



La Plaza de Doña Carmen es, posiblemente, uno de los rincones menos conocidos del centro de Sevilla.
Poco o nada puede hacernos sospechar que tras el cancel del número 5 de la Plaza de San Pedro se encuentra esta recoleta barreduela que si bien no destaca por su belleza y singularidad, presenta algunos detalles que la hacen merecedora cuando menos de una visita, aunque solo sea por curiosidad.
La pintoresca cruz de forja sobre su peana de azulejos y cintas, los 3 faroles de las esquinas, las viviendas alrededor de una pequeña plazoleta, el colorido de las flores que asoman a los balcones, las motos aparcadas junto a los portales, hasta los desagües de los aires acondicionados: podría decirse que estamos ante la evolución lógica de un antiguo adarve musulmán a lo largo de la historia, un adarve con edificios actuales, necesidades actuales y habitantes actuales. Una adaptación de la Sevilla de hace mil años a nuestros días.
Remontándonos al siglo XV encontramos por primera vez la Plaza de Doña Carmen como una de las barreduelas del viejo Adarvejo, el barrio donde quedaron confinados los pocos musulmanes que no abandonaron la ciudad tras la conquista cristiana.
Amurallado como la Mancebía (donde vivían las prostitutas) y la Aljama (donde los judíos), este barrio mudéjar se extendía desde la actual Almirante Apodaca hasta la misma plaza de la Alfalfa, aunque sus verdaderos límites aún hoy siguen sin estar demasiado claros.
Como podemos suponer resulta difícil encontrar huellas de este pasado en la Sevilla actual, ni siquiera en la misma Plaza de San Pedro, que entonces estaba ocupada en su totalidad por una gran manzana de casas, mesones, talleres e incluso por una mezquita situada frente a la iglesia que le da nombre.
Como vemos en el plano del libro "La Arquitectura y el Lugar", de Alberto Oliver Carlos, la vía principal de esta gran manzana se llamó durante muchos siglos calle Morería (nada que ver con la de hoy) y se correspondería con la actual acera izquierda de la Plaza de San Pedro, naciendo frente a lo que ahora es la Heladería Rayas para, con un trazado sinuoso y constantemente interrumpido por los adarves y callejuelas sin salida que la atravesaban, morir en la Plazuela del Mesón del Rey, que se extendía desde la embocadura de Sales y Ferré hasta Descalzos.
El primero de estos adarves (señalado en rojo en el plano) se correspondería con la actual Plaza de Doña Carmen que, como el resto del barrio, estaría formada por casas modestas habitadas por gente con bajo poder adquisitivo.
Hago hincapié en este aspecto: el Adarvejo era una zona humilde donde vivía gente humilde. Por sus calles no paseaban precisamente los descendientes de Almutamid ni de los príncipes andalusíes. Tampoco encontraríamos una Susona o un Samuel Leví como en el cercano barrio de los judíos, de mayor abolengo y riqueza.
El Adarvejo en la Sevilla actualDe esta forma permanecerá la minoría musulmana hasta 1502, cuando no tienen más remedio que convertirse al cristianismo por obra, gracia y pragmática de los Reyes Católicos, desapareciendo la mezquita y, con ella, el mismo Adarvejo, que se integra en el resto de la ciudad.
Según cuenta Ortiz de Zúñiga, los últimos mudéjares fueron bautizados en 1505 por fray Martín de Ullate. Apenas 250 años después de la entrada de Fernando III se ponía punto y final a la presencia musulmana en nuestra tierra.
Pero la vida sigue. Estamos ya en pleno siglo XVI y Sevilla se ha convertido en Puerto de Indias, para lo bueno y para lo malo. Para lo malo porque, como no podía ser de otra forma, el recién abandonado barrio mudéjar es ocupado rápidamente por cazadores de fortuna que acuden a la ciudad atraídos por el oro y riquezas de los galeones americanos.
Nuestra manzana se llena de tabernas, mesones e incluso se monta un corral de Comedias que levantará ampollas en el vecindario, ya que pronto es ocupado por prostitutas y gente de mala vida.
Para lo bueno porque el comercio indiano trae consigo un producto hasta ese momento desconocido cuyo consumo rápidamente se extenderá por todo el continente: el tabaco.
