8 de octubre de 2026

Árbol Gordo: de la Sevilla de las huertas a la Sevilla de los barrios

Sevilla, finales de los 50.

En algún lugar del cuadrante norte de la ciudad, un fotógrafo capta un paisaje en plena transformación, casi que podríamos decir “vivo”.

El centenario cinturón de huertas que rodeaba la ciudad y el reguero de fábricas que desde hacía décadas se habían implantado en sus principales vías de acceso están en proceso de desaparición para dejar paso a nuevos barrios e infraestructuras: Sevilla se estaba llevando por delante su propia historia para escribir su presente.

Finales de los años 50.
 Con Pío XII en primer plano, Árbol Gordo aparece todavía
rodeado por huertas, fábricas y caminos mientras las nuevas
barriadas comienzan a cambiar para siempre el paisaje de Sevilla.

En primer plano, casi que recién estrenada, se alza impoluta la barriada de Pío XII (01) y a su lado el Retiro Obrero (02). Al fondo aparecen los boques de pisos de San José Obrero (03).

Entre ambos barrios, se intercalan industrias y fábricas como la de Vidrios de la Trinidad(04), la de corcho de Armstrong Corck Company (05), la destilería de Bordas Chinchurreta (06), y huertas (o lo que queda de ellas), como la de San Francisco (07) , donde ya han desaparecido Villa Natividad y su estanque, la del Saetillo (08) o la de San Gregorio (09).

Pero en esta entrada no nos interesa, tomando prestada la idea del Cuento de Navidad de Charles Dickens, ni la Sevilla del Pasado que se está yendo ni la Sevilla del Futuro que está llegando, sino precisamente lo que está entre ambas.

Y es que hay dos pequeños núcleos de casitas bajas y blancas, el Fontanal (10) y Árbol Gordo (11), que aparecen en la imagen casi como anécdota, como si no quisieran llamar la atención, cuando posiblemente sean lo más importante, ya que no solo son testigos de esa transformación: es que sin ellos no podría explicarse.

Al primero le dedicaremos una próxima entrada, porque hoy hablaremos de Árbol Gordo.

Árbol Gordo, el barrio que nació porque la gente tenía que vivir

Ni más ni menos: este barrio no nace de ninguna planificación urbanística, ni del estudio de alguno de los arquitectos estrella de la Sevilla de la época, ni de una promoción del Patronato… surge por algo tan elemental como básico: porque la gente necesitaba un sitio donde vivir.

Primero fue una huerta. Luego se parceló. Después llegaron las casas. Las calles, tarde. El agua, muchísimo más tarde. Y el alcantarillado tuvo que esperar a una de las mayores riadas de la historia de Sevilla, porque como ya sabemos aquí nadie se acuerda de Santa Bárbara…

Árbol Gordo surge de una manera muy sevillana y, posiblemente, la más antigua de hacer ciudad: sin hacerla.

Plano del Ensanche de Sevilla, 1928.
Árbol Gordo es aún una huerta a los pies de
la carretera de Carmona; sí aparece ya la barriada de El Fontanal

La Huerta de Navojordo

El nombre de Árbol Gordo es bastante más antiguo que el barrio.

Ya en el plano de la periferia sevillana de Manuel Spínola, de 1827, aparece una huerta llamada Navojordo o Navo Gordo, dentro del cinturón de espacios agrícolas que rodeaban la ciudad por el norte y el nordeste; por suerte (no hace falta aclarar nada…), con el tiempo el nombre fue evolucionando hasta quedarse en Árbol Gordo.

Esto es importante porque Árbol Gordo pertenece a una familia de barrios cuyo nombre conserva el de la explotación agrícola que desapareció bajo las viviendas: El Fontanal, La Barzola, La Corza, etc.

La Huerta de Árbol Gordo aún aparece cien años después en el plano del Ensanche de Sevilla de 1928 que acompaña estas líneas, señalando la documentación analizada que era propiedad de Pedro Muguruza Otano.

Pero no durará mucho tiempo, de hecho en esa misma época ya estaba en proceso de desaparición la huerta, con la casa de Pedro, con su estanque y, si aún quedaba algo, con su Árbol Gordo.

¿Y por qué nació aquí el barrio?

La respuesta está, principalmente, en la carretera de Carmona, la avenida de Miraflores y en la transformación industrial de esta zona de Sevilla durante las primeras décadas del siglo XX.

Alrededor de ese eje se instalaron como vimos antes fábricas, almacenes y otras actividades industriales. Industria y vivienda, pared con pared: el sitio lógico para quien llegaba a Sevilla buscando trabajo.

La fórmula era sencilla: las fábricas necesitan trabajadores que necesitan viviendas y si pueden ser en parcelas baratas mejor y si encima pueden hacerlas ellos, pues mejor aún.

Fábrica de Vidrios de la Trinidad en 2008, una de las industrias
que se ubicaron en la zona de huertas del norte de Sevilla

1926: la huerta se convierte en parcelas

En un momento dado la huerta de Árbol Gordo se parcela, bien porque alguien tuvo una gran visión de futuro, bien por necesidad o vaya usted a saber, pero lo cierto es que en 1926 hay un permiso de parcelación y desde ese momento comienzan a venderse solares y las familias a construir, dato importante, al margen del control municipal.

