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4 de septiembre de 2013

¿Dónde están los grillos?


Otro verano más, he vuelto a echar en falta el canto del grillo, ese monótono y constante “cri, cri” que los atardeceres de estío hacía acto de presencia al poco de ponerse el Sol.
Vale que son asustadizos, nocturnos, siempre ocultos entre las hendiduras del suelo, en alguna maceta recién regada o en las briznas de césped de los jardines, pero también es verdad que noche tras noche, verano tras verano, nunca faltaban a su cita con la luna.
Y ahora no los escucho…

Atardecer en la Plaza de España

27 de enero de 2012

Se nos ha ido Pepe Peregil

Sevilla ha terminado de escribir un nuevo capítulo de su historia, ese que tenía reservado en el apartado de personajes ilustres a Pepe Peregil.


En esta tarde fría y nublada de un mes de Enero que parece no acabarse nunca, la barra del Quitapesares ha quedado en silencio.
Un silencio que apaga para siempre esa coplilla que de forma espontánea nacía a mitad de la noche desde las mismas entrañas de la Plaza Jerónimo de Córdoba, Rialto para aquellos que gastamos nuestros primeros ahorrillos en un cine que ahora es supermercado.
Un silencio que calla una de las voces que más fuerte y alto habían clamado contra el abandono al que unos y otros han condenado a Santa Catalina, ese problema de todos y a la vez de nadie.
Un silencio que deja huérfana la entrada de la Virgen de las Aguas en su capillita del Museo la noche del Lunes Santo, que enmudece el caminar del Cristo del Amor entre los naranjos del Salvador, que deja un hueco irremplazable en la amalgama de saetas que despiden a la Soledad cuando la Semana Santa tiene su epílogo en San Lorenzo.
Un silencio que arrastra consigo un pedazo de nuestra Sevilla, de esa Sevilla entrañable que empezamos a descubrir de la mano de nuestros padres y abuelos, de esa Sevilla sencilla y afable que poco a poco se apaga, que poco a poco se pierde y que ya nunca, nunca jamás, volverá a repetirse.
Se nos ha ido Pepe Peregil, Descanse en Paz.


11 de diciembre de 2011

El pony Tapón

Desde hace unos días el pony Tapón vive junto a su familia en un pequeño pesebre instalado bajo la Seta Sur de la Encarnación.
Una mullida base de heno y paja cerrada por un entablado de maderas es el hogar provisional de este simpático caballito manchado que apenas se eleva 50 centímetros del suelo; un hogar apacible y tranquilo, al menos hasta que algún niño paga los dos euros de rigor que cuesta el paseito alrededor de la Plaza.
Es entonces cuando Tapón, siempre detrás de su madre, abandona el pesebre a pasito lento y parsimonioso, como si quisiera acariciar una a una todas las baldosas grises que encuentra en su camino.


Su cuerpecito tierno y regordete como un peluche no deja indiferente a nadie: ni a los niños que giran en la noria color rosa y blanco situada junto al inmenso magnolio que algún funcionario municipal con mas dotes de carnicero que de jardinería ha dejado en los huesos; ni a los chavales que guardan cola en el puestecillo de buñuelos para endulzarse la tarde en pareja; ni al grupo de amigos que hace un inciso en las compras navideñas tomando café en los veladores del Spala; ni siquiera a los que, simplemente, están de paso hacia La Campana.
Porque se puede estar de acuerdo o no con la presencia de estos ponis en la Encarnación, con su uso comercial, con esas vueltas y vueltas alrededor de la plaza para disfrute de los niños; surgirán pensamientos dispares, juicios, valoraciones, principios, lo que sea…pero es innegable que Tapón, nada mas aparecer, pone una sonrisa en el rostro. A todos.
Y no una sonrisa cualquiera, sino una sonrisa parecida a la de cuando éramos niños y teníamos la mirada clara, inocente, limpia, antes de que llegaran los problemas, las preocupaciones, antes de que todo se volviera oscuro, anguloso, de que las cosas empezaran a tener dobles sentidos, triples sentidos, recovecos, giros…
Así que, aunque sólo sea por un instante, ese que discurre entre los actos de de ver y pensar, me alegro de haber recuperado esa mirada, de haber retrocedido hasta la infancia, de rescatar ese niño que una vez fui, ese niño que esperaba con ilusión la llegada de la Navidad, ese niño que hoy tanto disfrutaría caminando al lado del pony Tapón.


6 de septiembre de 2011

Vida nueva, nueva Vida

Disculpen mi ausencia durante estos días, pero estaba escribiendo la página mas hermosa de mi vida.

Desde el pasado Domingo esta entrada, que publiqué por el mes de Abril, ya puede ser cambiada a tiempo presente.


9 de agosto de 2011

Tertulias de verano

Por edad y vivencias los recuerdos de mi infancia están mas próximos al “barrio de barrios” que a mediados de los 80 dibujaran por sevillanas Cantores de Híspalis que al patio, huerto claro y limonero donde Antonio Machado fijó su Autorretrato.

Y eso que mi barriada quedaba lejos de ese colorido Polígono de San Pablo “de costumbres populares y corraleras”, pero era solo una distancia física, fácilmente salvable pese a que la Avenida Alcalde Manuel del Valle era todavía un alargado campito de albero, ya que en fondo y forma también yo estaba rodeado de gente güena.

Estamos hablando de otros tiempos, no muy lejanos, pero distintos, en los que el agua que caía de los balcones no venía del desagüe de los aires acondicionados, sino de las gitanillas que se regaban al caer la tarde.

