22 de octubre de 2026

Teatro de las Indias: el proyecto de Aldo Rossi que Sevilla nunca construyó

Un teatro para la Expo 92, inspirado en la Cartuja y Sintra, que terminó convertido en dibujos de archivo.

Idealización del Teatro de las Indias en el Muelle de las Delicias.
Imagen generada con IA.

La Sevilla que todavía iba al cine

A finales de los años ochenta, mientras Sevilla preparaba la Expo 92 y se transformaba a toda velocidad, uno de los arquitectos más reconocidos internacionalmente del momento, el italiano Aldo Rossi, recibió un encargo singular: diseñar un teatro ligado al Guadalquivir. 

Hablamos de una época en que los sevillanos vivían entre dos tiempos. Por un lado seguía siendo la ciudad de los cines del centro, de los teatros históricos y de las salas que habían marcado la vida de varias generaciones; por otro, las obras y proyectos vinculados a la Expo 92 anunciaban una transformación urbana que iba a cambiar por completo la ciudad.

En esa Sevilla que quería presentarse al mundo con una nueva imagen surgió una propuesta cultural que hoy apenas se recuerda: el Teatro de las Indias de Aldo Rossi,  pensado precisamente para el entorno del Guadalquivir y la Expo 92, pero nunca llegó a construirse.

Aldo Rossi: un arquitecto que encontró algo propio en Sevilla

Conviene aclarar que no hablamos de un arquitecto estrella aterrizado en la ciudad para llevarse el cheque…

Aldo Rossi (Milán, 1931-1997) era uno de los arquitectos más prestigiosos del momento, de hecho recibió en 1990 el Premio Pritzker, equivalente al Nobel en arquitectura. Además era un excelente dibujante y, sobre todo, un reputado teórico.

Su relación con Sevilla venía de lejos. Visitó la ciudad en 1975, invitado por el Colegio de Arquitectos, y entabló una estrecha amistad con el arquitecto sevillano Fernando Villanueva Sandino. La relación fue profesional y personal: Rossi regresó en numerosas ocasiones y encontró en la arquitectura sevillana un campo de reflexión para sus ideas.

Le interesaban los patios, las galerías y la vida colectiva de los corrales de vecinos, y encontraba afinidades entre ellos y ciertas viviendas tradicionales de Milán.

De esa mirada surgieron varios proyectos sevillanos que nunca se materializaron, como una propuesta para el Corral del Conde y una intervención en el antiguo convento de Nuestra Señora de los Reyes, algo similar a lo que ya vimos con Ricardo Bofill en su momento: se enamora de Sevilla, se inspira en Sevilla, proyecta para Sevilla…. pero no construye nada en Sevilla.

El Teatro de las Indias se sumaría a esa lista de proyectos frustrados.

Teatro del Mondo, Venecia 1979.
Imagen de Antonio Martinelli

Venecia, Sintra y la Cartuja: las referencias del proyecto

Entre 1979 y 1980, Rossi había diseñado el Teatro del Mundo para la Bienal de Venecia: una construcción teatral temporal y flotante que recorría los canales. Su geometría sencilla y su relación con el agua lo convirtieron en una de sus obras más conocidas, hasta que llegó navegando por el Adriático nada menos que a Dubrovnik para ser desmantelado en 1981.

Pero en Sevilla Rossi no quería repetir aquella fórmula. En sus anotaciones de febrero de 1989 dejó escrito que intentaba diseñar el teatro sevillano olvidando el de Venecia, precisamente porque era la obra que todo el mundo recordaba.

Sus referencias fueron otras: anotó las grandes chimeneas cónicas del Palacio Nacional de Sintra, en Portugal, y las chimeneas de la Cartuja sevillana, formas verticales y reconocibles, capaces de enlazar una composición arquitectónica nueva con lugares cargados de memoria.

Esa manera de trabajar era muy propia de Rossi: no copiaba literalmente un monumento, sino que tomaba formas elementales y asociaciones históricas para darles otro significado. En el proyecto sevillano se sumaba, además, su conocimiento de los corrales de vecinos y de la tradición teatral. 

Chimeneas del Monasterio de la Cartuja,
inspiración de Aldo Rossi. Imagen Wikipedia.

¿Qué iba a ser el Teatro de las Indias?

Así pues Rossi se pone manos a la obra junto a Fernando Villanueva en el contexto de la Expo 92, empezando el edificio a tomar forma en bocetos fechados alrededor de 1989 y que, junto al resto de documentación, hoy se conservan en el Canadian Centre for Architecture, de Montreal.

El Teatro sevillano fue concebido para ser instalado en algún punto junto a la ribera, ligado al paisaje del río . La investigación publicada por el historiador de la arquitectura Victoriano Sainz Gutiérrez lo describe como un proyecto ligado al paisaje del río, pero sin la movilidad sobre el agua de su precedente veneciano.