Ojo, como la mayor parte de Sevilla hasta entonces; de hecho un estudio sobre los barrios de autoconstrucción de la ciudad señala este tipo de crecimiento como una de las claves de su expansión periférica de la ciudad. Árbol Gordo encaja en ese modelo como un guante. Un guante hecho a mano, eso sí.

Porque Árbol Gordo había nacido sin calles correctamente trazadas, sin rasantes, agua, alcantarillado ni servicios urbanos, mientras cada propietario construía la vivienda según sus posibilidades económicas.

Que usted necesitaba agua, perforaba un pozo. Que necesitaba saneamiento, abría un pozo ciego. Que necesitaba luz, a buscar un poste…

El barrio empieza así a adquirir una de sus características fundamentales: no se trata de una promoción unitaria diseñada y construida simultáneamente, sino de una suma progresiva de viviendas individuales.

Ortofoto de Sevilla de 1944; en breve el cinturón de huertas
desaparecerá para dar paso a nuevas barriadas. 

No es un caso único, como podemos comprobar en la ortofoto de 1944 de la página de la GMU; junto a Árbol Gordo (01) aparecen otros barrios de origen similar como El Fontanal (02), Miraflores (04) o La Corza (05).
Solo el Retiro Obrero (03) puede encuandrarse dentro de una planificación urbanística más regulada.
Detalle curioso, la Destilería Bordas Chinchurreta aún es una Huerta, la de Santa María (06).

1945: nueve calles, 259 parcelas… y ningún nombre

Como podemos ver en la ortofoto, Árbol Gordo ya no era simplemente una parcelación rural.

En 1940 aparece entre las barriadas sevillanas que carecían de buena parte de los servicios urbanos básicos, como ya hemos comentado y como era de esperar.

Pero hay un dato clave: para entonces Árbol Gordo ya no era una simple agrupación dispersa de casas. El plano de Ensanche de 1945 bajo estas líneas muestra nueve calles y 259 parcelas según la documentación del Diccionario Histórico de las Calles de Sevilla.

Paradójicamente las calles existían, los vecinos vivían en ellas y las casas estaban levantadas… pero los nombres no estaban rotulados oficialmente. Hubo que esperar hasta 1950.

Árbol Gordo llevaba años siendo un barrio. Solo le faltaba que la administración se enterara.

Plano del Ensanche de Sevilla, 1945.
El barrio de Árbol Gordo ya ha colmatado
 por completo la antigua huerta. 

1948: el Ayuntamiento "descubre" el barrio después de una riada 

Y llegamos a uno de los momentos más jugosos de toda esta historia.

Enero de 1948. Tras una gran inundación, el arquitecto municipal Alfonso Toro Buiza se acerca a la zona y elabora un informe sobre la situación de la barriada.

El diagnóstico no deja mucho margen a la interpretación: la barriada había sido levantada sin planificación y denunciaba la ausencia de pavimentación, alcantarillado, agua y alumbrado. Describía además viviendas de mala construcción, hacinamiento, distribución deficiente y mala ventilación... y urgía tomar medidas al respecto.

De nuevo otra paradoja: la Administración había permitido que el asentamiento creciera para acabar denunciando, cuando llegó la riada, las consecuencias de haberlo dejado crecer sin urbanización.

Niños jugando entre las calles anegadas de Sevilla.
Fuente: La Razón 

1961: y otra vez el agua…

No fue un caso aislado la riada de 1948, ya que Árbol Gordo había conocido por desgracia en su aún corta existencia otras inundaciones, pero el 25 de noviembre de 1961 fue distinto. Para el barrio y para toda Sevilla.

Ese día el Tamarguillo desbordó las defensas y sus aguas alcanzaron rápidamente distintas zonas de la ciudad: entre las cuatro y las siete de la tarde, el agua llegó a alcanzar entre uno y dos metros en algunos puntos.

La corriente que rompió el muro del Tamarguillo se precipitó primero sobre La Corza y Árbol Gordo y desde allí se abrió hacia el resto de la ciudad.

El agua que llevaban décadas esperando agua llegó, pero de la peor manera posible: arrasándolo todo.

1962: tras la riada, por fin, las tuberías

Y de nuevo otra paradoja: la gran riada trajo una consecuencia que los vecinos llevaban décadas esperando.

En mayo de 1962 se publicó en el BOE la aprobación del proyecto de canalización del agua y alcantarillado para Árbol Gordo, Miraflores y Los Carteros.

Habían pasado 36 años desde la parcelación.

Para que la administración cumpliera lo que el barrio llevaba años pidiendo hizo falta una tragedia. Como vemos, en temas burocráticos pocas cosas han cambiado..

Con San José Obrero en primer plano,
Árbol Gordo aparece aún rodeado de huertas.
Fuente: El Coro de los Grillos

Y la ciudad empezó a crecer alrededor..

Mientras Árbol Gordo había crecido desde abajo, por autoconstrucción, a finales de los años cincuenta el entorno comenzó a recibir grandes promociones públicas de vivienda.
En esa época encuadramos la imagen sobre estas líneas, donde los barrios de Árbol Gordo (01) y Miraflores (02) conviven ya con los bloques de pisos de San José Obrero (03) y Pío XII (04).
Aún quedan huertas, algunas ya abandonadas presagiando su final, como Cisneros Alto (07), La Corza (08),  Joya Chica (09), San Gregorio (10) o el Saetillo (11).
Y también está aún en pie la fábrica de corchos (05) y la Destilería de Bordas Chinchurreta (06), que sobreviviría hasta los años 90.