Sevilla, que ejerce de bisagra entre Viejo y Nuevo Mundo, es el lugar elegido para la instalación a mediados del siglo XVII de la primera industria tabacalera de la historia, eligiéndose el antiguo Adarvejo como lugar idóneo para su establecimiento: nace la Real Fábrica de Tabacos de San Pedro.
Pronto la nicotina comienza a surtir efecto y la fábrica, que al principio era sólo unas pequeñas casuchas habilitadas para tal fin, pronto se extiende por la manzana hasta ocuparla en su totalidad, como vemos en la siguiente ilustración procedente del libro "La Fragmentación de la Manzana", de Juan L. Trillo de Leyva.
Fueron años dorados para el viejo Adarvejo, siendo nuestra Plaza de Doña Carmen (en rojo) una calleja sin salida en la que seguramente vivirían los operarios de la fábrica y de la cercana Alhóndiga, almacén de cereales situado en el solar que hoy ocupa la Hemeroteca Municipal. 
Pero la nicotina sigue creando adicción, tanta que la Fábrica de San Pedro se queda pequeña, y eso que la población sevillana se había reducido considerablemente por mor de las epidemias, terremotos y la pérdida del monopolio comercial con las Indias.
Ante el aumento de la demanda se dispone que a las afueras de la Puerta de Jerez, aprovechando el cauce del Tagarete y ocupando el inmenso espacio que quedaba libre entre la Universidad de Mareantes (actual San Telmo) y el convento de San Diego, se construya la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, abandonándose las instalaciones de San Pedro.
Una vez más la gran manzana se queda vacía, aunque esta vez será por poco tiempo: es turno para el ejército, pero eso lo veremos en la próxima entrada.
Un crucero del siglo XVI, los que (según dicen) son los naranjos mas altos de la ciudad y el repicar de las campanas de la Giralda. Poco más necesita la recoleta placita de Santa Marta para robar el corazón del que la visita de la misma forma que, según cuenta la tradición, robó en ella doña Inés la razón a don Juan Tenorio.
No busque vistas espectaculares, ni fachadas suntuosas y elegantes, ni jardines floridos. Por no buscar, no busque ni siquiera asiento o acomodo. No lo va a encontrar.
Para quedar atrapado por su magia no es necesario que hayan florecido los jazmines de sus paredes encaladas o el azahar en primavera; ni que la paz reinante entre sus piedras sea rota por el alegre alboroto de los vencejos o por las risas de los que en Semana Santa descubren que no tiene salida al buscar un atajo hacia el barrio de Santa Cruz; ni que los pocos huecos que se abren en su techumbre de ramas de naranjo sean atravesados por las primeras lluvias otoñales o por los rayos del sol de la mañana.
Nada es necesario mas allá de esa pequeña calleja empedrada que hace las veces de entrada y salida, que lo mismo le recibe que le despide, de ese cordón umbilical con el corazón de la Sevilla Eterna que late a escasos metros, tan lejos y tan cerca.
Esa angosta callejuela que en apenas cuatro revueltas da un repaso magistral a los últimos 1000 años de historia de la ciudad, naciendo en los paños de sebka que aún recuerdan la antigua Mezquita de los Ossos para morir junto al azulejo de San José que cobija uno de los pocos arquillos supervivientes a las ideas urbanísticas del siglo XIX, siempre a la sombra de la espadaña que remata el antiguo Hospital de Santa Marta, donde fueron acogidas las agustinas exclaustradas del convento de la Encarnación mediado el siglo XIX.
Acogida también tuvo en su empedrado el crucero de San Lázaro, llamado así por estar originariamente en las inmediaciones del hospital del mismo nombre, hoy en estado deplorable, que diseñado por el genial Hernán Ruiz y labrado por el maestro Diego de Alcaraz preside la plaza desde su traslado en los primeros compases del siglo pasado.
Nada más. Y nada menos porque, como se comentó, poco necesita este rincón para ser uno de los lugares más idílicos de Sevilla. Y es que si, como se suele decir, la belleza se encuentra en las cosas más simples, la Plaza de Santa Marta es el claro ejemplo que lo atestigua.
Atemporal. Quizás sea ésta la palabra que mejor defina la Plaza de las Cruces, posiblemente el único lugar de Sevilla en el que la misma vida puede ser algo prescindible.
