos, ya que los continuos roces con José Cruz Conde, el comisario regio que había nombrado el dictador de la “dictablanda” (el general Primo de Rivera) para finalizar la Exposición Iberoamericana le habían llevado a dimitir como director de la misma. Pero quizás también por eso mismo González no solo acepta el reto, sino que a partir de ese instante se dedicará en cuerpo y alma a la construcción de la Basílica.

Son muchos los factores que hacen converger toda la atención del arquitecto hacia este proyecto: su fe y devoción, el poder desarrollar libremente su espíritu creativo y fantasioso, el hecho de volver a estar de nuevo en la cima de la arquitectura de la época y, por supuesto, la posibilidad de cerrar las heridas abiertas después de abandonar la Exposición de la que había sido alma durante mas de 15 años.

Como no podía ser de otra forma, el resultado fue espectacular: una colosal iglesia neogótica de dimensiones extraordinarias que rivalizaría en grandiosidad con los templos mas importantes del mundo y en altura con la mismísima Giralda.

Todo estaba diseñado a lo grande: empezando por la gran plaza de 120 metros de diámetro que sería el preámbulo a la inmensa Basílica cuya fachada, de 45 metros de altura, estaba flanqueada por dos torres de 100 metros de alto cada una.

En el interior, los casi 10.000 m2 de superficie en planta convertirían la iglesia en uno de los mayores referentes mundiales de la arquitectura religiosa y, por supuesto de la ciudad. De hecho, el paralelismo de dimensiones con la Catedral de Sevilla es patente en todos los aspectos.

Junto a la Basílica se desarrollaría un centro de enseñanza donde tendrían cabida mas de 1000 alumnos y que contaría con dependencias anexas para religiosos, profesores y alumnos, además de un gran salón de actos con capacidad para mas de 2000 personas.

El espacio elegido para tan colosal e imponente obra estaba a las afueras de la ciudad, en unos terrenos conocidos como Huerta del Rey, que en 1928 habían sido adquiridos por la Compañía de Jesús.

A pesar de la grandiosidad y monumentalidad del proyecto, el estilo neogótico en el que se encuadra la Basílica se acercaba mas a los conceptos historicistas que un siglo antes habían impulsado Viollet Le Duc y otros autores que a la arquitectura que por esos años desarrollaban en el resto de Europa grandes maestros como Le Corbusier o Mies van der Rohe, contemporáneos de González. Es decir, hay que partir de la base de que si comparamos esta obra con lo que en esos momentos se hacía en otros lugares estábamos ante una propuesta caduca y anticuada.

Pero claro, también hay que tener en cuenta que esta arquitectura historicista había sido bastante bien aceptada por la sociedad sevillana de la época (o buena parte de ella), que gustaba mas de ver un palacio neomudéjar que una escuela minimalista. Como se ve, poco hemos cambiado en estos 80 años….

Otro aspecto en el que me quiero detener es en la excesiva escala del proyecto, lo exageradas que son sus dimensiones. Aníbal González, autor recordemos de la bellísima capillita del Carmen que se encuentra en el Puente de Triana, casi la antítesis de esta Basílica, parece como si actuara por despecho ante los que habían provocado su dimisión al frente de la Exposición Iberoamericana; parece como si pretendiese anularla con esta mega-construcción, restarle importancia, ponerla en un segundo plano. Sintomático es el rescate del lenguaje gótico para contraponerlo al mudéjar que predominaba en la Exposición, dos estilos que recordemos ya convivieron en la Sevilla del alto medievo y que de nuevo entraban en conflicto con esta revisión historicista. Y es que es inevitable hacer comparaciones, que pueden ir incluso mucho mas allá, hasta las puertas de la mismísima Catedral de Sevilla.

