15 de septiembre de 2026

Cuando Sevilla quiso atravesar Santa Cruz con una gran avenida

Durante décadas, distintos proyectos urbanísticos plantearon abrir grandes ejes viarios atravesando el corazón del barrio de Santa Cruz. Algunos trazados llegaron a afectar calles que hoy consideramos inseparables de la imagen de Sevilla.

Hoy vamos a hablar de una Sevilla que, gracias por una vez a algo tan típicamente nuestro como es la eternización de los trámites municipales, nunca llegó a ser… aunque estuvo dibujada, presupuestada y aprobada varias veces.

Porque se pueden tener opiniones encontradas sobre si hacía falta un puerto de lujo en Los Remedios, se puede discutir si era buena idea hacer una plaza abierta donde hoy se encuentra el Cabildo con un estanque que reflejara la Catedral como si estuviéramos en Venecia, e incluso puede parecernos mal que se ensanchara la angosta calle Génova para convertirla en la Avenida de la Constitución.

Pero en lo que seguro que habría un consenso tan unánime como aplastante es en que destrozar el barrio de Santa Cruz para meter una avenida por medio habría sido una barbaridad de dimensiones bíblicas.

Pues bien: durante casi un siglo, varios señores con bigote y plano bajo el brazo le estuvieron dando vueltas a la idea... y por poco lo consiguen.

Por suerte, en Sevilla rige una ley urbanística no escrita pero infalible: lo que se proyecta casi nunca se ejecuta, y esta vez esa desidia histórica nos vino de perlas.

Así pues, hoy podemos perdernos por Rodrigo Caro, mirar hacia el Mesón del Moro, girar por Santa Teresa, asomarnos a Doña Elvira y acabar en la plaza que le da nombre al barrio, sin sospechar que durante décadas hubo planos oficiales que pretendían abrir ahí mismo una gran avenida con cuatro carriles

La receta urbanística de la época era de una sencillez que hoy nos parecería de dibujos animados: si una calle era estrecha, se ensanchaba; si una manzana molestaba, se tiraba; y si un barrio entero se interponía en el camino del progreso... bueno, para eso estaban los planos.

Calle Lope de Rueda a principios del siglo XX.
Un señor en un burrito da la razón a los que decían
que por el barrio de Santa Cruz no cabían los coches

Cuando las calles estrechas se convirtieron en el enemigo público número uno

En la segunda mitad del siglo XIX se puso de moda en Europa una idea maravillosa: las calles tortuosas eran insalubres, el casco histórico olía mal y las grandes avenidas eran sinónimo de progreso, higiene y modernidad. París, Barcelona o Viena vieron su corazón medieval arrasado para hacer maravillosas y amplias avenidas, calles en cuadrículas, bulevares o lo que se terciara.

Sevilla, como también quería ser moderna, se apuntó al invento. La demolición de las murallas —iniciada antes de 1868 y acelerada después de la Revolución— abrió la veda para una ciudad que quería crecer, comunicarse mejor y no perder el tren de las grandes capitales europeas.

Y claro, apareció el problema: si había un barrio alejado de todo lo que se proponía alegremente desde los rincones más chic de Europa, ese era el de Santa Cruz.

Un barrio hecho precisamente de todo lo que la nueva mentalidad urbanística consideraba sospechoso: callejuelas, recodos, patios, una trama que se negaba en redondo a comportarse como una cuadrícula. Es decir: todo lo que hoy pagamos religiosamente para fotografiar, entonces estaba mal.

1895: un arquitecto municipal dibuja la Sevilla que casi nos quita el Airbnb

El pistoletazo de salida para “europeizar” Santa Cruz lo da el arquitecto municipal José Sáez y López en 1895, elaborando el Proyecto General de Reformas de Sevilla que se basa, ni más ni menos, que en una legislación de ámbito estatal: la Ley sobre mejora, saneamiento y reforma o ensanche interior de las grandes poblaciones. Es decir, destrozar el pasado de las ciudades se había convertido poco menos que en una cuestión de Estado.