Una Sevilla de barriadas y distritos que aún era joven, a medio camino de la castiza ciudad de corrales y patios heredada de nuestros abuelos y de la actual urbe deshumanizada donde la gente solo se saluda en el ascensor.

Todo era nuevo y a la vez cotidiano. El futuro se escribía sobre el pergamino del pasado, donde cada cual buscaba su sitio adaptando el presente a las costumbres de antaño, y viceversa.

Entre esas costumbres de antaño heredadas de la vieja Sevilla que se resistían a sucumbir a las nuevas maneras que establecía la “modernidad” estaban las tertulias veraniegas que, cuando el calor concedía una tregua, se improvisaban todas las noches a la luz de una farola.

Siempre a la distancia suficiente como para que panarras y salamanquesas no dejaran acercarse a los temibles mosquitos, eran noches de búcaros y abanicos, de olor a jazmín y a sandía recién calada, con el monótono cricri de los grillos como fondo sonoro solo interrumpido por el revoloteo de alguna lechuza errática que se resistía a abandonar los pocos árboles que quedaban de las antiguas huertas donde se había criado.

La tertulia era el foro social del vecindario: cualquier cosa se debatía allí, se tomaban decisiones, se daban consejos, fluían los chismorreos y, sobre todo, se contaban historias.

Al calor de la tertulia, o más bien al fresquito, los mayores, ancianos que por mor del destino habían ido a parar a un barrio de gente joven, hacían posible el regreso de la Tía Tomasa a su torreón de la Macarena, que Evita Perón saludara desde su descapotable por la ronda de Capuchinos, que Bobby Deglané montara otra Operación Clavel en los micrófonos de Radio España, radiaban el último gol de Juanito Arza en un Sánchez Pizjuán eternamente en obras o relataban en petit comité los cuchicheos que recorrían la platea del Teatro San Fernando.

Espectadores pasivos éramos los niños, que después de un día de batallas, escondites, tejes y carreras de chapas aguardábamos en hamacas de playa la llegada de Morfeo para cazar en sueños tortugas por los arroyos de Castilblanco, saborear los pasteles que el hijo de Joaquina vendía en la Campana antes de que la maldita heroína arruinara su vida y familia o escuchar a Manolo el relojero tararear el pasodoble Giralda como cuando marcaba las horas del reloj del Ayuntamiento.


Hoy, salvo raras excepciones, en las noches de verano no quedan tertulias; se perdieron con los nuevos tiempos y sus adelantos y su stress y sus comodidades; se perdieron como las historias que contaban los mayores antes que San Pascual Bailón crujiera sus muebles las tres veces de rigor; como antes se perdieron los corrales de vecinos, con su pozo, su brocal y sus galerías de geranios; como se han perdido tantísimas cosas, entre ellas escuchar a los demás y, sobre todo, tener tiempo para que te escuchen.

26 de mayo de 2011

Hasta siempre, amigo

Se fue una mañana de Mayo, de flores y golondrinas, con un cielo azul tan limpio y claro que parecía rendir un postrero homenaje a su mirada.
A las once y once sus ojos ya se habían apagado: se había hecho la sombra, la oscuridad, el vacío.
Esos ojos burlones que, impacientes, me apremiaban a lanzar piedras hacia los matorrales del Parque de Miraflores, piedras buscadas y encontradas, aunque nunca devueltas.
Esos ojos inquietos que amenazaban con desorbitarse a base de ladridos cada fin de año cuando las calles del barrio se convertían en un campo de batalla para cohetes y petardos. Quince fines de año, de los 33 que he vivido.
Esos ojos serenos y calmados que tantas y tantas noches en vela me acompañaron mientras los minutos se consumían bajo las luces del flexo de mi mesa de dibujo.
Esos ojos cómplices de paseos con principio y sin final por los bulevares de Manuel del Valle, bajo jacarandas y acacias, en busca de respuestas, de preguntas, de mí mismo.
Es curioso, pero si en una lágrima caben infinidad de recuerdos, en este momento media vida derrama por mis mejillas. Por no decir toda.
Gracias, muchísimas gracias, por haber estado a mi lado todos estos años. Por haberme ayudado a ser quién soy, por tu fidelidad sin condiciones.
Hasta siempre, amigo
.


26 de abril de 2011

Heredarás

Heredarás un cornetín de plástico y un tambor de hojalata con los que acompañar a los jilgueros del Parque de María Luisa la mañana del Domingo de Ramos. Y una nube de algodón de azúcar. Y unos dedos pegajosos de garrapiñada derretida a la sombra de la torre de Santa Catalina.

Heredarás el azahar de Mateos Gago, la paz únicamente quebrada por los vencejos que se persiguen entre los balcones de Virgen de los Buenos Libros y un dédalo de callejuelas en los que perderse en pos de un reguero de cera que te guíe hasta la ojiva de un templo cerrado.

Y cuando pasen las horas, cuando pasen los años, cuando pase la vida, heredarás un cansancio que no cansa porque lo alivia la brisa que llega hasta el mismísimo corazón del Arenal desde el Puente; un agobio que no agobia porque el Postigo se hace grande para que la Pura y Limpia salude los palios que embocan su centenario arco; una espera que no es espera tras diluirse entre chicotás interminables por la rosa de los vientos que es la Alfalfa.

Heredarás la rampla y esos alcorques de San Lorenzo donde jugaba de niño tu bisabuelo; y el temor al cielo y a las nubes; y esa nostalgia efímera al ver la trasera de un palio alejarse calle abajo; y esa saeta postrera que acompaña la entrada de la Soledad, “divino broche de oro que cierra la Semana Santa.”

Y heredarás la mañana del Viernes Santo cuando, pasado el mediodía, se cierren las puertas del antiguo templo del Valle. Y entonces estarás junto a Ella, cómplice del silencio, tu corazón frente a su mirada, a solas, sin nada ni nadie que pueda romper ese momento, que pueda desvincularte de la eternidad, del pasado, del presente.

Y de tus ojos brotarán las mismas lágrimas que anteayer resbalaban por las mejillas de tus padres y abuelos, esa fe de tus mayores entre los que yo habré pasado a formar parte.

Y entonces, sólo entonces, comprenderás que todo ha merecido la pena; tanta espera, tanta ilusión, tanta locura, bendita locura que equipara vida y muerte en el tamiz de un sentimiento.

Así es y así será, como así siempre ha sido. Por los siglos de los siglos.

21 de marzo de 2011

De la Primavera

Me piden que escriba unas palabras para saludar llegada de la Primavera, una Primavera que en un plano personal recibo con sentimientos encontrados, entre la ilusión y la incertidumbre ya que, si todo sale bien, será la última que viviré sin ser padre.

Supongo que para entrar en faena debería hablar de esa alegría que desde primeras horas nos contagia el albor de la mañana, o de las flores malvas que recubren las todavía desnudas ramas de los ciruelos, o de los pétalos de azahar que se esparcen por los adoquines de Doña María Coronel, o de las siluetas que recortan entre las nubes las golondrinas recién llegadas de sus cuarteles de invierno, o del rachear de los costaleros en sus ensayos por las calles del Centro, o de esa mirada casi refleja a las Gradas del Salvador en busca de la rampla…

Debería hablar de tantas cosas que no puedo hacerlo, que soy incapaz de escribir de esta estación sin salirme de tópicos, esos típicos tópicos que cantara Herrera y que siempre trato de esquivar aunque, en este caso, me resulta difícil, por no decir imposible. Tan idealizadas tengo estas fechas.

Así que ruego me disculpen, acepten mis excusas y, para compensar en la medida de lo posible les dejo una visión distinta de la llegada de la Primavera, una versión basada en la mitología romana que explica la vorágine que estamos viviendo estos días; una bellísima historia que, para los curiosos, está escrita en una pared de la Puerta de Carmona, en lo que antiguamente fue el Jardín de la Florida y que ha dejado al descubierto el tablón de tapas del bar Pecus al echar el cierre.

Otra víctima de la crisis, por cierto, aunque por fortuna la vida sigue y nada ni nadie podrá pararla. Y es que ya lo dijo Pablo Neruda: "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera"

26 de diciembre de 2010

Recuerdos Navideños

A pesar de que las fiestas navideñas no están precisamente señaladas en mi almanaque particular, he de reconocer que cada año me resulta mas difícil cuando llegan estas fechas no echar la vista atrás y desandar el camino que me lleva hasta mi niñez, hasta mi infancia, hasta esos días en que esperaba con ilusión la llegada de la Nochebuena o el amanecer del Día de Reyes.

Buena parte de la culpa de esta merma en mi agnosticismo pascual la tienen las nuevas tecnologías; antes recibías un Christmas o como mucho descolgabas sin querer el teléfono a la tita de Talavera que llamaba para felicitarte, pero ahora entre etiquetas de Facebook, emails en cadena, tweets masivos y sms prediseñados (aunque este año han dado un bajón, supongo que será cosa de la crisis), a uno no le queda mas remedio que cumplir para no quedar como un bicho raro, y eso que muchas veces estás felicitando a gente que no sólo no conoces sino que, incluso, dudas que exista.

Así que, entre pitos, flautas y flautines, uno se termina metiendo en las Navidades, sean las de 2010 o las de hace 20 años, que son las que intentaré recordar a lo largo de ésta y las siguientes entradas ya que, al fin y al cabo, son las que he vivido (de forma voluntaria, claro).

Tal y como sucede hoy día, se puede decir que la televisión marcaba los tiempos y tendencias de la blanca Navidad con sus programaciones especiales y, sobre todo, los inevitables anuncios, que a veces duraban más que los propios programas en que se publicitaban.

El pistoletazo de salida solían darlo tras el puente de la Inmaculada las muñecas de Famosa caminito del Portal, ese Rubicón pascual en el que uno empezaba a tomar conciencia de lo que se avecinaba en próximas fechas.

Junto a estas muñecas se abría la caja tonta de Pandora al Baby Feber, que según mi abuela se parecía a Paquirrín (el susto que se llevaría si lo viera ahora) o a la Barbie y su alter ego hispano, la Chabel, integrantes junto a la Nancy del trío de rubias encargadas de hacer competencia a Barriguitas y Nenuco en las cartas de las niñas a los Reyes Magos.

En cuanto a los niños, los reyes indiscutibles del bombardeo comercial eran los clics en sus múltiples modalidades y facetas: piratas, romanos, indios, caballeros medievales... Rara era la casa que no amanecía un 6 de enero con una gran caja azul, en la que se advertía de un precio superior a 5000 pesetas, con un barco, un fuerte Randall, un safari o una granja dentro.

Y eso que sus rivales se esforzaban por ser cada vez más sofisticados y embrutecidos, pero todo era en vano: primero Airgamboys, luego Masters del Universo y más tarde GiJoe, uno a uno iban sucumbiendo año tras año a la dictadura muñequil de Famobil, después Playmobil.


Este fuego a discreción comercial no se quedaba sólo en niños y juguetes, sino que apuntaba incluso al mismísimo núcleo familiar; cosa lógica ya que no había consolas, si acaso ordenadores de casete con pantalla monocromo, y las casas solían tener un único televisor. Por ello los juegos de mesa aún tenían la capacidad de reunir a la familia esas noches en que la programación de los dos canales de TVE no daba para mucho, noches en las que los barriletes de los Juegos Reunidos Geyper y los trucos de Magia Borrás se erigían en protagonistas.

