15 de diciembre de 2013

Mutadid, el Señor del Jardín de las Cabezas Cortadas


Luz de los ojos y alegría del alma,
es un Jardín que ofrece sus cabezas como fruto.
Que Dios te ayude, oh bien encaminado en tus afanes
que has cosechado esas cabezas de tales semilleros.
Nunca antes vi desolación hermosa
cuya visión horrible fuera agradable compañía.


Con estos versos, normalmente algo bello y delicado, se ensalza uno de los lugares más tétricos y siniestros que ha tenido Sevilla en toda su historia, si no el que más.
Un lugar que, curiosamente, era un Jardín, sólo que entre el colorido de las flores y el murmullo de las fuentes se mezclaban cráneos de príncipes y grandes guerreros andalusíes clavados en picas.
Para colmo, el poema ofrece otra singularidad más, y es que fue escrito por el propio dueño del Jardín: Al-Mutadid Bi-llá, “el que busca la ayuda de Dios, segundo rey abadí de Sevilla, que orgulloso de su obra deseaba que se recordara eternamente.

Mutadid
En el Patio de la Reina del Alcázar de Sevilla 
Ernst Karl Eugen Körner

Para tal fin había destinado uno de los patios del Alcázar, antigua fortaleza omeya donde tenía fijada su residencia y que poco a poco estaba transformando en un lujoso palacio.
Sería este el típico Jardín andalusí, con sus arriates, sus fuentes, sus plantas del mil colores y fragancias distintas, seguramente rodeado de galerías sustentadas por arcos recubiertos de ricas yeserías… pero con una peculiaridad, siniestra y macabra peculiaridad: su principal adorno eran cabezas clavadas en picas.
Y es que a Mutadid le encantaba decapitar a sus enemigos para decorar el patio del palacio con sus cráneos como si fuera un trofeo y así, según parece, poder disfrutar siempre de su "presencia".
Previamente, gesto importante, los había etiquetado con un pendiente donde aparecía el nombre del dueño del cuerpo al que había pertenecido, no fuera a confundirse...

Henri Regnault Granada ejecución
Ejecución sumaria en Granada
Henri Regnault

Porque, como todo en esta vida, en el Jardín de Mutadid había cabezas y cabezas… 
A unas las dejaba que se descompusieran con el paso del tiempo hasta quedar reducidas en blancas calaveras que luego se encargaba de perfumar y, si era menester, utilizaba de macetas para plantar flores.
Pero había otras que recibían cuidados y mimos casi diarios para evitar su deterioro: las de sus principales enemigos, a los que disfrutaba viendo mientras paseaba entre los arriates del Alcázar.
Y es que pocos placeres mayores encontraba el rey Mutadid que recitar una poesía junto al cráneo del califa Alí Ibn Hammud o tomarse un descanso tras una agotadora jornada de trabajo caminando entre los restos de Ibn Jizrun, rey de Arcos, o Ibn Nuh, señor de Morón

Mahomet II en Constantinopla Benjamin Constant
Entrada de Mahomet II en Constantinopla
Benjamin Constant

Hijo de un rey guerrero, Abu al Qasim, fundador de la taifa sevillana tras la desaparición del califato de Córdoba; y padre de un rey poeta, el inmortal Al-Mutamid, hacía gala Mutadid de ambas virtudes junto a muchas otras que lo convirtieron en una de las figuras más apasionantes del medievo español.
Su personalidad era arrolladora y compleja: unos lo amaban y seguían como a un Dios, otros lo odiaban y temían como al mismísimo Diablo.
Se dice que era hermoso y cruel, inteligente y traidor, una persona culta pero sin principios, amante de la poesía y a la vez un asesino despiadado; su gran preocupación, casi obsesión, fue consolidar el reino que había heredado ampliando sus fronteras a toda costa y a la vez convertir su capital, Isbilya, en una ciudad a la altura de Córdoba, Constantinopla o Damasco, grandes referentes del momento.
Para ello no dudó en masacrar a sus enemigos al tiempo que se rodeaba de una pomposa corte, la más floreciente y extraordinaria de la época. 
Así, mientras asesinaba nada más subir al trono a Habíb, visir y hombre de confianza de su padre, al mismo tiempo nombraba primer ministro y secretario del reino a Ibn Zaydun, quizás el mejor poeta de la historia de Al Andalus.

