23 de agosto de 2012

La última Hoguera de la Inquisición


A las 8 de la mañana las puertas del Castillo de San Jorge se abrieron de par en par. 
Como si estuviera escrito, un halo de silencio se extendió entre la multitud que se concentraba entre el Altozano y el Convento de San Pablo desde altas horas de la madrugada. 
Se dice que incluso había llegado gente de los pueblos cercanos, tanta que el mismo ejército no tuvo más remedio que intervenir para que no se hundiera el Puente de Barcas ante tanto peso. 

Vista de Sevilla a finales del siglo XVI (detalle) - Ambrosio Brambilla
El Castillo de San Jorge (01), Puente de Barcas (02) y Convento de San Pablo (03)

Una Cruz de negro luto abría el fúnebre cortejo, encabezado por el clero parroquial de la iglesia de Santa Ana; tras ellos marchaban los miembros de la Hermandad de San Pedro Mártir, con su estandarte y su Cruz cubierta de tafetán morado, y a continuación un amplio séquito de religiosos entre los que se contaba lo más granado de la sociedad eclesial sevillana. 
De repente, unas voces estridentes quebraron la quietud que parecía haberse hecho dueña de la recién nacida mañana: bajo el dintel del portón, subida en un asno, aparecía una mujer de tez oscura y aspecto descuidado ataviada con un sambenito de color blanco. 
A pesar de su evidente ceguera, de su avanzada edad y de estar flanqueada nada más y nada menos que por don Rui Díaz de Rojas, alguacil mayor de la Inquisición y por don Sebastián Morón, alcaide de las Cárceles y caballero veinticuatro, la vieja no dejaba de proferir graves insultos hacia todos los presentes, como si la suerte que estaba a punto de correr le fuera indiferente. 

Salida del Callejón de la Inquisición a la calle Castilla

Su nombre era María Dolores López, aunque popularmente se conocía como la “beata Ciega”
Un sinfín de historias se contaban acerca de su escandalosa vida, de su conducta lasciva, libertina, ajena a cualquier tipo de moral o ética, a la que puso punto y final la Santa Inquisición deteniéndola la noche del 16 de Julio de 1779 mientras se encontraba en su casa de la calle Dados, hoy Puente y Pellón, donde vendía huevos al vecindario. 
Desde entonces dos años largos había estado confinada en las mazmorras del Castillo de San Jorge, dos años sin pedir perdón, sin retractarse, sin asumir lo obsceno de sus actos. Y al fin, esa mañana del 24 de Agosto de 1781, le había llegado la hora. 

A cada paso que daba el burrillo que la llevaba hasta el Convento de San Pablo se escuchaba un rumor, un cuchicheo, un chisme. 
Los mas viejos aseguraban que se veía venir desde niña, cuando apenas con 6 años escandalizaba a sus propios padres con sus desaires y faltas de respeto.
Otros recordaban que desde los doce años empezó a ganarse fama de libertina acostándose todas las noches en la cama de su primer confesor con el pretexto de quitarle el frío
Otros se atrevían incluso a contar cómo pervertía a las beatas del convento de Marchena donde tomó los hábitos, contagiándolas de su conducta libidinosa y herética
Los más crédulos y fantasiosos juraban haberla visto poniendo huevos en un cuartucho de su tienda cuando no tenía género para vender. 
E incluso hubo algunos osados que llegaron hasta a relatar las escenas impronunciables que habían llevado finalmente a su último confesor, Mateo Casillas, a denunciarla ante el Tribunal de la Inquisición atormentado por sus remordimientos. 
Y así, entre habladurías y chismes, llegó al filo de las nueve de la mañana la beata Dolores hasta las puertas del convento de San Pablo, donde la esperaba el Tribunal de la Santa Inquisición

Reo ataviado con el sambenito 
Grabado de Francisco de Goya

Se cuenta que en ningún momento dio muestras de arrepentimiento la vieja durante el Juicio, más bien al contrario. 
Desafiante dentro de la jaula que para la ocasión se había improvisado en el centro del templo, ni se retractó ni desmintió las acusaciones que formuladas por el fiscal sobre su  pertenencia a la herética secta de los Molinos
Nada parecía importarle, ni la hoguera que prácticamente tenía asegurada ni tampoco el escándalo que, una vez más, estaba protagonizando… tan grave que incluso fue varias veces amordazada para callar las blasfemias que profería constantemente hacia el Tribunal
Era evidente que nada ni nadie, ni siquiera un milagro, podía ya salvar la vida de la lenguaraz beata. 

