1 de octubre de 2026

Hielotrón: la pista de hielo futurista que tuvo Sevilla

En 1976 se inauguró en Sevilla un edificio tan espectacular que incluso hoy día nos sigue pareciendo insólito: Hielotrón, una enorme pista de hielo permanente cubierta por gigantescas cúpulas hinchables.

Diseñado por José Miguel de Prada Poole y levantado junto a la carretera de Utrera, en Montequinto, convirtió durante casi dos años la periferia sevillana en uno de los espacios de ocio más insólitos de España. 

Patinaje, cine, baile, espectáculos, competiciones... todo parecía tener cabida en ese "país mágico de hielo" hasta que el 24 de febrero de 1978 el viento se lo llevó...

Vista aérea de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

¿Qué era Hielotrón y dónde estaba?

Corría el año 1976, en plena vorágine de la Transición, cuando a alguien se le ocurrió hacer una pista de hielo con aires de nave espacial junto a la carretera de Utrera.

No un cuartito con máquina de frío, no: todo un complejo de cúpulas hinchables con pistas de karts, picaderos de caballos, parque de atracciones y aparcamientos que parecía sacada de una película de ciencia-ficción.

El problema es que, no quiero crearles expectativas, parafraseando a don Joaquín Sabina, duró lo que duran dos peces de hielo en un wisky on the rock… 

En la madrugada del 24 de febrero de 1978 el viento acabó con el sueño, pero no con su memoria: sin ir más lejos, casi cincuenta años después el planeamiento urbanístico de Dos Hermanas continúa identificando el ámbito como sector SNQ-1 “Hielotrón”.

Maqueta de Hielotrón

El contexto: Sevilla, del tablao a la pista de baile

Hasta bien entrados los sesenta la noche sevillana era cosa de salas de fiesta con orquesta, tablaos flamencos y verbenas de barrio con sus concursos de portales engalanados.

Lo de "discoteca" —eso de pinchar vinilos en vez de pagar a una orquesta— llegó con su retraso reglamentario y se asentó ya en los primeros setenta, cuando abrieron locales como el Alazán en 1975, la Ravei's en la Barriada de Begoña o el Club Holiday en Jesús del Gran Poder, el mismo que hoy sigue en pie presumiendo orgullosamente, y con razón, de su aire añejo setentero.

Y entonces, en medio de ese paisaje discreto, aterrizó Hielotrón para cambiarlo todo: una pista espacial sobre hielo con aparcamiento propio, autobuses fletados y ambición de parque temático. 

Por qué a alguien se le ocurrió meter hielo en Sevilla

A las afueras de Sevilla, cerca de la zona de Montequinto, término municipal de Dos Hermanas y muy cerca de la actual Universidad Pablo de Olavide, se posó (casi literalmente) uno de los edificios más vanguardistas y revolucionarios que se recuerdan.

La idea, vista con la perspectiva del tiempo, tiene su lógica torcida: si Sevilla tiene veranos insoportables, dele usted a los sevillanos algo para combatir la calor todo el año.

Al sevillano siempre le ha fascinado el hielo. Desde los arrieros que siglos atrás lo traían en mulas desde Constantina hasta el iceberg que plantaron en el Pabellón de Chile durante la Expo 92, todo lo que esté relacionado con el agua en estado sólido a menos de 0º es aquí sinónimo de éxito. 

Así que una pista de hielo reglamentaria, permanente, la primera de toda Andalucía, envuelta en un centro de ocio integral que funcionara los doce meses sin depender del sol tendría que funcionar sola.

Encima, para no tener que levantar un pabellón de hormigón carísimo, se optó por algo mucho más barato, rápido y —para qué negarlo— espectacular: cúpulas hinchables. Vanguardia pura.

Lo que nadie calculó del todo bien es que Sevilla, además de calor, también tiene sus rachas de viento...

Accesos de Hielotrón.
Fuente: Domus, número 563. Octubre de 1976

La pista de hielo futurista de José Miguel de Prada Poole

Detrás de todo aquello estaba José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938 – Madrid, 2021), catedrático madrileño y padre indiscutible de la arquitectura neumática en España, con un currículum de estructuras hinchables que empezó a finales de los sesenta —la Cúpula Hinchable de Alcúdia, la Ciudad Instantánea, el recinto neumático de Pamplona— y que años más tarde firmaría también en Sevilla el Palenque de la Expo 92.

Al Hielotrón lo llamaba, sin rubor alguno, "arquitectura sensorial", y no exageraba para nada; sin ir más lejos, el proyecto de la pista de hielo obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1975 antes incluso de abrir sus puertas..

Un genio, sin duda. Un genio que confiaba, además, ciegamente en sus propios cálculos de viento.

Vista aérea de la Ciudad Instantánea,
construida por Prada Poole en Ibiza, 1971

Así era Hielotrón

El sistema constructivo era tan simple como audaz: cimentación y salas de máquinas en hormigón armado bajo el suelo, y en superficie lonas de fibra sintética hinchadas mediante un sistema de presiones de aire que sostenía las cúpulas sin necesidad de un solo pilar interior.

