LAS COSAS DE SEVILLA....

14 de mayo de 2008

Una laguna en la Avenida de Miraflores

Es difícil imaginar cuando se pasea por la Avenida de Miraflores que entre las calles Almadén de la Plata y Lamarque de Novoa, cerca de la segunda parada de autobús que hay desde que se entra en la avenida, estuvo hace menos de 100 años uno de los embalses mas antiguos y tradicionales de la ciudad: la Laguna de los Patos o Cascagea.

La laguna seguramente era el último vestigio de uno de los dos cauces abandonados del Guadalquivir que atravesaban Sevilla y que delimitaron su fisonomía en la Edad Antigua junto al río en sí y el Tagarete. Aunque el mas conocido y documentado de estos brazos era el que acometiendo por la Barqueta, discurría por Alameda, Sierpes, Avenida (un cauce bastante cofrade, por cierto) y desembocaba a la altura de la actual García de Vinuesa, hubo otro que se desecó antes y que adentrándose por la zona de Avenida de Miraflores, avanzaba hasta cruzarse con el anterior en la misma Alameda para unirse al río junto al Puente de Triana.

Una vez secas, las cuencas se colmataron de la misma forma que en los años 60 se hizo con el cauce del Tamarguillo o el siglo anterior con el del Tagarete, quedando pese a todo algunos restos en los puntos donde el nivel freático estaba mas alto que formaron lagunas, como la Alameda o la de la Pajería en el caso del primer cauce o nuestra Laguna de los Patos en el segundo.

A pesar del carácter bucólico que pueda tener hoy su nombre, la realidad de la Laguna de los Patos o Cascagea no podía estar mas apartada; bastante lejos de los lugares de paseo de la Sevilla clásica (Patín de las Damas, Alameda Nueva…), la laguna subsistió enclavada entre varias de las huertas en que se dividió la ciudad tras la conquista de San Fernando, como la de la Barzola, la Trinidad o la del Fontanal, con el camino de Miraflores y el de la Fuente del Arzobispo (hoy Carretera de Carmona) como únicas vías de acceso, lo cual no contribuía precisamente a que se potenciara su imagen como lugar de recreo.

Más bien al contrario; en el siglo XVIII era uno de los lugares donde el Cabildo Municipal permitía el vertido de escombros, con lo cual su insalubridad y dejadez aumentaría notablemente.

Es esta una de las pocas noticias que nos han llegado de la Laguna, que apenas es representada en las planimetrías antiguas al encontrarse alejada del recinto amurallado de la ciudad, hasta que en el siglo XIX estalla el desarrollo extramuros de ésta y empieza a aparecer junto a otros elementos de la entonces periferia hispalense.

Pero durante poco tiempo sería representada: cerrada con una valla y prohibido el baño en sus aguas, el creciente desarrollo industrial de la zona en que se encontraba prácticamente emitía el certificado de defunción de Cascagea, que aunque aparece citada en 1900 por Luis Rodríguez Caso en la memoria del proyecto de la nueva Fábrica de Vidrios de la Trinidad como el lindero Este y Norte de la misma, fue definitivamente desecada y colmatada, siendo ocupado su lugar por una fundición de bronce y una fábrica de tapones de corcho, según se refleja en un plano de la ciudad fechado en 1930.

Hoy día, la Laguna de los Patos no es ni siquiera un recuerdo, pese a que tampoco hace tanto de su desaparición; como suele suceder, un mar de hormigón y asfalto oculta el lugar donde, seguramente, aún hoy descansan las aguas de la antigua Cascagea.

11 de mayo de 2008

La Real Fábrica de Salitre

Cuando Fernando VI dio luz verde en el año 1757 a la construcción en unos terrenos pantanosos ubicados entre la Puerta del Sol y la Puerta Osario de una fábrica de Salitre nada hacía sospechar que se estaba plantando el germen de la salida definitiva de los muros tras lo que se refugiaba Sevilla desde su fundación, asentándose además las bases de la futura ronda de circunvalación por antonomasia de la ciudad, la Ronda Histórica, llamada María Auxiliadora en este tramo.

Aprovechando la cercanía del arroyo Tagarete (cuyo cauce discurría mas o menos por la actual calle Arroyo, conocida anteriormente como Camino del Burón) y la abundancia de nitro (nitrato de potasa) de los alrededores, se estimó conveniente ubicar la Real Fábrica de Salitre en este emplazamiento.