Las fuentes consultadas no nos han permitido identificar con certeza una ubicación concreta, por lo que lo más riguroso sería decir que se proyectó junto al río sin señalar un lugar exacto, ya que carecemos de respaldo documental. Lo importante es que el agua formaba parte del contexto urbano del proyecto, aunque el teatro no fuese una estructura flotante.

Tampoco es posible afirmar con seguridad cuál habría sido su aforo, su distribución definitiva o el programa exacto de espectáculos, ya que lo conservado son croquis y documentación de una fase preliminar, no un proyecto de ejecución completo.

Boceto de Aldo Rossi del Teatro de las Indias

¿Por qué nunca se construyó?

No existe una explicación única y definitiva, ni se ha localizado el papel que diga «se cancela por X». Lo que la investigación académica reconstruye es una suma de contratiempos:

•        Burocracia y agenda saturada. En sus cuadernos de febrero de 1989, Rossi anotó que el largo trámite burocrático y la acumulación de otros encargos le habían hecho casi olvidar el proyecto sevillano. En octubre de ese año aún decía que tenía que terminar de darle forma... sobra decir que un proyecto que su propio autor casi olvida no tiene buen pronóstico.

•        La enfermedad de Fernando Villanueva. Sus problemas de salud se agravaron desde la primavera de 1990 y murió en enero de 1992, pocos meses antes de la inauguración de la Expo. Volviendo otra vez a Victoriano Sainz Gutiérrez, el historiador considera que su enfermedad y fallecimiento contribuyeron decisivamente a que la propuesta no saliera adelante.

Así pues, sumando factores, el proyecto no llegó a convertirse en un edificio definitivo, ni siquiera en un proyecto: no hubo teatro inaugurado, ni escenario, ni público, y se quedó en la fase de croquis y documentación. 

Quedó la idea: el sueño de Aldo Rossi para el Río de Sevilla.

Idealización del Teatro de las Indias, ahora en
el entorno del Puente de la Barqueta. 
Imagen generada con IA.

La Sevilla que pudo ser

El Teatro de las Indias pertenece a una historia menos visible de la Expo 92: la de los proyectos que se pensaron para transformar la ciudad y acabaron desapareciendo antes de materializarse.

No podemos saber si habría sido un éxito de público ni cómo habría envejecido su arquitectura. Tampoco conviene convertir automáticamente todo proyecto perdido en una obra maestra. Pero sí habría supuesto incorporar a la ribera sevillana una propuesta concebida específicamente para la ciudad por un arquitecto de relevancia internacional.

Rossi no pretendía plantar en Sevilla una copia de Venecia. Miró a Sintra, a las chimeneas de la Cartuja, a la memoria de los edificios sevillanos y a su relación con el río. Quería hacer algo nuevo a partir de referencias locales.

Al final, mientras la Sevilla de 1992 inauguraba nuevos equipamientos y se preparaba para recibir al mundo, el Teatro de las Indias se quedó en unos dibujos conservados en Canadá. Otro edificio que la ciudad pudo tener y que nunca llegó a formar parte de su paisaje.

Porque la historia urbana de Sevilla no está hecha solamente de lo que se construyó. También la forman los proyectos que se anunciaron, se dibujaron y se quedaron esperando en un cajón.


15 de octubre de 2026

Sevilla en jaque: cuando Karpov, Kasparov y un gato se adueñaron del Lope de Vega

Octubre de 1987. Sevilla tenía la vista puesta en la Expo 92 y necesitaba un ensayo general para demostrar al mundo y a sí misma que una ciudad moderna capaz de organizar grandes eventos. 

Y la oportunidad se la brindó el ajedrez y dos soviéticos, Anatoli Kárpov y Gari Kásparov cuya rivalidad es considerada la más grande, larga e intensa en la historia del deporte... 

No en vano llevaban desde 1984 enfrentándose en maratonianos duelos, y así han seguido prácticamente hasta nuestros días, ya que incluso retirados mantienen posturas políticas y sociales completamente opuestas. 

Sevilla, sin que sirva de precedente, aprovechó el momento y los sentó en el Lope de Vega durante 69 días para que se disputaran el título mundial de ajedrez.

Siempre con el gran lema de la época como telón de fondo, "Para Vivir Sevilla", la idea era enseñar al mundo lo que éramos capaces de organizar, aunque también enseñamos otras cosas que no estaban previstas: una mesa recortada a toda prisa, un sillón de oficina, un reloj sin pulsar y un gato al que nadie vio nunca.

Karpov y Kasparov durante una de sus partidas
en el Mundial de Ajedrez de Sevilla de 1987

Primero, el dinero (porque siempre hay dinero)

La candidatura compitió con Madrid y Abu Dabi, pero la ganó Sevilla con el Ayuntamiento de Manuel del Valle al frente y todas las instituciones empujando desde el Gobierno, pensando ya en 1992. 