Atemporal porque sus baldosas no se cubren de hojas secas con los primeros compases del Otoño, ni hay flores que vistan de colores la llegada de la Primavera, ni árboles que proporcionen la sombra necesaria para escapar a los calores estivales.
Al contrario, las estaciones pasan de largo, se pierden entre las callejuelas que la rodean arrastradas por el viento, como los ríos de turistas que atraviesan en busca de esa imagen típica y tópica que aquí raramente podrán conseguir.
Es curioso, pero quizás ahí radique el encanto de este hueco abierto en pleno barrio de Santa Cruz: en la simpleza de su propuesta, un pequeño basamento escalonado y tres columnas rematadas por las mismas cruces. Sobriedad y sencillez en pleno corazón de esa Sevilla fastuosa y alegre que se abre a muy pocos metros.
Antiguo cruce de los Cuatro Vientos, ampliada en los primeros años 40 tras demolerse el edificio que ocupaba la casi totalidad de la plaza que hoy conocemos, sus paredes nos recuerdan que hubo un barrio de Santa Cruz anterior a la Exposición del 29, un barrio de Santa Cruz anterior a los Aníbal y Talavera, un barrio de Santa Cruz anterior al regionalismo, un barrio de Santa Cruz anterior al mismo barrio de Santa Cruz, un barrio de casas modestas y sencillas que ya no tienen otro testimonio que las tres fachadas que la delimitan.
Rincón anclado en el tiempo donde aún es posible respirar el silencio y deleitarse observando como tres siluetas se recortan en ese tapete azul que es el cielo de Sevilla.
Podría decirse que la calle Monsalves siempre se encuentra a medio camino.
Eje de tranquilidad que atraviesa triángulo de vida delimitado por el bullicio de San Eloy, la vorágine comercial de la Plaza del Duque y el ajetreo turístico al Museo de Bellas Artes, esa tendencia a estar en tierra de nadie quizás haya servido para que se pudiera salvar, si establecemos la comparación con otra calles del entorno, buena parte de la esencia y señas de identidad que atesora desde antaño.
No a medio camino, sino en dos caminos la divide Almirante Ulloa, antigua calle del Clavel por el que estaba pintado en una de sus fachadas; curioso cuando menos, si hoy tuviéramos que nominar nuestras calles por lo dibujado en sus paredes la mitad de ellas se llamarían “Cabesa”, “Saray Te Quiero” y lindezas por el estilo.
Un Clavel que hacia la actual Silencio, antigua General Moscardó y mas antigua Riego, marcaba los límites de la calle Monsalves, llamada así por el magnífico palacio que los caballeros de dicha familia labraron en el siglo XVI, donde se hospedó durante su estancia en Sevilla el viajero inglés Richard Ford.
Fruto de esa estancia es el dibujo que acompaña estas líneas, en el que podemos ver el estado que presentaba el magnífico caserón antes de que el nieto de su anfitrión, don Tulio O’Neill, marqués de la Granja, lo vendiera a Javier Sánchez Dalp (al que ya conocimos cuando se habló de la Plaza del Duque y del Humilladero de San Onofre), no sin antes llevarse la magnífica portada a su Córdoba natal, concretamente al palacio de Benagiar, propiedad de su familia. El edificio que hoy podemos apreciar es fruto de una reforma efectuada por Aníbal González entre 1906 y 1908.
El tramo que nacía en el Clavel y seguía en dirección contraria, es decir, hacia la embocadura con la Plaza del Museo, donde se encontraba la Portería del Convento de la Merced cuando toda la plaza era Casa Grande de los religiosos mercedarios, se llamaba calle Cruz de la Parra por “una cruz de madera que hay en una pared que tuvo junto a una parra, la que le dio nombre”, según palabras de otro ilustre veterano de esta página, el siempre recurrente Félix González de León.
La parra no sólo dio nombre a esta calle sino que hizo lo propio con un corral de vecinos que ocupaba los actuales números 29 a 33 y con un famoso horno que en 1782 se fundaba en el número 35, el renombrado Horno de la Parra, junto al de San Buenaventura uno de los mas antiguos y tradicionales de Sevilla. No hace falta decir que de parra, cruz, horno y corral no ha llegado a nuestros días nada de nada.