1971: todavía quedaban 13 chabolas

La ciudad crecía deprisa y el paisaje comenzaba a cambiar para siempre... y los antiguos barrios de autoconstrucción quedaron progresivamente rodeados por nuevos polígonos residenciales como testigos silenciosos para dar testimonio de la ciudad que se iba y la que llegaba, sobreviviendo como islas dentro de esa nueva Sevilla.

Tanto es así que en 1971, más de cuatro décadas después del inicio de la parcelación, todavía quedaban 13 chabolas en la calle Vicente Alanís.

Acabarían siendo erradicadas, pero la cifra da la medida de lo lento que fue el proceso de transformación desde la infravivienda hacia el barrio urbano consolidado.

1977: los vecinos dejan de pedir y empiezan a exigir

Hasta que llegó la Transición y con ella, otra actitud vecinal.

El 29 de agosto de 1977 quedó registrada la asociación Vecinos San Fernando de Árbol Gordo y unos meses después, junto a los de otros barrios limítrofes, se sentaron ante el Ayuntamiento para protestar por las tasas de recogida de basuras. La movilización la recogió El País el 19 de noviembre de 1977.

Los vecinos que durante décadas habían sufrido la falta de agua corriente, habían vivido entre calles sin urbanizar, habían aguantado viviendas precarias y habían padecido los estragos de las inundaciones, estaban ahora estaban delante del Ayuntamiento exigiendo derechos. Árbol Gordo no solo era un barrio: ya tenía conciencia de barrio.

La barriada de Árbol Gordo en nuestros días

1978: otro incendio vuelve a movilizar al barrio

Y tuvo que llegar otra desgracia para que la gente se uniera: un incendio en la destilería Bordas Chinchurreta, de la que antes hablamos, volvió a poner sobre la mesa los problemas del entorno, de forma que se creó la Asociación de Vecinos ElTriángulo aglutinando ahora a todas las barriadas de la zona.

La movilización vecinal pedía cosas que hoy nos parecen normales: industria fuera del casco urbano, mejores accesos, semáforos, acerados y pavimentación.. pero que entonces distaban bastante de la realidad. Su realidad.

La fábrica se trasladó en los años 90 con sus ruidos y, sobre todo, sus olores, esos que a media tarde quitaban las ganas de comer a los que volvíamos del instituto, y en su lugar se levanta hoy La Rosaleda. 

¿Qué queda de aquel Árbol Gordo?

Mucho más de lo que parece.

Las casas de una y dos plantas. El trazado de las calles. La escala del barrio. Su relación con la carretera de Carmona y la calle Arroyo. Y, sobre todo, la memoria de quienes vivieron allí.

Un paseo por sus calles nos deja observar rasgos que permiten reconocer el antiguo asentamiento dentro de una ciudad profundamente transformada.

Hoy las calles están asfaltadas, el barrio está integrado en la ciudad y alrededor se ha levantado una Sevilla completamente distinta a la que rodeaba esa vieja huerta que se parceló hace ahora un siglo, pero es imposible entender esos cambios sin conocer la historia de aquellas casas que dieron forma a Árbol Gordo.


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1 de octubre de 2026

Hielotrón: la pista de hielo futurista que tuvo Sevilla

En 1976 se inauguró en Sevilla un edificio tan espectacular que incluso hoy día nos sigue pareciendo insólito: Hielotrón, una enorme pista de hielo permanente cubierta por gigantescas cúpulas hinchables.

Diseñado por José Miguel de Prada Poole y levantado junto a la carretera de Utrera, en Montequinto, convirtió durante casi dos años la periferia sevillana en uno de los espacios de ocio más insólitos de España. 

Patinaje, cine, baile, espectáculos, competiciones... todo parecía tener cabida en ese "país mágico de hielo" hasta que el 24 de febrero de 1978 el viento se lo llevó...

Vista aérea de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

¿Qué era Hielotrón y dónde estaba?

Corría el año 1976, en plena vorágine de la Transición, cuando a alguien se le ocurrió hacer una pista de hielo con aires de nave espacial junto a la carretera de Utrera.

No un cuartito con máquina de frío, no: todo un complejo de cúpulas hinchables con pistas de karts, picaderos de caballos, parque de atracciones y aparcamientos que parecía sacada de una película de ciencia-ficción.

El problema es que, no quiero crearles expectativas, parafraseando a don Joaquín Sabina, duró lo que duran dos peces de hielo en un wisky on the rock… 

En la madrugada del 24 de febrero de 1978 el viento acabó con el sueño, pero no con su memoria: sin ir más lejos, casi cincuenta años después el planeamiento urbanístico de Dos Hermanas continúa identificando el ámbito como sector SNQ-1 “Hielotrón”.

Maqueta de Hielotrón

El contexto: Sevilla, del tablao a la pista de baile

Hasta bien entrados los sesenta la noche sevillana era cosa de salas de fiesta con orquesta, tablaos flamencos y verbenas de barrio con sus concursos de portales engalanados.