La organización estimó el coste en unos 600 millones de pesetas, con dinero del Ayuntamiento, la Junta, la Diputación y el Consejo Superior de Deportes.

También se esperaba la presencia de patrocinio privado, según la propia memoria de la organización, pero no respondió a las expectativas, ya que pocas empresas estaban dispuestas a sacar la cartera. El entusiasmo, público; la factura, también.

Cartel del Mundial de Ajedrez de 1987

La silla: o cómo se organiza un Mundial

Así pues, el Lope de Vega se adaptó como sala de competición y el Casino de la Exposición como centro de prensa: unos 200 periodistas acreditados, 200 teléfonos, 22 télex y ocho telefaxes. Operación a lo grande, organización exquisita... hasta que llegó el momento de sentar a los jugadores.

Se había encargado una mesa especial de caoba y varios modelos de silla; primero probó Kaspárov y la mesa le pareció bien, aunque avisó de que Kárpov quizá no llegaría cómodamente a la octava fila. 

Ya que se llevaban especialmente mal, quizás se pensara en un primer momento que podía tratarse de un comentario con mala leche al estilo soviético, pero era verdad... probó Kárpov y no llegaba.

La solución de la organización fue llamar al carpintero: la mesa del Mundial se recortó a toda prisa antes de empezar, pero ahí no terminó la cosa... quedaban las sillas.

Kaspárov eligió una silla marrón fija al suelo. Kárpov, un sillón rojo con ruedecitas, de los que había en cualquier oficina. Así quedó el mobiliario de una de las grandes citas ajedrecísticas de todos los tiempos: caoba recortada, silla atornillada y sillón de oficina.

Eso sí, con un juego de piezas personalizadas para la ocasión ya que las torres tenían la silueta de la Torre del Oro, y es que sin toque local no hay evento que se precie en Sevilla. 

Piezas del Mundial de Ajedrez de Sevilla 1987

Un gato sin acreditación

14 de octubre, segunda partida. Kárpov, con negras, había traído una novedad teórica que hizo a Kaspárov pensar una hora y veinte minutos una sola jugada. Tanta era la tensión que parte del público abandonó las butacas y se fue a la sala contigua, donde los maestros analizaban la partida. En el teatro, silencio sagrado.

Y entonces, un maullido.

Los árbitros intentaron localizar al gato. No pudieron. Los espectadores, alucinados. Leontxo García contó en El País al día siguiente los esfuerzos infructuosos de los árbitros y el regocijo del público, y en la crónica del 16 de octubre se preguntaba, con ironía, si el animal sería negro, dado que Kárpov había hablado años antes de su relación con los gatos y la superstición.

Nadie supo nunca nada más del gato, de dónde salió ni si era de alguien del teatro. Un recinto lleno de árbitros, 200 periodistas y la atención del mundo del ajedrez... y no hubo manera de atrapar a un felino. 

Karpov, Kasparov... y el reloj

El reloj: y la leyenda de lo que pasó de verdad

En esa misma partida Kaspárov, que había gastado un tiempo enorme en la apertura, hizo una jugada y se olvidó de pulsar el reloj. El tiempo siguió corriendo en su contra. 

Según la crónica de la época, Kárpov se dio cuenta y no dijo nada. Kaspárov abandonó tras 32 jugadas, en una posición desesperada, y su rival tomó la delantera.

Aquí conviene frenar la leyenda: Kaspárov no perdió por caída de bandera: el olvido agravó su situación, pero la partida terminó porque abandonó ante una posición perdida, aunque popularmente se le dio protagonismo al reloj y poco al tablero. 

Como suele suceder, si tenemos una anécdota simpática, ¿quién quiere un análisis serio?

Y entonces, el ajedrez

El resto, sin gato ni reloj sin más incidencias, sino ajedrez puro y duro: el encuentro empezó el 12 de octubre y terminó el 19 de diciembre, con 24 partidas, cuatro victorias para cada uno y dieciséis tablas. 

El 7 de diciembre, en la partida 21, más de 2.000 personas se repartieron entre el teatro y el Casino (con 800 entradas suplementarias solo para el Casino) y aun así quedaba gente fuera. 

Los tableros baratos que se vendían en el recinto se agotaron: curiosamente una ciudad que no sabe callarse aguantó horas viendo pensar a dos hombres.

El final fue de manual. Kárpov ganó la penúltima partida y se puso 12-11: le bastaban unas tablas en la última para recuperar el título. A Kaspárov solo le servía ganar. Y ganó, tras 64 jugadas, entre gritos de «¡torero, torero!». 

Resultado: 12-12, y como el reglamento daba el empate al campeón vigente, Kaspárov conservó la corona.

