8 de septiembre de 2026

Breve Historia del ciclismo en Sevilla: velocípedos, clubes y velódromos desaparecidos

La historia de los primeros ciclistas, clubes y velódromos de Sevilla antes de La Vuelta

 

Sevilla tiene una relación muy particular con su propia memoria: la exhibe con orgullo cuando le conviene y la entierra sin remordimiento cuando ya no da titulares.

El fútbol tiene himnos, el flamenco tiene rutas turísticas, la Semana Santa tiene enciclopedias enteras: el ciclismo sevillano del siglo XIX, en cambio, ha tenido que conformarse con cuatro líneas sueltas en la prensa histórica como antesala de un cordial y educado silencio.

Porque, aunque hoy en día casi no se sepa, cuando Filipinas aún era una provincia española en Sevilla había velocipedistas, clubes ciclistas, carreras, velódromos, excursiones por carretera y hasta una revista dedicada a defender la gloriosa “Velocipedia andaluza”.

Sí, han leído bien.

Mucho antes de que La Vuelta pase con su serpiente multicolor junto al Guadalquivir, aquí ya había hombres dispuestos a jugarse la integridad física sobre dos ruedas en plan Pogacar llegando a Gandía…

Velocipedista por la
Plaza del Triunfo (IA)

El día que Sevilla descubrió el velocípedo

Al más puro estilo Darwin, el origen de la bicicleta moderna es la evolución de un trasto con aire arcaico y mucho menos sofisticado y estético: el velocípedo.

Los antepasados de la espada de Induráin eran aparatos con ruedas enormes, incómodos, caros, con estructuras metálicas aparatosas y una relación bastante mejor con la gravedad que con quien se sentaba encima.. más que para desplazarse, parecían máquinas diseñadas para hacer caer a la gente.

Y, sin embargo, en Sevilla causaron furor. Tanto que a mediados de la década de 1880 el velocípedo ya formaba parte de la nueva cultura urbana y deportiva de la ciudad, y tanto fue creciendo su uso que hacia 1886-1887 aparece documentado el Club Velocipedista de Sevilla, que hacía excursiones, demostraciones públicas, veladas sociales y actividades vinculadas incluso a la Maestranza.

Es decir: mientras media España seguía preguntándose si el velocípedo era una moda pasajera o una amenaza para el orden público, Sevilla ya tenía hasta un calendario de eventos.

Porque aquí, como en tantas cosas, enseguida se entendió lo esencial: el velocípedo nunca fue solo un vehículo, sino que era una excusa perfecta para reunirse, presumir de máquina delante de los vecinos y, ya en la tasca de turno, exagerar lo dura que había sido la ruta mientras alguien servía manzanilla.

Como vemos, hace 150 años ya se practicaba el postureo deportivo mucho antes de que existiera esa palabra.

Antonio Velasco, el velocipedista que salió hacia Córdoba y terminó volviendo en tren

Desde muy prontito los primeros velocipedistas sevillanos querían carretera de verdad…o al menos caminos…

Sin ir más lejos, hay constancia de una expedición de dos socios del club, Castaño y Dalps, en dirección a Córdoba, con parada en Écija para encontrarse con el joven Antonio Velasco.

El resultado fue tan digno como previsible: Velasco llegó a Écija en su velocípedo y, ante el estado lamentable del camino, decidió que la epopeya terminaba ahí y regresó a Sevilla en tren.

Sin asistencia técnica, sin teléfono móvil y, sospechamos, sin nadie esperando en meta con un micrófono para preguntarle cómo se encontraba, el bueno del señor Velasco salió para hacer historia, pero decidió anteponer su integridad física.

Carrera por la plaza de San Francisco (IA)


El velocipedista que se coló en la crónica de una corrida de toros

Más curioso aún es que aparezca uno de estos pioneros del ciclismo en una crónica taurina, exactamente en 1887 durante una corrida en la Maestranza cubierta por el mítico cronista José Rodríguez La Orden, Carrasquilla.

La escena sucede cuando uno de los toros, llamado Tabaquero, salta la barrera siguiendo al banderillero el Bebe. Y aquí aparece un protagonista inesperado: un «señorito velocipedista» que estaba entre el público.

