30 de junio de 2013

Las obras de la Catedral (I)


“Fagamos una iglesia tal e tan grande que los que la vieren nos tomen por locos"


Locos no, lo siguiente.
Seguramente es lo que pensaría más de uno al escuchar esta declaración de intenciones en boca de los miembros del Cabildo cuando se abordó el tema de levantar una Catedral en Sevilla
Exceso de euforia, ambición sin límites… o quizás serían los calores del verano que habían afectado más de la cuenta a los respetables y venerables asistentes (era el 8 de Julio de 1401), la cuestión es que se había decidido demoler la Gran Mezquita almohade y construir en su lugar una iglesia que, según apuntaban, iba a ser colosal

Las obras de la Catedral
Catedral de Sevilla - Imagen: Foroxerbar

En voluntad e ilusión no les ganaba nadie, aunque conociendo nuestra idiosincrasia particular seguramente se montarían varias plataformas ciudadanas de protesta, de tumbadores de catedrales o defensores del patrimonio musulmán heredado. La UNESCO, afortunadamente, aún no andaba por allí.
Y no es broma... de hecho aunque las obras comenzaron a los pocos meses, cuando el arzobispo Alonso de Egea colocaba la primera piedra bajo la actual capilla de San Laureano, durante décadas no se consiguieron los permisos reales necesarios para derribar la totalidad de la antigua Mezquita musulmana.
Hubo que esperar hasta 1433 para que al fin el rey Juan II accediera a demoler la Capilla de los Reyes que se había adaptado en una de las naves musulmanas.
Ahora sí, la cosa iba en serio y empezaron a llegar piedras del cerro de San Cristóbal, en el Puerto de Santa María, para cimentar el nuevo y majestuosos templo.
Todo iría despacito, pero con buena letra, muy buena letra, la mejor que se conocía.

Mezquita Mayor
La Giralda, antiguo alminar almohade, es uno de los
pocos restos que quedan de la Mezquita Mayor

Porque bajo las órdenes de los mejores y más afamados maestros de obra de la época un incontable número de alarifes, albañiles, canteros y todo tipo de gente de todo tipo de gremios de todo tipo de religiones de todo tipo de nacionalidades y todo tipo de ideas comenzaron a levantar un inmenso edificio gótico a los pies de la mismísima Giralda, el impresionante minarete almohade con el que trataría de rivalizar en belleza y en grandiosidad o, al menos, lo intentaría.
Y así el trabajo iniciado según trazas de Alonso Martínez, que podríamos considerar el primer arquitecto de la Catedral, fue continuado por los mejores maestros de obra de la época, algunos españoles como Pedro García, Juan de Hoces o Simón de Colonia; otros extranjeros como el flamenco Ysambert o los normandos Carlin y Juan

Francisco Pradilla y Ortiz
La Rendición de Granada, obra de Francisco Pradilla y Ortiz (1882)
Imagen: Wikipedia

Pero el templo no se acababa, su construcción se eternizaba en el tiempo, tanto que aún hoy esta tardanza es recordada en una frase típica y tópica sevillana: “Dura más que las obras de la Catedral.
Los contratiempos no paraban de sucederse uno tras otro, entre ellos la pérdida constante de canteros que eran reclamados por la Corona para que tallaran bolas de cañón en la guerra de Granada.
Y como era de esperar, el retraso empezó a ser preocupante y llegaron las prisas, el ansia por acabar cuanto antes, por terminar de una vez por todas.
Con alarifes aún trepando por las gruesas columnas y artistas decorando las fachadas, se decidió colocar la última piedra el 10 de octubre de 1506, una vez que el maestro Alonso Rodríguez dio por concluido el elevado cimborrio que por fin remataba el templo.
El resultado que podía adivinarse tras los andamios y pasarelas que aún no habían sido retirados era realmente espectacular: en Sevilla se había levantado la iglesia más grande de toda la cristiandad, tal y tan grande que, realmente, los que la veían tomaban a sus constructores por locos.

La Catedral en el siglo XIX, fotografía de J. Laurent 


Y llegó la fecha señalada, el gran día.
Solemnemente don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia, colocaría esta última piedra dando por finalizadas las obras en compañía del deán del templo, Fernando de la Torre, y por su canónigo, Luis Ordoñez
Desde las alturas, coronaron el cimborrio con la Santa Cruz y terminaron de cerrarlo, entonando a continuación el Te Deum para bajar después a la capilla de la Antigua, donde les esperaba el arzobispo, Diego de Deza, cuya salud estaba bastante delicada como para subir escaleras y andamios.
Lástima que la ciudad no pudiera festejar tan magno acontecimiento, posiblemente uno de los más importantes de su historia: pocos días antes había muerto el rey de Castilla, Felipe el Hermoso, y era deber guardar luto riguroso ante tan triste suceso.