También ayudaba la tele a hacerte mayor antes de tiempo: que querías ligar, tu primera colonia, Chispas, con la niña de los dos moños mirándose al espejo; que ibas de listo, los Nova y derivados: Cheminova, Mineranova, Ceranova, Alfanova; por no olvidar el genial SuperCinexin, con su manivela y su bombillita que cuando se fundía desencadenaba un drama familiar.

Y entre anuncio y anuncio, por supuesto, los programas de televisión, una televisión que se volvía monotemática, que respiraba Navidad por los cuatro costados, que lo mismo llenaba de niños el plató del Un, Dos, Tres que tapaba con un gorro de Papá Noel el flequillo de Jesús Hermida que hacía un paréntesis de dos semanas en la telenovela del momento para traernos a la sobremesa la nostalgia de Viento en los Sauces, los fantasmas del señor Scrooge, las campanillas de Qué Bello es Vivir o la eternidad de Lo que el Viento se Llevó.


Por supuesto, también tenían las Navidades sonido propio, el que ponían los muchos grupos infantiles de la época: Parchís, Regaliz, Enrique y Ana, Colorines; en casa concretamente lo hacía un vinilo de villancicos del Grupo Nins, niños y niñas rubitos, guapísimos, angelicales, vestidos siempre como si fueran a hacer la comunión, de esos que hoy no tendrían cabida en televisión salvo que fueran bastardos de Jesulín o estuvieran metidos en algún fregado barriobajero. De hecho el único integrante de alguno de esos grupos que aún se mantiene en la caja tonta es Enrique del Pozo, y no precisamente por su talento musical.

Y si los Nins ponían la música, el color corría a cargo de las pelambreras de los Electroduendes, de los trajes de Torrebruno, las orejas de Pepe Soplillo o simplemente se quedaban en blanco, el blanco de una Cometa que solía alargar su vuelo hasta el atardecer, casi la misma hora a la que mañana dejarán de gritar en Sálvame Diario. Sí, los tiempos cambian.

7 de junio de 2010

Recuerdos de Silvio

Fue un 6 de Junio de hace 20 años, tal día como hoy dos décadas atrás. Mi padre consideró que sería un buen regalo de cumpleaños llevarme al último concierto de Cita en Sevilla, un festival de música similar (salvando las distancias) a los Territorios de ahora que tenía su centro de operaciones en un escenario desmontable instalado en el Prado de San Sebastián, entonces un descampado de albero en espera de que unos árboles y arriates le confirieran la categoría de parque.

Era la despedida del certamen por esa temporada y la presentación de “En Misa y Repicando”, el nuevo disco de Silvio en compañía de Sacramento. De los otros grupos no me acuerdo, es decir, que lo mismo pudo tocar esa noche con Medina Azahara que con Paco de Lucía que con la charanga de mi barrio, ni me enteré entonces ni me he enterado aún ni me quiero enterar, no quiero llevarme una sorpresa parecida a cuando supe que Faith No More y Soundgarden acompañaron a Guns’n Roses en el Benito Villamarín: mis vinilos se revalorizaron, pero me tiré de los pelos unas cuantas semanas.

Volviendo al hilo, para un niño que agotaba sus doce años Silvio no era más que una parte de la banda sonora con la que era monopolizada la minicadena los fines de semana y, peor aún, el tipo que unos meses antes la había estado liando en la bodega La Mina, donde improvisó uno de sus espectáculos bajo el patrocinio del vino, la cerveza y supongo que todo aquello que se pusiera por delante.

Si entonces no me pareció gracioso, ahora menos: mi idea de celebrar un cumpleaños era bastante diferente y por tanto el resultado era de esperar: cerrazón en banda y mi padre se quedaba con las ganas de Silvio, con las entradas colgadas y con un cabreo monumental para varios días. Cosas de niños…

Como en el poema machadiano (otra de las cabezonadas que agradeceré eternamente a mi señor padre), el niño se hizo mozo y 3 años después el destino le deparaba otra cita con Silvio un 6 de Junio, día de su cumpleaños: la inauguración de Cartuja 93, ese intento vano por prolongar el sueño de la Expo durante algún tiempo.

Por fortuna, para entonces mi oído había alcanzado un cierto criterio tras seis meses de plantón frente a la Jumbotron, meses en los que había alucinado con los Crowed House, saltado con los Chanclas y reído con el ostión en la cara que se llevó David Santiesteban cuando bajó a besar a las niñas que se derretían en la Plaza Sony.

La Expo se apagó y la Jumbotron con ella, pero se quería conservar su espíritu en la medida de lo posible, con lo que se inauguraba Cartuja 93 con un cartel que hoy en día sería todo un lujazo: Loquillo, Sabina, Ketama y Silvio.

Loquillo, Sabina, Ketama y Silvio cuando Loquillo aún andaba entre trogloditas, cadillacs, las palmeras y el camión; cuando Sabina era aún mi Sabina, ese que escucho al menos una vez al mes y que todavía no había escrito "esa canción" que lleva mas de 10 años versionando; cuando Ketama fusionaba sin extravagancias; y cuando Silvio, ya sí, se había hecho un hueco en mi estantería de cintas vírgenes compradas en el bazar de la calle Recaredo, las más baratas de Sevilla con diferencia.