Sáez y López no se complica mucho, la verdad, y sobre un plano de Sevilla elaborado en 1890 por Juan Talavera y de la Vega, coge pintura roja y traza calles, ensanches y, por supuesto, demoliciones, atravesando las calles del centro como un cuchillo en mantequilla.

Proyecto General de Reformas de Sevilla, elaborado
en 1895 por Sáez y López

Que sí, que era bastante “cutre”, la verdad, pero la intención era lo que contaba y, en esa intención, nuestro barrio de Santa Cruz se erige en protagonista.

Nada de arreglar cuatro baches: la idea era reorganizar la circulación y abrir nuevos ejes a través de la ciudad histórica. Y Santa Cruz, cómo no, entraba de lleno en ese plan.

Entre los trazados que se manejaron:

       Eje principal: Plaza de la Virgen de los Reyes → Mateos Gago → Mesón del Moro → Santa Teresa → plaza de Santa Cruz → Huerta del Retiro.

       Segundo eje: Rodrigo Caro → Alianza → Doña Elvira → Susona → Huerta del Retiro.

Traducido del urbanismo al español corriente: se pretendía abrir una autopista de la época atravesando el corazón del barrio. No estamos hablando de "arreglar una alineación". Estamos hablando de partir Santa Cruz en canal.

Superposición de la Avenida proyectada por
Sáez y López en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

1902: dos avenidas para arreglar un barrio que nadie había pedido arreglar

Pero no tuvo éxito el plan del señor Sáez, aunque sí debió tenerlo la idea, ya que en 1902 Manuel Fernández Peña presentó su propia versión del despropósito: dos grandes vías que se comían, entre otros, el Mesón del Moro, Santa Teresa, Doña Elvira, Susona y la propia plaza de Santa Cruz.

Es decir: los sitios que hoy llamamos "encantadores rincones" y que aparecen en el 90% de los posados de Instagram de la ciudad, en 1902 eran, para algún técnico municipal, simplemente "un problema de circulación".

Superposición de las dos Vías proyectadas por
Fernández Peña en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

1903: la gran vía ya tiene nombre (y es tan sutil como un ladrillazo)

Tampoco llega ese plan a nada, pero los higienistas europeizantes solo tardan un año en volver a la carga: en 1903 aparece en la documentación municipal una denominación que es imposible de mejorar: "Construcción de una Gran Vía sobre el Barrio de Santa Cruz". Autoría: Manuel Martínez Ángel. Y ojo que no estaba solo…  por ahí andaba también Aníbal González con alguna que otra propuesta de cosecha propia.

Como vemos, demoler el corazón de Santa Cruz no fue un proyecto aislado ni una ocurrencia de un funcionario con un mal día… fue una sucesión de propuestas, año tras año, compartiendo la misma obsesión: modernizar el casco a base de aperturas viarias, sin que a nadie pareciera importarle demasiado lo que se llevaban por delante.

Superposición de los ensanches proyectados por
Martínez Ángel en el actual viario
del barrio de Santa Cruz

Y entonces llegó Vega-Inclán a salvar la función

Curiosamente la película cambia cuando llega un señor de Valladolid de nombre Benigno, de título marqués de la Vega-Inclán y de profesión Comisario Regio de Turismo, que tuvo una idea que hoy nos parece de cajón pero que en su momento fue revolucionaria: no había que abrir el barrio, había que venderlo.

Entre 1912 y 1920, con la participación decisiva del arquitecto Juan Talavera y Heredia (hijo del Juan Talavera sobre cuyo plano había trazado líneas Sáez y López años atrás), se transformó Santa Cruz de arriba abajo: plazas, jardines, pavimentos, fuentes, azulejos, fachadas. 

Quede claro que no lo conservaron tal cual estaba. sino que lo reinventaron a conciencia. Pero en lugar de destruir la trama histórica para meter una avenida, decidieron usar esa misma trama como reclamo.