Porque aquí también tiene miga la cosa… Mientras la Metropolitana tiene una planta rectangular con 116 metros de largo por 76 de ancho, con una altura de 40 metros en su punto mas alto, la Basílica desarrollaría 125 metros de largo por 75 de ancho, con altura de 45 metros en las fachadas. Las cifras, como vemos, son casi idénticas. Hasta las dos torres que flanqueaban la entrada superaban en 4 metros a la mismísima Giralda

En fin, la duda estaba servida: ¿toda una declaración de intenciones o simplemente deseos de llevar al extremo máximo los honores y loas a la Milagrosa y a la misma ciudad de Sevilla?

Por suerte o por desgracia, eso nunca se sabrá. Las obras deberían sufragarse mediante donaciones particulares y de comunidades religiosas, pero ante lo elevado del presupuesto se empiezan a recortar gastos y, para empezar sólo se edificaría la Basílica, quedando el complejo educativo para un futuro.

Pese a estos recortes y algún que otro contratiempo más, el 6 de Julio de 1928 se inician las excavaciones. La expectación es tal que la colocación de la primera piedra del templo es bendecida por el Cardenal Ilundáin y cuenta con la presencia del mismísimo rey Alfonso XIII.

Pero un triste acontecimiento pondrá fin a la construcción de la Basílica: la muerte coge de improviso a Aníbal González el 31 de Mayo de 1929. De golpe se esfumaba para siempre el último sueño del arquitecto… o su última tentación.

Y es que una vez desaparecido el principal valedor de las obras, éstas se detienen en un principio provisionalmente, aunque la realidad con el tiempo pasa a ser bien distinta tal y como podemos ver hoy en día.

En la Avenida de la Buhayra, oculta entre los jardines que dan nombre a la zona y una torre monolítica de viviendas, se alza lo poco que llegó a construirse de la Basílica de la Inmaculada Milagrosa: un enorme basamento de mas de 3 metros de altura que deja constancia de la magnitud que podía haber alcanzado el proyecto de haberse ejecutado en su totalidad no solo por sus enormes dimensiones en planta, sino por el grosor de los arranques de los pilares y contrafuertes que deberían aguantar la colosal estructura.

Son los únicos vestigios que quedan del sueño de un hombre que un día quiso desafiar todo el universo establecido a su alrededor: una enorme plataforma de hormigón, bastante alterada por el paso del tiempo, el abandono y las obras a las que se ha visto sometida en los últimos años.

Baste con hacer la comparación con el bloque de viviendas de la fotografía, que apenas sobrepasa los 50 metros de altura, la mitad de lo que deberían haber alcanzado las dos torres que flanqueaban el acceso al templo.

Pese a todo no hay mal que por bien no venga, como se suele decir, y al menos se conservaron los restos arqueológicos enterrados bajo la que debería haber sido la plaza de acceso a la Basílica y que parecían destinados a desaparecer en las obras de ejecución del conjunto.

Años después, a mediados de los 40, cogerá el testigo de Aníbal González otro arquitecto hispalense, Antonio Illanes del Río, que recibe por parte de los jesuitas el encargo de edificar otro centro de enseñanza en los mismos terrenos de la Huerta del Rey, para lo cual se piensa en un principio en aprovechar el proyecto de la Basílica original y ampliarlo con un complejo educativo de dimensiones aún mayores que las del 29.

Pero como pasó entonces, el dinero no llega y las altas pretensiones se reducen, a pesar de la venta y consecuente entrega a la piqueta del centro de enseñanza que tenían los religiosos en Villasís para costear las obras, entre otras posesiones. Se limita por tanto el proyecto original de Illanes y finalmente se construye lo que hoy conocemos como colegio Portaceli.

Será ésta la última vez que se intenta reflotar la Basílica soñada por Aníbal González. El paso del tiempo hace que todo el escenario donde se desarrolló en los años 30 cambie de forma radical.