Total, que en segundo lugar, tras un Sabina tocando la fibra del respetable con su “vacío como la Isla sin Camarón” (que se había ido hacía pocos meses), Silvio se plantaba en el escenario como, años atrás, lo había visto yo en la Bodeguita La Mina: el mismo espectáculo, los mismos gritos y la misma improvisación, solo que esta vez no estaba en un bar. Pero a él le daba igual y, por supuesto, a todos nos daba igual.

Hizo lo que se esperaba de él, ni más ni menos. La gente no quería escuchar letras bonitas, ni virtuosos de la música, ni cosas nuevas, para eso estaban los otros: la gente quería ver a Silvio. Simplemente.

Y es que Silvio Fernández Melgarejo era algo muy nuestro, el prototipo de perdedor sevillano, ese familiar, amigo o conocido que “podía haber sido lo que hubiera querido si no…”. Silvio encarnaba al primo que iba para futbolista pero le gustaba mucho la juerga, a la amiga que podía haber estudiado lo que quisiera pero tonteaba tanto desde niña que se quedó embarazada en el instituto, al vecino que pintaba de escándalo pero terminó cambiando bujías para pagarse los porros. Silvio es el ejemplo de esos genios que quedaron en nada, esos genios innatos y precoces a los que hemos alabado y, sobre todo, compadecido, porque la compasión hacia el desgraciado es algo que va muy dentro de nuestros genes.

Varios gritos, balbuceos de estribillos, muchas risas, alguna que otra anécdota: Silvio en estado puro. El mismo espectáculo del que años atrás yo había renegado ante los parroquianos de la bodeguita La Mina ahora lo aplaudía junto a los cientos de personas que se reunían en el Puerto de Indias. Al final mi padre iba a tener razón.

Después vino Loquillo pero ya nada era igual: el cadillac sonó como sonaba el cadillac y las chicas olían a Chanel, cocaína y Don Perignon. Todo era perfecto, pero algo faltaba. Tanto que escuché el inicio de Ketama atravesando la Pasarela.


Volví a cruzarme con Silvio años después, poco antes de su muerte. Era una tarde calurosa, me gusta pensar que también un 6 de Junio, por la calle Adriano; desde la esquina de la Casa de las Moscas la madre de mi amigo Aarón nos invitaba a entrar en el bar donde la liaba su nuevo ligue, un guitarrista al que llamaban Pajarito, junto a Silvio y algunos más de su cuerda.

El jaleo llegaba hasta el río; era mi oportunidad de resarcirme por lo de La Mina, de reconciliarme con el Silvio de los bares de la misma forma que en la Cartuja lo había hecho con el Silvio de los conciertos tras el fiasco de la Cita del Prado.

Pero no pudo ser, mi amigo no estaba muy por la labor: al chaval no le había sentado muy bien esta incursión de su madre en el mundillo artístico y nos dimos la vuelta.

Aarón se marchaba de la misma forma que yo había hecho de niño, por más que ahora me muriera porque me invitaran a entrar al bar. Mi historia se repetía, aunque en esta ocasión era yo el que estaba al otro lado, en el lado del que no se quiere ir. Es por eso que ahora, escribiendo estas líneas 20 años después, he comprendido al fin el cabreo que se pilló mi padre el día de mi cumpleaños. Más vale tarde que nunca, aunque ya no pueda reconciliarme con el Silvio de los bares.

24 de marzo de 2010

A la espera....

Lo reconozco: estoy nervioso. Conforme pasan las horas noto como una nube de mariposas despliega sus alas por los resquicios mas escondidos de mi corazón. Será el azahar, será la primavera, será que las fechas del calendario están próximas a tornarse en rojo. Ni idea.

Supongo que de ir a un psiquiatra me diagnosticaría lo mas parecido a un cuadro de “estrés cofrade”, o de “neurosis cofrade”, o de “obsesión cofrade” o de lo que sea, eso sí, de “lo que sea cofrade”.

A mi alrededor todo es Semana Santa, aunque aún queden días para el Domingo de Ramos. Madres con capirotes de cartón, las últimas compras para completar las mantillas, gallardetes colgados de los balcones, trajes recién planchados saliendo de las tintorerías: Sevilla exhala incienso por todas y cada una de sus esquinas. Yo respiro todo lo que puedo, espero sepan disculpar en esta ocasión mi egoísmo.

Pero es que aún no ha llegado, y eso es lo mas grande... Es que aún tienen que conquistar los acordes de Las 7 Palabras los inverosímiles rincones del Santo Ángel; aún tiene que bendecir el Cristo de la Corona las piedras de la Catedral; aún tienen que escucharse las órdenes en arameo de la Guardia Hebrea de la Milagrosa; aún tienen que pasar tantas cosas...

Porque sí, porque todavía tienen que revivirse momentos mágicos, esos que solo pueden darse en la Cuaresma, esos que dan pellizcos en el corazón, en el alma, que colmatan los sentidos, que hacen llevadero este preámbulo de bambalinas y cera.

Se acerca el momento, se agotan las horas, ya queda menos para que la Cruz del Señor de la Victoria marque el camino a seguir entre los árboles de la Avenida de Isabel la Católica.

Ya queda menos para que resurjan esos callejones de recuerdos y vivencias de la niñez que mantienen ocultos el resto del año los caprichos de esa suerte de azar que llaman memoria.

Ya queda menos, todo hay que decirlo, para que la misma Sevilla escriba ese pregón que personalmente tanto eché en falta este domingo.

Ya queda menos, en fin, para que acabe la mas dulce de las esperas.