O al menos es lo que parece a simple vista, ya que si uno se fija mucho puede encontrar, casi escondido, uno de los últimos recuerdos que quedan de tiempos pasados, esos en los que figuraba entre sus vecinos el escultor Luis de Figueroa, que también dio nombre a la calle durante unos años; o el valiente barbero al que Rinconete y Cortadillo espantaron a cambio de 20 ducados.
Por que una vez más a medio camino, en esta ocasión el que delimitan la privacidad de un balcón y lo público de la fachada en la que se encuentra, se observa un curioso azulejo enmarcado por una cenefa en el que reza “Antigua Calleja Cruz de la Parra”.
En efecto, a la altura del número 16 de la calle Monsalves, escoltada por los dos cierros que flanquean la balconada de la primera planta, encontramos esta cartela similar a las muchas otras que, desperdigadas por la geografía hispalense, recuerdan los viejos nombres de sus calles y plazas.
Llama la atención la altura a la que está colocada, cuando lo normal sería que estuviera bajo la moderna cartela de la calle o en un lugar fácilmente visible de la misma.
Parece como si los vecinos hubieran querido salvaguardar su memoria, protegerla del olvido, hacer un pequeño santuario a esta Cruz de la Parra que incluso se reproduce un poco mas arriba.
Y es que sobre la cornisa que marca la segunda planta del edificio casi se esconde una cruz de escaso tamaño, hueca, pintada en verde, que seguramente será una réplica o interpretación de la que nos describía Félix González de León, original que desaparecería alrededor de 1840 cuando las autoridades municipales decidieron retirar cruces y retablos de la vía pública.
Son éstos los únicos recuerdos que quedan de esa parra que dio nombre a calle, a horno y a corral. Parra que posiblemente sería arrancada a finales del siglo XIX, siendo sustituida hoy día por unos pocos naranjos amén de las buganvillas y el limonero que asoman tras las tapias del 23.
El Horno aguantó hasta hace pocos años, siendo trasladado a finales de los 80 tras abastecer de pan a buena parte de la ciudad, mientras el corral de vecinos desaparecía bajo la piqueta en 1988 para dejar paso a un moderno bloque de viviendas. En fin, el guión de siempre.
Pese a todo, como se dijo al principio, tampoco es que haya sido muy maltratada por la piqueta esta calle Monsalves (ya me refiero a toda su extensión), que todavía conserva en parte ese sabor añejo como denota la colección de cierros y elementos de forja que adornan las fachadas de los edificios que la conforman. Un lugar ideal para escapar evadirse momentáneamente del mundanal ruido, aunque sus esquinas ya no huelan a pan recién hecho ni sea posible buscar la sombra de la vieja parra.
Hay lugares que no pueden ser recordados porque ellos mismos son un recuerdo. Lugares en los que no pasaría nada si de repente el tiempo se parara porque son eternos. Lugares que no merece la pena fotografiar porque es imposible capturar un sentimiento. Uno de ellos es la Plaza de Santa Isabel.Posiblemente la magia de este rincón se deba a que su belleza fue usada como paño de lágrimas con que aliviar el llanto de aquellos que la vivieron.
Llantos de impotencia, la que sintieron los Fuentes al ver como las llamas devoraban la fernandina iglesia de San Marcos durante las disputas nobiliarias de finales del siglo XV.
Llantos de desamparo, el único equipaje que llevaban las monjas sanjuanistas camino de las Dueñas tras verse desamortizadas de la que fue su casa durante casi 300 años.
Llantos de tristeza, bajo la que se consumían las presas de la cárcel que se instaló en el antiguo convento a mediados del XIX.
Llantos de arrepentimiento, con el que confiaban expiar sus penas y desgracias las mujeres acogidas por las filipenses de la Madre Dolores en pos de los sueños del Padre Tejero.
Llantos de dolor, el que se mezcló con las cenizas que volvió a ser la iglesia de San Marcos cuando las madres de uno y otro bando despidieron a sus hijos camino de una sinrazón fratricida.
Llantos que ocultan otros llantos, lágrimas que limpian otras lágrimas, suspiros que se esconden entre las desnudas ramas de los árboles. Quién sabe, quizás sea ese el motivo por el que no deja nunca de manar agua de su fuente, corazón de la plaza: para acallar con su murmullo los ecos y plegarias que aún quedan entre sus piedras.