La imagen de la Inmaculada Milagrosa es trasladada a la iglesia de San Lorenzo, donde comparte capilla con el Cristo de las Fatigas; el Portaceli termina de construirse en su versión actual sin necesidad de acordarse de la mole de hormigón que a pocos metros se levantaba; y en los 50 gracias a la labor de Leopoldo Torres Balbás se identifican los terrenos de la Huerta del Rey con el palacio de la Buhayra, con lo que la zona pasa a tener valor arqueológico y patrimonial, restringiéndose por tanto su edificación desde ese momento.

La Basílica es definitivamente abandonada en obra, proyecto y sueño. A partir de entonces pasa a ser una simple plataforma de dimensiones gigantescas sobre la que, ya entrado este siglo, se esparcirán los veladores de un restaurante entre el arranque de los pilares que deberían haber sostenido uno de los mayores templos de la humanidad.

Es el epílogo de un sueño del que 80 años después tan solo quedan recuerdos.


15 de mayo de 2009

La Calle de la Luna

Muchas veces a nuestro alrededor gravita toda una arqueología de pequeños detalles y matices que normalmente suelen pasar inadvertidos, más aún en este mundo estresante e individualista donde vivimos (no critico, al contrario, podría hacer un Máster al respecto…).

Columnas, retablos, rejas, azulejos… todo vale si el objetivo es acercarnos a esa Sevilla que pese a no estar muy lejana en el tiempo, se encuentra cada vez mas perdida en la memoria.

Uno de estos ejemplos lo tenemos en Escuelas Pías, la que durante muchos siglos fue conocida como calle de la Luna; bellísimo nombre que, teniendo en cuenta el discurrir paralelo de la del Sol, parecía sacado de un viejo romance castellano o de una leyenda de Bécquer.

Sol y Luna, frente a frente, cogidas de la mano, como si la poesía hubiera hecho acto de presencia en este rincón del callejero hispalense.

En los tiempos que corren, en la era de las telecomunicaciones y la información, donde las calles se rotulan y des-rotulan muchas veces a capricho (por supuesto, de unos pocos), se perdona incluso que esa “mano” se llamara Matahacas y no tuviera otro nombre mas acorde a lo poético del entorno que se había creado. Evidentemente sólo son elucubraciones mías…

Desgraciadamente hoy Escuelas Pías no es mas que un claro ejemplo del engendro en que se han convertido la gran mayoría de calles de Sevilla. O en lo que las han convertido: contenedores lineales en los que tienen cabida los vestigios de un pasado histórico y normalmente infravalorado junto con los parches de otro pasado mas reciente y nocivo, todo ello aderezado por la impersonalidad ordenada y planificada de los tiempos presentes.

La mezcolanza de estilos arquitectónicos, la seriación de fachadas totalmente independientes entre sí, el lastre de planeamientos de desarrollo mal planteados y fatal ejecutados…. son muchos los pecados urbanísticos y patrimoniales a expiar heredados de los últimos 200 años. Quizás demasiados….

Y como se dijo antes, Escuelas Pías es precisamente uno de los ejemplos mas claros y fehacientes de esta vulgarización a la que se ha visto abocada la ciudad, no presentando en la actualidad nada digno de mención o fuera de lo normal.

Al menos a simple vista, salvo que uno se detenga y observe el número 19, un edificio que hace esquina con una pequeña callejuela interior, donde se encuentran unos gastados azulejos dentro del recercado que remata el arco de los balcones en los que se representa la luna en sus distintas fases.

Tantas lunas como balcones tiene este edificio, 5 a fachada principal y dos a la esquina interior; unas lunas melancólicas, apagadas, quizás resignadas por el intenso tráfico que deben soportar día tras día.

Unas lunas que son la reminiscencia de una Casa de la Luna original que existió y dio nombre a esta calle, aunque por desgracia su rastro ya se había perdido a mediados del siglo XIX.

Y unas lunas que son un claro ejemplo de cómo estos pequeños detalles pueden servirnos para reconstruir un pasado cada vez mas oculto y olvidado.

Del resto de Escuelas Pías poco queda por destacar, o mas bien nada. Y no precisamente porque careciera de importancia o de edificaciones notables. Simplemente es que no ha quedado nada que recuerde su historia.

Bien es cierto que la de la Luna nunca fue una calle bella ni elegante; al contrario, siendo su edificio mas representativo el Palacio de los Duques de Arcos, con ella solo lindaba el lateral, ya que la fachada principal y acceso al mismo se ubicaban en la aledaña Plaza de la Paja, actual Ponce de León en honor de la familia a la que pertenecía dicha residencia, en nuestros días uno de los mayores aparcamientos en superficie del centro de la ciudad.

Su angostura y estrechez tampoco hacían de ella una calle cómoda; pudo serlo si se hubiera llevado a cabo la vieja aspiración (a la que ya se ha hecho referencia en anteriores ocasiones) de crear esas dos grandes arterias perpendiculares que cruzándose en el Duque o en la Encarnación (este aspecto quedaba al albedrío del proyectista de turno) dividirían la ciudad en 4 sectores. Por suerte todo quedó en “pudo”…

Dentro de estos dos ejes, Escuelas Pías se encuadraba dentro del que uniría la Puerta Osario con la Puerta Real lo cual, como podemos comprobar en la actualidad, fue tan solo agua de borrajas…

El último intento de realizar esta ampliación tiene lugar en 1959 con el proyecto de ensanche de la calle a costa de la acera de los pares, pero el plan no pasa de la fase de redacción, guardándose en el cajón. Solo las parcelas 12 y 14 se alinean respecto a esa ordenación, momento en que se forma el retranqueo que hoy día existe en el centro de la calle, el Rincón del Tito para entendernos.

Si por algo destacó (y destaca) esta calle fue por su capital importancia como vía de acceso al centro de la ciudad, o a la misma ciudad cuando ésta se encerraba en el perímetro de sus murallas.

Camino obligado para ir desde la Puerta Osario hasta la Plaza del Carbón (actual Padre Jerónimo de Córdoba, para siempre Plaza del Rialto) o a la aledaña Plaza de la Paja (Ponce de León), donde tenía lugar la Feria de las Caballerías, un mercado de bestias que se celebraba 3 días a la semana, cuando a finales del siglo XIX Sevilla derriba la cerca que marcaba sus límites históricos e inicia su expansión a costa del cinturón de huertas y campos que la rodeaban, se convierte en la entrada principal para todos aquellos que viven en los nuevos barrios que se están creando al Norte y Este de la ciudad.

Es por esa misma época, tan crucial y fundamental en nuestro devenir histórico, cuando asediado por las deudas el titular del Palacio de los Duques de Arcos lo pone en venta, siendo adquirido por los Escolapios. Corría el año de 1887.

Anteriormente ya se habían sucedido varios intentos de venderlo, llegando incluso a plantearse su uso como cuartel en 1791, pero nunca se había hecho esta opción efectiva.

La llegada de la comunidad escolapia trae consigo la fundación del Colegio Calasancio Hispalense y supone una revolución para la vieja residencia nobiliaria, que no solo es adaptada al nuevo uso que detentará desde ese momento, sino que se ve enriquecida por nuevos patios y estancias que embellecen aún mas si cabe el inmenso patrimonio que atesoraba entre sus paredes.

Tal es la importancia que adquiere este colegio que uno de sus profesores mas ilustres, el padre Jerónimo de Córdoba, dará nuevo nombre a la Plaza del Carbón mientras que la misma calle de la Luna pasará a llamarse Escuelas Pías a partir de 1936.

Mucho antes había comenzado la “transformación” de la calle. Se construye esta casa de las Lunas con sus azulejos en tonos azules y tristes, se elimina el viejo caserío del que Félix González de León había dicho que no tenía “nada que observar” y se derriban y levantan sistemáticamente nuevos edificios bajo la sombra amenazante de ese “ensanche” que tuvo su plasmación real y chapucera en el retranqueo de los números 12 y 14 que se refirió anteriormente.

