7 de febrero de 2010

La Cruz de la Parra

Podría decirse que la calle Monsalves siempre se encuentra a medio camino.

Eje de tranquilidad que atraviesa triángulo de vida delimitado por el bullicio de San Eloy, la vorágine comercial de la Plaza del Duque y el ajetreo turístico al Museo de Bellas Artes, esa tendencia a estar en tierra de nadie quizás haya servido para que se pudiera salvar, si establecemos la comparación con otra calles del entorno, buena parte de la esencia y señas de identidad que atesora desde antaño.

No a medio camino, sino en dos caminos la divide Almirante Ulloa, antigua calle del Clavel por el que estaba pintado en una de sus fachadas; curioso cuando menos, si hoy tuviéramos que nominar nuestras calles por lo dibujado en sus paredes la mitad de ellas se llamarían “Cabesa”, “Saray Te Quiero” y lindezas por el estilo.

Un Clavel que hacia la actual Silencio, antigua General Moscardó y mas antigua Riego, marcaba los límites de la calle Monsalves, llamada así por el magnífico palacio que los caballeros de dicha familia labraron en el siglo XVI, donde se hospedó durante su estancia en Sevilla el viajero inglés Richard Ford.

Fruto de esa estancia es el dibujo que acompaña estas líneas, en el que podemos ver el estado que presentaba el magnífico caserón antes de que el nieto de su anfitrión, don Tulio O’Neill, marqués de la Granja, lo vendiera a Javier Sánchez Dalp (al que ya conocimos cuando se habló de la Plaza del Duque y del Humilladero de San Onofre), no sin antes llevarse la magnífica portada a su Córdoba natal, concretamente al palacio de Benagiar, propiedad de su familia. El edificio que hoy podemos apreciar es fruto de una reforma efectuada por Aníbal González entre 1906 y 1908.

El tramo que nacía en el Clavel y seguía en dirección contraria, es decir, hacia la embocadura con la Plaza del Museo, donde se encontraba la Portería del Convento de la Merced cuando toda la plaza era Casa Grande de los religiosos mercedarios, se llamaba calle Cruz de la Parra por “una cruz de madera que hay en una pared que tuvo junto a una parra, la que le dio nombre”, según palabras de otro ilustre veterano de esta página, el siempre recurrente Félix González de León.

La parra no sólo dio nombre a esta calle sino que hizo lo propio con un corral de vecinos que ocupaba los actuales números 29 a 33 y con un famoso horno que en 1782 se fundaba en el número 35, el renombrado Horno de la Parra, junto al de San Buenaventura uno de los mas antiguos y tradicionales de Sevilla. No hace falta decir que de parra, cruz, horno y corral no ha llegado a nuestros días nada de nada.

O al menos es lo que parece a simple vista, ya que si uno se fija mucho puede encontrar, casi escondido, uno de los últimos recuerdos que quedan de tiempos pasados, esos en los que figuraba entre sus vecinos el escultor Luis de Figueroa, que también dio nombre a la calle durante unos años; o el valiente barbero al que Rinconete y Cortadillo espantaron a cambio de 20 ducados.

Por que una vez más a medio camino, en esta ocasión el que delimitan la privacidad de un balcón y lo público de la fachada en la que se encuentra, se observa un curioso azulejo enmarcado por una cenefa en el que reza “Antigua Calleja Cruz de la Parra”.

En efecto, a la altura del número 16 de la calle Monsalves, escoltada por los dos cierros que flanquean la balconada de la primera planta, encontramos esta cartela similar a las muchas otras que, desperdigadas por la geografía hispalense, recuerdan los viejos nombres de sus calles y plazas.

Llama la atención la altura a la que está colocada, cuando lo normal sería que estuviera bajo la moderna cartela de la calle o en un lugar fácilmente visible de la misma.

Parece como si los vecinos hubieran querido salvaguardar su memoria, protegerla del olvido, hacer un pequeño santuario a esta Cruz de la Parra que incluso se reproduce un poco mas arriba.

Y es que sobre la cornisa que marca la segunda planta del edificio casi se esconde una cruz de escaso tamaño, hueca, pintada en verde, que seguramente será una réplica o interpretación de la que nos describía Félix González de León, original que desaparecería alrededor de 1840 cuando las autoridades municipales decidieron retirar cruces y retablos de la vía pública.

Son éstos los únicos recuerdos que quedan de esa parra que dio nombre a calle, a horno y a corral. Parra que posiblemente sería arrancada a finales del siglo XIX, siendo sustituida hoy día por unos pocos naranjos amén de las buganvillas y el limonero que asoman tras las tapias del 23.

El Horno aguantó hasta hace pocos años, siendo trasladado a finales de los 80 tras abastecer de pan a buena parte de la ciudad, mientras el corral de vecinos desaparecía bajo la piqueta en 1988 para dejar paso a un moderno bloque de viviendas. En fin, el guión de siempre.

