30 de agosto de 2026

Marina de Sevilla: el puerto de lujo que Ricardo Bofill quiso construir en el Guadalquivir


Hay ciudades que, cuando tienen delante una oportunidad, la agarran con las dos manos.... y hay otras que prefieren mirarla pasar, discutirla durante años y, finalmente, dejarla escapar. 

Como decíamos ayer.... Sevilla pertenece demasiadas veces a este segundo grupo.

Corrían los años 80 y la ciudad vivía la locura previa a la Exposición Universal de 1992. De repente, tras siglos dándole la espalda al Guadalquivir —porque total, para qué querías un río si tenías el Betis y el Sevilla para pelearte los domingos—, alguien en el Ayuntamiento tuvo una idea revolucionaria: “oye, ¿y si recuperamos el río?”.

Y ojo, que por una vez parecía la cosa iba en serio. 

Se eliminó el famoso Tapón de Chapina, ese estrangulamiento urbanístico que llevaba décadas asfixiando la circulación del agua y del tráfico a partes iguales. 

Se incorporó la Isla de la Cartuja a la trama de la ciudad, se levantaron puentes nuevos —el de la Barqueta, el Alamillo, el de la Cartuja, el del Cristo de la Expiración— como si Sevilla hubiera descubierto de golpe que un río se cruza y no solo se contempla desde la orilla con una caña. 

Fue, hay que decirlo sin sarcasmo por una vez, uno de los pocos momentos de la historia reciente en que esta ciudad pensó a lo grande y lo ejecutó.

Ese impulso, esa fe pasajera en el futuro, es el contexto en el que nace nuestra protagonista de hoy, porque si el río se iba a abrir a la ciudad, ¿por qué no abrir también Los Remedios al río? 

Y entonces apareció sobre la mesa una propuesta que hoy resulta casi fantástica: Marina de Sevilla, un proyecto que convertiría parte del frente del río en una gran marina de carácter residencial y turístico, vinculada al Guadalquivir y firmada por uno de los arquitectos españoles más reconocidos internacionalmente, Ricardo Bofill.

No era una ocurrencia menor. Era una manera de mirar al río y preguntarse qué podía ser Sevilla si dejaba de darle la espalda.
Y, naturalmente, no se hizo.


Perspectiva idealizada del proyecto Marina de Sevilla

Una Sevilla mirando al agua
Marina de Sevilla planteaba una transformación profunda del entorno fluvial: una gran operación urbana vinculada al agua, con espacios residenciales, instalaciones náuticas, zonas comerciales y de ocio, y una arquitectura de cierta monumentalidad.
La cuestión importante no era solo lo que se quería construir, sino la relación que se proponía entre Sevilla y su río.

La idea original estaba capitaneada por el empresario Manuel Prado y Colón de Carvajal y planteaba un puerto deportivo en el antiguo cauce de Los Gordales, en los terrenos que hoy ocupan los clubes Náutico y Mercantil. 

Un Puerto Banús a la sevillana, con perdón de Marbella

La propuesta incluía tiendas, un hotel de lujo, un palacio de exposiciones y conciertos, muelle privado para cruceros y —el detalle que a mí, personalmente, me rompe el corazón— usaría el viejo puente de Alfonso XIII, el puente dehierro, hoy abandonado y apedreado por el tiempo y el vandalismo, para unir los dos brazos de la marina.

Todo muy bonito, muy novedoso, muy moderno, muy... pero no se dio ningún paso más.... hasta 1989.

Y es que cuando el proyecto ya languidecía en ese limbo donde van a morir la mitad de las ideas sevillanas, alguien tuvo la ocurrencia de llamar a Ricardo Bofill para resucitarlo. Y aquí es donde la historia deja de ser un simple pelotazo inmobiliario y se convierte en tragedia con nombre propio.

Bofill y Sevilla: un amor de esos que no te devuelven las llamadas

Ricardo Bofill adoraba Sevilla, tanto que la ponía a la altura de Florencia, su otra ciudad fetiche. 

Y Sevilla, agradecida como es tantas veces con quien la quiere, sin ir más lejos lo hemos visto hace pocos días con Juan Lebrón, le correspondió con una simpática colección de portazos.  