La crónica, escrita en el peculiar lenguaje humorístico de Carrasquilla, cuenta que el toro saltó la barrera y el susto fue tal que el joven velocipedista terminó «zurruscándose en los calzoncillos» mientras se estaba haciendo el nudo de la corbata. El animal volvió a saltar después, esta vez junto a un municipal, y ambos acabaron literalmente frente a frente.

Sea por mera información o sea con segundas intenciones, lo cierto es que el periodista no necesitó explicar qué era un velocipedista: se sobreentendía porque el personaje ya formaba parte del paisaje urbano hispalense, con la misma naturalidad con la que hoy se conoce al pregonero de las Glorias o un futbolista, sin más contexto.

La gente había tardado exactamente cero tiempo en convertir al ciclista en un tipo reconocible, algo que curiosamente hoy no suele suceder… ¿o puede asegurarme usted que el señor que estaba sentado a su lado está mañana mientras tomaba café no era Raúl García Pierna?

Tres clubes rivalizando por las mismas dos ruedas

Pero no nos desviemos y volvamos sobre nuestros pasos.

A finales de la década de 1880, cuando la bicicleta era aún una novedad casi exótica en tres cuartos del mundo conocido, tenía ya Sevilla una sociedad deportiva dedicada a este "sport": la Sociedad Veloz Club de Sevilla, fundada por Pablo Portela, que llegó incluso a construir un velódromo propio en Las Delicias, dentro del terreno conocido como la Huerta del Carmen.

El Veloz Club llegó a reunir 142 socios que pagaban 2,50 pesetas al mes, organizaba carreras con premios en metálico solicitados al Ayuntamiento, y en 1896 lo presidía José Antonio Quijano.

Entre sus deportistas destacó José Quintano, que batió el récord de la vuelta a Cádiz sobre una bicicleta inglesa de la casa Townend de Coventry. Con el tiempo el club evolucionó hasta convertirse en el Sevilla Veloz Club, que en 1929-1930, bajo la presidencia de R. A. Olmedo, organizó junto al Comité de la Exposición Iberoamericana el Gran Premio Ciclista Sevilla-Huelva-Sevilla.

Lo interesante es que no estuvo este club solo mucho tiempo: en 1896 ya competía con el Club Velocipedista de Sevilla, dirigido por José R. de Hoces, y en 1897 se sumó un tercero, el Club Sevillano Ciclista (más tarde Club Ciclista Sevillano), que hacia 1930 tenía su sede en el bar del Sol, en la calle Cabeza del Rey Don Pedro, y estaba presidido por Ángel Martínez Núñez.

Llegaron por tanto a coexistir en la ciudad hasta tres clubes velocipedistas, que además contaban con apellidos de la aristocracia local entre sus socios, como el Duque de Serclaes, el Conde de Torralba o los marqueses de Villaparvés de Jerez de los Caballeros, señal de que pedalear en aquella Sevilla de fin de siglo era también una moda de clase alta.

Aquel fervor por el pedal no se apagó con el nuevo siglo: en 1898 se inauguró un segundo velódromo cerca de Eritaña, en La Palmera, y la afición ciclista de esos primeros clubes acabaría entroncando, ya en plena Exposición Iberoamericana de 1929, con la creación del primer equipo ciclista del Real Betis Balompié.

Así, la historia traza una línea sorprendente: del velódromo decimonónico de la Huerta del Carmen al fútbol que hoy se juega en esos mismos terrenos, pasando por unos aristócratas sevillanos que, sin saberlo, fueron pioneros del deporte de masas.

Velocipedistas en la
Plaza de San Francisco (IA)


Los velódromos que Sevilla olvidó

Aquí viene la parte que probablemente menos esperaba el lector: Sevilla no tuvo simplemente aficionados a la bicicleta… tuvo lugares construidos para que aquellos aficionados corrieran en ella.

El velódromo de la Huerta del Carmen

El primero que merece detenerse a mirar es el de la Huerta del Carmen, en las inmediaciones de la Dehesa de Tablada.

Como se dijo anteriormente, en 1891 ya existe documentación sobre un velódromo utilizado por el Veloz Club y hasta sobre la necesidad de resolver el acceso de vehículos a las instalaciones.

Mientras a finales del XIX las bicicletas todavía podían parecer un capricho tecnológico de señoritos con demasiado tiempo libre, en esta zona ya un sitio donde hacer carreras.

Y, naturalmente, tampoco faltaba el correspondiente papeleo municipal.