Teatro Lope de Vega
Fuente: UPO

Balance, para no ponernos épicos

Sevilla pasó a la historia del ajedrez con una variante de la Defensa Grünfeld que lleva su nombre, un torneo abierto en Los Lebreros que batió récords y una imagen internacional para la Expo. A cambio, unos 600 millones de pesetas y un patrocinio privado que no apareció.

Para vivir, Sevilla. Para ganar, el campeón vigente. Y para el recuerdo, un gato.


8 de octubre de 2026

Árbol Gordo: de la Sevilla de las huertas a la Sevilla de los barrios

Sevilla, finales de los 50.

En algún lugar del cuadrante norte de la ciudad, un fotógrafo capta un paisaje en plena transformación, casi que podríamos decir “vivo”.

El centenario cinturón de huertas que rodeaba la ciudad y el reguero de fábricas que desde hacía décadas se habían implantado en sus principales vías de acceso están en proceso de desaparición para dejar paso a nuevos barrios e infraestructuras: Sevilla se estaba llevando por delante su propia historia para escribir su presente.

Finales de los años 50.
 Con Pío XII en primer plano, Árbol Gordo aparece todavía
rodeado por huertas, fábricas y caminos mientras las nuevas
barriadas comienzan a cambiar para siempre el paisaje de Sevilla.

En primer plano, casi que recién estrenada, se alza impoluta la barriada de Pío XII (01) y a su lado el Retiro Obrero (02). Al fondo aparecen los boques de pisos de San José Obrero (03).

Entre ambos barrios, se intercalan industrias y fábricas como la de Vidrios de la Trinidad(04), la de corcho de Armstrong Corck Company (05), la destilería de Bordas Chinchurreta (06), y huertas (o lo que queda de ellas), como la de San Francisco (07) , donde ya han desaparecido Villa Natividad y su estanque, la del Saetillo (08) o la de San Gregorio (09).

Pero en esta entrada no nos interesa, tomando prestada la idea del Cuento de Navidad de Charles Dickens, ni la Sevilla del Pasado que se está yendo ni la Sevilla del Futuro que está llegando, sino precisamente lo que está entre ambas.

Y es que hay dos pequeños núcleos de casitas bajas y blancas, el Fontanal (10) y Árbol Gordo (11), que aparecen en la imagen casi como anécdota, como si no quisieran llamar la atención, cuando posiblemente sean lo más importante, ya que no solo son testigos de esa transformación: es que sin ellos no podría explicarse.

Al primero le dedicaremos una próxima entrada, porque hoy hablaremos de Árbol Gordo.

Árbol Gordo, el barrio que nació porque la gente tenía que vivir

Ni más ni menos: este barrio no nace de ninguna planificación urbanística, ni del estudio de alguno de los arquitectos estrella de la Sevilla de la época, ni de una promoción del Patronato… surge por algo tan elemental como básico: porque la gente necesitaba un sitio donde vivir.

Primero fue una huerta. Luego se parceló. Después llegaron las casas. Las calles, tarde. El agua, muchísimo más tarde. Y el alcantarillado tuvo que esperar a una de las mayores riadas de la historia de Sevilla, porque como ya sabemos aquí nadie se acuerda de Santa Bárbara…

Árbol Gordo surge de una manera muy sevillana y, posiblemente, la más antigua de hacer ciudad: sin hacerla.

Plano del Ensanche de Sevilla, 1928.
Árbol Gordo es aún una huerta a los pies de
la carretera de Carmona; sí aparece ya la barriada de El Fontanal

La Huerta de Navojordo

El nombre de Árbol Gordo es bastante más antiguo que el barrio.

Ya en el plano de la periferia sevillana de Manuel Spínola, de 1827, aparece una huerta llamada Navojordo o Navo Gordo, dentro del cinturón de espacios agrícolas que rodeaban la ciudad por el norte y el nordeste; por suerte (no hace falta aclarar nada…), con el tiempo el nombre fue evolucionando hasta quedarse en Árbol Gordo.

Esto es importante porque Árbol Gordo pertenece a una familia de barrios cuyo nombre conserva el de la explotación agrícola que desapareció bajo las viviendas: El Fontanal, La Barzola, La Corza, etc.

La Huerta de Árbol Gordo aún aparece cien años después en el plano del Ensanche de Sevilla de 1928 que acompaña estas líneas, señalando la documentación analizada que era propiedad de Pedro Muguruza Otano.

Pero no durará mucho tiempo, de hecho en esa misma época ya estaba en proceso de desaparición la huerta, con la casa de Pedro, con su estanque y, si aún quedaba algo, con su Árbol Gordo.

¿Y por qué nació aquí el barrio?

La respuesta está, principalmente, en la carretera de Carmona, la avenida de Miraflores y en la transformación industrial de esta zona de Sevilla durante las primeras décadas del siglo XX.

Alrededor de ese eje se instalaron como vimos antes fábricas, almacenes y otras actividades industriales. Industria y vivienda, pared con pared: el sitio lógico para quien llegaba a Sevilla buscando trabajo.