No es de extrañar por tanto que cuando complejo abrió sus puertas los primeros visitantes quedaran estupefactos al ver una inmensa pista central de patinaje con varias pistas menores unidas por pasillos, cada una bajo su propia cúpula textil, más un hall de entrada, vestuarios, cafeterías, zonas de descanso, salón de juegos y guardería —para que ni los más pequeños se libraran del milagro moderno—, todo ello decorado con proyecciones de imágenes sobre el interior de las cúpulas.

Fuera les había recibido un aparcamiento kilométrico, un picadero de caballos para dar paseos nocturnos por los olivares cercanos, una pista de karts y hasta un parque de atracciones.

Si la idea era genial, el complejo no le andaba a la zaga: Hielotrón era el futuro y, lo mejor de todo.. el futuro ya había llegado.

Plano planta de Hielotrón.
Fuente: La casa de la Arquitectura

Mucho más que una pista de hielo: cine, baile y conciertos

Porque Hielotrón no era solo una pista de hielo, sino una especie de instalación futurista, máquina de ocio y “nave espacial” plantada junto a la carretera de Utrera.

En su brevísima existencia acogió espectáculos de patinaje, cine, conciertos, galas benéficas, campeonatos de judo y hasta competiciones de motocross, todo bajo el mismo techo de aire.

El exterior tampoco era poca cosa: pistas de karts, circuito de motocross, escuela de equitación… todo un parque temático de hoy en día en la Sevilla de hace 50 años.

En Hielotrón nació el primer equipo de hockey sobre hielo de la ciudad, el Club Hielo Sevilla, fundado en abril de 1976, que llegó nada menos que a jugar la liga nacional. 

En sus gélidas pistas un día tocaban los mismísimos Triana y horas después se proyectaba el estreno cinematográfico del momento, para acabar bailando hasta la madrugada con música de Barry White y Las Grecas.

Perspectiva de Hielotrón desde los aparcamientos.

¿Cuánto costaba entrar en Hielotrón?

Para colmo, todo a unos precios supercompetitivos: usted podía entrar, patinar, ver cine y bailar por tan solo 100 pesetas, 60 para los niños, cuando un partido de fútbol salía por unas 300 pesetas.

Entre precios populares, pista de hielo, música, bar y espectáculos, aquello funcionaba de facto como la discoteca más grande, más loca y más improbable que Sevilla haya tenido jamás. Y eso que solo estuvo dos inviernos.

Un “país mágico de hielo” que cuando se inauguró en abril de 1976 fue tal fenómeno de masas que desbordó todas las previsiones: hubo que multiplicar el número de cajeras y fletar autobuses exclusivamente para transportar a las riadas de público desde el Prado hasta el recinto, como si fuera una romería con patines.

Pista principal de patinaje de Hielotrón

24 de febrero de 1978: Hielotrón, lo que el viento se llevó...

Pero una aciaga noche de Febrero un fuerte temporal con terribles rachas de viento —de esas que en Sevilla llegan sin avisar dejando a su paso árboles caídos y el mobiliario urbano hecho un cromo— rasgó las cúpulas, provocando el colapso de la cubierta principal y toda la estructura neumática.

El propio Prada Poole aseguró, con el orgullo intacto en pleno naufragio, que no había en Europa una estructura con mecanismos de seguridad tan completos como los de Hielotrón, calculada para resistir vientos de entre 100 y 150 km/h, cuando aquella madrugada apenas se registraron 67.

El ABC del día siguiente describió el paisaje, sin piedad periodística, como un caos de lonas derruidas y estructuras metálicas desnudas y, como era de esperar, hubo rumores de que problemas de viabilidad económica habrían tenido algo que ver con el desplome, aunque nunca se confirmó nada: lo cierto es que Hielotrón había volado.

Días después se reinflaron las cúpulas menores y la pista quedó al aire bajo la gran cúpula central, sin inflar; el 20 de marzo se anunció que Hielotrón reabriría al aire libre para recaudar fondos y levantar de nuevo esa cúpula grande.

Pero el dinero, como casi siempre, no llegó: la cúpula central jamás volvió a levantarse y el sueño de la pista de hielo permanente se apagó para siempre después de apenas veinticuatro meses de vida.

Ruinas de Hielotrón en la actualidad

La zona hoy: de discoteca de hielo a polígono industrial

Abandonado definitivamente, las ruinas de Hielotrón quedaron en los márgenes de lo que hoy es el polígono industrial de Fuentequintillo, en el actual Montequinto.

Entre naves industriales, el canal del Bajo Guadalquivir y el avance imparable del urbanismo de la zona, esos restos son casi lo único físico que queda de uno de los proyectos de ocio más disparatados, más queridos y más breves que ha tenido esta ciudad.

No en vano Sevilla guarda su recuerdo donde mejor sabe hacerlo: en la memoria de quien estuvo allí, y en un puñado de fotos borrosas que corren por internet.

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