Lo de "discoteca" —eso de pinchar vinilos en vez de pagar a una orquesta— llegó con su retraso reglamentario y se asentó ya en los primeros setenta, cuando abrieron locales como el Alazán en 1975, la Ravei's en la Barriada de Begoña o el Club Holiday en Jesús del Gran Poder, el mismo que hoy sigue en pie presumiendo orgullosamente, y con razón, de su aire añejo setentero.

Y entonces, en medio de ese paisaje discreto, aterrizó Hielotrón para cambiarlo todo: una pista espacial sobre hielo con aparcamiento propio, autobuses fletados y ambición de parque temático. 

Por qué a alguien se le ocurrió meter hielo en Sevilla

A las afueras de Sevilla, cerca de la zona de Montequinto, término municipal de Dos Hermanas y muy cerca de la actual Universidad Pablo de Olavide, se posó (casi literalmente) uno de los edificios más vanguardistas y revolucionarios que se recuerdan.

La idea, vista con la perspectiva del tiempo, tiene su lógica torcida: si Sevilla tiene veranos insoportables, dele usted a los sevillanos algo para combatir la calor todo el año.

Al sevillano siempre le ha fascinado el hielo. Desde los arrieros que siglos atrás lo traían en mulas desde Constantina hasta el iceberg que plantaron en el Pabellón de Chile durante la Expo 92, todo lo que esté relacionado con el agua en estado sólido a menos de 0º es aquí sinónimo de éxito. 

Así que una pista de hielo reglamentaria, permanente, la primera de toda Andalucía, envuelta en un centro de ocio integral que funcionara los doce meses sin depender del sol tendría que funcionar sola.

Encima, para no tener que levantar un pabellón de hormigón carísimo, se optó por algo mucho más barato, rápido y —para qué negarlo— espectacular: cúpulas hinchables. Vanguardia pura.

Lo que nadie calculó del todo bien es que Sevilla, además de calor, también tiene sus rachas de viento...

Accesos de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

La pista de hielo futurista de José Miguel de Prada Poole

Detrás de todo aquello estaba José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938 – Madrid, 2021), catedrático madrileño y padre indiscutible de la arquitectura neumática en España, con un currículum de estructuras hinchables que empezó a finales de los sesenta —la Cúpula Hinchable de Alcúdia, la Ciudad Instantánea, el recinto neumático de Pamplona— y que años más tarde firmaría también en Sevilla el Palenque de la Expo 92.

Al Hielotrón lo llamaba, sin rubor alguno, "arquitectura sensorial", y no exageraba para nada; sin ir más lejos, el proyecto de la pista de hielo obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1975 antes incluso de abrir sus puertas..

Un genio, sin duda. Un genio que confiaba, además, ciegamente en sus propios cálculos de viento.

Vista aérea de la Ciudad Instantánea,
construida por Prada Poole en Ibiza, 1971

Así era Hielotrón

El sistema constructivo era tan simple como audaz: cimentación y salas de máquinas en hormigón armado bajo el suelo, y en superficie lonas de fibra sintética hinchadas mediante un sistema de presiones de aire que sostenía las cúpulas sin necesidad de un solo pilar interior.

No es de extrañar por tanto que cuando complejo abrió sus puertas los primeros visitantes quedaran estupefactos al ver una inmensa pista central de patinaje con varias pistas menores unidas por pasillos, cada una bajo su propia cúpula textil, más un hall de entrada, vestuarios, cafeterías, zonas de descanso, salón de juegos y guardería —para que ni los más pequeños se libraran del milagro moderno—, todo ello decorado con proyecciones de imágenes sobre el interior de las cúpulas.

Fuera les había recibido un aparcamiento kilométrico, un picadero de caballos para dar paseos nocturnos por los olivares cercanos, una pista de karts y hasta un parque de atracciones.

Si la idea era genial, el complejo no le andaba a la zaga: Hielotrón era el futuro y, lo mejor de todo.. el futuro ya había llegado.

Plano planta de Hielotrón.
Fuente: La casa de la Arquitectura

Mucho más que una pista de hielo: cine, baile y conciertos

Porque Hielotrón no era solo una pista de hielo, sino una especie de instalación futurista, máquina de ocio y “nave espacial” plantada junto a la carretera de Utrera.

En su brevísima existencia acogió espectáculos de patinaje, cine, conciertos, galas benéficas, campeonatos de judo y hasta competiciones de motocross, todo bajo el mismo techo de aire.

El exterior tampoco era poca cosa: pistas de karts, circuito de motocross, escuela de equitación… todo un parque temático de hoy en día en la Sevilla de hace 50 años.

En Hielotrón nació el primer equipo de hockey sobre hielo de la ciudad, el Club Hielo Sevilla, fundado en abril de 1976, que llegó nada menos que a jugar la liga nacional. 

En sus gélidas pistas un día tocaban los mismísimos Triana y horas después se proyectaba el estreno cinematográfico del momento, para acabar bailando hasta la madrugada con música de Barry White y Las Grecas.

Perspectiva de Hielotrón desde los aparcamientos.

¿Cuánto costaba entrar en Hielotrón?

Para colmo, todo a unos precios supercompetitivos: usted podía entrar, patinar, ver cine y bailar por tan solo 100 pesetas, 60 para los niños, cuando un partido de fútbol salía por unas 300 pesetas.

Entre precios populares, pista de hielo, música, bar y espectáculos, aquello funcionaba de facto como la discoteca más grande, más loca y más improbable que Sevilla haya tenido jamás. Y eso que solo estuvo dos inviernos.

Un “país mágico de hielo” que cuando se inauguró en abril de 1976 fue tal fenómeno de masas que desbordó todas las previsiones: hubo que multiplicar el número de cajeras y fletar autobuses exclusivamente para transportar a las riadas de público desde el Prado hasta el recinto, como si fuera una romería con patines.

Pista principal de patinaje de Hielotrón

24 de febrero de 1978: Hielotrón, lo que el viento se llevó...

Pero una aciaga noche de Febrero un fuerte temporal con terribles rachas de viento —de esas que en Sevilla llegan sin avisar dejando a su paso árboles caídos y el mobiliario urbano hecho un cromo— rasgó las cúpulas, provocando el colapso de la cubierta principal y toda la estructura neumática.

El propio Prada Poole aseguró, con el orgullo intacto en pleno naufragio, que no había en Europa una estructura con mecanismos de seguridad tan completos como los de Hielotrón, calculada para resistir vientos de entre 100 y 150 km/h, cuando aquella madrugada apenas se registraron 67.

El ABC del día siguiente describió el paisaje, sin piedad periodística, como un caos de lonas derruidas y estructuras metálicas desnudas y, como era de esperar, hubo rumores de que problemas de viabilidad económica habrían tenido algo que ver con el desplome, aunque nunca se confirmó nada: lo cierto es que Hielotrón había volado.

Días después se reinflaron las cúpulas menores y la pista quedó al aire bajo la gran cúpula central, sin inflar; el 20 de marzo se anunció que Hielotrón reabriría al aire libre para recaudar fondos y levantar de nuevo esa cúpula grande.

Pero el dinero, como casi siempre, no llegó: la cúpula central jamás volvió a levantarse y el sueño de la pista de hielo permanente se apagó para siempre después de apenas veinticuatro meses de vida.

Ruinas de Hielotrón en la actualidad

La zona hoy: de discoteca de hielo a polígono industrial

Abandonado definitivamente, las ruinas de Hielotrón quedaron en los márgenes de lo que hoy es el polígono industrial de Fuentequintillo, en el actual Montequinto.

Entre naves industriales, el canal del Bajo Guadalquivir y el avance imparable del urbanismo de la zona, esos restos son casi lo único físico que queda de uno de los proyectos de ocio más disparatados, más queridos y más breves que ha tenido esta ciudad.

No en vano Sevilla guarda su recuerdo donde mejor sabe hacerlo: en la memoria de quien estuvo allí, y en un puñado de fotos borrosas que corren por internet.

24 de septiembre de 2026

El Callejón del Agua: una historia perdida del barrio de la Calzada

Cuando en Sevilla se menciona el Callejón del Agua se nos viene a la cabeza una angosta y bellísima callejuela del barrio de Santa Cruz flanqueada por el viejo muro de los Reales Alcázares y por palacios y bellas casas solariegas en el otro lado.

Pues bien, no hace mucho hubo en Sevilla otro Callejón del Agua, aunque en este caso en el barrio de la Calzada…. o en lo que iba a ser en unas décadas, ya que cuando comienza esta historia era una variopinta amalgama de huertas, acequias y corrales de vecinos.

Reconstruimos este otro Callejón del Agua, que bien podría ser una metáfora de la profundísima transformación del barrio de la Calzada en los últimos cien años: surgió para comunicar la ciudad rural, y desapareció sin dejar huella alguna para dejar paso a las nuevas infraestructuras de la ciudad actual.

POR QUÉ HUBO UN CALLEJÓN DEL AGUA EN LA CALZADA

Para entender el Callejón del Agua hay que olvidar durante un momento la Sevilla actual.

La Calzada fue durante siglos un arrabal extramuros, situado al este de la ciudad, más allá del arroyoTagarete donde se consolidó durante el siglo XVII un conjunto de viviendas cuya estructura se organizaba alrededor de la Calzada de la Cruz del Campo, actual Luis Montoto, y de la vía que hoy corresponde aproximadamente a Campo de los Mártires.

Calzada de la Cruz del Campo a comienzos del siglo XX

Pero antes de convertirse en barrio, aquello había sido esencialmente un conglomerado de fincas y espacios agrícolas; las huertas privadas formaban un cinturón agrícola alrededor de Sevilla y, en el sector oriental, su existencia estaba muy vinculada a la disponibilidad de agua.

Por eso conviene no imaginar nuestro Callejón del Agua como un callejón del casco histórico.

La cartografía describe un camino que, haciendo un recodo, partía de la Plaza del Sacrificio y penetraba en la zona agrícola de la Calzada, flanqueado por huertas a ambos lados, para finalizar en la Huerta de San José, ubicada en el entorno de la actual la estación de Santa Justa.

Plano de la Zona de Ensanche de Sevilla
Instituto Geográfico y Catastral
Año 1928

LOS CAÑOS DE CARMONA Y EL AGUA DE LAS HUERTAS

El gran protagonista hidráulico de la Sevilla oriental era el sistema de los Caños de Carmona, un acueducto que llevaba a la ciudad aguas procedentes del manantial de Santa Lucía, en el municipio de Alcalá de Guadaira, y entraba en la ciudad por la zona de la Puerta de Carmona tras atravesar el sector de la Cruz del Campo y la actual Luis Montoto.

El agua no era un elemento ornamental: era la condición material para que existieran jardines y huertas, y la documentación histórica recoge usos y derivaciones relacionadas con ellos, contexto en que se encuadra nuestro Callejón del Agua.

Caños de Carmona a comienzos del siglo XX

EL INICIO: LA PLAZA DEL SACRIFICIO

Ya metidos en nuestro Callejón, comenzaba en un lugar cargado de historia y leyendas, a pesar de su entorno rural: la Plaza del Sacrificio.

Esta plaza se formó a finales del siglo XVII y su nombre procede de una piadosa tradición que situaba allí un monasterio godo en el que sufrieron martirio el abad Félix y otros cincuenta monjes en tiempos de la invasión musulmana de Sevilla.

Durante mucho tiempo estuvo en el límite entre la Sevilla edificada y el paisaje de huertas, caminos y construcciones populares de la Calzada, hasta que llegó la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando como casi el resto de la ciudad sufrió una transformación radical al levantar José Espiau y Muñoz el Gran Garage Hotel, inaugurado el 17 de abril de 1929.

Fue este Garaje Hotel un edificio vanguardista, muy avanzado para su época, concebido para los visitantes que llegaban en automóvil con sus vehículos que eran también “alojados” en el propio establecimiento; de hecho era una arquitectura más propia de los Estados Unidos, con sus clásicos Moteles de carretera, que de estas latitudes, no en vano apenas hay en España establecimientos de este tipo.

El Gran Garaje Hotel, un edificio vanguardista de José Espiau

Tras la Exposición, el hotel fue transformado en cuartel de la Guardia Civil, función que mantuvo durante décadas, siendo nuestro callejón del Agua una de sus vías de acceso.

Lo importante para esta historia es que aquí terminaba la ciudad compacta, comenzaba esa Sevilla mitad arrabal, mitad campo, y nuestro camino se abría paso entre construcciones modestas y grandes fincas agrícolas.

LAS HUERTAS QUE ATRAVESABA

La cartografía y el Diccionario Histórico de las Calles de Sevilla permiten identificar una sucesión de fincas a lo largo del corredor: Huerta de Berni, Huerta del Cigarrero, Huerta de los Ciegos y Huerta de los Muertos en uno de los lados; Huerta de San Benito y Huerta del Bosque en el otro, para morir en la Huerta de San José.

No eran simples nombres escritos sobre un plano. Eran propiedades con cultivos, dependencias, casas, pozos, trabajadores y límites que todavía separaban la ciudad del campo.

Plano de de Ensanches de Sevilla.
Año 1945

HUERTA DE BERNI

Fue probablemente una de las fincas más importantes del sector. 

La documentación urbanística demuestra que estaba en el entorno del Prado de Santa Justa y que de ella se segregó la Huerta de los Ciegos. Con el paso de los años y el proceso de expansión urbana de Sevilla, los terrenos de la antigua finca fueron parcelándose y transformándose, hasta convertirse la huerta de Berni en una mezcla de huertas, villas, viveros, industrias y nuevas calles. Es, en definitiva, un buen ejemplo de cómo una finca agrícola terminó convertida en ciudad.

HUERTA DEL CIGARRERO

Otra de las grandes huertas vinculadas al camino que partía de la Plaza del Sacrificio. 

El origen exacto del nombre sigue sin estar aclarado documentalmente, aunque el topónimo aparece repetidamente en la cartografía y en documentos posteriores. Lo más extraordinario es que todavía en los años sesenta conservaba construcciones rurales, cuando la ciudad ya estaba creciendo aceleradamente a su alrededor. 

Con el tiempo sus terrenos fueron absorbidos por la urbanización y las grandes infraestructuras de la zona de Santa Justa y Kansas City. Sin embargo, el nombre de la Huerta del Cigarrero llegó a sobrevivir en documentación administrativa y registral mucho después de que desapareciera físicamente la huerta.

HUERTA DEL FRANCÉS

Es una de las fincas más misteriosas del conjunto. Sabemos que existía en el entorno del Callejón del Agua y que todavía a comienzos de los años sesenta conservaba construcciones rurales. 

El nombre parece apuntar a algún antiguo propietario o arrendatario de origen francés, pero esa explicación todavía no está documentalmente demostrada. 

Su supervivencia resulta especialmente llamativa porque demuestra que, mientras alrededor crecían viviendas, industrias y nuevas infraestructuras, todavía quedaban en La Calzada auténticos retazos del paisaje agrícola tradicional.

Ortofoto de Sevilla, año 1956.
Trazado del Callejón del Agua entre huertas y fincas

HUERTA DE LOS CIEGOS

Aparece en los planos históricos como Huerta del Ciego, y posteriormente como Huerta de los Ciegos, sabemos que procedía de una segregación de la Huerta de Berni y que se encontraba en las proximidades del actual eje de Luis Montoto y Santa Justa.

Una de las mejores huellas de su existencia es que el topónimo sobrevivió durante mucho tiempo en documentos y referencias registrales, incluso cuando el paisaje agrícola ya había desaparecido. 

Junto a ella se encontraba la Casa Mallén, construida en 1912 por Aníbal González y que hoy constituye uno de los testimonios de aquella antigua periferia.

HUERTA DE LOS MUERTOS

Situada en el entorno del Prado de Santa Justa y la Cruz de los Muertos, su nombre parece relacionado con la antigua toponimia de un espacio marcado por referencias a mártires, muertos y enterramientos, aunque no hemos localizado todavía un documento que explique de forma directa el origen del nombre. 

La documentación del siglo XIX demuestra que en esta zona existían huertos de varias aranzadas, destinados a la agricultura intensiva que rodeaba Sevilla.

HUERTA DE SAN BENITO

Su nombre procede del conjunto de San Benito, que durante siglos fue uno de los puntos de referencia de este sector de La Calzada. La huerta ocupaba una extensión considerable y contribuía a separar los distintos núcleos del arrabal. 

Su transformación es uno de los mejores ejemplos de cómo Sevilla fue sustituyendo las huertas por nuevos usos urbanos, ya que en una segregación de sus terrenos se construyó el modernísimo Garaje Hotel de José Espiau que vimos anteriormente.

HUERTA DEL BOSQUE

Era otra de las grandes fincas agrícolas del entorno del antiguo arrabal de La Calzada. Su nombre aparece en la cartografía y en el callejero histórico, pero el origen exacto del topónimo tampoco está documentado actualmente. 

Como las demás huertas del sector, formaba parte del cinturón agrícola que abastecía a Sevilla. Su final resulta especialmente simbólico: sobre sus terrenos terminó instalándose en los años 20 un almacén de corcho, convirtiendo una antigua huerta en espacio industrial.

HUERTA DE SAN JOSÉ

Era el final del camino y está documentada al menos desde 1827, cuando aparece ya rotulada en el plano de la periferia de Sevilla de Manuel Spínola.

Se encontraba en el entorno de la Cruz del Campo y el Prado de Santa Justa, integrada en la extensa franja agrícola que ocupaba la periferia oriental de Sevilla y tenía incluso su propio camino de acceso: en 1886 aparece documentado el «callejón de la huerta de San José en la Cruz del Campo».

Desconocemos todavía con exactitud cómo era su caserío y qué construcciones concretas albergaba, aunque, como las demás huertas de este sector, debió combinar tierras de cultivo con dependencias agrícolas, arbolado y sistemas de riego.

La progresiva expansión de Sevilla la fue cercando con fábricas, vías férreas, viviendas y nuevos barrios, desapareciendo como huerta durante los años ochenta, cuando quedó definitivamente absorbida por la ciudad.

Ortofoto de 1973. El Callejón del Agua casi ha desaparecido
bajo la avenida Kansas City
y la Huerta de San José también está a punto de hacerlo 

LOS CORRALES DE VECINOS DE LOS ALREDEDORES

Mientras las huertas ocupaban el borde de la ciudad, las viviendas populares se agrupaban también por el sector en corrales de vecinos, otro de los aspectos fundamentales para tener una idea de como era la vieja Calzada.

En el entorno del Callejón de Agua destacaba la actual calle Mallén, entonces plazuela y callejón de la Caridad, donde estaban los corrales del Teatino y de Bernardino; en la antigua Plaza de la Pila Seca estaba el corral de doña Lorenza Ruiz de Zarco y en las cercanías aparecen además hornos, jardines y lavaderos.

La Calzada era, por tanto, un tejido residencial popular incrustado entre huertas, talleres, hornos y establecimientos productivos. No era un barrio separado de su medio rural: era una prolongación del mismo paisaje.

EL CORRAL DEL TEATINO

Estaba situado en el entorno de la actual calle Mallén, en una zona que conservaba entonces parte de la estructura histórica de la Calzada.

La documentación localizada permite afirmar que seguía existiendo en 1952, aunque posteriormente fue derribado y su solar absorbido por la trama urbana de la Calzada que empezaba a el campo por el hormigón.

La Casa Mallén, construida por Aníbal González en 1912.
Fuente: Catalogación de la Obra Residencial
de Aníbal González,
 Noelia Chaves

EL CORRAL DE BERNARDINO

El corral de Bernardino aparece junto al Teatino en la misma descripción de 1952 y en la misma zona de Mallén.

Su presencia demuestra la concentración de vivienda colectiva popular en un eje que todavía estaba muy próximo a huertas, jardines, hornos y lavaderos.

EL CORRAL DE DOÑA LORENZA RUIZ DE ZARCO

Probablemente el más sugestivo de los tres, se encontraba en la antigua Plaza de la Pila Seca.

Las Noticias varias de la collación de San Roque del padre Leandro José de Flores nos dejan una pista especialmente interesante: antes de convertirse en corral, aquel inmueble había sido horno de Juan Ortiz, primer marido de doña Lorenza Ruiz de Zarco.

Muy cerca estaba el llamado Horno de la Cabeza, denominado así porque sobre la puerta, en una hornacina, se mostraba una cabeza de mármol considerada posiblemente un resto romano descubierto en las proximidades.

Así que una pequeña zona de la Calzada podía reunir horno, corral de vecinos, posible pieza arqueológica, pila y huertas a escasos metros.

Es un resumen perfecto de aquella ciudad heterogénea en la que los corrales eran microsociedades: vecinos que compartían agua, lavaderos, patios, enfermedades, celebraciones, discusiones y ayudas. 