El punto álgido de esta “transformación” tiene lugar en 1974, cuando los escolapios deciden hacer caja con el viejo palacio y dejándose arrastrar por las modas inmobiliarias del tardofranquismo y su tábula rasa en materia patrimonial dejan el Colegio a merced de la piqueta.

Una parte del pasado de la ciudad es arrancada desde sus cimientos para construir los sótanos del horrible edificio que se alza sobre lo que una vez fue uno de los palacios mas excepcionales de la ciudad. Como siempre, la historia de siempre vuelve a repetirse con el beneplácito de los de siempre. Y van…

Por eso es de agradecer que, aunque solo sea en forma de azulejos, aún puedan encontrarse detalles y signos de esa Sevilla que nunca volverá. Esa Sevilla que ya solo existe en forma de recuerdos, libros y fotografías.

Esa Sevilla de nuestros padres y abuelos donde, como podemos ver en esta fotografía del año 1929 extraída de la web de la Hermandad de San Roque, ya asomaba esta casa de las Lunas tras los muros de los escolapios.

Del resto no busquen correspondencias: no queda nada.

22 de abril de 2009

Los chiqueros de la Plaza de San Francisco

Pese a estar en una de las zonas céntricas e históricas de Sevilla, la calle Cabo Noval no es que sea precisamente de las mas conocidas de su callejero. Un ejemplo de su escaso peso específico en la trama urbana de la zona lo pone de manifiesto el hecho de que aún esté permitido aparcar en ella.

Calle de paso, y ni siquiera eso, enclavada entre la alegre Hernando Colón y la bulliciosa Avenida de la Constitución, estar a la espalda del Banco de España le confiere una constante sensación de penumbra y oscuridad, acentuada por el hecho de no tener salida en uno de sus extremos.

A pesar de estos poco halagüenos antecedentes, en esta entrega vamos a desplazarnos hasta esta calle, concretamente al número 3, entre el antiguo Bodegón Pez Espada (hoy Taberna el 10) y la histórica tienda de F. Cuevas, donde se encuentra uno de esos edificios que suelen pasar desapercibidos para todo el mundo, entre otras cosas porque tampoco es que a simple vista tenga nada digno de destacar.

Y es que desgraciadamente en nuestro mundo acelerado muy pocas veces miramos a nuestro alrededor y, en caso de hacerlo, siempre suele ser de una manera tan fugaz y poco atenta que normalmente dejamos atrás detalles que en ocasiones pueden ser bastante interesantes.

Este número 3 es un inmueble deshabitado, a todas luces en un pésimo estado de conservación, como ponen de manifiesto los apuntalamientos de algunos de sus ventanales; que en un rápido análisis visual nos ofrece poco mas que los últimos restos de un pasado comercial del que ya sólo quedan unos soportes oxidados que seguramente sostenían algún tipo de cartelería publicitaria, muy al gusto de la Sevilla de la segunda mitad del siglo XIX.

Edificio típico de los que, siendo realistas, nos encontramos a puñados por las calles de Sevilla, en similares condiciones y con similar futuro, porque las rehabilitaciones que se derrumban por obra y gracia de la ley de la gravedad (algo así como el Espíritu Santo arquitectónico) son una realidad tan sangrante como cierta. Lo dice uno que ha sido partícipe de alguna que otra, honestidad ante todo.

Presidido por la gastadísima y poco legible placa de mármol que recuerda las gestas y hazañas del cabo asturiano que da nombre a la calle, héroe de las guerras de Marruecos y por tanto a salvo de la Ley de la Memoria Histórica (al menos de momento...), poco mas puede ofrecer este viejo edificio para todo aquel que busque entre sus paredes algo especial o fuera de lo habitual.

Poco mas salvo un pequeño detalle, apenas perceptible si uno no conserva una buena vista (o eso creo, hace años que no piso una óptica) y una manía cuasi obsesiva por escanear visualmente todas las piedras que encuentra a su alrededor; un pequeño detalle que, a mi entender, otorga a este edificio la categoría, cuando menos, de interesante.