En el Patio de los Abencerrajes
Filippo Baratti

Fue Mutadid un genio militar, posiblemente el mejor general andalusí desde el mismísimo Almanzor.
Al comienzo de su reinado, en 1042, la España musulmana atravesaba una situación bastante compleja, casi desesperada, inmersa en una incertidumbre que ponía en duda su propia existencia.
El califato de Córdoba se había desintegrado a principios del siglo en decenas de taifas que a duras penas se defendían unas de otras y, por supuesto, incapaces de contener el ímpetu reconquistador de los reinos cristianos del Norte.
Mutadid, continuando la labor iniciada por su padre, las fue aglutinando una a una a la vez que “sembraba” con las cabezas de sus reyes el Jardín del Alcázar: primero cayó Mértola, después Niebla, después Santa María del Algarve (Faro), luego Huelva y más tarde Algeciras, Silves, Morón, Ronda, Carmona… hasta llegar a Arcos de la Frontera
Cuando una taifa resistía más de la cuenta, siempre se las ingeniaba para que al menos quedara bajo su órbita, bien mediante el pago de tributos, bien estableciendo lazos diplomáticos, como por ejemplo en Denia, donde el sultán Muyahid, viejo amigo de su padre, ganó la paz mediante dos regalos: su propia hija, a la que Mutadid desposaría más tarde, y una esclava de nombre Abbadiya, culta e instruida que pasó a ser su concubina favorita.
No es de extrañar que a su muerte el Reino de Sevilla se hubiera convertido en la cabeza visible de Al Andalus, abarcando todo su cuadrante Suroeste: desde el Atlántico hasta Córdoba y desde Badajoz al estrecho de Gibraltar.

Cruzados entran en Constantinopla
Los cruzados entran en Constantinopla
Eugene Delacroix

Pero si a Mutadid le apasionaba la guerra y acumular poder en su Reino, tanto o más le gustaban las mujeres.
Cierto es que tuvo una única esposa, la hija del rey de Denia, pero sus amantes se cuentan por cientos, y no es exagerado.
Dicen que por su harén pasaron más de 800 mujeres de todas las nacionalidades, razas, credos y religiones, de forma que al morir dejó junto a su viuda un serrallo de casi 70 concubinas y una prole compuesta por más de 40 hijos, cifra extraordinaria teniendo en cuenta lo ajetreado de su vida, que sólo duró 57 años.

Serrallo Jean Leon Gerome
El Serrallo
Jean Leon Gerome

El primogénito de estos 40 vástagos era Ismail, heredero de su ambición desmesurada e irrefrenable pero carente del temple necesario para, al menos, sobrevivir en un mundo tan peligroso y complejo. 
Así, tras ganarse la admiración de todos en una campaña donde había devastado la taifa de Badajoz, Mutadid lo envió a conquistar Córdoba, pero esta vez el joven príncipe se negó. 
En abierto acto de rebeldía, posiblemente se le habían subido los éxitos militares a la cabeza, e instigado por Muhammad Al-Bazliani, gran visir del reino, tuvo la feliz ocurrencia de saquear el Alcázar llevándose consigo el tesoro real y raptando a su madre así como a varias concubinas del harén, desatando la temible ira de Mutadid, que mandó a su guardia personal a la caza y captura del temerario muchacho.
Acorralado, Ismail no tuvo más remedio que rendirse e implorar perdón, dando al rey la oportunidad de hacer una vez más gala de su doble personalidad: así, mientras por un lado se mostraba magnánimo aceptando las súplicas, por otro plantaba en su tenebroso Jardín las cabezas del visir Bazliani y de aquellos que habían apoyado a su hijo. 
Pero el príncipe no estaba tranquilo, sabía que su padre jamás olvidaba una afrenta y que mientras viviera no podría estar tranquilo, por lo que urdió un plan para asesinarlo en su alcoba mientras dormía. 
Para su desgracia, Mutadid tenía confidentes en todos los rincones del reino y la trama llegó hasta sus oídos. 
Esta vez no habría otra oportunidad: Ismail fue llamado a su presencia y con sus propias manos le dio muerte. Una pica más para el Jardín de las cabezas cortadas.

