Pero los años pasan, uno crece y, de repente, aparecen palomas por todos lados: en el barrio, en las plazas, estatuas, farolas, semáforos… en todos los rincones posibles. De pájaro idílico, pasa a ser un elemento habitual de las calles; es cuando te das cuenta de que no todas las palomas son blancas, que también las hay grises... e incluso negras.
Y todo se dispara cuando llega la hora de comprarse un coche, que es cuando pasan a convertirse en un serio problema para la carrocería del mismo y por ende, para la economía personal… Y ya sabemos lo que pasa cuando se toca el bolsillo (y mas en tiempos de crisis)
Uno empieza a idear métodos y estrategias para combatir y prevenir los efectos nocivos de los excrementos de estas otrora simpáticas aves convertidas ahora en molestos enemigos; y entonces te das cuenta que a tu alrededor hay dispuesta toda una maquinaria de guerra a gran escala para luchar contra estos animales a los que alguien que no las amaría mucho precisamente (supongo que tendría un coche bastante grande y caro) denominó alguna vez “ratas del aire”.
Desde particulares a instituciones públicas, la guerra a la paloma está absolutamente extendida por toda la ciudad con un despliegue de medidas, en muchas ocasiones, bastante curiosas.
De esta forma, es habitual ver en los balcones y terrazas de muchas calles sevillanas una gran variedad de objetos en los que los vecinos han encomendado sus esperanzas de ahuyentar estos pájaros; objetos que van desde simples bolsas de basura atadas en las barandas a los tradicionales y coloridos molinillos de papel, pasando por utensilios tecnológicos de última generación en desuso, esto es, cedés estropeados colgados de cuerdas, que por cierto suelen ser mas eficientes que bolsas y molinillos (no es que sople mucho el viento en nuestra ciudad como para hacer girar el artilugio) aunque resulten menos vistosos.
Sin embargo, el mayor derroche de medios lo tenemos sobre todo a nivel público: estos abarcan desde soluciones naturales, que suelen ser los verdaderamente nocivos para estas aves, como el control de su población, o lo que es lo mismo, eliminarlas para que no sean muchas; hasta la genial idea de introducir una colonia de primillas en el entorno de la Catedral, que, si bien al principio mantuvo a raya la colonia de palomas de la zona centro, al extenderse por la ciudad está causando verdaderos estrago entre los canarios y demás pájaros domésticos que viven en terrazas y azoteas (¿para qué cansarse volando detrás de un pájaro cuando puedo coger otro que está dentro de una jaula?)
Pero son las medidas puestas para proteger monumentos y estatuas las que llaman realmente la atención, sobre todo la colocación de pinchos y alambres de punta para evitar que los pájaros se posen y hagan sus nidos.
El resultado es que podemos ver iglesias absolutamente blindadas a los pájaros como la iglesia de San Lorenzo, donde no se salva ni siquiera la cruz que remata la puerta de entrada al templo. Cornisas, hornacinas, pináculos… un espantapájaros gótico-mudéjar en toda regla.
Algo más ridículas han quedado algunas estatuas que también han sido “impregnadas” de estas soluciones anti-palomas, especialmente la de Daóiz en la Plaza de la Gavidia y la de San Fernando en la Plaza Nueva; los pinchos en punta, que desde lejos apenas se aprecian, dan lugar a imágenes insólitas (y por qué no decirlo, algo “cutres”) cuando nos acercamos: de esta forma la espada del héroe de la Guerra de la Independencia se transforma en un rastrillo mientras su popular pie aumenta varios centímetros con los alambres.
Y no le va a la zaga San Fernando, ya que en la estatua del Santo Rey no se salvan ni el caballo (con las extensiones metálicas de sus crines), ni Ramón Bonifaz y demás prohombres ilustres que bordean el monumento. De blandir una espada para conquistar Sevilla a aguantar un pincho para espantar palomas… a veces la historia no solo no pone a uno en su sitio, sino que encima parece que se ríe de él….
Pero en muchas ocasiones estos esfuerzos son en balde, ya que las palomas parece que se adaptan a todo tipo de medios y situaciones, en fin, son supervivientes natas.
Ya la dijo Charles Darwin cuando hablaba de la selección natural:
“aquellos miembros (de una especie) con características
mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente”
Así pues, aunque haya habido entre la población de palomas alguna que otra baja en esta guerra sin cuartel contra el ser humano y sus circunstancias, poco a poco hay especimenes que se están adaptando a la vida entre pinchos y saliendo adelante, para desdicha de los que tengan que sufrirlas.
Como muestra esta familia de palomas que, en plan fakir, conviven con alambres de punta como si tal cosa en uno de los ventanucos de la planta alta de una tienda de zapatos en la calle Córdoba.
Ni los pinchos, ni la cercana colonia de cernícalos que habita en los altos de la Iglesia del Salvador, ni el continuo bullicio de gente en una de las calles mas transitadas de la ciudad, ni siquiera la espantosa visión de las cercanas farolas sensibles de la Plaza de la Alfalfa parecen haber inmutado a esta familia palomil a la hora de elegir un lugar donde plantar su nido. Cualquier sitio es bueno para echar raíces, mas aún inmersos como estamos en esta crisis inmobiliaria, que parece que ha llegado hasta para las palomas.