Al filo de la una del mediodía el caso estaba visto para sentencia: en primer lugar sería excomulgada, después confiscados todos sus bienes y por último trasladada a la Plaza de San Francisco, donde era esperada por la hoguera
Rápidamente cundió el revuelo entre los asistentes: la gente se apresuraba a coger un sitio lo más cercano posible al patíbulo o, en todo caso, a lo largo del camino que debería emprender la reo en busca de su última hora
Llevaban mucho tiempo esperando, demasiado, y ya estaban ávidos de sangre, de dolor, de sufrimiento, de muerte… un ambiente cruel, salvaje y despiadado que dejará marcado de por vida a un niño de corta edad que presenciaba horrorizado los sucesos, José María Blanco White, como recordará años mas tarde desde la lejana Inglaterra
No es de extrañar por tanto que se produjeran gritos de júbilo cuando la beata salió al fin a la calle y puso rumbo al patíbulo, sobre todo teniendo en cuenta que nada parecía cambiar esa actitud altiva y desafiante que tanto había ayudado a dirimir su sentencia: la gente murmuraba y ella respondía con insultos. El pueblo tenía lo que quería y, para colmo, podía incluso justificarse
Pero un hecho casi milagroso rompería de improviso lo que parecía estar escrito, ya que al enfilar la calle Tetuán, entonces Colcheros, llegaron unos sollozos desde la jaula donde era transportada. 
Todos los esquemas estallaban repentinamente en añicos: la beata Dolores había roto a llorar e implorar perdón
Sacerdotes, jueces, público… todos asistían atónitos al extraño cambio de actitud de la desdichada, que envuelta en un mar de lágrimas se adentraba en la Plaza de San Francisco
Los improperios escuchados durante toda la mañana eran ahora llantos desconsolados solicitando clemencia, sobre todo cuando es leída la sentencia que la mandaba a ser quemada viva
Pero nada se puede hacer ya, salvo mitigar en la medida de los posible el sufrimiento de su muerte. Las leyes eran inflexibles para los condenados, y más por asuntos de fe, y lo único que pueden ofrecerle a la ahora arrepentida beata es cambiar la hoguera por el garrote vil, una muerte más rápida y menos dolorosa que acepta entre lamentos. 
Además, como medida de gracia, tendrá la oportunidad de confesarse en la capilla de la Cárcel Real, esquina de Sierpes, durante 3 horas y así prepararse para recibir dignamente su destino final, completamente inevitable. 

Auto de Fe en la Plaza Mayor de MadridFrancisco Rizzi
Imagen: Wikipedia

A las 5 de la tarde se abrían las puertas de la Cárcel Real ante una muchedumbre expectante que, desafiando las altas temperaturas estivales, seguía agolpada por los alrededores. 
La beata Dolores hacía acto de presencia después de tres largas horas de confesión. Sus pecados habían sido ya expuestos, sus argumentos escuchados y su perdón aceptado; sólo le quedaba cumplir la condena y morir
Tundidores, Alcaicería de la Seda (hoy Hernando Colón), Gradas de la Catedral (Alemanes), Borceguinería (Mateos Gago), el cortejo, fúnebre cortejo, marcha camino del Prado de San Sebastián hasta un tétrico paraje conocido como Quemadero de la Inquisición donde llevaban ardiendo reos desde el siglo XV

Cruz de la Inquisición, junto al Ayuntamiento, recuerdo de los autos de fe
celebrados en la Plaza de San Francisco. Imagen: Sevilla Daily Photo

Y así llegamos al final de esta historia
Todo está consumado. La beata Dolores hace un último intento por salvar su vida: llora, suplica, pide clemencia, proclama su inocencia, pero la suerte está echada. 
El garrote pone fin a su existencia, arrojando el verdugo su cuerpo a la hoguera en la que arderá hasta entradas las nueve de la noche: trece horas después la beata Ciega era solo cenizas. 

Lo que no podía sospechar ella y, posiblemente ninguno de los asistentes a la ejecución, es que sería la última persona ajusticiada en Sevilla por el Tribunal de la Inquisición, que permanecerá vigente algunas décadas e incluso condenará a nuevos herejes, pero con sentencias algo “más livianas” tales como azotes o destierros
La pena capital se cobrará así un último tributo con la vida de la desdichada beata Ciega, siendo su hoguera la última que se encienda en el siniestro y afortunadamente olvidado Quemadero de la Inquisición sevillano.


3 comentarios:

  1. Pobre mujer, desde luego nuestra historia tiene pasajes que conviene olvidar.
    Gracias

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  2. Que mal escrito está el texto, debiera abstenerse el redactor de tanto adjetivo. La descripción de los hechos es pésima. Un suceso trágico lo vuelve panfletario.

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  3. Magnifico relato. En pocas palabras quedo enterado del último ajusticiado por la inquisición en Sevilla.

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Comentarios: