24 de septiembre de 2026

El Callejón del Agua: una historia perdida del barrio de la Calzada

Cuando en Sevilla se menciona el Callejón del Agua se nos viene a la cabeza una angosta y bellísima callejuela del barrio de Santa Cruz flanqueada por el viejo muro de los Reales Alcázares y por palacios y bellas casas solariegas en el otro lado.

Pues bien, no hace mucho hubo en Sevilla otro Callejón del Agua, aunque en este caso en el barrio de la Calzada…. o en lo que iba a ser en unas décadas, ya que cuando comienza esta historia era una variopinta amalgama de huertas, acequias y corrales de vecinos.

Reconstruimos este otro Callejón del Agua, que bien podría ser una metáfora de la profundísima transformación del barrio de la Calzada en los últimos cien años: surgió para comunicar la ciudad rural, y desapareció sin dejar huella alguna para dejar paso a las nuevas infraestructuras de la ciudad actual.

POR QUÉ HUBO UN CALLEJÓN DEL AGUA EN LA CALZADA

Para entender el Callejón del Agua hay que olvidar durante un momento la Sevilla actual.

La Calzada fue durante siglos un arrabal extramuros, situado al este de la ciudad, más allá del arroyoTagarete donde se consolidó durante el siglo XVII un conjunto de viviendas cuya estructura se organizaba alrededor de la Calzada de la Cruz del Campo, actual Luis Montoto, y de la vía que hoy corresponde aproximadamente a Campo de los Mártires.

Calzada de la Cruz del Campo a comienzos del siglo XX

Pero antes de convertirse en barrio, aquello había sido esencialmente un conglomerado de fincas y espacios agrícolas; las huertas privadas formaban un cinturón agrícola alrededor de Sevilla y, en el sector oriental, su existencia estaba muy vinculada a la disponibilidad de agua.

Por eso conviene no imaginar nuestro Callejón del Agua como un callejón del casco histórico.

La cartografía describe un camino que, haciendo un recodo, partía de la Plaza del Sacrificio y penetraba en la zona agrícola de la Calzada, flanqueado por huertas a ambos lados, para finalizar en la Huerta de San José, ubicada en el entorno de la actual la estación de Santa Justa.

Plano de la Zona de Ensanche de Sevilla
Instituto Geográfico y Catastral
Año 1928

LOS CAÑOS DE CARMONA Y EL AGUA DE LAS HUERTAS

El gran protagonista hidráulico de la Sevilla oriental era el sistema de los Caños de Carmona, un acueducto que llevaba a la ciudad aguas procedentes del manantial de Santa Lucía, en el municipio de Alcalá de Guadaira, y entraba en la ciudad por la zona de la Puerta de Carmona tras atravesar el sector de la Cruz del Campo y la actual Luis Montoto.

El agua no era un elemento ornamental: era la condición material para que existieran jardines y huertas, y la documentación histórica recoge usos y derivaciones relacionadas con ellos, contexto en que se encuadra nuestro Callejón del Agua.

Caños de Carmona a comienzos del siglo XX

EL INICIO: LA PLAZA DEL SACRIFICIO

Ya metidos en nuestro Callejón, comenzaba en un lugar cargado de historia y leyendas, a pesar de su entorno rural: la Plaza del Sacrificio.

Esta plaza se formó a finales del siglo XVII y su nombre procede de una piadosa tradición que situaba allí un monasterio godo en el que sufrieron martirio el abad Félix y otros cincuenta monjes en tiempos de la invasión musulmana de Sevilla.

Durante mucho tiempo estuvo en el límite entre la Sevilla edificada y el paisaje de huertas, caminos y construcciones populares de la Calzada, hasta que llegó la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando como casi el resto de la ciudad sufrió una transformación radical al levantar José Espiau y Muñoz el Gran Garage Hotel, inaugurado el 17 de abril de 1929.

Fue este Garaje Hotel un edificio vanguardista, muy avanzado para su época, concebido para los visitantes que llegaban en automóvil con sus vehículos que eran también “alojados” en el propio establecimiento; de hecho era una arquitectura más propia de los Estados Unidos, con sus clásicos Moteles de carretera, que de estas latitudes, no en vano apenas hay en España establecimientos de este tipo.

El Gran Garaje Hotel, un edificio vanguardista de José Espiau

Tras la Exposición, el hotel fue transformado en cuartel de la Guardia Civil, función que mantuvo durante décadas, siendo nuestro callejón del Agua una de sus vías de acceso.

Lo importante para esta historia es que aquí terminaba la ciudad compacta, comenzaba esa Sevilla mitad arrabal, mitad campo, y nuestro camino se abría paso entre construcciones modestas y grandes fincas agrícolas.

LAS HUERTAS QUE ATRAVESABA

La cartografía y el Diccionario Histórico de las Calles de Sevilla permiten identificar una sucesión de fincas a lo largo del corredor: Huerta de Berni, Huerta del Cigarrero, Huerta de los Ciegos y Huerta de los Muertos en uno de los lados; Huerta de San Benito y Huerta del Bosque en el otro, para morir en la Huerta de San José.

No eran simples nombres escritos sobre un plano. Eran propiedades con cultivos, dependencias, casas, pozos, trabajadores y límites que todavía separaban la ciudad del campo.

Plano de de Ensanches de Sevilla.
Año 1945

HUERTA DE BERNI

Fue probablemente una de las fincas más importantes del sector. 

La documentación urbanística demuestra que estaba en el entorno del Prado de Santa Justa y que de ella se segregó la Huerta de los Ciegos. Con el paso de los años y el proceso de expansión urbana de Sevilla, los terrenos de la antigua finca fueron parcelándose y transformándose, hasta convertirse la huerta de Berni en una mezcla de huertas, villas, viveros, industrias y nuevas calles. Es, en definitiva, un buen ejemplo de cómo una finca agrícola terminó convertida en ciudad.