Porque una cosa no ha cambiado desde entonces: puede que la tecnología avance, pero siempre habrá alguien estudiando por dónde entra un coche.

Por cierto, aquel solar no era un lugar cualquiera: cuarenta años después, en ese mismo espacio se levantaría el Stadium de la Exposición Iberoamericana de 1929, hoy Benito Villamarín.

Las Delicias

El segundo escenario aparece vinculado a Las Delicias y a la figura de Pablo Portela, uno de los nombres relacionados con los primeros clubes velocipedistas sevillanos.

La importancia de estos espacios no está solamente en que allí pudieran celebrarse carreras. Los velódromos eran también lugares de reunión y exhibición, parte de aquella nueva cultura deportiva que estaba apareciendo en las ciudades españolas.

Eritaña y La Palmera

Las referencias posteriores llevan también hacia el entorno de Eritaña y La Palmera, donde aparece documentada otra instalación velocipedista a finales del siglo XIX, de la que hoy tampoco queda nada.

Porque también existe otra ciudad enterrada bajo la ciudad visible: la de los edificios que desaparecieron, las instituciones que se extinguieron y los lugares que dejaron de existir sin que casi nos diéramos cuenta.

Los velódromos son un ejemplo.

Durante unos años, Sevilla corrió sobre dos ruedas; después, como tantas otras veces, la ciudad siguió avanzando y dejó el recuerdo atrás.

La zona Parque de María Luisa - Avenida de la Palmera (de la Reina Victoria)
antes de 1929, donde se localizaban los velódromos hispalenses.
Curiosamente aparece el Campo Reina Victoria,
donde jugaba sus partidos el FC Sevilla antes de irse a Nervión


Sevilla Ciclista: la revista que defendía la "Velocipedia andaluza"

Pero no podíamos dejar de lado uno de los mejores detalles de toda esta historia.

Nada más y nada menos que una revista nacida en 1898Sevilla Ciclista, autodefinida como "Órgano defensor de la Velocipedia andaluza".

Pero ojo, que no era una publicación cualquiera: era todo un órgano de defensa, como si el destino de la civilización dependiera de proteger a los señores que pedaleaban a orillas del Guadalquivir.

Suena a chiste, y sin embargo con la que está cayendo en algunos debates deportivos actuales, tampoco parece la peor idea que ha tenido nunca el periodismo local.

Antes de la Vuelta ya había en Sevilla carreras ciclistas (o velocipedistas)

Así que, como puede comprobar estimado lector (al final termino viendo la serie de Netflix...) el paralelismo con la actualidad resulta inevitable: hoy hablamos de etapas, equipos, corredores, kilómetros, esprints y retransmisiones... entonces hablaban de carreras, de campeones, de clubes y velocipedistas.

La escala era otra, la tecnología era otra, la sociedad era otra, la misma ciudad era otra, pero el mecanismo era sorprendentemente parecido: en Sevilla ya se hablaba de ciclismo cuando el siglo XIX no había terminado.

Zona de las Delicias en 1881.
El Parque de María Luisa aún forma parte del Jardín de los Montpensier, 
pero en la zona ya se celebraban carreras de velocípedos.


 Y el 9 de septiembre de 2026 vuelve La Vuelta a Sevilla

El 9 de Septiembre llega la Vuelta Ciclista a Sevilla: etapa 17, tendrá 189 kilómetros (si el calor lo permite, claro) en los que se pasará por Dos Hermanas, Los Palacios, Utrera, Morón de la Frontera o Carmona.

Retransmisión para 200 países, una audiencia cercana a los 400 millones de espectadores, un impacto económico de unos 6,7 millones de euros.. cifras astronómicas que seguramente ninguno de esos locos velocipedistas que hacían carreras por Eritaña hace 150 años habrían llegado ni a imaginar…

Pero oye, que tampoco les habría hecho falta: con sus copas de manzanilla, sus viajes en tren y sus corridas de toros seguro que tenían más que suficiente.

Detrás de cada gran acontecimiento siempre hay un pionero, muchas veces un loco, cuya memoria no debería nunca caer en el olvido, y de ahí el homenaje de estas Sevillanadas a esos tipos que hace 150 años desafiaban a la gravedad sobre sus artefactos por las calles de Sevilla.


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Marina de Sevilla: el puerto de lujo que Ricardo Bofill quiso construir en el Guadalquivir

El ambicioso proyecto de puerto deportivo, hotel de lujo y nueva ciudad junto al río que pudo transformar para siempre la relación de Sevilla con el Guadalquivir.

Hay ciudades que, cuando tienen delante una oportunidad, la agarran con las dos manos.... y hay otras que prefieren mirarla pasar, discutirla durante años y, finalmente, dejarla escapar. 

Perspectiva idealizada del proyecto Marina de Sevilla

Como decíamos ayer.... Sevilla pertenece demasiadas veces a este segundo grupo.

Corrían los años 80 y la ciudad vivía la locura previa a la Exposición Universal de 1992. De repente, tras siglos dándole la espalda al Guadalquivir —porque total, para qué querías un río si tenías el Betis y el Sevilla para pelearte los domingos—, alguien en el Ayuntamiento tuvo una idea revolucionaria: “oye, ¿y si recuperamos el río?”.

Y ojo, que por una vez parecía la cosa iba en serio. 

Se eliminó el famoso Tapón de Chapina, ese estrangulamiento urbanístico que llevaba décadas asfixiando la circulación del agua y del tráfico a partes iguales. 

Se incorporó la Isla de la Cartuja a la trama de la ciudad, se levantaron puentes nuevos —el de la Barqueta, el Alamillo, el de la Cartuja, el del Cristo de la Expiración— como si Sevilla hubiera descubierto de golpe que un río se cruza y no solo se contempla desde la orilla con una caña. 

Fue, hay que decirlo sin sarcasmo por una vez, uno de los pocos momentos de la historia reciente en que esta ciudad pensó a lo grande y lo ejecutó.

Ese impulso, esa fe pasajera en el futuro, es el contexto en el que nace nuestra protagonista de hoy, porque si el río se iba a abrir a la ciudad, ¿por qué no abrir también Los Remedios al río? 

Y entonces apareció sobre la mesa una propuesta que hoy resulta casi fantástica: Marina de Sevilla, un proyecto que convertiría parte del frente del río en una gran marina de carácter residencial y turístico, vinculada al Guadalquivir y firmada por uno de los arquitectos españoles más reconocidos internacionalmente, Ricardo Bofill.

No era una ocurrencia menor. Era una manera de mirar al río y preguntarse qué podía ser Sevilla si dejaba de darle la espalda.
Y, naturalmente, no se hizo.

Perspectiva idealizada del proyecto Marina de Sevilla

Una Sevilla mirando al agua

Marina de Sevilla fue uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos —y hoy más olvidados— de la Sevilla de finales del siglo XX.

La operación pretendía transformar una extensa zona junto al Guadalquivir en una nueva ciudad orientada hacia el agua. No se trataba simplemente de construir un puerto deportivo, sino de levantar un complejo capaz de reunir turismo, ocio, comercio, vivienda y actividades culturales en un mismo frente fluvial.

El proyecto contemplaba, entre otros elementos, un hotel de cinco estrellas, instalaciones náuticas, zonas residenciales, tiendas y espacios comerciales, áreas para exposiciones y actividades culturales, espacios de ocio y restauración, un muelle destinado a embarcaciones y cruceros y una compleja red de canales y espacios vinculados al río.

Un Puerto Banús a la sevillana, con perdón de Marbella

Una de sus piezas más llamativas era la utilización del viejo puente Alfonso XIII como elemento de conexión entre distintas partes de la operación.

El Puente de Hierro. Fuente ABC

Todo ello debía ocupar un espacio que hoy resulta perfectamente reconocible para cualquier sevillano.

Y sí: sobre el papel, aquello prometía cambiar radicalmente esta parte del Guadalquivir.

Sobre el papel...

Primeras ideas

La idea original estaba capitaneada por el empresario Manuel Prado y Colón de Carvajal y el espacio elegido para su ubicación era el antiguo cauce de Los Gordales, en los terrenos que hoy ocupan los clubes Náutico y Mercantil.

Es precisamente esa cercanía a la Sevilla actual lo que hace que el proyecto resulte tan fascinante. No estamos hablando de una ciudad imaginaria que habría crecido en un descampado desaparecido bajo décadas de expansión urbana.

El lugar sigue ahí: podemos recorrerlo, podemos señalarlo.... y podemos intentar imaginar qué habría ocurrido si, en lugar de lo que conocemos hoy, aquella parte del río hubiera terminado convirtiéndose en la Sevilla acuática y monumental que proponían sus promotores.

Vista Aérea de Sevilla a finales de los años 90,
con la ubicación que iba a tener Marina de Sevilla

Esta propuesta inicial incluía tiendas, un hotel de lujo, un palacio de exposiciones y conciertos, muelle privado para cruceros y —el detalle que a mí, personalmente, me rompe el corazón— usaría el viejo puente de Alfonso XIII, el puente dehierro, hoy abandonado y apedreado por el tiempo y el vandalismo, para unir los dos brazos de la marina.

Todo muy bonito, muy novedoso, muy moderno, muy... pero no se dio ningún paso más.... hasta 1989.

Y es que cuando el proyecto ya languidecía en ese limbo donde van a morir la mitad de las ideas sevillanas, alguien tuvo la ocurrencia de llamar a Ricardo Bofill para resucitarlo. Y aquí es donde la historia deja de ser un simple pelotazo inmobiliario y se convierte en tragedia con nombre propio.

Bofill y Sevilla: un amor de esos que no te devuelven las llamadas

Ricardo Bofill adoraba Sevilla, tanto que la ponía a la altura de Florencia, su otra ciudad fetiche. 

Y Sevilla, agradecida como es tantas veces con quien la quiere, sin ir más lejos lo hemos visto hace pocos días con Juan Lebrón, le correspondió con una simpática colección de portazos.  

Primero le iban a nombrar comisario general de la Expo 92.... se filtró, se anunció casi oficialmente, hasta el alcalde entregó la bandera de la Exposición con él en mente... pero el nombramiento se disolvió como un azucarillo. 

El puesto acabó en manos de un profesor de Felipe González nacido en Ceuta. Simbólico.

Como gesto de desagravio, el alcalde Manuel del Valle le encargó en 1988 la ordenación de las márgenes del río entre los puentes de Triana y las Delicias. Bofill habló de “reto histórico”, de “proyecto apasionante”. No se hizo tampoco.

Y entonces llega Marina de Sevilla, su tercer intento de dejar una huella en esta ciudad que tanto decía querer. En su cabeza, aquello iba a ser un complejo a la altura del Hotel Alfonso XIII, con un hotel de cinco estrellas que se iba a llamar Juan Carlos I y una inversión de 6.000 millones de las antiguas pesetas. Iba a crear 500 empleos estables. Iba a ser, en fin, una declaración de intenciones sobre lo que Sevilla podía llegar a ser si se lo proponía.

Pero se diluyó: sin ruido, sin polémica final, sin un titular de cierre. Simplemente, un día dejamos de hablar de ello. Así, a la sevillana: ni sí ni no, sino todo lo contrario, hasta que el silencio hace el trabajo sucio por ti.

Por si les faltaba ironía a los hados de Bofill con esta ciudad, años después, ya en 2000, le encargarían el rediseño de Puerto Triana, en el acceso oeste a la Cartuja. 

Otra vez entusiasmo, otra vez torrente de ideas... pero cometió un pecado: proponer una torre de ¡80 metros!.

Semejante locura era inviable y, por supuesto, fue vetada por "impacto visual" y enterrada en el cajón de las ideas locas y sinsentido...   

Seis años después, en el mismo sitio, se levantó la Torre Pelli, con 180,5 metros. Más del doble. Ni impacto ni paisaje. Nada. Cuestión de quién firma el cheque político, no de estética. 

Bofill murió en 2022 sin haber levantado un solo ladrillo en la ciudad que decía adorar. Como curiosidad tampoco puso ninguno en Florencia, su otra pasión.

Ricardo Bofill
¿Cómo habría cambiado Sevilla si Marina de Sevilla se hubiera construido?

El Guadalquivir ha sido durante siglos la razón de ser de Sevilla y, sin embargo, durante buena parte del siglo XX la ciudad terminó convirtiéndolo en una especie de trasera urbana. El río estaba ahí, pero Sevilla parecía empeñada en vivir de espaldas a él.

Bofill proponía justo lo contrario: hacer del agua un elemento central de la ciudad. Y aquello, visto desde hoy, tiene mucho de oportunidad perdida, mientras otras capitales europeas descubrían sus frentes marítimos y fluviales.

La propuesta se enmarcaba en esa Sevilla de finales de los ochenta, que cambiaba a una velocidad desconocida: se preparaba la Expo de 1992, se transformaban las infraestructuras, se abrían nuevas avenidas, se recuperaban espacios urbanos.

En ese contexto, una operación como Marina de Sevilla tenía todo el sentido: no se trataba de poner unos barcos en el río... se trataba de crear ciudad alrededor del río.

Bofill aportaba, además, una arquitectura reconocible, monumental y escenográfica, muy característica de su producción de aquellos años. Una arquitectura pensada para construir lugares y convertir una operación inmobiliaria en una pieza urbana con ambición.

Y quizá ahí estaba el problema: Sevilla podía aceptar una actuación rutinaria, pero le costaba mucho más aceptar una que pretendiera cambiar las reglas.

Posible recreación nocturna de
Marina de Sevilla
¿Por qué no se construyó Marina de Sevilla?

Esta es probablemente la pregunta que queda flotando: si el proyecto era tan ambicioso, si tenía inversores, arquitectos y una localización privilegiada, ¿por qué no llegó a construirse?

La respuesta no parece reducirse a una única decisión.

Marina de Sevilla era una operación enorme que necesitaba inversión, continuidad, acuerdos institucionales y una voluntad sostenida durante años. Y apareció, además, en un momento en el que Sevilla estaba concentrando una parte gigantesca de su energía política, económica y urbanística en un acontecimiento con fecha fija: la Exposición Universal de 1992.

De la misma forma que la Expo tenía que llegarMarina de Sevilla podía esperar.

Y los proyectos que pueden esperar demasiado suelen terminar convirtiéndose en otra cosa: una perspectiva, una maqueta... y finalmente el dichoso olvido.

Marina de Sevilla no parece haber tenido un gran funeral urbanístico: simplemente fue perdiendo impulso hasta que dejó de existir y sólo quedaron imágenes de la ciudad que pudo ser. Otra vez.

La eterna Sevilla del «ya veremos»

Las ciudades no pierden oportunidades solo por falta de dinero: también las pierden por falta de voluntad, y Sevilla ha tenido históricamente un problema con eso.

Existe aquí una especie de tradición administrativa que consiste en no cerrar nunca del todo una puerta, pero tampoco abrirla por completo: se estudia, se informa, se crea una comisión, se encarga un proyecto, se modifica, se discute la competencia, se discute la titularidad, se discute el impacto… y cuando todo está suficientemente discutido, ya ha pasado el momento.

Con Marina de Sevilla ocurrió algo parecido. La propuesta necesitaba decisión política, coordinación entre administraciones y confianza en el futuro. Y eso es justo lo que tantas veces le ha faltado a esta ciudad: atrevimiento.

Posible vista desde el muelle
¿Y si se hubiera hecho?

Esta es la pregunta que queda: ¿qué habría pasado si aquella marina hubiese salido adelante?

Quizá hoy tendríamos un frente fluvial completamente distinto. 

Quizá el Guadalquivir sería uno de los grandes espacios de ocio de la ciudad.

Quizá existiría una cultura náutica mucho más desarrollada, con nuevos hoteles, restaurantes, viviendas y espacios públicos.

No podemos saberlo, pero sí podemos mirar otras ciudades que sí apostaron por sus frentes fluviales y comprobar que, cuando existe una estrategia urbana sostenida durante décadas, este tipo de operaciones pueden transformar por completo la imagen de una ciudad.

Sevilla tuvo el río. Tuvo la oportunidad. Tuvo un arquitecto de prestigio. Tuvo el impulso irrepetible de la Expo. Y, aun así, no fue capaz de aprovecharlo.

El problema no era Bofill: el problema era Sevilla

Es fácil hoy mirar aquellas perspectivas y pensar que el proyecto era demasiado monumental o demasiado ligado a una manera concreta de entender la arquitectura de finales del siglo XX. Puede ser, pero ese no es el asunto.

El asunto es que una ciudad que nunca se atreve a equivocarse tampoco puede aspirar a acertar. Sevilla ha confundido demasiadas veces prudencia con inmovilismo: tenemos un río extraordinario y llevamos décadas discutiendo qué hacer con él; tenemos una historia urbana excepcional y a menudo la usamos como excusa para no construir una ciudad contemporánea a su altura.


La Sevilla que pudo ser 

Quizá por eso merece la pena recordar Marina de Sevilla

No tanto para reclamar hoy exactamente aquella arquitectura de Bofill, sino para recordar que hubo un momento en que alguien imaginó una Sevilla abierta al agua: capaz de atraer actividad económica y turística alrededor del río, sin miedo a incorporar arquitectura contemporánea, y sin esperar a que fueran otros quienes tomaran la iniciativa.

Aquella marina no llegó. El proyecto quedó en el camino, como tantos otros que alguna vez prometieron una ciudad diferente. Y aquí seguimos: mirando el río, fotografiándolo, hablando de su potencial, esperando.

Porque quizá esa sea una de las grandes paradojas de Sevilla: tenemos uno de los ríos más importantes de Europa atravesando la ciudad y todavía seguimos preguntándonos qué hacer con él.

Ricardo Bofill tuvo una respuesta. Sevilla tuvo la oportunidad de escucharla. Y decidió, una vez más, dejarla para otro día.

¿Y el río, treinta y pico años después?

Pues miren, no todo es lamento. El río sí cambió, y para bien, aunque no gracias a canales venecianos ni a hoteles de cinco estrellas. 

Tenemos los puentes de la Expo, que siguen siendo de lo poco que esta ciudad hizo bien y a tiempo. Tenemos un carril bici y un paseo fluvial que los sevillanos usamos religiosamente para correr media hora y sentirnos mejor persona. Tenemos cruceros turísticos que enseñan la Torre del Oro a extranjeros que no saben que ahí enfrente iba a haber una marina con muelle privado. 

Y tenemos un nuevo proyecto, Vera Sevilla, que también está en Los Remedios, también aspira a transformar una gran pieza urbana junto al río, también mezcla arquitectura contemporánea, hotel, ocio, comercio, espacios de trabajo y nuevas zonas públicas y también promete, en el fondo, vivir un poco más de cara al Guadalquivir.... 

Perspectivas de Vera Sevilla.
Fuente: Proyectar. Arquitectura y construcción

Pero hay una diferencia fundamental: Marina de Sevilla pertenecía a Sevilla, no a los turistas.

No es esa pieza de ciudad ambiciosa, ese “trocito de vanguardia” que pudo soñar Bofill, ese nuevo motor que la ciudad pudo tener si alguien hubiera tenido el pulso de sostener el proyecto más allá de la firma de un convenio y una rueda de prensa. 

Así que estimado lector, como dicen en cierta serie de Netflix a la que servidor no termina de cogerle el punto, la próxima vez que cruces el puente de Triana y mires hacia Los Remedios, imagina por un segundo las góndolas, el hotel Juan Carlos I, las terrazas junto al canal. Después mira lo que hay de verdad. Bienvenido a Sevillanadas, donde la arqueología urbanística es deporte de riesgo.


23 de marzo de 2014

La tragedia de ser Mimo en Sevilla


Ser mimo en Sevilla es, posiblemente, una de las profesiones más duras que existen.
Y es que debe ser difícil, muy difícil, permanecer inmóvil, impasible, estático, mientras infinidad de colores, sensaciones, olores, sonidos… mientras la vida misma, en definitiva, fluye a tu alrededor como torrente de agua pura sin mirar atrás.

mimos de Sevilla


El mimo es una isla que pone algo de calma en esa mar revuelta y bulliciosa que conforman las calles de Sevilla.
Todo es desorden y caos más allá del cestito de mimbre donde se amontonan las pocas monedas que dan sentido a estos hombres de purpurina gris.
A su alrededor, se abren y cierran las puertas automáticas de los centros comerciales de Tetuán, se alternan el rojo con el verde en el semáforo de Alemanes y los veladores de la Avenida pasan del cafelito a la cerveza y de ésta al gin tonic.
Mientras tanto, el mimo permanece quieto, silencioso, brazo erguido, cabeza en escorzo y postura imposible, cultivando el arte de la paciencia en un mundo impaciente, ajeno al lenguaje de las miradas, a las sonrisas de los niños, a la luz… y, sobre todo, ajeno al tiempo.

Mimos de Sevilla


Esto último es lo más fascinante de estas estatuas humanas, y a la vez su mayor tragedia: el secreto indescifrable que les permite permanecer anclados en el tiempo, en un instante preciso, en un intervalo concreto de la eternidad, mientras todo sigue su curso.
Porque nadie sabe como controla un mimo el tiempo, en qué se basa y menos aún en qué lo miden: en minutos, en segundos, en suspiros, en miradas, en vuelos de golondrina
Aunque, realmente, ¿a quién le importa? ¿para qué saberlo? Solo lograríamos que se perdiera la magia, que se deshiciera el hechizo que los mantiene fuera de nuestro mundo impersonal y convulso, que los aleja de ser un granito más de arena en el inmenso desierto de lo cotidiano.
Por eso prefiero ser egoísta, cómplice de su tragedia, y permanecer feliz en mi ignorancia, sorprendiéndome cada vez que los encuentro dando forma a las calles de Sevilla
Es lo mínimo que se puede hacer por respeto al que, quizás, sea el trabajo más difícil del mundo.


16 de marzo de 2014

Nieva en Sevilla (II)

Ahora sí, nieva en Sevilla.
No hace falta buscar postales añejas de hace sesenta años ni revolver en los polvorientos anaqueles de la memoria para ver la ciudad cubierta de un manto blanco: todos los años, en cuanto Marzo mayea, las calles se llenan de pétalos de azahar, como queriendo ocultar los últimos estertores de un Invierno moribundo que llega a su fin.
Y así, caen cientos, miles… infinitos copos inmaculados que, desprendidos de las ramas de los naranjos, pregonan la Primavera que está por llegar bajo un cielo azul turquesa.

Azahar

Nieva en Sevilla.
Nieva a los pies del crucero centenario de la plaza de Santa Marta, donde dicen que se escuchan los latidos de la Giralda cuando el silencio gobierna.
Nieva en los patios de Pío XII, entremezclándose el aroma del azahar con el olor a puchero recién hecho que escapa por los ventanales de las cocinas.
Nievan pétalos de nácar claro, imitando la luz de la Luna cuando cae la noche sobre el horizonte eterno de la calle Castilla.
Nieve inmaculada y limpia, como el rincón del alma donde se escribe el primer beso de un amor nacido al arrullo de la fuente de la plaza de doña Elvira.

Sí, no hay duda: nieva en Sevilla, ciudad soñada, para que vuelva a ser niña por Primavera.

Nieva en Sevilla


2 de marzo de 2014

Un Beso para la Ciudad Dormida

De la ciudad dormida, muy pronto, sólo quedará la noche.
Como liberada de un mágico hechizo, de una ensoñación finita y caduca, Sevilla irá despertando en los días que están por venir poco a poco, muy lentamente, casi sin que nos demos cuenta.
Así, abrirá los ojos clavando sus pupilas en el infinito azul del firmamento; se mirará en el Río como si fuera un espejo de plata; despertará, uno tras otro hasta cinco veces, todos sus sentidos; y, sobre todo, volverá a la Vida

Sevilla, ciudad dormida

Tampoco es que hubiera estado muerta los gélidos meses que ahora quedan atrás. Ni mucho menos. 
Ya lo decía Manuel Ferrand: a Sevilla el frío le sienta de maravilla.
La ciudad se torna durante ese tiempo mustia, silenciosa, quieta; es invadida por una belleza melancólica, como la princesa encantada de un cuento de hadas que espera el beso mágico de un príncipe azul que le devuelva la alegría.
Y ese príncipe azul, ese beso, es la Primavera.

Sevilla en Primavera

Es un beso que entremezcla el olor espontáneo del azahar con el humo bendecido del incienso; un beso que esboza fugaces siluetas de vencejos entre las cornisas de las estrechas calles del barrio de San Vicente; un beso que llena de claveles y gitanillas los maceteros de los balcones de la calle Feria.
Es un beso amarillo albero y ceniza; que suena a racheo acompasado de sandalias de costaleros; que se emociona al escuchar el llanto de una guitarra junto a los muros milenarios del Callejón del Agua
Es un beso pausado, lento, cadencioso, como contagiado de esa Luz que, al llegar el ocaso, trata de ocultarse cada día un poco mas tarde tras las azoteas y tendederos de Triana para no dar paso a las sombras de la noche.

Un beso que, en definitiva, abrirá al Sol un camino entre las nubes y los fríos del invierno para dar sentido a la Vida, para dar sentido al Tiempo y, por supuesto, dar sentido a la Eternidad.
Así fue, así ha sido, y así será siempre en Sevilla
Por los siglos de los siglos.

Turris Fortissima


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