Ensanches, demoliciones, peatonalización: la Avenida ha sido una especie de “pasarela de moda” donde en poco mas de 150 años se han puesto en práctica las más modernas soluciones urbanísticas del momento y donde se ha utilizado (o intentado utilizar) lo último en medios de transporte: tranvía, coches, autobuses, metro…. incluso hubo un proyecto de transporte público mediante cinta transportadora….

Para explicar la tremenda evolución y transformación sufrida por la Avenida desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días no tenemos mas remedio que sustituir ese paseo virtual descriptivo que dimos en la anterior entrada a lo largo de las 5 calles que había que atravesar para llegar desde la Plaza de San Francisco hasta la Puerta de Jerez por un triste y nostálgico avance cronológico a través de las continuas demoliciones que ha sufrido la zona. Y es que, aunque sea duro, la actual Avenida no se entiende sin sus derribos.
Pero vayamos por partes; si para el resto de la ciudad las transformaciones urbanas suelen empezar con la invasión napoleónica y la “mudanza” del Mariscal Soult al Palacio Arzobispal, en nuestra zona la piqueta empieza a funcionar desde mucho antes. De hecho cuando se produce la llegada de los franceses hacía cerca de 50 años que había sido demolido el entorno del Almirantazgo.
En palabras de don Santiago Montoto, junto a las obras del barrio de la Laguna (actual zona de Molviedro) son la demolición del arquillo de San Miguel, de la Torre del mismo nombre y su vecina torre del Aceite las principales intervenciones urbanísticas en la Sevilla del siglo XVIII. De esta forma, para cuando el asistente Pablo de Olavide elabora su plano de la ciudad en 1771 no queda ni rastro de esta antigua entrada almohade en la ciudad.
Aunque los franceses hicieron de las suyas (ya se refirió en la anterior entrada que usaron el Colegio de Santo Tomás como cuadra), tampoco se puede decir que su presencia fuera tan decisiva como en otros lugares de la ciudad como la Plaza de la Encarnación o la actual Plaza Nueva (antiguo Convento Casa-Grande de San Francisco).
Es evidente que el Mariscal tenía claro que podía sacar mas dinero robando cuadros del Hospital de la Caridad que desvalijando la librería de Santa María de Jesús….
No sufre por tanto esta zona alteraciones importantes hasta que en Octubre de 1864 se desmonta la Puerta de Jerez. Desaparecían para siempre las dos puertas que antaño habían confinado este rico entorno de palacios árabes y residencias reales. La “moda” al uso de la época, la demolición de las viejas murallas y cercos de las viejas ciudades en busca de una nueva funcionalidad y expansión extramuros, pasaba factura una vez mas a la Avenida y a toda Sevilla.
La historia de esta demolición, que en principio fue un traslado sin destino fijo al recién estrenado Cementerio de San Fernando (la puerta se desmontó y se pretendía ubicar en el nuevo camposanto de la ciudad, pero al final se desviaron sus materiales para hacer otros apaños (da miedo pensarlo, pero la historia es cíclica, o si no recuerden la cubierta de la Davis….)); es calcada a la ya narrada de la Puerta Osario: muy dañada tras la guerra carlista, se encarga su reconstrucción y embellecimiento al arquitecto Balbino Marrón que, 17 años después, también firma su derribo definitivo.
Sin puertas ni murallas que llevarse por delante, la piqueta se centra ahora en las 5 calles que conformaban lo que hoy es la Avenida. Y es que los 3 primeros decenios del siglo pasado son prolíficos en el arte del derribo en todo este sector al estar el gobierno local espoleado por las urgencias urbanísticas de la Exposición Iberoamericana de 1929.
En 1911 se amplía la calle de los Genoveses hasta enrasarla con la calle de las Gradas. Alcanza de esta forma la amplitud que hoy día conocemos y de paso, se construyen dos de los edificios mas bellos y representativos de la zona que conforman este “umbral” de la Avenida: el Banco de España y el edificio de la Adriática.