La fórmula era sencilla: las fábricas necesitan trabajadores que necesitan viviendas y si pueden ser en parcelas baratas mejor y si encima pueden hacerlas ellos, pues mejor aún.

Fábrica de Vidrios de la Trinidad en 2008, una de las industrias
que se ubicaron en la zona de huertas del norte de Sevilla

1926: la huerta se convierte en parcelas

En un momento dado la huerta de Árbol Gordo se parcela, bien porque alguien tuvo una gran visión de futuro, bien por necesidad o vaya usted a saber, pero lo cierto es que en 1926 hay un permiso de parcelación y desde ese momento comienzan a venderse solares y las familias a construir, dato importante, al margen del control municipal.

Ojo, como la mayor parte de Sevilla hasta entonces; de hecho un estudio sobre los barrios de autoconstrucción de la ciudad señala este tipo de crecimiento como una de las claves de su expansión periférica de la ciudad. Árbol Gordo encaja en ese modelo como un guante. Un guante hecho a mano, eso sí.

Porque Árbol Gordo había nacido sin calles correctamente trazadas, sin rasantes, agua, alcantarillado ni servicios urbanos, mientras cada propietario construía la vivienda según sus posibilidades económicas.

Que usted necesitaba agua, perforaba un pozo. Que necesitaba saneamiento, abría un pozo ciego. Que necesitaba luz, a buscar un poste…

El barrio empieza así a adquirir una de sus características fundamentales: no se trata de una promoción unitaria diseñada y construida simultáneamente, sino de una suma progresiva de viviendas individuales.

Ortofoto de Sevilla de 1944; en breve el cinturón de huertas
desaparecerá para dar paso a nuevas barriadas. 

No es un caso único, como podemos comprobar en la ortofoto de 1944 de la página de la GMU; junto a Árbol Gordo (01) aparecen otros barrios de origen similar como El Fontanal (02), Miraflores (04) o La Corza (05).
Solo el Retiro Obrero (03) puede encuandrarse dentro de una planificación urbanística más regulada.
Detalle curioso, la Destilería Bordas Chinchurreta aún es una Huerta, la de Santa María (06).

1945: nueve calles, 259 parcelas… y ningún nombre

Como podemos ver en la ortofoto, Árbol Gordo ya no era simplemente una parcelación rural.

En 1940 aparece entre las barriadas sevillanas que carecían de buena parte de los servicios urbanos básicos, como ya hemos comentado y como era de esperar.

Pero hay un dato clave: para entonces Árbol Gordo ya no era una simple agrupación dispersa de casas. El plano de Ensanche de 1945 bajo estas líneas muestra nueve calles y 259 parcelas según la documentación del Diccionario Histórico de las Calles de Sevilla.

Paradójicamente las calles existían, los vecinos vivían en ellas y las casas estaban levantadas… pero los nombres no estaban rotulados oficialmente. Hubo que esperar hasta 1950.

Árbol Gordo llevaba años siendo un barrio. Solo le faltaba que la administración se enterara.

Plano del Ensanche de Sevilla, 1945.
El barrio de Árbol Gordo ya ha colmatado
 por completo la antigua huerta. 

1948: el Ayuntamiento "descubre" el barrio después de una riada 

Y llegamos a uno de los momentos más jugosos de toda esta historia.

Enero de 1948. Tras una gran inundación, el arquitecto municipal Alfonso Toro Buiza se acerca a la zona y elabora un informe sobre la situación de la barriada.

El diagnóstico no deja mucho margen a la interpretación: la barriada había sido levantada sin planificación y denunciaba la ausencia de pavimentación, alcantarillado, agua y alumbrado. Describía además viviendas de mala construcción, hacinamiento, distribución deficiente y mala ventilación... y urgía tomar medidas al respecto.

De nuevo otra paradoja: la Administración había permitido que el asentamiento creciera para acabar denunciando, cuando llegó la riada, las consecuencias de haberlo dejado crecer sin urbanización.

Niños jugando entre las calles anegadas de Sevilla.
Fuente: La Razón 

1961: y otra vez el agua…

No fue un caso aislado la riada de 1948, ya que Árbol Gordo había conocido por desgracia en su aún corta existencia otras inundaciones, pero el 25 de noviembre de 1961 fue distinto. Para el barrio y para toda Sevilla.

Ese día el Tamarguillo desbordó las defensas y sus aguas alcanzaron rápidamente distintas zonas de la ciudad: entre las cuatro y las siete de la tarde, el agua llegó a alcanzar entre uno y dos metros en algunos puntos.

La corriente que rompió el muro del Tamarguillo se precipitó primero sobre La Corza y Árbol Gordo y desde allí se abrió hacia el resto de la ciudad.

El agua que llevaban décadas esperando agua llegó, pero de la peor manera posible: arrasándolo todo.

1962: tras la riada, por fin, las tuberías

Y de nuevo otra paradoja: la gran riada trajo una consecuencia que los vecinos llevaban décadas esperando.

En mayo de 1962 se publicó en el BOE la aprobación del proyecto de canalización del agua y alcantarillado para Árbol Gordo, Miraflores y Los Carteros.

Habían pasado 36 años desde la parcelación.

Para que la administración cumpliera lo que el barrio llevaba años pidiendo hizo falta una tragedia. Como vemos, en temas burocráticos pocas cosas han cambiado..

Con San José Obrero en primer plano,
Árbol Gordo aparece aún rodeado de huertas.
Fuente: El Coro de los Grillos

Y la ciudad empezó a crecer alrededor..

Mientras Árbol Gordo había crecido desde abajo, por autoconstrucción, a finales de los años cincuenta el entorno comenzó a recibir grandes promociones públicas de vivienda.
En esa época encuadramos la imagen sobre estas líneas, donde los barrios de Árbol Gordo (01) y Miraflores (02) conviven ya con los bloques de pisos de San José Obrero (03) y Pío XII (04).
Aún quedan huertas, algunas ya abandonadas presagiando su final, como Cisneros Alto (07), La Corza (08),  Joya Chica (09), San Gregorio (10) o el Saetillo (11).
Y también está aún en pie la fábrica de corchos (05) y la Destilería de Bordas Chinchurreta (06), que sobreviviría hasta los años 90.

1971: todavía quedaban 13 chabolas

La ciudad crecía deprisa y el paisaje comenzaba a cambiar para siempre... y los antiguos barrios de autoconstrucción quedaron progresivamente rodeados por nuevos polígonos residenciales como testigos silenciosos para dar testimonio de la ciudad que se iba y la que llegaba, sobreviviendo como islas dentro de esa nueva Sevilla.

Tanto es así que en 1971, más de cuatro décadas después del inicio de la parcelación, todavía quedaban 13 chabolas en la calle Vicente Alanís.

Acabarían siendo erradicadas, pero la cifra da la medida de lo lento que fue el proceso de transformación desde la infravivienda hacia el barrio urbano consolidado.

1977: los vecinos dejan de pedir y empiezan a exigir

Hasta que llegó la Transición y con ella, otra actitud vecinal.

El 29 de agosto de 1977 quedó registrada la asociación Vecinos San Fernando de Árbol Gordo y unos meses después, junto a los de otros barrios limítrofes, se sentaron ante el Ayuntamiento para protestar por las tasas de recogida de basuras. La movilización la recogió El País el 19 de noviembre de 1977.

Los vecinos que durante décadas habían sufrido la falta de agua corriente, habían vivido entre calles sin urbanizar, habían aguantado viviendas precarias y habían padecido los estragos de las inundaciones, estaban ahora estaban delante del Ayuntamiento exigiendo derechos. Árbol Gordo no solo era un barrio: ya tenía conciencia de barrio.

La barriada de Árbol Gordo en nuestros días

1978: otro incendio vuelve a movilizar al barrio

Y tuvo que llegar otra desgracia para que la gente se uniera: un incendio en la destilería Bordas Chinchurreta, de la que antes hablamos, volvió a poner sobre la mesa los problemas del entorno, de forma que se creó la Asociación de Vecinos ElTriángulo aglutinando ahora a todas las barriadas de la zona.

La movilización vecinal pedía cosas que hoy nos parecen normales: industria fuera del casco urbano, mejores accesos, semáforos, acerados y pavimentación.. pero que entonces distaban bastante de la realidad. Su realidad.

La fábrica se trasladó en los años 90 con sus ruidos y, sobre todo, sus olores, esos que a media tarde quitaban las ganas de comer a los que volvíamos del instituto, y en su lugar se levanta hoy La Rosaleda. 

¿Qué queda de aquel Árbol Gordo?

Mucho más de lo que parece.

Las casas de una y dos plantas. El trazado de las calles. La escala del barrio. Su relación con la carretera de Carmona y la calle Arroyo. Y, sobre todo, la memoria de quienes vivieron allí.

Un paseo por sus calles nos deja observar rasgos que permiten reconocer el antiguo asentamiento dentro de una ciudad profundamente transformada.

Hoy las calles están asfaltadas, el barrio está integrado en la ciudad y alrededor se ha levantado una Sevilla completamente distinta a la que rodeaba esa vieja huerta que se parceló hace ahora un siglo, pero es imposible entender esos cambios sin conocer la historia de aquellas casas que dieron forma a Árbol Gordo.


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1 de octubre de 2026

Hielotrón: la pista de hielo futurista que tuvo Sevilla

En 1976 se inauguró en Sevilla un edificio tan espectacular que incluso hoy día nos sigue pareciendo insólito: Hielotrón, una enorme pista de hielo permanente cubierta por gigantescas cúpulas hinchables.

Diseñado por José Miguel de Prada Poole y levantado junto a la carretera de Utrera, en Montequinto, convirtió durante casi dos años la periferia sevillana en uno de los espacios de ocio más insólitos de España. 

Patinaje, cine, baile, espectáculos, competiciones... todo parecía tener cabida en ese "país mágico de hielo" hasta que el 24 de febrero de 1978 el viento se lo llevó...

Vista aérea de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

¿Qué era Hielotrón y dónde estaba?

Corría el año 1976, en plena vorágine de la Transición, cuando a alguien se le ocurrió hacer una pista de hielo con aires de nave espacial junto a la carretera de Utrera.

No un cuartito con máquina de frío, no: todo un complejo de cúpulas hinchables con pistas de karts, picaderos de caballos, parque de atracciones y aparcamientos que parecía sacada de una película de ciencia-ficción.

El problema es que, no quiero crearles expectativas, parafraseando a don Joaquín Sabina, duró lo que duran dos peces de hielo en un wisky on the rock… 

En la madrugada del 24 de febrero de 1978 el viento acabó con el sueño, pero no con su memoria: sin ir más lejos, casi cincuenta años después el planeamiento urbanístico de Dos Hermanas continúa identificando el ámbito como sector SNQ-1 “Hielotrón”.

Maqueta de Hielotrón

El contexto: Sevilla, del tablao a la pista de baile

Hasta bien entrados los sesenta la noche sevillana era cosa de salas de fiesta con orquesta, tablaos flamencos y verbenas de barrio con sus concursos de portales engalanados.

Lo de "discoteca" —eso de pinchar vinilos en vez de pagar a una orquesta— llegó con su retraso reglamentario y se asentó ya en los primeros setenta, cuando abrieron locales como el Alazán en 1975, la Ravei's en la Barriada de Begoña o el Club Holiday en Jesús del Gran Poder, el mismo que hoy sigue en pie presumiendo orgullosamente, y con razón, de su aire añejo setentero.

Y entonces, en medio de ese paisaje discreto, aterrizó Hielotrón para cambiarlo todo: una pista espacial sobre hielo con aparcamiento propio, autobuses fletados y ambición de parque temático. 

Por qué a alguien se le ocurrió meter hielo en Sevilla

A las afueras de Sevilla, cerca de la zona de Montequinto, término municipal de Dos Hermanas y muy cerca de la actual Universidad Pablo de Olavide, se posó (casi literalmente) uno de los edificios más vanguardistas y revolucionarios que se recuerdan.

La idea, vista con la perspectiva del tiempo, tiene su lógica torcida: si Sevilla tiene veranos insoportables, dele usted a los sevillanos algo para combatir la calor todo el año.

Al sevillano siempre le ha fascinado el hielo. Desde los arrieros que siglos atrás lo traían en mulas desde Constantina hasta el iceberg que plantaron en el Pabellón de Chile durante la Expo 92, todo lo que esté relacionado con el agua en estado sólido a menos de 0º es aquí sinónimo de éxito. 

Así que una pista de hielo reglamentaria, permanente, la primera de toda Andalucía, envuelta en un centro de ocio integral que funcionara los doce meses sin depender del sol tendría que funcionar sola.

Encima, para no tener que levantar un pabellón de hormigón carísimo, se optó por algo mucho más barato, rápido y —para qué negarlo— espectacular: cúpulas hinchables. Vanguardia pura.

Lo que nadie calculó del todo bien es que Sevilla, además de calor, también tiene sus rachas de viento...

Accesos de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

La pista de hielo futurista de José Miguel de Prada Poole

Detrás de todo aquello estaba José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938 – Madrid, 2021), catedrático madrileño y padre indiscutible de la arquitectura neumática en España, con un currículum de estructuras hinchables que empezó a finales de los sesenta —la Cúpula Hinchable de Alcúdia, la Ciudad Instantánea, el recinto neumático de Pamplona— y que años más tarde firmaría también en Sevilla el Palenque de la Expo 92.

Al Hielotrón lo llamaba, sin rubor alguno, "arquitectura sensorial", y no exageraba para nada; sin ir más lejos, el proyecto de la pista de hielo obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1975 antes incluso de abrir sus puertas..

Un genio, sin duda. Un genio que confiaba, además, ciegamente en sus propios cálculos de viento.

Vista aérea de la Ciudad Instantánea,
construida por Prada Poole en Ibiza, 1971

Así era Hielotrón

El sistema constructivo era tan simple como audaz: cimentación y salas de máquinas en hormigón armado bajo el suelo, y en superficie lonas de fibra sintética hinchadas mediante un sistema de presiones de aire que sostenía las cúpulas sin necesidad de un solo pilar interior.

No es de extrañar por tanto que cuando complejo abrió sus puertas los primeros visitantes quedaran estupefactos al ver una inmensa pista central de patinaje con varias pistas menores unidas por pasillos, cada una bajo su propia cúpula textil, más un hall de entrada, vestuarios, cafeterías, zonas de descanso, salón de juegos y guardería —para que ni los más pequeños se libraran del milagro moderno—, todo ello decorado con proyecciones de imágenes sobre el interior de las cúpulas.

Fuera les había recibido un aparcamiento kilométrico, un picadero de caballos para dar paseos nocturnos por los olivares cercanos, una pista de karts y hasta un parque de atracciones.

Si la idea era genial, el complejo no le andaba a la zaga: Hielotrón era el futuro y, lo mejor de todo.. el futuro ya había llegado.

Plano planta de Hielotrón.
Fuente: La casa de la Arquitectura

Mucho más que una pista de hielo: cine, baile y conciertos

Porque Hielotrón no era solo una pista de hielo, sino una especie de instalación futurista, máquina de ocio y “nave espacial” plantada junto a la carretera de Utrera.

En su brevísima existencia acogió espectáculos de patinaje, cine, conciertos, galas benéficas, campeonatos de judo y hasta competiciones de motocross, todo bajo el mismo techo de aire.

El exterior tampoco era poca cosa: pistas de karts, circuito de motocross, escuela de equitación… todo un parque temático de hoy en día en la Sevilla de hace 50 años.

En Hielotrón nació el primer equipo de hockey sobre hielo de la ciudad, el Club Hielo Sevilla, fundado en abril de 1976, que llegó nada menos que a jugar la liga nacional. 

En sus gélidas pistas un día tocaban los mismísimos Triana y horas después se proyectaba el estreno cinematográfico del momento, para acabar bailando hasta la madrugada con música de Barry White y Las Grecas.

Perspectiva de Hielotrón desde los aparcamientos.

¿Cuánto costaba entrar en Hielotrón?

Para colmo, todo a unos precios supercompetitivos: usted podía entrar, patinar, ver cine y bailar por tan solo 100 pesetas, 60 para los niños, cuando un partido de fútbol salía por unas 300 pesetas.

Entre precios populares, pista de hielo, música, bar y espectáculos, aquello funcionaba de facto como la discoteca más grande, más loca y más improbable que Sevilla haya tenido jamás. Y eso que solo estuvo dos inviernos.

Un “país mágico de hielo” que cuando se inauguró en abril de 1976 fue tal fenómeno de masas que desbordó todas las previsiones: hubo que multiplicar el número de cajeras y fletar autobuses exclusivamente para transportar a las riadas de público desde el Prado hasta el recinto, como si fuera una romería con patines.

Pista principal de patinaje de Hielotrón

24 de febrero de 1978: Hielotrón, lo que el viento se llevó...

Pero una aciaga noche de Febrero un fuerte temporal con terribles rachas de viento —de esas que en Sevilla llegan sin avisar dejando a su paso árboles caídos y el mobiliario urbano hecho un cromo— rasgó las cúpulas, provocando el colapso de la cubierta principal y toda la estructura neumática.

El propio Prada Poole aseguró, con el orgullo intacto en pleno naufragio, que no había en Europa una estructura con mecanismos de seguridad tan completos como los de Hielotrón, calculada para resistir vientos de entre 100 y 150 km/h, cuando aquella madrugada apenas se registraron 67.

El ABC del día siguiente describió el paisaje, sin piedad periodística, como un caos de lonas derruidas y estructuras metálicas desnudas y, como era de esperar, hubo rumores de que problemas de viabilidad económica habrían tenido algo que ver con el desplome, aunque nunca se confirmó nada: lo cierto es que Hielotrón había volado.

Días después se reinflaron las cúpulas menores y la pista quedó al aire bajo la gran cúpula central, sin inflar; el 20 de marzo se anunció que Hielotrón reabriría al aire libre para recaudar fondos y levantar de nuevo esa cúpula grande.

Pero el dinero, como casi siempre, no llegó: la cúpula central jamás volvió a levantarse y el sueño de la pista de hielo permanente se apagó para siempre después de apenas veinticuatro meses de vida.

Ruinas de Hielotrón en la actualidad

La zona hoy: de discoteca de hielo a polígono industrial

Abandonado definitivamente, las ruinas de Hielotrón quedaron en los márgenes de lo que hoy es el polígono industrial de Fuentequintillo, en el actual Montequinto.

Entre naves industriales, el canal del Bajo Guadalquivir y el avance imparable del urbanismo de la zona, esos restos son casi lo único físico que queda de uno de los proyectos de ocio más disparatados, más queridos y más breves que ha tenido esta ciudad.

No en vano Sevilla guarda su recuerdo donde mejor sabe hacerlo: en la memoria de quien estuvo allí, y en un puñado de fotos borrosas que corren por internet.

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