Pese a todo, como se dijo al principio, tampoco es que haya sido muy maltratada por la piqueta esta calle Monsalves (ya me refiero a toda su extensión), que todavía conserva en parte ese sabor añejo como denota la colección de cierros y elementos de forja que adornan las fachadas de los edificios que la conforman. Un lugar ideal para escapar evadirse momentáneamente del mundanal ruido, aunque sus esquinas ya no huelan a pan recién hecho ni sea posible buscar la sombra de la vieja parra.

5 de febrero de 2010

De Camela al Maestro Tejera, y viceversa

Días atrás me propuso un buen amigo que escribiera algo acerca del mundillo que se mueve alrededor de la Semana Santa más allá de lo que es la propia Semana Santa, concretamente sobre esos figurantes que por querer figurar mas de lo que pueden figurar terminan desfigurando.

Uno a uno empezaron a desfilar por mi libreta de cuadritos los semidioses del costal, los globetrotters de las cornetas, las sillitas de los chinos, los trajecitos blancos, los móviles grabando a ritmo de silbido, los inevitables cangrejeros, los concursillos de saetas….

Como es un poco exagerado empezar a cabrearse cuando ni siquiera huele a azahar, te pido disculpas querido Javi, pero teniendo en cuenta que me estaba encendiendo demasiado en la entrada y que, según dicen, una imagen vale más que mil palabras, creo que te resumo mis pensamientos aquí abajo.

31 de enero de 2010

Alameda, calimocho en las baldosas amarillas

Decía Séneca que “no hay viento favorable para el que no sabe dónde va”. Esta frase viene a la perfección para definir la situación en que se encuentra actualmente la Alameda de Hércules, uno de los estandartes de esta nueva Sevilla sostenible que tan difícil es a veces de entender.
El último episodio vivido con el intento de reapertura al tráfico de la zona Norte de la plaza vuelve a dejar ese tufillo a improvisación y chapuza, a no tener muy claras las ideas de lo que se tiene entre manos, que gravita alrededor de muchas de las actuaciones realizadas en pos del “nuevo modelo de ciudad” que según parece ha de alcanzarse a toda costa, aunque a veces haya que tirar del calzador.
Antes de entrar en materia, como suelo hacer, pongo mis cartas sobre la mesa: no me creo la Alameda, nunca me la he creído. Ni ésta ni las anteriores que he conocido.
El principal motivo de mi “incredulidad alamedesca” lo baso en la tendencia, casual o no, de darle un “lavado de cara” a esta plaza y a la de la Virgen de los Reyes cada vez que llega un nuevo inquilino al Ayuntamiento. Regla no escrita o manera fácil de hacerse notar desde bien pronto, lo cierto es que cada cambio de vara lleva aparejado un cambio de baldosas, en este caso amarillas.
De esta forma, si la memoria no me falla, es ésta la tercera Alameda que conozco y, aquí no tengo dudas, la que menos me agrada. Creo que está fuera de sitio, es incómoda, fría, no me dice nada. La considero más un lugar de paso que una plaza, como una calle amplia que se ha decorado de una forma que puede gustar más o menos, pero que perfectamente podría encajar en cualquier otra ubicación con muchas menos connotaciones históricas y tradicionales.
Recuerda los modernos espacios diagramáticos que ilustran las páginas de El Croquis y otras revistas arquitectónicas especializadas, actuaciones urbanísticas de vanguardia absolutamente válidas para ciudades del norte de Europa y de otras latitudes en las que el concepto de “plaza” como espacio público difiere bastante del que tenemos por estos lares, donde el lugar no se “usa”, sino que se “vive”.
El problema no es que yo no me crea la Alameda, al fin y al cabo no soy mas que un tipo que expresa su opinión; el problema es que según parece no se la cree nadie, ni siquiera sus propios valedores. Prueba de ello son las continuas diferencias de criterio que se suceden desde su reinauguración.
Las primeras contradicciones empezaron antes incluso de que se acabaran las obras con la “zona de juegos para niños”, a la que se opuso rotundamente Elías Torres, padre de la criatura; oposición que cayó en saco roto cuando se incrustó en el camino de baldosas amarillas un parterre de toboganes y columpios a imagen y semejanza de los parterres de toboganes y columpios incrustados en las plazas de Rochelambert o Pino Montano. Un parche en toda regla para una inversión millonaria; parche por otro lado necesario, pero que podía haber sido tratado de otra forma.
Al Cabernet Sauvignon le echaban Coca Cola, aunque era sólo el principio: ahora llegaba el turno de la fuente.
Nadie duda que en Sevilla hace bastante calor, sobre todo en verano. Nadie duda que el calor provoca sed. Nadie duda que la sed se sacia con agua. Nadie duda que en un espacio público medianamente decente hay que colocar cuando menos una fuente pública para saciar esa sed. O sí.
En otro error de cálculo, error diagramático, error de diseño o error de lo que sea tampoco hay sitio para una fuente de agua potable en la Alameda, error que es afortunadamente subsanado de forma inmediata, aunque se hace de aquella manera…Y se incrusta junto al parterre de toboganes y columpios a imagen y semejanza de los parterres de toboganes y columpios de Rochelambert o Pino Montano una fuente de agua potable a imagen y semejanza de las fuentes de agua potable de Rochelambert o Pino Montano. Otro parche más, calimocho con Coca Cola Light.
Pero claro, la penúltima palabra no estaba dicha: turno para el tráfico.
En un nuevo error de cálculo, de previsión, de lo que sea, ésta vez no achacable al señor Torres, resulta que ahora se pide a gritos la “despeatonalización” de la zona Norte de la plaza para descongestionar el problemón en que se está convirtiendo el tráfico del Casco Histórico. Más o menos lo que viene a ser un Cabernet Sauvignon con Coca Cola Light sin cafeína.
Si te gastas una millonada en reorganizar y prácticamente sacarte de la chistera una nueva Alameda para luego parchearla, trocearla y vulgarizarla, hay algo que falla. O en otras palabras, no se puede reinventar una plaza con casi quinientos años de historia poniendo en su lugar otra completamente distinta.Quizás antes de darle al intro del programita de diseño o el visto bueno a las infografías de turno no habría venido mal que alguien se hubiera leído los juegos de niños en la Jabanilla que nos relata Julio Martínez Velasco en su "Paseo por la Sevilla del 98" o reparado en los puestos de agua que aparecen en las fotos de finales del siglo XIX.
A lo mejor se habrían tomado otras medidas que no hubieran hecho necesario parchear las millonarias baldosas amarillas. Quién sabe, quizás las hubieran hecho hasta creíbles…