Y es que si buscamos poco mas arriba de la cornisa, casi tapados por las ristras de jaramagos que han crecido tras las últimas lluvias y por la techumbre provisional que alguien ha colocado con el objetivo de frenar una mas que segura gotera en la planta alta, encontramos tres azulejos decorativos que adornan en puntos simétricos el pretil todavía carmesí de la azotea en los que se reflejan distintos lances de la tauromaquia.

Casualidad o causalidad, vaya usted a saber si estos azulejos fueron colocados por capricho del antiguo dueño del inmueble o rinden homenaje al pasado taurino de la vieja calle Batiojas. Hasta ahí no llego, soy sincero, aunque intuyo que no van muy desencaminados los tiros hacia lo último dados los colores, eminentemente taurinos, con los que está pintada la fachada.

La intención de la presente entrada es bucear algo en la historia de estos festejos, en su relación con Sevilla y arrojar un poco de luz sobre estos azulejos de la calle Cabo Noval, al menos antes de que alguien aseste el piquetazo definitivo al edificio.

Las corridas de toros, para algunos la fiesta nacional aunque otros muchos, entre los que me encuentro, no estemos tan de acuerdo, es casi tan antigua como este mismo país. En eso no hay discusión. Y tampoco pretendo entablar polémica alguna al respecto, para eso hay otros foros y otros debates.

De origen musulmán, como cuenta Larra en un maravilloso artículo sobre los orígenes de la cosa taurina, en un principio su ejecución estaba reservada a la nobleza, que se encargaba de “correr los toros” a caballo, entrando el pueblo al final de la función para poner punto y final a la existencia del maltratado animal.

Fue en el siglo XVIII, con la entronización de los Borbones en España en la persona de Felipe V y la importación de sus refinadas costumbres ilustradas francesas, cuando la aristocracia comenzó a desligarse de la fiesta, que quedó exclusivamente en manos del pueblo llano.

Un pueblo cuya primera reacción fue adaptarla a sus necesidades y posibilidades, con lo cual la tauromaquia bajó definitivamente de lomos de los caballos, ya que eran un lujo que no todos se podían permitir: el toreo pisaba el suelo y de camino surgían las primeras leyendas taurinas con los Costillares, Pepe Hillo o Pedro Romero.

Como es de suponer, antes de que se construyeran los cosos taurinos, las corridas se celebraban en lugares espaciosos del interior de las ciudades, que a la sazón se reducían a dos o tres sitios, ya que si por algo se caracterizaba nuestra herencia urbanística musulmana era precisamente por la ausencia de plazas y zonas amplias.

Es por ello que cuando, allá por 1405, se celebra uno de los primeros festejos taurinos en la ciudad de Sevilla con motivo del nacimiento del primogénito de Enrique III, que pasó a la historia como El Doliente, el lugar elegido para instalar el coso estaba en los aledaños de la Catedral y del Alcázar. También se tiene constancia de la celebración de corridas en la plaza del Duque, donde en 1628 la desaparecida hermandad de las Negaciones y Lágrimas de San Pedro patrocinaba un festejo a su costo.

Pero como es de suponer era la plaza de San Francisco el enclave favorito de los sevillanos a la hora de “correr” sus astados.

Su condición de plaza principal de la ciudad, en ausencia de una Plaza Mayor al estilo castellano y la presencia de edificios notables como las Casas Consistoriales, la Cárcel Real o la Audiencia motivaron que la de San Francisco fuera escenario habitual de eventos importantes tipo torneos, autos de fe o procesiones religiosas como el Corpus o la Semana Santa, que aún hoy la tienen como tránsito obligado. Las corridas de toros también eran unos de estos espectáculos, sobre todo teniendo en cuenta que su celebración siempre obedecía a algún evento festivo, ya fuera una coronación, un natalicio, una canonización o simplemente un homenaje.