8 de octubre de 2009

Las Palomas de Mari Cangrejo

Nueve, ocho, siete, seis… Hay que apretar el paso, que esto se pone en rojo… Cinco, cuatro, tres, dos, uno… Vamos de mal en peor: si ya estábamos estresados de por sí, ahora mete prisa hasta el muñequito del semáforo.
No importa, nada ni nadie me va a estropear el día, hoy estoy positivo y mirándolo por el lado bueno he agotado mis 15 segundos deportivos de la semana esprintando el cruce de la Resolana por la Barqueta. Y para colmo he quemado todo lo quemable: grasas, triglicéridos, colesteroles, azúcares, bífidus activos, pasivos, cansados… ahora puedo tomarme una cerveza sin remordimientos. ¡Qué digo una cerveza, las que hagan falta, me lo he ganado!
Una tenue brisa amontona las hojas de los árboles contra la pared. Parece que el Otoño ha entrado con ganas, y falta que hacía, el veranillo de San Miguel se estaba gustando demasiado…
Hojas, tetrabricks vacíos, bolsas de plástico, periódicos… el viento barre, pero no recoge. Grave problema, y mas en esta bendita ciudad donde a veces tienes que utilizar un GPS para encontrar una papelera.
La basura se amontona en la puerta del antiguo kebab, sellada con una pared de ladrillo. Como la de al lado. Y la de al lado. Y las ventanas, Y los balcones. Todo hace indicar que este edificio ha pasado su Rubicón particular. La suerte está echada.
Es curioso, pero desde niño siempre me han atraído los perdedores, los derrotados. Quizás sea una consecuencia de mi problemática tendencia hacia la nostalgia, esa que me hace ser un discípulo del mismísimo Diógenes y almacenar todo aquello que pasa por mis manos, sea útil o no. O simplemente morbo. O ambas cosas. La cuestión es que cada vez que tengo delante un edificio con el acta de defunción firmada suelo pararme un rato a observarlo, a buscar detalles en los que no haya reparado nunca, a recordar anécdotas (si las hubiere), en definitiva, a rendirle una especie de homenaje, deferencia o lo que sea, aunque no tenga nada especial en particular (como es el caso) y aunque considere que muchas veces no estoy haciendo otra cosa que el imbécil (como también es el caso). Qué vamos a hacerle, soy así…
Bordeo por la calle Vibarragel. También están selladas puertas y ventanas. Ya no hay duda, la manzana estará en pie el tiempo que dure la crisis. Si no se cae antes, que las leyes de Newton son muy puñeteras y no entienden de coyunturas económicas ni de recesiones mundiales. Sólo hacía falta eso.
Atravieso la calle Calatrava. Esta vez no doy opción al semaforito de la Barqueta, que ya he tenido mi ración de footing…
Tener manías estúpidas se puede convertir en un problema cuando piensas que la gente sabe que tienes esa manía y que eres estúpido. La sensación se agudiza aún mas cuando se planta a tu lado un autobús mientras retratas un edificio apuntalado. Que sí, que puede ser que alguien se de cuenta, que alguien se extrañe al ver a un tipo tomando fotos a una pared desconchada… pero tradicionalmente la gente tiene otras cosas en qué pensar. Claro que esto lo digo ahora, en frío, soy sincero: por mas que me mentalice siempre suelo pasar un mal rato.
Afortunadamente todo vuelve rápido a la normalidad. El autobús baja camino de la Alameda y de nuevo puedo recrearme con tranquilidad. Todo para mi.
También en esta parte se repite el mismo panorama: puertas selladas, puntales, cristales rotos. Y soledad, una placentera y asfixiante soledad. Tan sólo unas palomas ronean por la azotea abandonada. Posiblemente sean las últimas habitantes del edificio, sus últimos inquilinos. Posiblemente ni lo sepan.
No puedo evitar que se me escape una sonrisa. Ya digo, soy un nostálgico empedernido y no tardan mucho en aflorar los recuerdos: las colas de la Expo, los botellones en los bajos de Torneo, los bocatas camino de Isla Mágica… y Mari Cangrejo, la brujita de la Barqueta, esa que según mi abuelo se dedicaba a amargar las noches de los vecinos de San Gil y de San Lorenzo hasta que despuntaban los primeros rayos del sol.
Ya no puedo evitarlo, es imposible dejar de retroceder en el tiempo: vuelvo a la mecedora de mimbre, a unas paredes empapeladas, a un televisor en blanco y negro, a la maceta con el jazmín y la gitanilla. Vuelvo a los corrillos de vecinos en los zaguanes de esos eternos atardeceres estivales. A escuchar historias oliendo a dama de noche y pese al ruido monótono de los grillos.
Esas historias… Qué lejos quedan esas historias…. Esas historias de una Sevilla en la que las tradiciones las transmitían las abuelas, no los Erasmus. Esas historias de una Sevilla de duendes y fantasmas, que no de fantasmones. Esas historias de una Sevilla en la que había piratas en la Isla de los Humeros, no en las páginas de los periódicos.
Una paloma se detiene en el alféizar de una ventana desvencijada. Está nerviosa, otea el horizonte y se marcha hacia alguna parte. Mari-Cangrejo se fue hace tiempo. Meses, años, quizás se fue cuando demolieron la torre de la Almenilla y rellenaron de escombros el Patín de las Damas para que pasaran las vías del tren. Cuando a San Juan de Acre lo arrasaron hasta sus entrañas para construir naves y garajes. Quizás lleve más de un siglo sin asustar a nadie. Quizás sea ella misma la que esté asustada….