HUERTA DEL CIGARRERO

Otra de las grandes huertas vinculadas al camino que partía de la Plaza del Sacrificio. 

El origen exacto del nombre sigue sin estar aclarado documentalmente, aunque el topónimo aparece repetidamente en la cartografía y en documentos posteriores. Lo más extraordinario es que todavía en los años sesenta conservaba construcciones rurales, cuando la ciudad ya estaba creciendo aceleradamente a su alrededor. 

Con el tiempo sus terrenos fueron absorbidos por la urbanización y las grandes infraestructuras de la zona de Santa Justa y Kansas City. Sin embargo, el nombre de la Huerta del Cigarrero llegó a sobrevivir en documentación administrativa y registral mucho después de que desapareciera físicamente la huerta.

HUERTA DEL FRANCÉS

Es una de las fincas más misteriosas del conjunto. Sabemos que existía en el entorno del Callejón del Agua y que todavía a comienzos de los años sesenta conservaba construcciones rurales. 

El nombre parece apuntar a algún antiguo propietario o arrendatario de origen francés, pero esa explicación todavía no está documentalmente demostrada. 

Su supervivencia resulta especialmente llamativa porque demuestra que, mientras alrededor crecían viviendas, industrias y nuevas infraestructuras, todavía quedaban en La Calzada auténticos retazos del paisaje agrícola tradicional.

Ortofoto de Sevilla, año 1956.
Trazado del Callejón del Agua entre huertas y fincas

HUERTA DE LOS CIEGOS

Aparece en los planos históricos como Huerta del Ciego, y posteriormente como Huerta de los Ciegos, sabemos que procedía de una segregación de la Huerta de Berni y que se encontraba en las proximidades del actual eje de Luis Montoto y Santa Justa.

Una de las mejores huellas de su existencia es que el topónimo sobrevivió durante mucho tiempo en documentos y referencias registrales, incluso cuando el paisaje agrícola ya había desaparecido. 

Junto a ella se encontraba la Casa Mallén, construida en 1912 por Aníbal González y que hoy constituye uno de los testimonios de aquella antigua periferia.

HUERTA DE LOS MUERTOS

Situada en el entorno del Prado de Santa Justa y la Cruz de los Muertos, su nombre parece relacionado con la antigua toponimia de un espacio marcado por referencias a mártires, muertos y enterramientos, aunque no hemos localizado todavía un documento que explique de forma directa el origen del nombre. 

La documentación del siglo XIX demuestra que en esta zona existían huertos de varias aranzadas, destinados a la agricultura intensiva que rodeaba Sevilla.

HUERTA DE SAN BENITO

Su nombre procede del conjunto de San Benito, que durante siglos fue uno de los puntos de referencia de este sector de La Calzada. La huerta ocupaba una extensión considerable y contribuía a separar los distintos núcleos del arrabal. 

Su transformación es uno de los mejores ejemplos de cómo Sevilla fue sustituyendo las huertas por nuevos usos urbanos, ya que en una segregación de sus terrenos se construyó el modernísimo Garaje Hotel de José Espiau que vimos anteriormente.

HUERTA DEL BOSQUE

Era otra de las grandes fincas agrícolas del entorno del antiguo arrabal de La Calzada. Su nombre aparece en la cartografía y en el callejero histórico, pero el origen exacto del topónimo tampoco está documentado actualmente. 

Como las demás huertas del sector, formaba parte del cinturón agrícola que abastecía a Sevilla. Su final resulta especialmente simbólico: sobre sus terrenos terminó instalándose en los años 20 un almacén de corcho, convirtiendo una antigua huerta en espacio industrial.

HUERTA DE SAN JOSÉ

Era el final del camino y está documentada al menos desde 1827, cuando aparece ya rotulada en el plano de la periferia de Sevilla de Manuel Spínola.

Se encontraba en el entorno de la Cruz del Campo y el Prado de Santa Justa, integrada en la extensa franja agrícola que ocupaba la periferia oriental de Sevilla y tenía incluso su propio camino de acceso: en 1886 aparece documentado el «callejón de la huerta de San José en la Cruz del Campo».

Desconocemos todavía con exactitud cómo era su caserío y qué construcciones concretas albergaba, aunque, como las demás huertas de este sector, debió combinar tierras de cultivo con dependencias agrícolas, arbolado y sistemas de riego.

La progresiva expansión de Sevilla la fue cercando con fábricas, vías férreas, viviendas y nuevos barrios, desapareciendo como huerta durante los años ochenta, cuando quedó definitivamente absorbida por la ciudad.

Ortofoto de 1973. El Callejón del Agua casi ha desaparecido
bajo la avenida Kansas City
y la Huerta de San José también está a punto de hacerlo 

LOS CORRALES DE VECINOS DE LOS ALREDEDORES

Mientras las huertas ocupaban el borde de la ciudad, las viviendas populares se agrupaban también por el sector en corrales de vecinos, otro de los aspectos fundamentales para tener una idea de como era la vieja Calzada.

En el entorno del Callejón de Agua destacaba la actual calle Mallén, entonces plazuela y callejón de la Caridad, donde estaban los corrales del Teatino y de Bernardino; en la antigua Plaza de la Pila Seca estaba el corral de doña Lorenza Ruiz de Zarco y en las cercanías aparecen además hornos, jardines y lavaderos.

La Calzada era, por tanto, un tejido residencial popular incrustado entre huertas, talleres, hornos y establecimientos productivos. No era un barrio separado de su medio rural: era una prolongación del mismo paisaje.

EL CORRAL DEL TEATINO

Estaba situado en el entorno de la actual calle Mallén, en una zona que conservaba entonces parte de la estructura histórica de la Calzada.

La documentación localizada permite afirmar que seguía existiendo en 1952, aunque posteriormente fue derribado y su solar absorbido por la trama urbana de la Calzada que empezaba a el campo por el hormigón.