Una de las calles que partían de la Plaza de San Francisco era (y es) la actual Cabo Noval. Su antiguo nombre, Batiojas o Batehojas, se debía a que en ella asentó el rey Fernando III a los batidores de oro una vez consumada la reconquista de la ciudad.

Esta asignación no fue arbitraria, ni mucho menos, ya que dicha vía se enclavaba dentro de uno de los principales núcleos comerciales de la Isbilya musulmana, la Alcaicería de la Seda, un complejo entramado de callejuelas y comercios en el que prometo detenerme mas tranquilamente en una próxima entrada.

La fisonomía de la calle Batiojas distaba mucho de la que conocemos hoy en día ya que, para empezar, no estaba cortada sino que tenía prolongación y salida hacia Alemanes, siendo además atravesada por mas calles y no sólo por Florentín, como sucede en la actualidad.

Sin embargo la condición de ser paralela a otras dos vías importantes como la calle Génova (actual Avenida de la Constitución) y Tundidores (actual Hernando Colón), así como el ocaso y desaparición definitiva del zoco musulmán enclavado en sus aledaños, hizo que se le asignara un papel secundario en el desarrollo urbano de esta zona de la ciudad, de forma que como ya se ha referido perdió incluso una de sus salidas.

Pero no hay mal que por bien no venga, o eso debieron pensar los sevillanos mas taurinos, que aprovechando el saco roto en que acababa la calle y que era la que menos importancia tenía de todas las que llegaban a la Plaza de San Francisco, no dudaron en usarla como chiquero y toril en las corridas que se celebraban en la misma. Llámese reciclaje o reconversión urbana, lo cierto es que no solo hay testimonios escritos que dan fe de ello, sino que también tenemos esquemas gráficos de esta adaptación de la céntrica plaza a su uso provisional a coso, como por ejemplo esta imagen realizada con motivo de la visita de la familia de Felipe V en enero de 1730, donde por cierto se lidiaron 8 astados, en la que se puede corroborar perfectamente esta “adecuación taurina”.

Tampoco es que la imagen tenga mucha calidad, pero en ella se puede apreciar claramente como para la celebración de estos eventos se cerraban las calles aledañas, instalándose unos graderíos de madera desde los que el respetable podía observar los lances del festejo, complementos de las tribunas que conformaban los propios edificios de la plaza.

Como se observa en la fotografía, en la esquina superior derecha, justo entre la tribuna instalada delante de la antigua embajada de Génova y el edificio donde hoy día se encuentra Cuevas, está la puerta desde la que las reses efectuaban su salida a los ruedos provenientes de la calle Batiojas.

3 años mas tarde de la visita del primer monarca Borbón se empezaba a construir sobre el monte de Malbaratillo, en el barrio del Arenal, la Real Maestranza, desde ese momento plaza de toros oficial y oficiosa de Sevilla, con permiso durante unos años de Joselito el Gallo y su Monumental, desapareciendo definitivamente la función taurina del albero de San Francisco, que por aquel entonces aún no estaba realizado el empedrado…

Poco o mas bien nada recuerda ese pasado taurino de la plaza mas céntrica y señorial de la ciudad, salvo estos azulejos de la calle que ejercía de chiquero. Azulejos que ya digo, no puedo ni tengo datos para poner en pie si están directamente relacionados con el tema o simplemente son fruto de la casualidad, que todo puede ser.

Azulejos que probablemente fueran colocados a principios del siglo XX, fecha en la que, según el catastro, fue edificado el inmueble, y que parecen tener bastantes semejanzas estilísticas con los que figuran en la Fuente de los Toreros, uno de esos rincones escondidos del Parque de María Luisa.

Y azulejos que, de momento, siguen ahí, aunque a tenor del estado en que se encuentra el edificio y de la suerte que ha corrido el medianero, puede que no sea por mucho tiempo…