Se edificó en dos cuerpos; el primero de ellos estaba adosado a la muralla, donde hoy día están los jardines del Valle, y en éste se situó la fábrica, además de algunas viviendas y oficinas. En el segundo cuerpo, un enorme edificio rectangular, estaban los esteros y los almacenes. Entre ambos, se dejó una calle bastante espaciosa y amplia, la Arrebolera, que con el paso del tiempo se prolongaría y uniría a otras calles nacidas de forma parecida bordeando el recinto amurallado para conformar lo que hoy conocemos como Ronda Histórica.

La fábrica tenía sus propios tiempos de trabajo marcados principalmente por el clima: en verano se realizaba la recolección de polvo, cenizas y demás elementos necesarios para la elaboración del salitre, que era fabricado en invierno en las 24 estancias acondicionadas para tal fin en el edificio rectangular. Posiblemente las altas temperaturas alcanzadas en largo estío hispalense influyeran en la implantación de este ritmo de trabajo.

Dependiente en un principio de la Real Hacienda, en 1818 se entregó la fábrica a la familia Cárdenas ya que la administración era incapaz de asumir los costos generados por la industria. Pero la Casa del Salitre no volvería a levantar cabeza ante la creciente importación de pólvora procedente de Inglaterra y dejaría de funcionar poco tiempo después.

A partir de este momento ambos edificios quedan abandonados corriendo una suerte dispar hasta llegar a ser lo que tenemos hoy en día, que nada tiene que ver con el uso primitivo que tuvieron.

La zona adosada a la muralla no era medianera por su otro extremo, es decir, entre las murallas que hoy vemos en los jardines del Valle y las casas de la acera de los pares de la Calle Sol había por aquel entonces una callejuela de la que sólo queda hoy en día la parte que giraba por detrás del actual templo de Los Gitanos; esa zona fue adquirida por la marquesa de Villanueva en 1866 para establecer el Colegio del Sagrado Corazón, también llamado Colegio del Valle. En el plano de la ciudad realizado con Padura en 1891 se puede ver claramente el patio de dicho colegio, que tras el cierre del mismo en 1975 sería transformado en los actuales Jardines del Valle.

Justo enfrente, atravesando la calle Arrebolera, hoy María Auxiliadora, se encontraba el enorme edificio rectangular donde se almacenaba el salitre, al que se trasladó la Feria de Ganado que se celebraba intramuros en la Plaza de Ponce de León en 1858. Poco después se demolieron las 24 naves de la antigua fábrica y se estableció el Perneo, el matadero de reses y cerdos.

El Perneo se rehabilitó como un gran corralón entorno a un inmenso patio central donde además del sacrificio de reses había lugar para otras actividades tan variopintas como almacén de pasos de Semana Santa (el de San Isidoro estuvo guardado en uno de sus almacenes) o bares (la Niña de los Peines dio sus primeros pasos como cantante en la taberna del Ceferino, que estaba ubicada en este lugar).

Pero no duró mucho tiempo el Perneo; la expansión urbanística extramuros que trajo el nuevo siglo además de la gran industrialización de la zona hacía inviable la existencia de un edificio tan insalubre y desagradable, que fue demolido en la primera década del siglo XX. Si bien en el plano de Poley y Poley de Sevilla y sus alrededores fechado en 1910 aparece aún el perneo, dos años después es fechado el Laboratorio Municipal, con lo que estimo que la demolición reproduciría lógicamente en los albores de esta segunda década del siglo.

El enorme edificio, que abarcaba desde la calle Salesianos hasta José Laguillo y desde la calle Arroyo hasta María Auxiliadora, fue dividido en varios solares en los que se ubicaron distintas construcciones, destacando principalmente las de los extremos que dan a la ronda: el ya referido Laboratorio Municipal, edificio neoclásico construido en 1912 por Antonio Arévalo; y el Ambulatorio de María Auxiliadora, mas reciente y de estética mas discutible que el anterior. El resto de parcelas se destinaron a bloques de viviendas, edificándose todo el frente que quedaba hacia María Auxiliadora entre 1919 y 1922.