27 de enero de 2010

El Río que nos lleva: La Fábrica de Harinas de Peñaflor

Afortunadamente las piedras no hablan. Catedral de la Vega, la vieja Fábrica de Harinas de Peñaflor es el primer saludo que recibe el Río Grande al adentrarse en la provincia de Sevilla.

Atrás quedó la Cañada de Agua Fría, ya afluyó el cauce bermejo del Guadalimar, la Albolafia volvió a recordar los tiempos en que peinaba la corriente tumultuosa de lo que aún se quedaba en un esbozo y los susurros del Darro llegaron acunados en el lecho del Genil. La madurez se consumó en Palma, cruce de caminos: el todo es sólo uno, Guadalquivir.

Aguas que besan Peñaflor, la antigua Celti, puerto romano de la Sierra Norte, y sueñan la brisa marina escoltadas por los naranjales de la ribera. Aguas que pasan de largo, indiferentes a la larga agonía de esa Fábrica a la que durante cien años dieron vida. Aguas que no fueron suficientes para apagar las llamas que devoraron a principios de los 80 lo que ya estaba desierto.

Seguramente de haber estado en otro sitio su suerte habría derivado por diferentes derroteros. Quizás hoy albergaría un museo, un centro de interpretación o mil usos mas que se me vienen a la cabeza para reivindicar el patrimonio industrial de una región, Andalucía, que no anda precisamente muy sobrada.

Ahora solo habita el viento entre sus paredes. El viento que recorre las estancias sin obstáculo que lo impida, entre los muros desnudos de su estructura, a través de los vanos vacíos en los que antes había ventanas, sin techo ni suelo que lo detenga. Única voz, silenciosa y callada, que queda a la antigua Fábrica: la voz de la soledad que la arruina.


El autor de la primera imagen es Pepe Carranza y está tomada de su página en Panoramio, donde tiene una preciosa colección de fotografías sobre Peñaflor.

24 de enero de 2010

Prohibidos...

Estas fotografías están tomadas en dos jardines de la Barriada Santa María de Ordás; recalco la palabra jardines por si alguien tiene alguna duda al respecto, ya que como se puede observar apenas hay flores ni plantas mientras que por el contrario han crecido señales de prohibición como si fueran éstas el objeto de los cuidados del jardinero: Prohibido pisar el Césped, Prohibido apoyarse en la Valla, Prohibido soltar Perros. Todo parece estar prohibido.

Ante la maravillosa perspectiva de este sembrado de cartelitos la pregunta es obligada: ¿cada vez se prohíben más cosas o por el contrario lo que realmente se intenta es impedir que se haga lo que antes era de sentido común?

Quizás estemos ante un problema de ética, de moral, de educación, de valores… Hablando claro, que o bien nos estamos volviendo idiotas o nos estamos embruteciendo.

Lo más grande es que este ejemplo se queda en una tontería si lo comparamos con lo que se cuece entorno al tabaco, a la velocidad en carretera, a la descarga de archivos vía internet, a las bolsas de plástico, a las mismas drogas….

Como decía Calderón, seguramente todo dependa del color del cristal con que se mire: para algunos el jardinero será un quejica, para otros los vecinos unos animales. Se suele decir que en el término medio está la virtud pero, ¿cuál es el término medio?

Por mi parte lo tengo claro, prefiero pisar el césped antes que llenar un jardín de carteles, aunque claro, quizás en el fondo yo no sea más que un vándalo. Eso sí, un vándalo silingo, que nadie me quite el pedigrí.