Adoquinado de la plaza de la Alianza.
Fuente: Fototeca Municipal

Lo que antes era un laberinto incómodo pasó a ser un laberinto pintoresco. La calle estrecha dejó de ser una tara urbanística y se convirtió en "entramado histórico". La plaza minúscula dejó de ser insuficiente y pasó a ser "encantadora". Básicamente, el primer gran ejercicio de marketing territorial de la historia de Sevilla, cien años antes de que nadie hablara de "storytelling".

La avenida nunca llegó (pero la piqueta tampoco se jubiló)

La gran vía que iba a partir el barrio nunca se construyó. Pero que no cunda el pánico romántico: Sevilla no dejó de ensanchar calles porque de repente le entrara un ataque de sensibilidad patrimonial. Mateos Gago, sin ir más lejos, sí fue reformada y ensanchada, en el proceso previo a la Exposición Iberoamericana, con la reforma situada en 1923.

Incluso décadas más tarde se eliminó toda una manzana de viviendas, entre ellas la pintoresca Casa Linares, para abrir la calle Joaquín Romero Murube.

No hubo milagro: hubo cirugía. Lo que cambió es que, esta vez, no se llevaron el barrio entero por delante.

Casa Linares, demolida para abrir la calle Joaquín Romero Murube
Fuente: Fototeca Municipal

Las calles que Santa Cruz se libró de perder

Así que, estimado lector, la próxima vez que pasees por el barrio, prueba este ejercicio: camina imaginando que los proyectos hubieran salido adelante.

       Mateos Gago, convertida en gran eje de acceso.

       Mesón del Moro, incluida en uno de los trazados de gran apertura.

       Santa Teresa, otra pieza del itinerario de la futura gran vía.

       Plaza de Santa Cruz, una de las zonas más comprometidas.

       Rodrigo Caro y Alianza, integradas en el segundo eje.

       Doña Elvira y Susona, amenazadas por ese mismo segundo eje.

      Huerta del Retiro y Catalina de Ribera, el gran nudo de conexión con la    Ronda.

No todas estas calles aparecían afectadas por igual en cada proyecto —fueron sucesivas propuestas, no un plano único y definitivo—, pero conviene decirlo con claridad: la historia real ya es lo bastante espectacular como para necesitar que se la adorne.

1929 y el urbanista que no se resigna

Y llegó la Exposición Iberoamericana de 1929 y, como siempre de Expo en Expo, se aceleró la transformación de Sevilla: ensanches, demoliciones, avenidas y nuevos barrios.

La gran avenida por Santa Cruz, otra vez, no llegó y además empezaba a quedar bastante lejana. ¿Problema resuelto? Ni de lejos. Durante las décadas siguientes, la reforma interior del casco histórico siguió siendo un tema recurrente en los despachos municipales.

En 1946 se aprobó un nuevo Plan General y la pregunta seguía siendo la misma de siempre: ¿cómo se moderniza una ciudad sin cargarse su propia historia? Pregunta sencilla, respuesta complicada — sobre todo cuando hay un coche esperando para aparcar donde antes había un patio.

La plaza de la Virgen de los Reyes
convertida en un parking en superficie
Fuente: Fototeca Municipal 

1963-1968: el urbanismo sube de escala (y el patrimonio, por fin, saca la placa oficial)

En 1963 Sevilla aprobó un nuevo Plan General de Ordenación Urbana, con Pablo Arias al frente de la oficina técnica y una amplitud de miras que hasta entonces no se había tenido.

Y, esta vez sí, los nuevos barrios desviaron la atención, porque ya no se trataba solo de abrir una calle: había que ordenar una ciudad entera que empezaba a mirar hacia la periferia, y en vez de abrir una avenida en el barrio de Santa Cruz, era más necesario organizar las calles de la barriada de Pío XII.