De esta forma se ponía punto y final a la historia de una de las pocas construcciones fabriles creadas en la ciudad antes de la revolución industrial que, si bien no ha corrido la misma suerte que la Fábrica de Artillería o la Fábrica de Tabacos, ha sido una pieza fundamental para que hoy tengamos la ciudad que vemos, con sus pro y sus contra, pero que al fin y al cabo, es lo que hay.

6 de mayo de 2008

El Corral de las Herrerías: Emvisesa, siglo XVII

Que la vivienda es uno de los principales problemas de nuestra ciudad y del país en general no es necesario que lo diga yo aquí. El precio desorbitado del suelo, hipotecas eternas y a veces imposibles de afrontar, la especulación inmobiliaria, etc han conseguido que algo tan básico como tener un lugar donde habitar se haya convertido en los últimos años poco menos que en un artículo de lujo.

Curiosamente, este problema no es nuevo en Sevilla. Al contrario, a nuestros antepasados ya les tocó lidiar con este toro tan desagradable, ya que en la que quizás sea la etapa más floreciente de su historia, el siglo XVII, se dieron una serie de problemas relacionados con el tema que también pusieron en jaque a la sociedad y autoridades de la época.

El monopolio del comercio de las Indias había llevado a la ciudad a convertirse poco menos que en la capital económica del mundo entonces conocido, lo cual acarreó a su vez un crecimiento desorbitado en pocos años de la población y con ella un aumento en la demanda de viviendas, por lo que el problema del suelo, o más bien la carestía de éste, se disparó hasta cotas que nunca antes habían sido alcanzadas en la ciudad.

Entre que la mayoría de las fincas urbanas pertenecían a la Iglesia o a la nobleza y que la población, por miedo a las continuas riadas vivía en el interior del recinto amurallado, la posesión de un solar en propiedad era un lujo que estaba al alcance de muy pocos. A esto, hemos de sumar la circunstancia de que Sevilla era junto a Granada y Madrid la única ciudad de la época donde la vivienda o incluso el alquiler de ésta costaba dinero, ya que en el resto del país era costumbre que el dueño del caserío lo cediera su inquilino a condición de que lo mantuviese en buen estado (igualito que ahora…)

Una de las consecuencias de esta escasez de vivienda fue la proliferación de los corrales de vecinos.

El corral de vecinos era una evolución de la típica casa morisca (curral (singular), qurralat (plural)) adaptada para el uso de varias familias. Digo uso, que no disfrute, porque en esa época prácticamente solo se estaba en la vivienda para dormir y, cuando se podía, para comer. Por ello, las necesidades de espacio de los inquilinos tampoco es que fueran muy pretenciosas.

El esquema básico del corral era un patio (herencia directa del atrio romano y que tan buenos resultados había dado en nuestra tierra desde entonces) entorno al cual se disponían las viviendas, siendo los servicios de las mismas comunes a todos los vecinos. Este esquema ha subsistido a lo largo del tiempo y aún es posible verlo en los corralones que han llegado hasta nuestros días.

Aunque en el siglo XVI había muchos corrales famosos: Tromperos, Parra, Peral, Reina… que se esparcían por toda la geografía hispalense desde época musulmana, éstos eran insuficientes para albergar a toda la población que se agolpaba en el Puerto de Indias.

El comercio con América había hecho que la franja situada entre la Puerta de Triana y la Torre del Oro adquiriera bastante importancia. El problema es que era una zona baldía y desolada, con inundaciones frecuentes y catastróficas, donde incluso se había desarrollado un monte de residuos (Malbaratillo).

Ante la demanda de vivienda y la mala imagen que daba la que en ese momento era la principal fachada hispalense hacia el exterior, el gobierno se propuso matar dos pájaros de un tiro y se dedicó a urbanizar y adecentar la zona construyendo edificios públicos como la Aduana o la Casa de la Moneda y nuevos barrios extramuros, como los de Cestería, Carretería o Baratillo.

Junto al lienzo de muralla que unía el Postigo del Carbón con la Torre de la Plata, lienzo que partía de la actual torre de Abdelaziz y concluía en la Torre del Oro, se encontraba el solar de las antiguas Herrerías del Rey, finca propiedad del Alcázar, que pretendía arrendarlo sin lograr su objetivo al ser un lugar muy degradado, a pesar de la gran importancia que tenía, ya que por el mencionado Postigo del Carbón entraban las mercancías descargadas previamente en la “machina” de la Torre del Oro, una especie de grúa de la que han llegado múltiples referencias en los grabados de la época.