El umbral norte de la Avenida:
Banco de España y edificio de La Adriática
El primero se levanta sobre el solar que antiguamente ocupó la Casa de los Genoveses y fue construido entre 1918 y 1928. En la misma época, entre 1914 y 1922 se construía la sede de la compañía de Seguros La Adriática, que sin duda es una de los construcciones mas bellas y curiosas de la ciudad, tanto por su mezcla de estilos arquitectónicos como por su particular esquina cilíndrica. Y, por supuesto, por los dulces de Filella, faltaría mas….
Se estaba acabando el Banco de España cuando empieza en 1927 el derribo de otro de los edificios que habían sido hasta entonces emblema de la zona: el Colegio de Santo Tomás.
Bien es cierto que el edificio ya no albergaba el antiguo Colegio desde hacía bastantes años, perteneciendo al Ramo de la Guerra desde el siglo XIX (había sido cambiado al Arzobispado por el exconvento de la Trinidad), siendo sucesivamente fábrica de fusiles y Capitanía General, hasta su cesión definitiva al Ayuntamiento, que procedió a su demolición.
Se lograba la ansiada continuidad desde el Ayuntamiento a costa de este edificio y de las casas aledañas, construyéndose la Sede Central de Correos, que se encargaría de alinear la Avenida de novísimo cuño con la antigua calle Gradas y de traer a Sevilla algunos destellos del Art Decó, estilo arquitectónico estrella en la Europa de la época.
La antigua calle de la Lonja se englobaba dentro de la nueva Avenida y en su lugar se creaba un bello jardín a base de arriates alrededor de una fuente central que afortunadamente aún podemos disfrutar frente al Archivo de Indias, aunque suela pasar bastante desapercibido.
Espacio por donde discurriría la antigua calle de la Lonja
De esta forma se conseguía por fin abrir esa Gran Vía que tanto demandaba la Sevilla de la Exposición Iberoamericana, ya que el otro escollo que taponaba la salida en línea recta hacia la Puerta de Jerez, el Colegio-Universidad de Santa María de Jesús, había sido demolido en los primeros años 20, sobreviviendo únicamente tal y como se comentó en la anterior entrada la pequeña capilla.
La calle que se abrió dividiendo en dos partes la manzana que ocupaba la antigua Universidad (y que curiosamente aparece en el plano de Poley y Poley de 1910 rotulada como “en construcción”, se llamó durante unos años Avenida de la Reina Mercedes, dato curioso ya que en la actualidad una de las zonas universitarias mas importantes de la ciudad tiene el mismo nombre.

El antiguo Teatro Coliseo
Ya en el tramo final de esta nueva Avenida, en la Puerta de Jerez, dos grandes palacios hacían su función de “umbral” meridional de la nueva vía sevillana, escoltando la fuente que esculpiera en 1929 Manuel Delgado Brackenburi representando una nereida elevada por 11 niños, los conocidos “meones”.
Estos palacios son el de Yanduri, construido en 1904 y que tiene la peculiaridad de ser uno de los escasos ejemplos del racionalismo francés en la arquitectura sevillana; y la Casa-Palacio de los Guardiola, obra regionalista de finales del siglo XIX.
Se conformaba prácticamente la Avenida que hoy día conocemos, y destaco prácticamente porque en los cerca de 80 años que han pasado desde que se abriera definitivamente la nueva Gran Vía sevillana no son pocos los cambios que se han producido en la misma.
Así, siguiendo el punto de vista edilicio, en los 50 Vicente Traver construía junto al Banco de España la sede del Banco Central mientras que en 1967 caía definitivamente uno de los pocos vestigios del pasado medieval de la zona, el Colegio de San Miguel, que se encontraba en un estado pésimo de conservación (era prácticamente un corral de vecinos) y donde, ya en los primeros años 70, se levantó la espléndida Plaza del Cabildo, uno de los rincones mas bellos de la ciudad.
Llegamos de esta forma a nuestros días con una calle amplia (en algunos tramos llega a tener mas anchura que la mayoría de las plazas de la ciudad) y cómoda que hace realidad las viejas aspiraciones hispalenses de tener esa Gran Vía que comunicara el corazón de la ciudad con la zona de la Puerta de Jerez.