La Casa Mallén, construida por Aníbal González en 1912.
Fuente: Catalogación de la Obra Residencial
de Aníbal González,
 Noelia Chaves

EL CORRAL DE BERNARDINO

El corral de Bernardino aparece junto al Teatino en la misma descripción de 1952 y en la misma zona de Mallén.

Su presencia demuestra la concentración de vivienda colectiva popular en un eje que todavía estaba muy próximo a huertas, jardines, hornos y lavaderos.

EL CORRAL DE DOÑA LORENZA RUIZ DE ZARCO

Probablemente el más sugestivo de los tres, se encontraba en la antigua Plaza de la Pila Seca.

Las Noticias varias de la collación de San Roque del padre Leandro José de Flores nos dejan una pista especialmente interesante: antes de convertirse en corral, aquel inmueble había sido horno de Juan Ortiz, primer marido de doña Lorenza Ruiz de Zarco.

Muy cerca estaba el llamado Horno de la Cabeza, denominado así porque sobre la puerta, en una hornacina, se mostraba una cabeza de mármol considerada posiblemente un resto romano descubierto en las proximidades.

Así que una pequeña zona de la Calzada podía reunir horno, corral de vecinos, posible pieza arqueológica, pila y huertas a escasos metros.

Es un resumen perfecto de aquella ciudad heterogénea en la que los corrales eran microsociedades: vecinos que compartían agua, lavaderos, patios, enfermedades, celebraciones, discusiones y ayudas. 

Cuando los corrales desaparecieron, la ciudad perdió también esa forma de convivencia cotidiana.

Y TODO EMPIEZA A DESAPARECER: LAS HUERTAS...

Pero “Todo tiene su fin”, que dirían los Medina Azahara, y solo hace falta darse una vuelta por el actual barrio de la Calzada para comprobar que del bucólico y campestre escenario que hemos descrito hoy apenas queda ni el recuerdo...

Empezando por las  huertas, que vieron como la ciudad llegó poco a poco hasta ellas hasta llevárselas por delante.

Ya en los años 20 se había segregado la Huerta de San Benito para construir el Garaje Hotel de la Plaza del Sacrificio y, años después, sobre la Huerta del Bosque apareció un almacén de corcho.

Poco a poco el paisaje rural se llenaba de viviendas, adoquines y asfalto, hasta que no quedó nada.

Las últimas huertas documentadas fueron la Huerta del Cigarrero, absorbida por el crecimiento viario y edificatorio de la zona de Kansas City; la del Francés, que siguió una evolución paralela; y la de San José, que aparece aún como finca agrícola en 1963 antes de quedar igualmente integrada en la ciudad.

Ortofoto actual con el recorrido que tuvo el Callejón del Agua

Y DESAPARECEN LOS CORRALES DE VECINOS...

Los corrales siguieron una suerte semejante: Teatino, Bernardino y el de doña Lorenza Ruiz de Zarco están documentados en 1952, pero pertenecen a la última etapa de la Calzada tradicional.

La riada de 1961, el deterioro de las viviendas, la sustitución edificatoria y la presión inmobiliaria aceleraron su desaparición.

El resultado fue paradójico: es cierto que se eliminaron viviendas consideradas antiguas e insalubres y se construyeron otras más modernas, pero con ellas desapareció también una forma de vida basada en espacios comunitarios y relaciones vecinales densas.

Y CASI DESAPARECE LA PLAZA DEL SACRIFICIO….

El proceso era irreversible, y a finales de los 80 con las grandes operaciones vinculadas a Santa Justa y al ferrocarril, la misma plaza del Sacrificio, cuyo origen se remontaba al siglo XVII, perdió buena parte de su configuración histórica y prácticamente todo el barrio tradicional que la rodeaba fue sustituido.

Así, en nuestros días la Plaza del Sacrificio conserva muy poco de su aspecto histórico; de hecho, puede decirse que su único superviviente es precisamente la fachada del antiguo Garaje Hotel que levantara Espiau, actualmente vinculada a la Fundación Auxilia Sevilla.

La Plaza del Sacrificio en 1990: no queda nada,
salvo la fachada del Gran Garaje Hotel de Espiau

Y DESAPARECE EL CALLEJÓN DEL AGUA

Y, como no podía ser de otra forma, desaparece nuestro Callejón del Agua en un proceso que, como hemos visto, no fue puntual, sino que duró décadas.

El Callejón del Agua de La Calzada no desapareció porque dejara de llevar agua, sino porque desapareció el paisaje rural y periférico al que pertenecía.

Primero desapareció su carácter rural, ya que la expansión urbana empezó a ocupar las huertas que le habían dado vida.

Después quedó atrapado entre infraestructuras, encerrado entre las vías del ferrocarril y la nueva avenida de Kansas City.

Y a puntilla llegó con Santa Justa y la reordenación de La Calzada a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, cuando todo el entorno de la plaza del Sacrificio fue prácticamente eliminado para dar paso a la nueva trama urbana vinculada al trazado ferroviario soterrado.

SU TRAZADO EN LA SEVILLA DE HOY

Hoy el Callejón del Agua no tiene correspondencia exacta con una sola calle moderna. 

La reconstrucción más prudente es entenderlo como un corredor que arrancaba en la Plaza del Sacrificio, recorría el espacio de antiguas huertas prolongándose hacia el entorno del Prado de Santa Justa y la Huerta de San José.

En la Sevilla actual ese corredor ha quedado triturado entre Sacrificio, Mallén, Céfiro, Campo de los Mártires, avenida de Kansas City, la estación de Santa Justa y el corredor ferroviario. No es una equivalencia calle por calle, sino la huella aproximada de un antiguo paisaje lineal que ya no puede recorrerse como tal.

La Plaza del Sacrificio en la actualidad

EL CALLEJÓN QUE SE LLEVÓ LA CIUDAD POR DELANTE

Hay historias urbanas que terminan cuando derriban una casa; ésta termina cuando desaparece todo un paisaje.

Desaparecieron Berni, Ciegos, Cigarrero, Muertos, San Benito y Bosque. Desaparecieron las últimas huertas. Desaparecieron el Teatino, Bernardino y el corral de doña Lorenza. Desaparecieron hornos, patios, jardines y buena parte de la memoria vecinal. Desapareció la Plaza del Sacrificio como espacio reconocible.

Hoy atravesamos esa zona sin sospechar que bajo las avenidas y los edificios hubo durante siglos naranjos, huertas, caminos, patios llenos de vecinos, lavaderos, hornos y pequeñas industrias.

Por eso hemos traído a estas líneas el Callejón del Agua. No porque fuese una gran calle, sino precisamente por lo contrario: porque fue una de esas piezas pequeñas que explican cómo una ciudad se convierte en otra.

15 de septiembre de 2026

Cuando Sevilla quiso atravesar Santa Cruz con una gran avenida

Durante décadas, distintos proyectos urbanísticos plantearon abrir grandes ejes viarios atravesando el corazón del barrio de Santa Cruz. Algunos trazados llegaron a afectar calles que hoy consideramos inseparables de la imagen de Sevilla.

Hoy vamos a hablar de una Sevilla que, gracias por una vez a algo tan típicamente nuestro como es la eternización de los trámites municipales, nunca llegó a ser… aunque estuvo dibujada, presupuestada y aprobada varias veces.

Porque se pueden tener opiniones encontradas sobre si hacía falta un puerto de lujo en Los Remedios, se puede discutir si era buena idea hacer una plaza abierta donde hoy se encuentra el Cabildo con un estanque que reflejara la Catedral como si estuviéramos en Venecia, e incluso puede parecernos mal que se ensanchara la angosta calle Génova para convertirla en la Avenida de la Constitución.

Pero en lo que seguro que habría un consenso tan unánime como aplastante es en que destrozar el barrio de Santa Cruz para meter una avenida por medio habría sido una barbaridad de dimensiones bíblicas.

Pues bien: durante casi un siglo, varios señores con bigote y plano bajo el brazo le estuvieron dando vueltas a la idea... y por poco lo consiguen.

Por suerte, en Sevilla rige una ley urbanística no escrita pero infalible: lo que se proyecta casi nunca se ejecuta, y esta vez esa desidia histórica nos vino de perlas.

Así pues, hoy podemos perdernos por Rodrigo Caro, mirar hacia el Mesón del Moro, girar por Santa Teresa, asomarnos a Doña Elvira y acabar en la plaza que le da nombre al barrio, sin sospechar que durante décadas hubo planos oficiales que pretendían abrir ahí mismo una gran avenida con cuatro carriles. 

La receta urbanística de la época era de una sencillez que hoy nos parecería de dibujos animados: si una calle era estrecha, se ensanchaba; si una manzana molestaba, se tiraba; y si un barrio entero se interponía en el camino del progreso... bueno, para eso estaban los planos.

Calle Lope de Rueda a principios del siglo XX.
Un señor en un burrito da la razón a los que decían
que por el barrio de Santa Cruz no cabían los coches

Cuando las calles estrechas se convirtieron en el enemigo público número uno

En la segunda mitad del siglo XIX se puso de moda en Europa una idea maravillosa: las calles tortuosas eran insalubres, el casco histórico olía mal y las grandes avenidas eran sinónimo de progreso, higiene y modernidad. París, Barcelona o Viena vieron su corazón medieval arrasado para hacer maravillosas y amplias avenidas, calles en cuadrículas, bulevares o lo que se terciara.

Sevilla, como también quería ser moderna, se apuntó al invento. La demolición de las murallas —iniciada antes de 1868 y acelerada después de la Revolución— abrió la veda para una ciudad que quería crecer, comunicarse mejor y no perder el tren de las grandes capitales europeas.

Y claro, apareció el problema: si había un barrio alejado de todo lo que se proponía alegremente desde los rincones más chic de Europa, ese era el de Santa Cruz.

Un barrio hecho precisamente de todo lo que la nueva mentalidad urbanística consideraba sospechoso: callejuelas, recodos, patios, una trama que se negaba en redondo a comportarse como una cuadrícula. Es decir: todo lo que hoy pagamos religiosamente para fotografiar, entonces estaba mal.

1895: un arquitecto municipal dibuja la Sevilla que casi nos quita el Airbnb

El pistoletazo de salida para “europeizar” Santa Cruz lo da el arquitecto municipal José Sáez y López en 1895, elaborando el Proyecto General de Reformas de Sevilla que se basa, ni más ni menos, que en una legislación de ámbito estatal: la Ley sobre mejora, saneamiento y reforma o ensanche interior de las grandes poblaciones. Es decir, destrozar el pasado de las ciudades se había convertido poco menos que en una cuestión de Estado.

Sáez y López no se complica mucho, la verdad, y sobre un plano de Sevilla elaborado en 1890 por Juan Talavera y de la Vega, coge pintura roja y traza calles, ensanches y, por supuesto, demoliciones, atravesando las calles del centro como un cuchillo en mantequilla.

Proyecto General de Reformas de Sevilla, elaborado
en 1895 por Sáez y López

Que sí, que era bastante “cutre”, la verdad, pero la intención era lo que contaba y, en esa intención, nuestro barrio de Santa Cruz se erige en protagonista.

Nada de arreglar cuatro baches: la idea era reorganizar la circulación y abrir nuevos ejes a través de la ciudad histórica. Y Santa Cruz, cómo no, entraba de lleno en ese plan.

Entre los trazados que se manejaron:

●       Eje principal: Plaza de la Virgen de los Reyes → Mateos Gago → Mesón del Moro → Santa Teresa → plaza de Santa Cruz → Huerta del Retiro.

●       Segundo eje: Rodrigo Caro → Alianza → Doña Elvira → Susona → Huerta del Retiro.

Traducido del urbanismo al español corriente: se pretendía abrir una autopista de la época atravesando el corazón del barrio. No estamos hablando de "arreglar una alineación". Estamos hablando de partir Santa Cruz en canal.

Superposición de la Avenida proyectada por
Sáez y López en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

1902: dos avenidas para arreglar un barrio que nadie había pedido arreglar

Pero no tuvo éxito el plan del señor Sáez, aunque sí debió tenerlo la idea, ya que en 1902 Manuel Fernández Peña presentó su propia versión del despropósito: dos grandes vías que se comían, entre otros, el Mesón del Moro, Santa Teresa, Doña Elvira, Susona y la propia plaza de Santa Cruz.

Es decir: los sitios que hoy llamamos "encantadores rincones" y que aparecen en el 90% de los posados de Instagram de la ciudad, en 1902 eran, para algún técnico municipal, simplemente "un problema de circulación".

Superposición de las dos Vías proyectadas por
Fernández Peña en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

1903: la gran vía ya tiene nombre (y es tan sutil como un ladrillazo)

Tampoco llega ese plan a nada, pero los higienistas europeizantes solo tardan un año en volver a la carga: en 1903 aparece en la documentación municipal una denominación que es imposible de mejorar: "Construcción de una Gran Vía sobre el Barrio de Santa Cruz". Autoría: Manuel Martínez Ángel. Y ojo que no estaba solo…  por ahí andaba también Aníbal González con alguna que otra propuesta de cosecha propia.

Como vemos, demoler el corazón de Santa Cruz no fue un proyecto aislado ni una ocurrencia de un funcionario con un mal día… fue una sucesión de propuestas, año tras año, compartiendo la misma obsesión: modernizar el casco a base de aperturas viarias, sin que a nadie pareciera importarle demasiado lo que se llevaban por delante.

Superposición de los ensanches proyectados por
Martínez Ángel en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

Y entonces llegó Vega-Inclán a salvar la función

Curiosamente la película cambia cuando llega un señor de Valladolid de nombre Benigno, de título marqués de la Vega-Inclán y de profesión Comisario Regio de Turismo, que tuvo una idea que hoy nos parece de cajón pero que en su momento fue revolucionaria: no había que abrir el barrio, había que venderlo.

Entre 1912 y 1920, con la participación decisiva del arquitecto Juan Talavera y Heredia (hijo del Juan Talavera sobre cuyo plano había trazado líneas Sáez y López años atrás), se transformó Santa Cruz de arriba abajo: plazas, jardines, pavimentos, fuentes, azulejos, fachadas. 

Quede claro que no lo conservaron tal cual estaba. sino que lo reinventaron a conciencia. Pero en lugar de destruir la trama histórica para meter una avenida, decidieron usar esa misma trama como reclamo.

Adoquinado de la plaza de la Alianza.
Fuente: Fototeca Municipal

Lo que antes era un laberinto incómodo pasó a ser un laberinto pintoresco. La calle estrecha dejó de ser una tara urbanística y se convirtió en "entramado histórico". La plaza minúscula dejó de ser insuficiente y pasó a ser "encantadora". Básicamente, el primer gran ejercicio de marketing territorial de la historia de Sevilla, cien años antes de que nadie hablara de "storytelling".

La avenida nunca llegó (pero la piqueta tampoco se jubiló)

La gran vía que iba a partir el barrio nunca se construyó. Pero que no cunda el pánico romántico: Sevilla no dejó de ensanchar calles porque de repente le entrara un ataque de sensibilidad patrimonial. Mateos Gago, sin ir más lejos, sí fue reformada y ensanchada, en el proceso previo a la Exposición Iberoamericana, con la reforma situada en 1923.

Incluso décadas más tarde se eliminó toda una manzana de viviendas, entre ellas la pintoresca Casa Linares, para abrir la calle Joaquín Romero Murube.

No hubo milagro: hubo cirugía. Lo que cambió es que, esta vez, no se llevaron el barrio entero por delante.

Casa Linares, demolida para abrir la calle Joaquín Romero Murube
Fuente: Fototeca Municipal

Las calles que Santa Cruz se libró de perder

Así que, estimado lector, la próxima vez que pasees por el barrio, prueba este ejercicio: camina imaginando que los proyectos hubieran salido adelante.

●       Mateos Gago, convertida en gran eje de acceso.

●       Mesón del Moro, incluida en uno de los trazados de gran apertura.

●       Santa Teresa, otra pieza del itinerario de la futura gran vía.

●       Plaza de Santa Cruz, una de las zonas más comprometidas.

●       Rodrigo Caro y Alianza, integradas en el segundo eje.

●       Doña Elvira y Susona, amenazadas por ese mismo segundo eje.

●      Huerta del Retiro y Catalina de Ribera, el gran nudo de conexión con la    Ronda.

No todas estas calles aparecían afectadas por igual en cada proyecto —fueron sucesivas propuestas, no un plano único y definitivo—, pero conviene decirlo con claridad: la historia real ya es lo bastante espectacular como para necesitar que se la adorne.

1929 y el urbanista que no se resigna

Y llegó la Exposición Iberoamericana de 1929 y, como siempre de Expo en Expo, se aceleró la transformación de Sevilla: ensanches, demoliciones, avenidas y nuevos barrios.

La gran avenida por Santa Cruz, otra vez, no llegó y además empezaba a quedar bastante lejana. ¿Problema resuelto? Ni de lejos. Durante las décadas siguientes, la reforma interior del casco histórico siguió siendo un tema recurrente en los despachos municipales.

En 1946 se aprobó un nuevo Plan General y la pregunta seguía siendo la misma de siempre: ¿cómo se moderniza una ciudad sin cargarse su propia historia? Pregunta sencilla, respuesta complicada — sobre todo cuando hay un coche esperando para aparcar donde antes había un patio.

La plaza de la Virgen de los Reyes
convertida en un parking en superficie
Fuente: Fototeca Municipal 

1963-1968: el urbanismo sube de escala (y el patrimonio, por fin, saca la placa oficial)

En 1963 Sevilla aprobó un nuevo Plan General de Ordenación Urbana, con Pablo Arias al frente de la oficina técnica y una amplitud de miras que hasta entonces no se había tenido.

Y, esta vez sí, los nuevos barrios desviaron la atención, porque ya no se trataba solo de abrir una calle: había que ordenar una ciudad entera que empezaba a mirar hacia la periferia, y en vez de abrir una avenida en el barrio de Santa Cruz, era más necesario organizar las calles de la barriada de Pío XII.

Para apostillarlo, hay una fecha que conviene subrayar en rojo: 1964. Ese año, mediante el Decreto 2803/1964, de 27 de agosto, Sevilla recibió la declaración histórico-artística sobre importantes áreas de la ciudad, y a partir de ese momento el casco antiguo tuvo por fin un papel oficial que ponía trabas legales a las grandes demoliciones.

Cuatro años después, en 1968, llegó el PRICA (Proyecto de Reforma Interior y Plan Especial del Casco Antiguo) y la idea de demoler Santa Cruz se fue diluyendo cada vez más, hasta desaparecer, aunque conviene reseñar que en esa época aún la reforma y conservación se llevaban a patadas.

La gran paradoja: Santa Cruz no sobrevivió porque nadie lo tocara

Y aquí está la parte que de verdad importa.

El barrio de Santa Cruz no sobrevivió porque Sevilla dejara de querer modernizarse: se siguieron ensanchando calles, abriendo avenidas, adaptándose al tráfico como el resto de la ciudad. 

Tampoco sobrevivió porque nadie lo tocara: lo tocaron, y bastante.

Calle Mateos Gago en el siglo XIX
Imagen de Lucien Levy
Fuente: Fototeca Municipal

Lo que cambió fue la forma de valorarlo. Lo que antes era un obstáculo empezó a llamarse patrimonio, lo que antes era una calle incómoda empezó a venderse como "encanto sevillano" y lo que un siglo atrás era un muro insalvable a los planes de circulación terminó siendo una de las máquinas de hacer caja más rentables de la ciudad.

La misma casa que en 1903 estorbaba, hoy tiene un bar que cobra ocho euros por una tapa de tres bocados y una tienda que vende delantales de lunares. Eso sí que es adaptarse a los tiempos.

Santa Cruz nunca estaba destinado a ser una postal

Y esta es, quizá, la gran lección: el barrio de Santa Cruz que paseamos hoy no es un fragmento medieval que ha sobrevivido intacto por casualidad: es el resultado de un pulso de más de un siglo entre dos maneras de entender la ciudad —una que quería abrir, otra que quería conservar— del que finalmente salió ganadora una tercera vía: transformar sin arrasar.

Vega-Inclán y Talavera fueron decisivos en ese giro. La protección de 1964 le dio respaldo legal. Y los sucesivos planes urbanísticos fueron desplazando el centro del debate hacia la conservación del conjunto.

Así que la próxima vez que pasees por Santa Cruz...

Cuando bajes por Mateos Gago, piensa que pudo ser el doble de ancha. Cuando llegues al Mesón del Moro, recuerda que estuvo marcado para una gran apertura. Cuando cruces Santa Teresa, imagina una avenida moderna donde hoy hay adoquines. Cuando aparezcas en Doña Elvira, piensa que también estaba en el camino del "progreso". Y cuando llegues a la plaza de Santa Cruz, mira alrededor.

Porque todo esto pudo haber sido radicalmente distinto. Podríamos estar hoy sentados en la terraza de una avenida de seis carriles, rodeados de coches, semáforos, pasos de peatones y un panel municipal explicando que aquello fue una "necesaria actuación de mejora de la movilidad".

En cambio, tenemos Santa Cruz: con sus turistas, sus azulejos, sus patios, sus callejas imposibles de encontrar en Google Maps, sus terrazas con carta en cinco idiomas y sus demasiadas —demasiadísimas— tiendas de imanes y abanicos made in algún sitio que no es Sevilla.

Pero también tenemos, debajo de todo eso, la trama urbana que estuvo a un cabildo municipal de desaparecer.

Santa Cruz no sobrevivió porque Sevilla dejara de querer modernizarse: sobrevivió porque, poco a poco, Sevilla empezó a descubrir que algunas cosas que estorbaban en un plano podían valer muchísimo más cuando seguían en pie.

Eso sí: después descubrimos que conservar el patrimonio también podía ser un negocio....y en Sevilla, cuando algo puede ser un negocio, tampoco se tarda demasiado en descubrirlo.


8 de septiembre de 2026

Breve Historia del ciclismo en Sevilla: velocípedos, clubes y velódromos desaparecidos

La historia de los primeros ciclistas, clubes y velódromos de Sevilla antes de La Vuelta

 

Sevilla tiene una relación muy particular con su propia memoria: la exhibe con orgullo cuando le conviene y la entierra sin remordimiento cuando ya no da titulares.

El fútbol tiene himnos, el flamenco tiene rutas turísticas, la Semana Santa tiene enciclopedias enteras: el ciclismo sevillano del siglo XIX, en cambio, ha tenido que conformarse con cuatro líneas sueltas en la prensa histórica como antesala de un cordial y educado silencio.

Porque, aunque hoy en día casi no se sepa, cuando Filipinas aún era una provincia española en Sevilla había velocipedistas, clubes ciclistas, carreras, velódromos, excursiones por carretera y hasta una revista dedicada a defender la gloriosa “Velocipedia andaluza”.

Sí, han leído bien.

Mucho antes de que La Vuelta pase con su serpiente multicolor junto al Guadalquivir, aquí ya había hombres dispuestos a jugarse la integridad física sobre dos ruedas en plan Pogacar llegando a Gandía…

Velocipedista por la
Plaza del Triunfo (IA)

El día que Sevilla descubrió el velocípedo

Al más puro estilo Darwin, el origen de la bicicleta moderna es la evolución de un trasto con aire arcaico y mucho menos sofisticado y estético: el velocípedo.

Los antepasados de la espada de Induráin eran aparatos con ruedas enormes, incómodos, caros, con estructuras metálicas aparatosas y una relación bastante mejor con la gravedad que con quien se sentaba encima.. más que para desplazarse, parecían máquinas diseñadas para hacer caer a la gente.

Y, sin embargo, en Sevilla causaron furor. Tanto que a mediados de la década de 1880 el velocípedo ya formaba parte de la nueva cultura urbana y deportiva de la ciudad, y tanto fue creciendo su uso que hacia 1886-1887 aparece documentado el Club Velocipedista de Sevilla, que hacía excursiones, demostraciones públicas, veladas sociales y actividades vinculadas incluso a la Maestranza.

Es decir: mientras media España seguía preguntándose si el velocípedo era una moda pasajera o una amenaza para el orden público, Sevilla ya tenía hasta un calendario de eventos.

Porque aquí, como en tantas cosas, enseguida se entendió lo esencial: el velocípedo nunca fue solo un vehículo, sino que era una excusa perfecta para reunirse, presumir de máquina delante de los vecinos y, ya en la tasca de turno, exagerar lo dura que había sido la ruta mientras alguien servía manzanilla.

Como vemos, hace 150 años ya se practicaba el postureo deportivo mucho antes de que existiera esa palabra.

Antonio Velasco, el velocipedista que salió hacia Córdoba y terminó volviendo en tren

Desde muy prontito los primeros velocipedistas sevillanos querían carretera de verdad…o al menos caminos…

Sin ir más lejos, hay constancia de una expedición de dos socios del club, Castaño y Dalps, en dirección a Córdoba, con parada en Écija para encontrarse con el joven Antonio Velasco.

El resultado fue tan digno como previsible: Velasco llegó a Écija en su velocípedo y, ante el estado lamentable del camino, decidió que la epopeya terminaba ahí y regresó a Sevilla en tren.

Sin asistencia técnica, sin teléfono móvil y, sospechamos, sin nadie esperando en meta con un micrófono para preguntarle cómo se encontraba, el bueno del señor Velasco salió para hacer historia, pero decidió anteponer su integridad física.

Carrera por la plaza de San Francisco (IA)


El velocipedista que se coló en la crónica de una corrida de toros

Más curioso aún es que aparezca uno de estos pioneros del ciclismo en una crónica taurina, exactamente en 1887 durante una corrida en la Maestranza cubierta por el mítico cronista José Rodríguez La Orden, Carrasquilla.

La escena sucede cuando uno de los toros, llamado Tabaquero, salta la barrera siguiendo al banderillero el Bebe. Y aquí aparece un protagonista inesperado: un «señorito velocipedista» que estaba entre el público.

La crónica, escrita en el peculiar lenguaje humorístico de Carrasquilla, cuenta que el toro saltó la barrera y el susto fue tal que el joven velocipedista terminó «zurruscándose en los calzoncillos» mientras se estaba haciendo el nudo de la corbata. El animal volvió a saltar después, esta vez junto a un municipal, y ambos acabaron literalmente frente a frente.

Sea por mera información o sea con segundas intenciones, lo cierto es que el periodista no necesitó explicar qué era un velocipedista: se sobreentendía porque el personaje ya formaba parte del paisaje urbano hispalense, con la misma naturalidad con la que hoy se conoce al pregonero de las Glorias o un futbolista, sin más contexto.

La gente había tardado exactamente cero tiempo en convertir al ciclista en un tipo reconocible, algo que curiosamente hoy no suele suceder… ¿o puede asegurarme usted que el señor que estaba sentado a su lado está mañana mientras tomaba café no era Raúl García Pierna?

Tres clubes rivalizando por las mismas dos ruedas

Pero no nos desviemos y volvamos sobre nuestros pasos.

A finales de la década de 1880, cuando la bicicleta era aún una novedad casi exótica en tres cuartos del mundo conocido, tenía ya Sevilla una sociedad deportiva dedicada a este "sport": la Sociedad Veloz Club de Sevilla, fundada por Pablo Portela, que llegó incluso a construir un velódromo propio en Las Delicias, dentro del terreno conocido como la Huerta del Carmen.

El Veloz Club llegó a reunir 142 socios que pagaban 2,50 pesetas al mes, organizaba carreras con premios en metálico solicitados al Ayuntamiento, y en 1896 lo presidía José Antonio Quijano.

Entre sus deportistas destacó José Quintano, que batió el récord de la vuelta a Cádiz sobre una bicicleta inglesa de la casa Townend de Coventry. Con el tiempo el club evolucionó hasta convertirse en el Sevilla Veloz Club, que en 1929-1930, bajo la presidencia de R. A. Olmedo, organizó junto al Comité de la Exposición Iberoamericana el Gran Premio Ciclista Sevilla-Huelva-Sevilla.

Lo interesante es que no estuvo este club solo mucho tiempo: en 1896 ya competía con el Club Velocipedista de Sevilla, dirigido por José R. de Hoces, y en 1897 se sumó un tercero, el Club Sevillano Ciclista (más tarde Club Ciclista Sevillano), que hacia 1930 tenía su sede en el bar del Sol, en la calle Cabeza del Rey Don Pedro, y estaba presidido por Ángel Martínez Núñez.

Llegaron por tanto a coexistir en la ciudad hasta tres clubes velocipedistas, que además contaban con apellidos de la aristocracia local entre sus socios, como el Duque de Serclaes, el Conde de Torralba o los marqueses de Villaparvés de Jerez de los Caballeros, señal de que pedalear en aquella Sevilla de fin de siglo era también una moda de clase alta.

Aquel fervor por el pedal no se apagó con el nuevo siglo: en 1898 se inauguró un segundo velódromo cerca de Eritaña, en La Palmera, y la afición ciclista de esos primeros clubes acabaría entroncando, ya en plena Exposición Iberoamericana de 1929, con la creación del primer equipo ciclista del Real Betis Balompié.

Así, la historia traza una línea sorprendente: del velódromo decimonónico de la Huerta del Carmen al fútbol que hoy se juega en esos mismos terrenos, pasando por unos aristócratas sevillanos que, sin saberlo, fueron pioneros del deporte de masas.

Velocipedistas en la
Plaza de San Francisco (IA)


Los velódromos que Sevilla olvidó

Aquí viene la parte que probablemente menos esperaba el lector: Sevilla no tuvo simplemente aficionados a la bicicleta… tuvo lugares construidos para que aquellos aficionados corrieran en ella.

El velódromo de la Huerta del Carmen

El primero que merece detenerse a mirar es el de la Huerta del Carmen, en las inmediaciones de la Dehesa de Tablada.

Como se dijo anteriormente, en 1891 ya existe documentación sobre un velódromo utilizado por el Veloz Club y hasta sobre la necesidad de resolver el acceso de vehículos a las instalaciones.

Mientras a finales del XIX las bicicletas todavía podían parecer un capricho tecnológico de señoritos con demasiado tiempo libre, en esta zona ya un sitio donde hacer carreras.

Y, naturalmente, tampoco faltaba el correspondiente papeleo municipal.

Porque una cosa no ha cambiado desde entonces: puede que la tecnología avance, pero siempre habrá alguien estudiando por dónde entra un coche.

Por cierto, aquel solar no era un lugar cualquiera: cuarenta años después, en ese mismo espacio se levantaría el Stadium de la Exposición Iberoamericana de 1929, hoy Benito Villamarín.

Las Delicias

El segundo escenario aparece vinculado a Las Delicias y a la figura de Pablo Portela, uno de los nombres relacionados con los primeros clubes velocipedistas sevillanos.

La importancia de estos espacios no está solamente en que allí pudieran celebrarse carreras. Los velódromos eran también lugares de reunión y exhibición, parte de aquella nueva cultura deportiva que estaba apareciendo en las ciudades españolas.

Eritaña y La Palmera

Las referencias posteriores llevan también hacia el entorno de Eritaña y La Palmera, donde aparece documentada otra instalación velocipedista a finales del siglo XIX, de la que hoy tampoco queda nada.

Porque también existe otra ciudad enterrada bajo la ciudad visible: la de los edificios que desaparecieron, las instituciones que se extinguieron y los lugares que dejaron de existir sin que casi nos diéramos cuenta.

Los velódromos son un ejemplo.

Durante unos años, Sevilla corrió sobre dos ruedas; después, como tantas otras veces, la ciudad siguió avanzando y dejó el recuerdo atrás.

La zona Parque de María Luisa - Avenida de la Palmera (de la Reina Victoria)
antes de 1929, donde se localizaban los velódromos hispalenses.
Curiosamente aparece el Campo Reina Victoria,
donde jugaba sus partidos el FC Sevilla antes de irse a Nervión


Sevilla Ciclista: la revista que defendía la "Velocipedia andaluza"

Pero no podíamos dejar de lado uno de los mejores detalles de toda esta historia.

Nada más y nada menos que una revista nacida en 1898: Sevilla Ciclista, autodefinida como "Órgano defensor de la Velocipedia andaluza".

Pero ojo, que no era una publicación cualquiera: era todo un órgano de defensa, como si el destino de la civilización dependiera de proteger a los señores que pedaleaban a orillas del Guadalquivir.

Suena a chiste, y sin embargo con la que está cayendo en algunos debates deportivos actuales, tampoco parece la peor idea que ha tenido nunca el periodismo local.

Antes de la Vuelta ya había en Sevilla carreras ciclistas (o velocipedistas)

Así que, como puede comprobar estimado lector (al final termino viendo la serie de Netflix...) el paralelismo con la actualidad resulta inevitable: hoy hablamos de etapas, equipos, corredores, kilómetros, esprints y retransmisiones... entonces hablaban de carreras, de campeones, de clubes y velocipedistas.

La escala era otra, la tecnología era otra, la sociedad era otra, la misma ciudad era otra, pero el mecanismo era sorprendentemente parecido: en Sevilla ya se hablaba de ciclismo cuando el siglo XIX no había terminado.

Zona de las Delicias en 1881.
El Parque de María Luisa aún forma parte del Jardín de los Montpensier, 
pero en la zona ya se celebraban carreras de velocípedos.


 Y el 9 de septiembre de 2026 vuelve La Vuelta a Sevilla

El 9 de Septiembre llega la Vuelta Ciclista a Sevilla: etapa 17, tendrá 189 kilómetros (si el calor lo permite, claro) en los que se pasará por Dos Hermanas, Los Palacios, Utrera, Morón de la Frontera o Carmona.

Retransmisión para 200 países, una audiencia cercana a los 400 millones de espectadores, un impacto económico de unos 6,7 millones de euros.. cifras astronómicas que seguramente ninguno de esos locos velocipedistas que hacían carreras por Eritaña hace 150 años habrían llegado ni a imaginar…

Pero oye, que tampoco les habría hecho falta: con sus copas de manzanilla, sus viajes en tren y sus corridas de toros seguro que tenían más que suficiente.

Detrás de cada gran acontecimiento siempre hay un pionero, muchas veces un loco, cuya memoria no debería nunca caer en el olvido, y de ahí el homenaje de estas Sevillanadas a esos tipos que hace 150 años desafiaban a la gravedad sobre sus artefactos por las calles de Sevilla.


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