En 1609 el Alcázar consiguió al fin arrendar las Herrerías a don Roberto Marcelles, una especie de promotor de la época, que a cambio de la propiedad vitalicia del solar y una paja de agua (es decir, que llegara hasta el lugar agua corriente) se comprometió a realizar unas edificaciones en el sitio con el fin de adecentarlo, incluyendo el traslado del mencionado Postigo del Carbón hasta el lugar donde se encuentran sus restos actualmente.

Del diseño de estas edificaciones se encargó el Maestro Mayor de los Reales Alcázares, el italiano Vermondo Resta, que proyectó una serie de viviendas y locales a los que dotó de una fachada única, al uso de la época y con la que además se pretendía ejercer de barrera a las constantes avenidas del río.

Los almacenes y locales servirían de apoyo al flujo de mercancías hacia el interior de la ciudad, mientras que las viviendas serían destinadas a gente de condición humilde. De esta forma el 3 de Marzo de 1616 se firmaría el primer proyecto de viviendas sociales que se conserva en Sevilla, el antecedente de lo que actualmente son las VPO, actuando en este caso Roberto Marcelles de promotor del mismo modo que Emvisesa lo hace hoy en día.

El corral de las Herrerías es hoy día un inmenso aparcamiento en superficie que, al menos, ha respetado la forma del solar original, con lo que es muy fácil situarnos y ubicar las distintas zonas en que se dividió. Los almacenes y locales se situaban en la fachada del conjunto, a lo largo de la calle Santander entre los dos Postigos del Carbón, al antiguo y el nuevo edificado por el mismo Marcelles. Donde hoy se encuentra el acceso al aparcamiento se encontraba la entrada al edificio, donde las viviendas se disponían hacia el interior agrupadas entorno a dos patios principales, De medianeras ejercían la muralla y la Casa de la Moneda, abriéndose una calle para separar las viviendas de dicho recinto. Como altura se le dieron dos plantas, al igual que al resto de edificios de la zona.

El único vestigio del corral que ha llegado hasta nuestros días es una cenefa recuperada en una reciente restauración de dichas murallas. Esta cenefa está formada por tres hileras de ladrillos que servían para la decoración de los patios del corral. Poco más. El corral fue alterándose con el paso de los siglos y adaptándose a las necesidades de los nuevos tiempos; aún recuerdo que hace unos 15 años en la zona donde una vez estuvieron los almacenes (a lo largo de la calle Santander) existía un bloque de viviendas de unas 4 plantas que posiblemente era el resultado de una última modificación hasta el solar que tenemos hoy en día y donde, si se cumplen los pronósticos, se situará el futuro Teatro del Flamenco que quiere edificar la bailaora María Pagés.

2 de mayo de 2008

Sevilla también tuvo un 2 de Mayo; el 9 de Enero de 1811

Hoy se cumplen 200 años de la sublevación de Madrid contra las tropas napoleónicas que finalizaron con los fusilamientos en el Monte del Príncipe Pío. Esta respuesta popular frente al invasor francés marca oficialmente el inicio de la Guerra de la Independencia, uno de los capítulos más interesantes de la historia de España.

En la revuelta madrileña se vivieron episodios heroicos y excepcionales que fueron inmortalizados por artistas de la talla de Francisco de Goya o Benito Pérez Galdós; asimismo, la refriega nos dejó una serie de personajes como los militares Luis Daóiz y Pedro Velarde o de gente corriente como Manuela Malasaña que se dejaron en ella la vida y pasaron desde entonces a engrosar el listado de los grandes héroes patrios.

Al primero de éstos, Luis Daóiz, rinde Sevilla homenaje con una estatua en la Plaza de la Gavidia, justo delante de la casa donde nació (o de la medianera de dicha casa, ya que ahora está allí la Consejería de Justicia).

Pero no fue Daóiz el único gran héroe sevillano muerto en la guerra contra el gabacho. Ni mucho menos; hay dos vecinos de la ciudad que fallecieron a manos de las tropas napoleónicas por luchar contra la ocupación gala, solo que, como siempre, sus nombres prácticamente han sido olvidados a día de hoy.

El 9 de enero de 1811 José González Cuadrado y Bernardo Palacios Maraver fueron ajusticiados por garrote vil en la Plaza de San Francisco por orden del mariscal Soult acusados de conspiración contra el invasor y tras negarse a denunciar a sus compañeros.