Desde un análisis personal, dos son los grandes problemas que en mi opinión tiene la Avenida; el primero de ellos es su propia historia enfocada desde el punto de vista de la condición que ha adquirido a lo largo de los siglos de ser el escaparate sevillano donde se ponen en práctica las últimas tendencias y “modas” urbanas; de esta forma, si en la Edad Media fueron los palacios musulmanes y mas tarde los edificios destinados a apoyar el comercio con América y a la enseñanza, hoy, en la época de la conciencia medioambiental y ecológica, tenemos una calle peatonal en la que conviven otros medios de transporte como las bicicletas o un tranvía eléctrico, el Metrocentro.
Parada del Metrocentro frente a la sede de Correos
Pero claro, esto tiene un problema y es que nunca se termina de alcanzar una imagen y forma definitiva, una estabilidad: de los dos carros que podían pasar bajo el Arquillo de San Miguel al Metrocentro hemos visto en 250 años tranvías tracción animal, de vapor, coches, autobuses, un proyecto de metro subterráneo e incluso otro mediante cintas transportadoras: nunca termina de enraizarse un sistema que se compenetre definitivamente con la misma Avenida ; porque si hay algo claro es que los poco mas de un mil metros de Metrocentro que tenemos hoy día son absolutamente prescindibles.
Afortunadamente la época de la piqueta ha quedado (al menos oficialmente) atrás y a priori es impensable abrir nuevos ejes que comuniquen la Plaza Nueva con otras zonas céntricas como la Encarnación o el Duque. De esta forma la única dirección que puede tomar el Metrocentro es bordeando el Casco Histórico, de la misma forma que sucede, por ejemplo, en Bilbao, donde funciona perfectamente este sistema que, por otro lado, no considero tan descabellado para esta zona.
Y es que siendo infinitamente mejor que autobuses y coches, un suburbano enterrado me presenta una serie de reparos sobre todo relacionados con temas técnicos; a tenor de lo sucedido en República Argentina con el túnel de la Línea 1 o por ejemplo hace unos años en el Carmelo de Barcelona (y estamos hablando de edificios modernos con cimentación y estructura conocidas) lo mismo no es aconsejable pasar un túnel a los pies de la Catedral por una zona que, recordemos, fue hace siglos un brazo del río. Eso sí, hablo sin conocimiento de causa y sólo son suposiciones.
La realidad es que detrás de todo esto hay una inversión importante y sólo un proyecto de buenas intenciones para ampliar la cobertura del Metrocentro, el cual me temo que a no ser que su trayecto se alargue y gane peso específico en la ciudad, tendrá poco futuro porque, ¿quién no dice que dentro de 20 años lo “último” sea volver a poner paradas de autobuses en las gradas de la Catedral?
El segundo aspecto que destacaría es el peso de la propia historia de la Avenida y su entorno frente a todos estos cambios y transformaciones.
Aunque desgraciadamente no siempre ha sido así, en la actualidad junto a monumentos como la Catedral, el Archivo de Indias o el mismo Coliseo no se puede poner cualquier cosa, o eso se supone. Catenarias, vagones con publicidad, veladores, incluso los dichosos y por desgracia tradicionales excrementos de caballos no son mas que parches que desvirtúan la monumentalidad y belleza del entorno, ninguneando en muchas ocasiones la historia del mismo.
Quizás en este aspecto sea demasiado drástico, ya que si por mi fuera incluso quitaría los árboles (no los talaría, como se hizo con los naranjos previa peatonalización) ya que muchas veces impiden que un lugar o edificio pueda verse en su totalidad. El ejemplo lo tenemos en el inmenso platanero (único superviviente por cierto de la vieja Plaza de Santo Tomás) que no permite que pueda ser apreciada en su totalidad la fachada del Coliseo. Pero claro, también es verdad que estamos en Sevilla y, en pleno mes de Agosto, una sombra tampoco viene mal.
Termino así esta serie de entradas sobre la Avenida de la Constitución. A pesar de todos los lugares y edificios que se han perdido a lo largo de estos siglos, de los problemas que se presentan en la actualidad y, mas importante aún, de los que quedan pendientes por resolver para un futuro a corto-medio plazo, al menos siempre nos quedará la tranquilidad de que ya sea andando, en autobús, en tranvía o en avión, cuando estemos mas o menos a mitad de camino entre la Puerta de Jerez y la Plaza de San Francisco tendremos a nuestro lado uno de los mayores símbolos de la Sevilla Eterna. Que no es poco…