Primero le iban a nombrar comisario general de la Expo 92.... se filtró, se anunció casi oficialmente, hasta el alcalde entregó la bandera de la Exposición con él en mente... pero el nombramiento se disolvió como un azucarillo. 

El puesto acabó en manos de un profesor de Felipe González nacido en Ceuta. Simbólico.

Como gesto de desagravio, el alcalde Manuel del Valle le encargó en 1988 la ordenación de las márgenes del río entre los puentes de Triana y las Delicias. Bofill habló de “reto histórico”, de “proyecto apasionante”. No se hizo tampoco.

Y entonces llega Marina de Sevilla, su tercer intento de dejar una huella en esta ciudad que tanto decía querer. En su cabeza, aquello iba a ser un complejo a la altura del Hotel Alfonso XIII, con un hotel de cinco estrellas que se iba a llamar Juan Carlos I y una inversión de 6.000 millones de las antiguas pesetas. Iba a crear 500 empleos estables. Iba a ser, en fin, una declaración de intenciones sobre lo que Sevilla podía llegar a ser si se lo proponía.

Pero se diluyó: sin ruido, sin polémica final, sin un titular de cierre. Simplemente, un día dejamos de hablar de ello. Así, a la sevillana: ni sí ni no, sino todo lo contrario, hasta que el silencio hace el trabajo sucio por ti.

Por si les faltaba ironía a los hados de Bofill con esta ciudad, años después, ya en 2000, le encargarían el rediseño de Puerto Triana, en el acceso oeste a la Cartuja. 

Otra vez entusiasmo, otra vez torrente de ideas... pero cometió un pecado: proponer una torre de ¡80 metros!.

Semejante locura era inviable y, por supuesto, fue vetada por "impacto visual" y enterrada en el cajón de las ideas locas y sinsentido...   

Seis años después, en el mismo sitio, se levantó la Torre Pelli, con 180,5 metros. Más del doble. Ni impacto ni paisaje. Nada. Cuestión de quién firma el cheque político, no de estética. 

Bofill murió en 2022 sin haber levantado un solo ladrillo en la ciudad que decía adorar. Como curiosidad tampoco puso ninguno en Florencia, su otra pasión.



El proyecto que pudo cambiar el Guadalquivir

El Guadalquivir ha sido durante siglos la razón de ser de Sevilla y, sin embargo, durante buena parte del siglo XX la ciudad terminó convirtiéndolo en una especie de trasera urbana. El río estaba ahí, pero Sevilla parecía empeñada en vivir de espaldas a él.

Bofill proponía justo lo contrario: hacer del agua un elemento central de la ciudad. Y aquello, visto desde hoy, tiene mucho de oportunidad perdida, mientras otras capitales europeas descubrían sus frentes marítimos y fluviales.

La propuesta se enmarcaba en esa Sevilla de finales de los ochenta, que cambiaba a una velocidad desconocida: se preparaba la Expo de 1992, se transformaban las infraestructuras, se abrían nuevas avenidas, se recuperaban espacios urbanos.

En ese contexto, una operación como Marina de Sevilla tenía todo el sentido: No se trataba de poner unos barcos en el río: se trataba de crear ciudad alrededor del río.

Bofill aportaba, además, una arquitectura reconocible, monumental y escenográfica, muy característica de su producción de aquellos años. Una arquitectura pensada para construir lugares y convertir una operación inmobiliaria en una pieza urbana con ambición.

Y quizá ahí estaba el problema: Sevilla podía aceptar una actuación rutinaria, pero le costaba mucho más aceptar una que pretendiera cambiar las reglas.

La eterna Sevilla del «ya veremos»

Las ciudades no pierden oportunidades solo por falta de dinero. También las pierden por falta de voluntad, y Sevilla ha tenido históricamente un problema con eso.

Existe aquí una especie de tradición administrativa que consiste en no cerrar nunca del todo una puerta, pero tampoco abrirla por completo: se estudia, se informa, se crea una comisión, se encarga un proyecto, se modifica, se discute la competencia, se discute la titularidad, se discute el impacto… y cuando todo está suficientemente discutido, ya ha pasado el momento.

Con Marina de Sevilla ocurrió algo parecido. La propuesta necesitaba decisión política, coordinación entre administraciones y confianza en el futuro. Y eso es justo lo que tantas veces le ha faltado a esta ciudad: atrevimiento.