Para apostillarlo, hay una fecha que conviene subrayar en rojo: 1964. Ese año, mediante el Decreto 2803/1964, de 27 de agosto, Sevilla recibió la declaración histórico-artística sobre importantes áreas de la ciudad, y a partir de ese momento el casco antiguo tuvo por fin un papel oficial que ponía trabas legales a las grandes demoliciones.

Cuatro años después, en 1968, llegó el PRICA (Proyecto de Reforma Interior y Plan Especial del Casco Antiguo) y la idea de demoler Santa Cruz se fue diluyendo cada vez más, hasta desaparecer, aunque conviene reseñar que en esa época aún la reforma y conservación se llevaban a patadas.

La gran paradoja: Santa Cruz no sobrevivió porque nadie lo tocara

Y aquí está la parte que de verdad importa.

El barrio de Santa Cruz no sobrevivió porque Sevilla dejara de querer modernizarse: se siguieron ensanchando calles, abriendo avenidas, adaptándose al tráfico como el resto de la ciudad. 

Tampoco sobrevivió porque nadie lo tocara: lo tocaron, y bastante.

Calle Mateos Gago en el siglo XIX
Imagen de Lucien Levy
Fuente: Fototeca Municipal

Lo que cambió fue la forma de valorarlo. Lo que antes era un obstáculo empezó a llamarse patrimonio, lo que antes era una calle incómoda empezó a venderse como "encanto sevillano" y lo que un siglo atrás era un muro insalvable a los planes de circulación terminó siendo una de las máquinas de hacer caja más rentables de la ciudad.

La misma casa que en 1903 estorbaba, hoy tiene un bar que cobra ocho euros por una tapa de tres bocados y una tienda que vende delantales de lunares. Eso sí que es adaptarse a los tiempos.

Santa Cruz nunca estaba destinado a ser una postal

Y esta es, quizá, la gran lección: el barrio de Santa Cruz que paseamos hoy no es un fragmento medieval que ha sobrevivido intacto por casualidad: es el resultado de un pulso de más de un siglo entre dos maneras de entender la ciudad —una que quería abrir, otra que quería conservar— del que finalmente salió ganadora una tercera vía: transformar sin arrasar.

Vega-Inclán y Talavera fueron decisivos en ese giro. La protección de 1964 le dio respaldo legal. Y los sucesivos planes urbanísticos fueron desplazando el centro del debate hacia la conservación del conjunto.

Así que la próxima vez que pasees por Santa Cruz...

Cuando bajes por Mateos Gago, piensa que pudo ser el doble de ancha. Cuando llegues al Mesón del Moro, recuerda que estuvo marcado para una gran apertura. Cuando cruces Santa Teresa, imagina una avenida moderna donde hoy hay adoquines. Cuando aparezcas en Doña Elvira, piensa que también estaba en el camino del "progreso". Y cuando llegues a la plaza de Santa Cruz, mira alrededor.

Porque todo esto pudo haber sido radicalmente distinto. Podríamos estar hoy sentados en la terraza de una avenida de seis carriles, rodeados de coches, semáforos, pasos de peatones y un panel municipal explicando que aquello fue una "necesaria actuación de mejora de la movilidad".

En cambio, tenemos Santa Cruz: con sus turistas, sus azulejos, sus patios, sus callejas imposibles de encontrar en Google Maps, sus terrazas con carta en cinco idiomas y sus demasiadas —demasiadísimas— tiendas de imanes y abanicos made in algún sitio que no es Sevilla.

Pero también tenemos, debajo de todo eso, la trama urbana que estuvo a un cabildo municipal de desaparecer.

Santa Cruz no sobrevivió porque Sevilla dejara de querer modernizarse: sobrevivió porque, poco a poco, Sevilla empezó a descubrir que algunas cosas que estorbaban en un plano podían valer muchísimo más cuando seguían en pie.

Eso sí: después descubrimos que conservar el patrimonio también podía ser un negocio....y en Sevilla, cuando algo puede ser un negocio, tampoco se tarda demasiado en descubrirlo.


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