Hacía poco menos de un año que las tropas napoleónicas al mando del mariscal francés y con la presencia del mismísimo José Bonaparte (Pepe Botella) habían entrado en la ciudad sin encontrar nada de resistencia en la misma.

El hecho de que Sevilla recibiera a los invasores sin disparar un solo tiro no se debía a que los vecinos estuvieran de acuerdo con la ocupación de la ciudad, ni mucho menos; al contrario, todo fue motivado por el desconcierto de la población ante la actitud de sus gobernantes, que no estuvieron a la altura de los ciudadanos (como diría Julio Iglesias, “La vida sigue igual…”) y huyeron por la Puerta de Triana nada mas divisarse las primeras avanzadillas del ejército napoleónico.

De esta forma, la mañana del jueves 1 de Febrero de 1810 Jean-de-Dieu Soult, duque de Dalmacia, hacía su entrada triunfal por la Puerta de San Fernando para dirigirse al Palacio Arzobispal, donde instaló su residencia oficial.

Se cuenta que había dos cosas en la ciudad que agradaron sobremanera al mariscal: por un lado los dulces que “compraba” en una pastelería de la calle Mateos Gago; pero sobre todo al francés le apasionaban las obras de arte, mostrando especial predilección por los murillos; dicha afición pictórica le convertiría en la persona con la mayor colección privada de cuadros jamás reunida hasta entonces. Lo malo eran los mecanismos que utilizó para reunir dichas colección; en el inventario de obras de arte apiladas en el Alcázar en 1810 se contabilizaron mas de 150 cuadros que habían sido arrancados de iglesias y edificios para su posterior traslado a Francia, muchos de los cuales no han sido nunca restituidos a la ciudad, aunque se encuentren enriqueciendo otros museos y ciudades españolas, caso de la Inmaculada de Murillo (llamada desde entonces Inmaculada de Soult).

Ante las tropelías del mariscal y sus correligionarios (que a ser justo, tampoco es que lo hicieran todo mal) los vecinos de Sevilla, una vez repuestos del golpe que había supuesto la deserción de la Junta Revolucionaria que debía encargarse de plantar cara al invasor, comenzaron a organizarse a escondidas de éste y a conspirar para su expulsión, constituyéndose para ello una asociación llamada “El Secreto Congreso hispalense”, que celebraba sus reuniones en la antigua calle Quebrantahuesos, hoy Orfila.

Uno de los miembros mas activos de esta resistencia sevillana fue José González Cuadrado, un escribano que llevaba destacándose por su antipatía al francés desde 1808 y que, junto al batidor de oro Bernardo Palacios Malaver, estaba urdiendo un plan para levantar en armas al pueblo. Pero los planes de González Cuadrado y Malaver se fueron al traste por culpa de un chivatazo dado por un tal “Pantalones” al sanguinario Miguel Ladrón de Guevara, un afrancesado que ostentaba el cargo de jefe de la policía y que ayudado de un escuadrón de caballería francesa detuvo a los conspiradores en Castilleja de la Cuesta, dirigiéndolos a la Cárcel Real, donde fueron condenados a muerte por un Consejo de Guerra.

Sólo tenían una forma de salvar la vida, y era denunciando a sus compañeros de intrigas, al resto del Secreto Congreso; pero la entereza de ambos se antepuso a sus intereses personales y se negaron por activa y por pasiva a delatar, con lo que fueron definitivamente ejecutados a las 2 de la tarde del 9 de Enero.

Se dice que Malaver pronunció sobre el patíbulo una frase que habría pasado a la posteridad de las grandes citas de la historia si no hubiera tenido la desgracia de ser un batidor de oro sevillano ajusticiado en la Plaza de San Francisco:

- La muerte es grata por no vivir entre la canalla francesa…

Evidentemente, aunque los franceses no dominaran mucho el castellano, la frasecita no les gustó demasiado y ambos amigos no volvieron a salir del patíbulo, quedando sus cadáveres expuestos hasta que los hermanos de la Caridad los trasladaron al Patio de Los Naranjos, donde fueron enterrados en una fosa común.