Cuando los corrales desaparecieron, la ciudad perdió también esa forma de convivencia cotidiana.

Y TODO EMPIEZA A DESAPARECER: LAS HUERTAS...

Pero “Todo tiene su fin”, que dirían los Medina Azahara, y solo hace falta darse una vuelta por el actual barrio de la Calzada para comprobar que del bucólico y campestre escenario que hemos descrito hoy apenas queda ni el recuerdo...

Empezando por las  huertas, que vieron como la ciudad llegó poco a poco hasta ellas hasta llevárselas por delante.

Ya en los años 20 se había segregado la Huerta de San Benito para construir el Garaje Hotel de la Plaza del Sacrificio y, años después, sobre la Huerta del Bosque apareció un almacén de corcho.

Poco a poco el paisaje rural se llenaba de viviendas, adoquines y asfalto, hasta que no quedó nada.

Las últimas huertas documentadas fueron la Huerta del Cigarrero, absorbida por el crecimiento viario y edificatorio de la zona de Kansas City; la del Francés, que siguió una evolución paralela; y la de San José, que aparece aún como finca agrícola en 1963 antes de quedar igualmente integrada en la ciudad.

Ortofoto actual con el recorrido que tuvo el Callejón del Agua

Y DESAPARECEN LOS CORRALES DE VECINOS...

Los corrales siguieron una suerte semejante: Teatino, Bernardino y el de doña Lorenza Ruiz de Zarco están documentados en 1952, pero pertenecen a la última etapa de la Calzada tradicional.

La riada de 1961, el deterioro de las viviendas, la sustitución edificatoria y la presión inmobiliaria aceleraron su desaparición.

El resultado fue paradójico: es cierto que se eliminaron viviendas consideradas antiguas e insalubres y se construyeron otras más modernas, pero con ellas desapareció también una forma de vida basada en espacios comunitarios y relaciones vecinales densas.

Y CASI DESAPARECE LA PLAZA DEL SACRIFICIO….

El proceso era irreversible, y a finales de los 80 con las grandes operaciones vinculadas a Santa Justa y al ferrocarril, la misma plaza del Sacrificio, cuyo origen se remontaba al siglo XVII, perdió buena parte de su configuración histórica y prácticamente todo el barrio tradicional que la rodeaba fue sustituido.

Así, en nuestros días la Plaza del Sacrificio conserva muy poco de su aspecto histórico; de hecho, puede decirse que su único superviviente es precisamente la fachada del antiguo Garaje Hotel que levantara Espiau, actualmente vinculada a la Fundación Auxilia Sevilla.

La Plaza del Sacrificio en 1990: no queda nada,
salvo la fachada del Gran Garaje Hotel de Espiau

Y DESAPARECE EL CALLEJÓN DEL AGUA

Y, como no podía ser de otra forma, desaparece nuestro Callejón del Agua en un proceso que, como hemos visto, no fue puntual, sino que duró décadas.

El Callejón del Agua de La Calzada no desapareció porque dejara de llevar agua, sino porque desapareció el paisaje rural y periférico al que pertenecía.

Primero desapareció su carácter rural, ya que la expansión urbana empezó a ocupar las huertas que le habían dado vida.

Después quedó atrapado entre infraestructuras, encerrado entre las vías del ferrocarril y la nueva avenida de Kansas City.

Y a puntilla llegó con Santa Justa y la reordenación de La Calzada a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, cuando todo el entorno de la plaza del Sacrificio fue prácticamente eliminado para dar paso a la nueva trama urbana vinculada al trazado ferroviario soterrado.

SU TRAZADO EN LA SEVILLA DE HOY

Hoy el Callejón del Agua no tiene correspondencia exacta con una sola calle moderna. 

La reconstrucción más prudente es entenderlo como un corredor que arrancaba en la Plaza del Sacrificio, recorría el espacio de antiguas huertas prolongándose hacia el entorno del Prado de Santa Justa y la Huerta de San José.

En la Sevilla actual ese corredor ha quedado triturado entre Sacrificio, Mallén, Céfiro, Campo de los Mártires, avenida de Kansas City, la estación de Santa Justa y el corredor ferroviario. No es una equivalencia calle por calle, sino la huella aproximada de un antiguo paisaje lineal que ya no puede recorrerse como tal.

La Plaza del Sacrificio en la actualidad

EL CALLEJÓN QUE SE LLEVÓ LA CIUDAD POR DELANTE

Hay historias urbanas que terminan cuando derriban una casa; ésta termina cuando desaparece todo un paisaje.

Desaparecieron Berni, Ciegos, Cigarrero, Muertos, San Benito y Bosque. Desaparecieron las últimas huertas. Desaparecieron el Teatino, Bernardino y el corral de doña Lorenza. Desaparecieron hornos, patios, jardines y buena parte de la memoria vecinal. Desapareció la Plaza del Sacrificio como espacio reconocible.

Hoy atravesamos esa zona sin sospechar que bajo las avenidas y los edificios hubo durante siglos naranjos, huertas, caminos, patios llenos de vecinos, lavaderos, hornos y pequeñas industrias.

Por eso hemos traído a estas líneas el Callejón del Agua. No porque fuese una gran calle, sino precisamente por lo contrario: porque fue una de esas piezas pequeñas que explican cómo una ciudad se convierte en otra.

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