7 de julio de 2013

Los Caballos de los Huntington



Monumento al Cid Campeador en Buenos Aires
Imagen: wrighton.com

Recortándose en un horizonte limpio y claro, don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cabalga impetuoso a lomos de su corcel, Babieca, al tiempo que eleva un pendón con su brazo derecho y vuelve el rostro, como arengando a un ejército a punto de entrar en combate.
Seguramente la estatua les resulte familiar, de hecho la habrán visto cientos de veces, quizás todos los días, e incluso se citarán en ella con su pareja, sus padres o sus amigos de vez en cuando. Pero no se equivoquen, no estamos en la Avenida del Cid, ni en Sevilla, ni siquiera en Europa...
Hay miles de kilómetros por medio, océano incluido: este Campeador está en el centro de Buenos Aires, en Argentina, y es una de las cinco estatuas hermanas de nuestro popular Caballo que se encuentran repartidas por el mundo.     


Monumento al Cid Campeador, en Sevilla

Para buscar el origen de estas estatuas conoceremos en primer lugar a su creadora, la artista estadounidense Anna Hyatt Huntington
Nacida en Massachusetts en 1876, parece ser que tuvo desde muy niña dos grandes inquietudes: la escultura y los animales, ésto último heredado de su padre, catedrático de zoología en Harvard.
Con el tiempo adquirirá una tercera: el interés por la historia y sus personajes, que desarrolla aún mas cuando contrae matrimonio con Archer Milton Huntington, un millonario mecenas apasionado de la cultura española que en 1904 había fundado la Hispanic Society of America en Nueva York, donde por cierto donó uno de los dos retratos que Velázquez hizo al conde-duque de Olivares, propiedad hasta entonces de su familia.

Retrato del Conde-Duque de Olivares,
Diego Velázquez - Imagen: Wikipedia


Pero el personaje histórico favorito del señor Archer es muy anterior al valido de Felipe IV, impulsor por cierto de nuestro Corral del Conde, donde dicen que se alojaban sus sirvientes.
Nuestro mecenas estadounidense al parecer estaba obsesionado con la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuyo "Cantar" tradujo al inglés del mismísimo manuscrito original, publicándose en tres volúmenes entre 1897 y 1903.
Por eso no es de extrañar que en 1927 su esposa Anna, con la que había contraído matrimonio 4 años antes, se inspire en el héroe castellano al ejecutar una escultura ecuestre para presidir el patio principal de la Hispanic Society de Nueva York.
Para representar al Campeador lo mas fielmente posible la artista estadounidense parece ser que se basó en los consejos de su propio esposo y sobre todo de Ramón Menéndez Pidal, uno de los principales hispanistas del momento y amigo personal de la pareja.
El resultado, a la vista está, es formidable: la vestimenta, la actitud, el gesto... la calidad de la obra es tal que Anna cosecha multitud de elogios, recibiendo su carrera profesional un considerable y oportuno espaldarazo.

Detalle del patio de la Hispanic Society de Nueva York.
Presidiendo, el Monumento al Cid Campeador (1927)

Sevilla era una de las ciudades favoritas del matrimonio Huntington.
No en vano, la ciudad protagonizaba varios de los cuadros de escenas típicas regionales que en 1911 el señor Archer había encargado a Joaquín Sorolla para decorar la sede de la Hispanic Society, colección que por cierto tuvimos oportunidad de disfrutar hace poco en el Museo de Bellas Artes.
A finales de la década de los 20 en la capital andaluza debía estar viviéndose una auténtica locura, ya que estaba a punto de ser inaugurada la Exposición Iberoamericana, ese ansiado escaparate que proyectaría de nuevo su imagen al mundo.
Conscientes de la importancia que tiene el evento, los Huntington deciden aportar su granito de arena y regalan una réplica en bronce de la estatua ecuestre del Campeador, que es excelentemente recibida por la Organización del evento.
Inicialmente la ubicación del Cid será la Glorieta de la Virgen de los Reyes, una plaza que se encontraba tras el Museo Arqueológico  y que desapareció hace décadas, pero luego se acuerda su traslado a la nueva avenida que uniría Menéndez y Pelayo, entonces calle de la Industria, con la Glorieta de San Diego, acceso principal de la Exposición.

La desaparecida Fuente de la Glorieta de la Virgen de los Reyes,
que se encontraba tras el Museo Arqueológico

Decidido ya el emplazamiento, falta colocarla y para ello se encarga el diseño de su pedestal nada más y nada menos que al arquitecto valenciano Vicente Traver, director general de las obras de la Exposición tras la dimisión de Aníbal González.
Tampoco se escatima en su decoración, que corre a cuenta de otro valenciano, el escultor Mariano Benlliure, autor del sublime mausoleo de Joselito el Gallo del cementerio de San Fernando.
El coste de ambos, pedestal y decoración, corrió a cargo una vez mas del mecenazgo del matrimonio Huntington, que entregó a la ciudad un cheque por valor de 10.000 dólares
No es de extrañar que ambos fueran declarados Hijos Adoptivos de la ciudad cuando una vez finalizada la muestra vuelven a hacer gala de su generosidad y donan el cuadro de Valdés Leal "La Procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma".

La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma,
cuadro de Juan Valdés Leal donado a la ciudad por los Huntington

Si impactó el Cid de Nueva York, más aún debió hacerlo el sevillano; tanto que muchos de los visitantes argentinos que acuden a la Exposición Iberoamericana quedan prendados de la obra y de vuelta a su país costean una nueva réplica de la misma.
El lugar elegido para su colocación será el que muchos consideran centro geográfico de Buenos Aires, en la barriada del Caballito, concretamente en el cruce de las avenidas Ángel Gallardo, Díaz Vélez, Honorio Pueyrredón, San Martín y Gaona, emplazamiento simbólico como simbólicas serán también las placas de mármol que se traen para revestir su pedestal desde Burgos, cuna del Campeador.
Solemnemente, la estatua se inaugura el 13 de Octubre de 1935, asistiendo al acto las autoridades argentinas, el embajador español y varios colectivos españoles afincados en el país sudamericano.

Monumento al Cid en Buenos Aires
Imagen: argentinaargentino.com

Pero no será la última réplica que se haga de la estatua del Cid.
En 1964 la Hispanic Society encarga otra al escultor Juan de Ávalos, que precisamente había iniciado su carrera participando en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, para colocarla en Valencia.
Ávalos, autor también del Valle de los Caídos, contacta con Anna Hyatt Huntington, ya bastante entrada en años y viuda, fundiendo de nuevo en bronce la estatua ecuestre de don Rodrigo, que es ubicada en otro lugar simbólico de la capital valenciana: la Plaza de España.

Monumento al Cid en la Plaza de España de Valencia
Imagen: Pablo Gómez, Fuente: esculturaurbana.com

Hasta ahora hemos visto los caballos que hablan español, o relinchan, pero aún tenemos que visitar dos más en la costa oeste de los Estados Unidos.
Porque don Rodrigo también eleva su pendón al viento y exhorta a ese ejército imaginario en el Balboa Park de la ciudad de San Diego, en California.
Allí, a miles de kilómetros de su Burgos natal, cerca de la frontera mejicana y junto al océano Pacífico, el recuerdo del Campeador se mantiene vivo desde julio de 1930, cuando fue colocada la estatua nacida del mismo molde que la sevillana y donada, como no podía ser de otra forma, por el matrimonio Huntington.

Monumento al Cid en el Balboa Park, San Diego
Imagen: Wikipedia

Y nos queda un último Caballo, también de relincho inglés, también situado en tierras californianas y, por supuesto, también fruto de la generosidad de los Huntington.
Domina este sexto don Rodrigo la bahía de San Francisco, con su puente colgante y sus maravillosas vistas al Pacífico, "campeando" en el precioso jardín del Museo de la Legión de Honor desde 1935.
Muy pocos californianos sabrán quién era Mio Cid; quizás la gran mayoría no tenga ni siquiera idea de la existencia de Castilla y menos aún situarla en un mapa o en la historia. 
Pues bien, eso, precisamente eso, es lo que da más valor a estos Caballos de bronce: que aún a miles de kilómetros y varios siglos después mantienen vivo el recuerdo de don Rodrigo en esa lucha atroz y sin cuartel que mantiene contra su último enemigo: el olvido.

Monumento al Cid en San Francisco.
Imagen: SanFrancisco.About.Com


6 comentarios:

  1. Independientemente de la obra magnífica de los filántropos yankees, habría que concretar exactamente quien fue Don Rodrigo Díaz de Vivar, aparte de la leyenda, quien era el Cid... para empezar Cid o Sidi, es como se dice en árabe, señor. Por lo tanto usamos el vocablo de una lengua que fue durante ocho siglos transmisora de la cultura musulmana en la península ibérica. Podemos documentarnos tanto en textos árabes como castellanos de la época para comprender que la espada del Cid, lejos de la leyenda estaba al servicio del mejor postor, como por ejemplo cuando apoya a la Taifa de los Banú en Zaragoza, reyezuelo como Almutamid de Sevilla, con el que el Cid comparte velada y trato. Las leyendas son leyendas, y los hechos históricos son científicamente comprobables, es decir: documentables.

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    1. A mí parecer Javier, no viene al caso...

      Enhorabuena Sergio por tu entrada, felicitaciones por la labor de investigación y gracias por descubrirnos la historia de este monumento tan conocido en Sevilla.

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  2. Me ha gustado mucho el recorrido de la entrada :D

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  3. Magnífico el reportaje, magnífico. Bien documentado y fotografiado. Ignoraba absolutamente que el nuestro fuera una copia más de la estatua y que la original estuviera en Nueva York. Gracias por tu trabajo de divulgación.

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  4. El Cid conquistando las Américas.

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  5. Javier, claro que viene al caso. Siempre que no se inoportune con comentarios soeces, yo al menos disfruto aprendiendo, aunque en este caso sabia lo que comentas.

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