PS. Ya falta menos para que coloquen el cartel de la obra en la vieja fachada: Pisos de lujo, 3, 4, 5 dormitorios, garaje, trastero, ático. Vistas espectaculares y a un paso del centro. Oferta irrechazable, lo paga sin darse cuenta. Quién sabe, lo mismo vuelve Mari Cangrejo; si no le dan la hipoteca seguro que hace falta un portero o alguien que vigile las zonas comunes. Con montar un buen currículum lo tiene todo hecho, a antigüedad no le gana nadie. Y si no admiten a brujas ni espectros que se busque un trastero vacío, así no declara Hacienda, que el año que viene suben el IVA.
Ya lo advertí: hoy nada ni nadie me va a estropear el día.

19 de junio de 2009

Mis "Ilustres Veteranos"

Ni Maldonado, ni Montes de Oca, ni Mario Picazo antes de hacer el indio en el Caribe; aquí el único hombre del tiempo infalible es el que inventó el refranero. Y es que ha sido llegar el 40 de Mayo y no hemos tenido mas remedio que cambiar a pelo el sayo por el aire acondicionado…

Cada día tenemos una alerta diferente: que si roja, naranja, que se queda en amarilla... Lo cierto es que hace calor, mucho calor. O mucha, que ahora están de moda las palabras epicenas, aunque sea a nivel coloquial.

Para colmo uno no tiene otra ocurrencia que salir a callejear sin rumbo ni sentido, por el simple placer de pasear aunque sea bajo la nada despreciable temperatura de 40 grados (para gustos colores, sarna con gusto no pica…. a este paso el del refranero me pide derechos de autor)

Normalmente la de hoy habría sido otra tarde sin pena ni gloria que añadir a la lista de tardes sin pena ni gloria que acumulo en mi historial de tardes sin pena ni gloria, pero un cartel ha llamado mi atención en la calle Laraña.

Un cartel que intenta acaparar el poco viento que merodea por los rincones de la Sevilla estival y la atención de aquellos que pese al bochorno se atreven a desafiar las plusmarcas que señala la columna de mercurio.

Colgado de un balcón, fondo blanco, letras rojas, Domago, pantalones y camisas, anuncia el punto y final de su existencia: “Liquidación por Cierre, todo a mitad de precio”

Siendo sincero nunca he sido un cliente habitual de la tienda. Siendo mas sincero aún, puedo llevar cerca de 10 años sin entrar ni comprar nada. Pero también es verdad que siempre que echa el cierre un comercio de los que llevo viendo toda la vida me invade una extraña sensación nostálgica, como si desapareciera un pedazo del universo que gravita a mi alrededor, de mi mundo, aunque como ya he dicho, ese mundo estuviera reducido a un escaparate frente al que apenas he parado mas de un minuto.

La ley de la vida o la ley del mercado. A Domago lo liquida la crisis económica, la crisis de los pequeños comercios cada vez mas arrinconados por las grandes superficies, la crisis inevitable que establece el paso del tiempo y la edad… Crisis y más crisis. La crisis en sus múltiples variantes es el comodín que justifica todos los males de los tiempos que corren, el Lucifer de la modernidad.

En fin, otro que cierra. Y el calor que no se va. Al menos las puertas de la Anunciación están abiertas y un fresquito místico alivia algo el panorama. No paro de darle vueltas a este “no somos nadie comercial” cuando observo en la acera contraria los esbozos de una nueva tienda de deportes: la juguetería de Cuervas, hasta hace muy poco una inmobiliaria, tiene nuevo dueño. Ya tengo la tarde hecha…

Que yo recuerde de las tiendas de juguetes de mi infancia ya solo queda Osorno. Tampoco pongo la mano en el fuego: si llevaba unos 10 años sin entrar en Domago, en una juguetería ya ni me salen las cuentas.

Lejos quedan esos tiempos en que comprándole un Master del Universo a Cuervas pensaba que amortizaba parte del fichaje de Pablito Bengoechea. Inocente de mi, con el calor que pasé años mas tarde…

Ya no hay quien me pare. Eso si, siempre “por la sombrita”. Y nada mejor que las velas de Puente y Pellón para al menos quitarse el sol de encima: baja la temperatura, baja el sudor y la alerta se vuelve naranjita clara. Algo es algo.

También ha tenido esta calle bajas importantes; que yo recuerde la Casa de los Pantalones (o algo así), Vilima… aunque si hay que tirar de historias, recuerdos y sentimentalismos la palma se la lleva sin duda Casa Marciano, Ultramarinos Finos.

Fueron muchas las tardes que pasé agarrado a la mano de mi abuela haciendo cola para comprar chacinas, siempre con la vista fija en la inmensa pata de cochina que presidía el escaparate… Los parroquianos aseguraban que en sus tiempos era gigantesca pero con los años había ido menguando. A mi me daba igual, y aunque escuchaba atentamente ésta y otras historias que se contaban en el local, no podía evitar hacer un cálculo “a grosso modo” del número de bocatas que podía sacarle a esta versión ahora reducida mientras el papel estrasa se llenaba de lonchas de chorizo, morcilla y jamón de los nietos de la cerda, de menor tamaño pero seguramente igual de exquisitos.

Se fueron Marciano, sus ultramarinos finos, sus parroquianos y su pata de cerda. Hoy lo mas grande que queda en la calle Harinas es un caracol gigante y lo mas antiguo el bar “El Comercio” con las ruedas de churros y las pizarras escritas con tiza blanca.

En la Plaza del Pan se acaban las velas, la sombra y el olor a incienso de la calle Córdoba. Las tiendecillas de joyas y recuerdos del lateral de la iglesia hacen del entorno una auténtica reliquia del comercio sevillano, mas por su tipología que por la antigüedad.

Aunque para una mente distraída y gustosa de encontrar esos detallitos estúpidos con los que matar el tiempo durante un buen rato, he de reconocer que mi foco de atención de siempre ha sido el azulejo esquina a Alcaicería donde entre otras cosas se anuncia la venta de chubesquis. No tengo ni la mas remota idea del uso que tienen estos artilugios ni de su fundamento, de hecho nunca he llegado a buscar su significado en un diccionario porque seguro que me decepcionaría; pero bueno, me hace gracia saber que antaño se compraban aquí, fueran lo que fueran.

Sigo atravesando la plaza y a mi alrededor no hay sombra ni nada que se le parezca: otra vez el sol a puerta gayola. Menos mal que la calle Villegas es cuesta abajo, aunque no sople una pizca de aire (quizás haya quedado definitivamente atrapado detrás del cartel de Domago). No hay tiempo para entrar en Rorro a saludar a la prima Rafi, ni de buscar en el Salvador algún amigo que esté cerveceando a estas horas de la tarde; hay que aligerarse y escapar otra vez del bochorno

Tampoco me paro en el Bazar Victoria, y eso que para mi gusto es uno de los establecimientos con mas encanto de la ciudad tanto por su antigua y bella fachada caoba como por el género expuesto en sus escaparates, donde se puede encontrar desde el último modelo de freidoras hasta una jaula de grillos pasando por un deshuesador de aceitunas.

No bajo, ya casi ruedo por Entrecárceles, que hoy día bien podría llamarse Entrebancos, en singular desde la fusión. Al fondo se atisba la tan ansiada sombra, los toldos blancos, gente paseando: la calle Sierpes.

La peatonalización de Tetuán, de la Avenida, los Factorys, los Carrefoures, los Hipercores… todos tuvieron que aliarse para acabar con la hegemonía económica de esta calle, durante muchos años pulmón comercial de Sevilla. Al final pasó lo que tenía que pasar, tanto fue el cántaro a la fuente que mucha gente aún no se ha dado cuenta que ya no luce las playeras baldosas de colores que la pavimentaban hasta hace pocos años.

De los “ilustres veteranos” desaparecidos de la calle Sierpes no hay material para una entrada sino para una saga de novelas en plan Caballo de Troya: Calvillo, Virgin Megastore… pero claro, esto es un blog y tampoco es plan de cansar al personal, así que sintetizaremos en la medida de lo posible.

Lo único que queda de Deportes Zulategui, Armería Z, son unos azulejos que afortunadamente se conservan en la esquina que hace el edificio sobre sí mismo. Recuerdo que para los chavales de mi edad esta tienda siempre era visita obligada cuando se iba al centro, no en vano era de las pocas oportunidades que se tenían para ver camisetas de equipos extranjeros sin necesidad de coger un avión. Después llegarían Nike, Adidas, Florentino y el marketing para hacerlo todo mas fácil y caro, pero esa es otra historia…

Menos suerte tuvieron Las Vegas. Tampoco es que la tuviera que tener, la verdad. En esa época ya estaba mas crecidito, que no madurito, y de la fase contemplativa de camisetas futboleras pasé a la activa, aunque fuera previo pago y a través de la pantalla de una máquina de videojuegos, no confundir con videoconsola.

Todo ello aderezado con las típicas matanzas de indios, de enanos del Golden Axe, de aviones, de ninjas, de nazis, de marcianos… y es que con solo cinco duritos uno lo mismo organizaba un holocausto mundial que salvaba de un secuestro a una neumática heroína pixelizada antes de que el dichoso Game Over señalara el camino de vuelta a casa. Era la época dorada de los salones recreativos, por suerte o por desgracia una auténtica especie en extinción en estos días de Wii y Play Station.

Mi último “ilustre veterano” desaparecido se dio de baja hace poco tiempo: la Papelería Padura. Aquí ya estaba crecidito, madurito y empezaba a encontrarme atareadito… Los cinco duros de las maquinitas de Las Vegas se multiplicaban por diez en forma de A3 de papel diapost para croquis y caballo para los claroscuros.

Pero una vez más el paso del tiempo se llevó su tributo, las papelerías técnicas dejaron de ser un negocio rentable y la firma Padura, que llegó a tener hasta 3 establecimientos en la ciudad, cerraba su última tienda en la calle Cuna hace solo unos meses. Y pensar que al empezar la carrera muchos de mis profesores renegaban del Autocad…

En fin, que llegamos ya al idem con otro de mis “ilustres veteranos” que aún sigue dando guerra donde muere la calle Sierpes (según el recorrido que he trazado, ya que en realidad este es su nacimiento); la Confitería La Campana, uno de los comercios con mas solera y arraigo de Sevilla.

Desde que fuera fundada en 1885 por un pastelero que había hecho fortuna en Filipinas los dulces expuestos tras sus escaparates de caoba siempre han sido objeto de deseo de buena parte de la ciudad y visitantes; para algunos incluso una obsesión enfermiza, como el señor que a mediados de los 90 pasaba las horas muertas en la acera opuesta, junto al antiguo Burguer Alameda, vigilando no se sabe qué, o al menos yo nunca lo supe.

Lo que sí tengo claro es cual será mi destino en breves instantes. Las velas se acaban, vuelve el sol, la alerta naranja y el termómetro otra vez se asienta en mi inconsciente; conclusión, ya va siendo hora de que se acabe el paseo.

Se han quedado muchos “ilustres veteranos” en el tintero pero bueno, siempre habrá tiempo para recorrer otras calles de Sevilla en las que repasar y recordar esas tiendas que alguna vez han sido parte de nuestra vida. Las cordonerías de Francos, las bodeguitas del Arenal, los albures en adobo de la calle Feria…

Aunque ya digo, eso será otro día; de momento servidor regresa a casa que un buen surtido de frigorías y de agua congelada me está esperando.

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