No fueron los únicos sevillanos ejecutados por los invasores; de hecho la lista de asesinatos atribuidos a las huestes de Soult es bastante extensa (aunque menos que la de obras de arte robadas), pero sin duda fueron los más representativos, a pesar de que hoy día poco o nada se sepa sobre ellos.


Epílogo para los que estén interesados:

- El mariscal Soult, las tropas francesas y la mitad del patrimonio artístico sevillano susceptible de ser transportado abandonaron la ciudad el 27 de Agosto de 1812, tras ser derrotados por la Leal Legión Extremeña del inglés Juan Downie en el Puente de Triana (entonces un puente de barcas).

- Miguel Ladrón de Guevara optó por esconderse en Albaida, pero fue capturado en Junio de 1813, corriendo la misma suerte que González Cuadrado y que Malaver, es decir, siendo ajusticiado por garrote vil en la Plaza de San Francisco. Su cabeza, como escarmiento, fue clavada en una pica en el mismo punto donde detuvo a los dos héroes, siendo retirada por su familia días después.

- La Inmaculada de Soult está expuesta en el Museo del Prado, en Madrid, a pocos metros del monumento que homenajea a los héroes de la Guerra de la Indenpendencia, entre otros, al ilustre militar sevillano Luis Daóiz.

- El hueco de dicha Inmaculada se encuentra en el Hospital de los Venerables, en Sevilla, a pocos metros de una fosa común en el Patio de Los Naranjos donde reposan los restos de José González Cuadrado y Bernardo Palacios Malaver, cuya memoria sólo esta recordada por una triste lápida, una calle y otra inscripción en la iglesia de San Ildefonso. Como se suele decir, nadie es profeta en su tierra. Y en Sevilla menos...

30 de abril de 2008

La Piedra Llorosa

Cuando un pueblo (en el sentido general de la palabra) tiene una historia reciente o escasa, suele buscar elementos y situaciones a las que agarrarse como clavo ardiendo para enriquecer (e incluso a veces justificar) su pasado.

De este tema hablé hace poco en una entrada. Como dije entonces, sólo hay que ver la programación del Canal Historia y comprobar que está prácticamente copada por documentales de la “interesantísima” a la par que “gloriosa” historia de los Estados Unidos de América.

Sevilla normalmente peca de lo contrario. En una ciudad donde solo hace falta abrir una zanja para que aparezcan restos arqueológicos de los últimos 2000 años, a veces da la sensación de que el cupo de elementos históricos destacables está ya completo.

Un ejemplo son las columnas de la calle Mármoles. Las columnas están ahí y punto, al amparo de la Ley de la Gravedad. Nadie las adecenta, nadie hace nada. Parece como si se estuviera esperando que cayeran definitivamente para quitarse un problema de encima y hacer por fin una casita de dos plantas con la fachada encalada. Y lo peor es que esa espera dura ya varios siglos.

Otra muestra es la Piedra Llorosa.

En 1857, cuando al legendario capitán Custer todavía le quedaban 20 años para morir a manos de los sioux en Little Big Horn, el alcalde de Sevilla, García de Vinuesa, lloraba en dicha piedra el fusilamiento de 82 jóvenes sevillanos que se habían alzado en armas contra Isabel II. Del americano se han hecho 4 películas y escrito cientos de libros; del nuestro tan sólo hay referencias escritas en los autores locales.

Es así de triste, pero la mayoría de los sevillanos conocen mejor la historia estadounidense que la de su propia ciudad. Y lo peor es que tampoco se hace nada por solucionarlo.

Pese a que en los últimos años se ha remozado completamente todo el entorno de San Laureano, todo apunta a que la Piedra Llorosa va a seguir siendo un sillar de mármol delante de un paso de cebra. Como siempre ha sido, por cierto.

Es increíble que un enclave que podría tener tantas posibilidades y tanto encanto esté de nuevo a punto de ser abandonado en los brazos de la indiferencia, como tantas otras cosas. No digo que haya que hacer un punto turístico como por ejemplo en El Escorial con la Silla de Felipe II; ni siquiera que haya que gastarse parte del erario municipal como en León, donde se colocó una estatua de Gaudí en el punto donde diseñó la Casa de Los Botines; pero sí creo que se debería dignificar un poco el lugar, colocar una placa, una referencia, algo para que al menos se sepa por qué está ahí esa piedra. Para que se sepa algo más de la historia de la ciudad y, sobre todo, para que no se olvide.

28 de abril de 2008

Autorretrato cofrade

Mi infancia son recuerdos del Señor de Sevilla
y la voz de una saeta entre los naranjos del Museo;
mi juventud, veinte años delante del palio de Las Angustias;
mi madurez folios en blanco que, con la venia de la lluvia, escribir quiero.

Este podría ser mi Autorretrato cofrade. Veinte años de terciopelo morado, veinte madrugás, veinte cirios, veinte entradas en Campana…y veinte años sin ver al Señor de Sevilla en la calle. Casi nada.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Esta mañana he vuelto a pisar esa senda. Después de dos largas décadas, el Gran Poder y yo cara a cara bajo el cielo de Sevilla. Tan cercano y tan distante.

Delante mía estaba el Señor de Sevilla, pero también estaba mi infancia, también estaban los paseos por el barrio de mi abuelo, por su calle Teodosio; también estaba esa coca-cola del Sardinero, el bocata de queso de don Pedro Niño; por no faltar, estaban incluso los dibujos del murito de la calle Torneo.

Las hojas del almanaque se han plegado, han retrocedido 20 años, toda una vida, toda mi vida.

Pero todo lo perdemos,
y todo nos perderá.

No se cuando volverá a repetirse este momento. Veinte años, cuarenta, cincuenta… cuanto mas tarde mejor, buena señal. Entonces tenía una vida; hoy tengo otra. No tengo ni idea de cómo será la próxima vez.

Mis abuelos ya no están; hoy he ido con mi novia y con mi padre; quizás cuando volvamos a estar frente a frente me acompañen mis hijos, o mis nietos, o nadie.

A preguntas sin respuesta,
¿quién me podrá responder?

Aclaro las continuas referencias machadianas de la entrada: mi abuelo no me contaba cuentos, mi abuelo me recitaba poemas de Machado y de Federico. Así que esta noche volveré a soñar con caballos de cartón. Veinte años después...

25 de abril de 2008

No digas que fue un sueño....

Una imagen vale más que mil palabras; si ésta apareciera en Euronews seguramente estaría subtitulada con un No Comment.

Para tomar esta fotografía no he tenido que ir a la Amazonia; es más, ni siquiera he tenido que coger el coche; basta con cruzar la pasarela que une la calle Torneo con Sta. María de las Cuevas para comprobar la selva tropical que ha crecido en los antiguos Jardines del Guadalquivir.

“A buenas horas…” diría el refranero popular; no ha sido hasta este mismo año cuando el Ayuntamiento se ha decidido por fin a rehabilitar estos jardines e integrarlos en la ciudad, algo parecido a lo que se pretende hacer con el antiguo apeadero de Renfe y que ya traté aquí anteriormente.

Y claro, se han encontrado con una marabunta de plantas, escombros y ruinas donde lo mismo te puede aparecer el fantasma de Curro que un tigre de Bengala. Sólo hay que observar el estado en que se encuentran las palmeras, que posiblemente fueron podadas por última vez cuando Fermín Cacho se colgaba el oro en el podio de Montjuic.

¿Por qué se tensa tanto la cuerda en esta ciudad hasta llegar a situaciones límites donde muchas veces sólo cabe rehacer de nuevo lo ya edificado o derribarlo definitivamente?

¿No habría sido más rentable mantenerlo en condiciones e invertir el dinero que se van a gastar ahora en adecentar otros parques u otras zonas para el disfrute de todos?

¿Por qué no hacía falta hace 15 años y ahora sí, cuando la población de la ciudad se ha mantenido más o menos estable durante todo ese tiempo?

Estamos hablando de varios kilómetros de paseo fluvial, algo de lo que pueden presumir pocas ciudades y que aquí ha sido abandonado durante todos estos años.

Situaciones como esta demuestran la incompetencia de los distintos moradores del Consistorio a la hora de administrar el legado que dejó a la ciudad la Exposición Universal. Para nuestra tranquilidad moral y espiritual, dicha ineptitud ha sido válida para todos los colores, gustos y tendencias políticas que han pasado por la Plaza Nueva, desde el PA pasando por el PP como el PSOE e IU, sus últimos inquilinos. Es decir, que la culpa no es de unos ni de otros, sino más bien de todos.

Al final va a resultar que la Expo’92 se quedó demasiado grande para la ciudad. O para los que la han gobernado…