¿Y si se hubiera hecho?

Esta es la pregunta que queda: ¿qué habría pasado si aquella marina hubiese salido adelante?

Quizá hoy tendríamos un frente fluvial completamente distinto. 

Quizá el Guadalquivir sería uno de los grandes espacios de ocio de la ciudad.

Quizá existiría una cultura náutica mucho más desarrollada, con nuevos hoteles, restaurantes, viviendas y espacios públicos.

No podemos saberlo, pero sí podemos mirar otras ciudades que sí apostaron por sus frentes fluviales y comprobar que, cuando existe una estrategia urbana sostenida durante décadas, este tipo de operaciones pueden transformar por completo la imagen de una ciudad.

Sevilla tuvo el río. Tuvo la oportunidad. Tuvo un arquitecto de prestigio. Tuvo el impulso irrepetible de la Expo. Y, aun así, no fue capaz de aprovecharlo.

El problema no era Bofill: el problema era Sevilla

Es fácil hoy mirar aquellas perspectivas y pensar que el proyecto era demasiado monumental o demasiado ligado a una manera concreta de entender la arquitectura de finales del siglo XX. Puede ser, pero ese no es el asunto.

El asunto es que una ciudad que nunca se atreve a equivocarse tampoco puede aspirar a acertar. Sevilla ha confundido demasiadas veces prudencia con inmovilismo: tenemos un río extraordinario y llevamos décadas discutiendo qué hacer con él; tenemos una historia urbana excepcional y a menudo la usamos como excusa para no construir una ciudad contemporánea a su altura.

La Sevilla que pudo ser

Quizá por eso merece la pena recordar Marina de Sevilla

No tanto para reclamar hoy exactamente aquella arquitectura de Bofill, sino para recordar que hubo un momento en que alguien imaginó una Sevilla abierta al agua: capaz de atraer actividad económica y turística alrededor del río, sin miedo a incorporar arquitectura contemporánea, y sin esperar a que fueran otros quienes tomaran la iniciativa.

Aquella marina no llegó. El proyecto quedó en el camino, como tantos otros que alguna vez prometieron una ciudad diferente. Y aquí seguimos: mirando el río, fotografiándolo, hablando de su potencial, esperando.

Porque quizá esa sea una de las grandes paradojas de Sevilla: tenemos uno de los ríos más importantes de Europa atravesando la ciudad y todavía seguimos preguntándonos qué hacer con él.

Ricardo Bofill tuvo una respuesta. Sevilla tuvo la oportunidad de escucharla. Y decidió, una vez más, dejarla para otro día.

¿Y el río, treinta y pico años después?

Pues miren, no todo es lamento. El río sí cambió, y para bien, aunque no gracias a canales venecianos ni a hoteles de cinco estrellas. 

Tenemos los puentes de la Expo, que siguen siendo de lo poco que esta ciudad hizo bien y a tiempo. Tenemos un carril bici y un paseo fluvial que los sevillanos usamos religiosamente para correr media hora y sentirnos mejor persona. Tenemos cruceros turísticos que enseñan la Torre del Oro a extranjeros que no saben que ahí enfrente iba a haber una marina con muelle privado.

Pero lo que no tenemos es esa pieza de ciudad ambiciosa, ese “trocito de vanguardia” del que hablaba Bofill. Lo que tenemos, en su lugar, es la nostalgia de lo que pudo ser Los Remedios si alguien hubiera tenido el pulso de sostener el proyecto más allá de la firma de un convenio y una rueda de prensa. 

Y tenemos, para más inri, la reedición del mismo sueño en 2015 con otro nombre —Park Arena— que corrió exactamente la misma suerte que su antecesor: cero.

Así que estimado lector, como dicen en cierta serie de Netflix a la que servidor no termina de cogerle el punto, la próxima vez que cruces el puente de Triana y mires hacia Los Remedios, imagina por un segundo las góndolas, el hotel Juan Carlos I, las terrazas junto al canal. Después mira lo que hay de verdad. Bienvenido a Sevillanadas, donde la arqueología urbanística es deporte de riesgo.


📌 ¿Te interesa la Sevilla que pudo ser?

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