Juana la loca ante la tumba de Felipe el Hermoso,
obra de Francisco Pradilla y Ortiz (1877) Fuente: Wikipedia 


Pero bueno, al menos cuando se pasara la pena los sevillanos podrían presumir al fin de su Catedral, que hasta la terminación de San Pedro en el Vaticano y de San Pablo en Londres fue considerado el templo cristiano más grande jamás construido.
Un templo inmenso, digno de una ciudad que por aquel entonces se situaba entre las urbes más importantes del mundo, aunque realmente aún quedaban obras por hacer… 
Porque la Catedral no se había acabado, ni mucho menos. 

Catedral en jarjas
La Catedral en una imagen de 1870. Sobrepuesto en rojo,
la Puerta de San Cristóbal aún en jarjas, sin acabar


Ya a los pocos años tuvo que realizar unas obras de urgencia el maestro Juan Gil de Hontañón cuando la noche del 28 de diciembre de 1511 se derrumbaba estrepitosamente el cimborrio que de forma tan solemne había coronado el duque de Medina Sidonia.
La estructura no tenía mucha solidez y se desplomó sin causar, por suerte, daños personales.
Los andamios volvieron, la Catedral se llenó de otra vez de canteros, albañiles, alarifes y talleres para enmendar el desaguisado. Obras y más obras una vez más. 
Y precisamente durante las mismas tuvo lugar en 1517 una disputa entre dos de los mejores canteros, yendo la cosa a mayores hasta el punto que uno de ellos, Pedro de Rozas, murió tras recibir un mazazo en la cabeza.
Su asesino, Diego de Riaño, huyó despavorido a Portugal intentando escapar del peso de  la justicia, que seguramente le tenía reservada la pena capital.
Así habría terminado una de las carreras mas brillantes de la arquitectura renacentista española de no ser por su excelente labor en el monasterio de Santa María de Belem, en Portugal, donde había encontrado asilo y trabajo.
Su historia llegó a oídos del emperador Carlos V, que en 1522 le otorgaba el perdón real, pudiendo regresar de esta forma a Sevilla.
Ya rehabilitado, Diego de Riaño sería nombrado Maestro Mayor de la Catedral, enfrascándose en una serie de obras espectaculares, entre ellas el Ayuntamiento de la ciudad, que le proporcionaron una fama y éxito tales que en poco tiempo se olvidó su horrible crimen.

Diego de Riaño
Ayuntamiento de Sevilla, obra de Diego de Riaño terminada
una vez regresó tras su "exilio voluntario" en Portugal

Antes, en 1519, habían terminado las obras del cimborrio, suceso celebrado con otra inauguración solemne, otra última piedra y otro Te Deum… pero la Catedral aún no se había acabado…
Durante el siglo siguiente se levantarían las capillas de San Leandro y San Isidoro, además de la iglesia del Sagrario sobre el lugar que ocupara en el medievo la Pila del Hierro.… pero la Catedral aún no se había acabado…
En el siglo XVIII las obras tendrán menos envergadura, centrándose sobre todo en retablos, coro y otros elementos interiores… pero la Catedral aún no se había acabado…

Pedro Tortolero 1738
Catedral de Sevilla, grabado atribuido a Pedro Tortolero (1738)
Como se puede apreciar la Puerta de la Asunción, en el centro,
aún no está acabada.

Y es que quedaban por construirse tres Puertas, tres grandes Puertas, precisamente las tres más importantes.
Una era la Puerta de la Asunción, que daba a la nave mayor desde la actual Avenida y, por tanto, podía considerarse el acceso principal a la Catedral.
Otra era la Puerta Norte o de la Concepción, conocida por aquel entonces como la Colorada y que se abría hacia el Patio de los Naranjos.
Y por último estaba la Puerta Sur o de San Cristóbal, en su otro extremo, frente por frente a la Casa de la Contratación.
Más de 3 siglos llevaban esas portadas con los ladrillos en jarjas esperando la obra de cantería que les diera la solemnidad y elegancia que se presupone a uno de los mayores templos de la cristiandad, pero unas veces el dinero y otras la disconformidad de los artistas y el arte del momento con el estilo gótico frenaban la conclusión definitiva de la Magna Hispalenses, la Montaña Hueca, la Catedral de Sevilla que, a principios del siglo XIX, aún no se había acabado.
Pero esa es otra historia...

Puerta de la Concepción, Laurent
El patio de los naranjos en una imagen de Laurent (1866)
La Puerta de la Concepción está en jarjas, con andamios
que señalan obras recientes


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