La Matanza de los Abencerrajes Mariano Fortuny
La Matanza de los Abencerrajes
Mariano Fortuny

A punto estuvo de correr la misma suerte su segundo hijo en línea de sucesión, el sensible e inteligente Al-Mutamid, joven príncipe, según los historiadores, “completamente diferente a su padre”.
Ya en un primer momento lo había enojado bastante cuando se extendió el rumor de que mantenía una relación homosexual con Ibn Ammar, su mentor y uno de los poetas más exquisitos de Al Andalus, que marchó inmediatamente al exilio para evitar que despertara la ira regia
Pero Mutadid, al menos a sus hijos, concedía una segunda oportunidad, que para Al-Mutamid llegó en una guerra contra la taifa de Málaga.
Cuentan que el guerrero poeta, al mando de los ejércitos sevillanos, rodeó la ciudad costasoleña exigiendo su rendición… y cuentan que un nuevo contratiempo dio al traste con todo: la mayor parte de las tropas se emborracharon durante una noche, circunstancia que aprovecharon los sitiados para infringirle una dolorosa derrota.
Consciente de que a su cabeza le aguardaba una pica del Jardín paterno, Al-Mutamid luchó bravamente de forma desesperada, salvando el honor de la familia y de paso su propia vida, ya que se ganó definitivamente la estima de su padre, al que sucedería pocos años después, en 1069, cuando le sorprendió la muerte.

El Sultán de Marruecos Eugene Delacroix
El Sultán de Marruecos y su séquito
Eugene Delacroix

Porque el corazón de Mutadid, el cruel guerrero despiadado, el tirano sanguinario y atroz, el dueño del Jardín de las Cabezas Cortadas, se ablandaba con la sola presencia de su hija Taira, la niña de sus ojos y, a la postre, el sentido de su vida.
Bella, inocente, cándida, era la única persona capaz de dibujar una sonrisa en su rostro, de hacerle aparcar a un lado las intrigas y quehaceres del reino, de hacerlo vivir.
Pero una mañana de invierno Taira murió, y entonces el gran Mutadid, el intratable Mutadid, el poderoso Mutadid, se sumió en la desesperación
Roto de dolor, su tristeza no parecía tener límites y para colmo sufrió varios ataques cardíacos, por lo que los médicos de la corte aconsejaron que guardara reposo.
Pero ya nada parecía tener sentido para un Mutadid que, haciendo caso omiso a todos los consejos, quiso asistir al funeral de su hija para darle un último adiós.
Cuentan que subió a un ajimez para que, oculto, no pudieran ver su pena, y allí lloró amargamente durante horas sin que nada ni nadie pudiera calmarlo. 
De repente, el intratable rey de Sevilla cayó al suelo entre convulsiones, acercándose rápidamente todos los presentes a socorrerlo: había sufrido una fuerte hemorragia y su vida se apagaba por momentos.
Dos días después, el 28 de Febrero del año 1069, expiraba en una de las suntuosas estancias del Alcázar que había levantado en Sevilla, esa pequeña taifa que con su valor, ingenio y crueldad había convertido en la ciudad más importante de Al Andalus.

La Tumba del Sultán Beyazit John Lewis
La Tumba del Sultán Beyazit
John Frederick Lewis


3 comentarios:

  1. Preciosa historia, la desconocía.

    ResponderEliminar
  2. Mi mas sinceras admiracion por este blog ,cosas que habia leido muy dispersas me las encuentro todas reunidas ..gracias

    ResponderEliminar
  3. Eduardo Sáez (Yasin)15 de enero de 2016, 23:42

    Muy buena historia! Yo también la desconocia.Me encanta soñar desde niño en tiempos pasados andalusies.

    ResponderEliminar

Comentarios: