Se encuentra esta plaza en pleno corazón de la vieja Aljama sevillana, rodeada por edificios rehabilitados que dejan entrever entre sus ahora modernas trazas las huellas de un pasado señorial, y custodiada por dos conventos, las Mercedarias y las Salesas, que multiplican aún mas si cabe el aire tranquilo y silencioso imperante en el barrio (quién sabe si quedó callado para siempre tras los terribles sucesos que en 1391 acabaron con la vida de la mayoría de sus moradores…)
Haciendo un repaso rápido a la historia del lugar, estuvo originalmente a la sombra de la iglesia que daba nombre a la collación, San Bartolomé el Viejo; pero el traslado del tempo a su actual ubicación motivó que en el solar vacante establecieran sus casas los marqueses de Villanueva del Fresno, que a su vez dejaron paso a finales del siglo XIX a las Salesas para que se recluyeran tras la magnífica fachada de ladrillo visto que desde entonces cierra sus aposentos conventuales. De milagro, porque en los albores de la Guerra Civil un incendio estuvo a punto de acabar con el edificio, del que apenas se salvaron algunos enseres.
Lo mismo sucedió con San José de las Mercedarias Descalzas, que da nombre a la plaza a la vez que la colmata por el lado opuesto; este convento, de mas antigüedad (databa de 1625) y mayor riqueza artística, sufrió aún mas los estragos incendiarios de la guerra fratricida, salvando apenas la iglesia y el claustro de las llamas que ese 18 de julio consumieron casi todo su patrimonio, lo que obligó a que la comunidad religiosa se trasladara al convento de Santa Inés, de donde volvieron mas tarde para fundar en una de las dependencias que habían quedado arruinadas tras el incendio el Colegio de las Mercedarias, en 1966.
Entre ambos conventos se sitúa por tanto la plaza, como buscando amparo y resguardo del mundanal ruido que reina en la ciudad simplemente con alejarnos unas pocas calles. Aunque su origen es bastante antiguo, las dimensiones con las que hoy día la conocemos las adquiere al anexionar algunas dependencias del convento de las Mercedarias tras el dichoso incendio que antes mencionamos. Toma por tanto esa característica forma de L al crecer hasta la calle Levíes y abrazar por tanto las casas conventuales en todo su flanco sureste, hoy ocupado por el Colegio.
Como se dijo antes, no es que sea precisamente una de los rincones mas bellos de la ciudad; al contrario, es una de las muchas plazas históricas que tras recibir una reciente remodelación ha sido despojada de toda su esencia y personalidad, de forma que lo mismo podría estar situada en San Bartolomé o en Rochelambert.
Flanqueada por naranjos de escaso tamaño y con el gris desnudo y desolador que le proporcionan las baldosas añadidas después de las obras, solo un elemento distintivo marca las huellas del pasado que atesora la plaza, un elemento que señala la su personalidad, que deja claro que estamos en el barrio de San Bartolomé y no en cualquier otro lugar de la capital hispalense: el viejo crucero de forja sobre una columna de mármol blanco que preside el entorno.
Este tipo de hitos abundaban en la ciudad hasta hace relativamente poco tiempo, ya que lo mismo servían para marcar los límites de las collaciones, que para señalar la presencia de un camposanto intramuros como para simplemente dar un toque de atención “espiritual” a los caminantes. Por desgracia, hoy día quedan solo unos pocos ejemplos (y menos en su ubicación original) diseminados en algunos puntos de la ciudad, como el que estamos tratando en esta entrada.
O mas bien el que intuimos que existía, ya que en la actualidad sólo tenemos un poste de hierro mutilado y retorcido con tanta saña que da hasta miedo… y vergüenza.
Lo recurrente es criticar a los organismos o instituciones que permiten que esa imagen pueda darse, pero ya me cansa tanta historia de competencias y responsabilidades. En esta ocasión me gustaría que la reflexión fuese más allá, a la raíz del problema.
Y es que nunca he entendido qué puede motivar a la gente a realizar acciones como ésta, a provocar este daño gratuito y egoísta. Si sirve para algo o se consigue a cambio alguna contraprestación podría intentar comprenderlo; quizás sea una moderna terapia anti-estrés o una forma de canalizar las frustraciones personales que no está al alcance de mis conocimientos. Entonces me callo.
Pero supongo que todo tiene una explicación mucho mas sencilla: esta cruz está destrozada porque sí. Simple y llanamente. Alguien que un día (o una noche, vaya usted a saber…) decidió encaramarse a sus brazos, retorcerlos o arrancarlos, tampoco me importa. Alguien a quién molestaba, incordiaba o no gustaba. Alguien que de motu propio puso punto y final a su existencia porque le dio su real gana. No creo que haya más.
Solo queda esperar que ese alguien haya encontrado una distracción menos dañina o que al fin esté saciada toda su voracidad destructiva; siendo realistas es el único consuelo que nos queda a corto plazo, porque como tengamos que esperar que se restaure la cruz seguro que tardan menos tiempo en volver a salirle los brazos….




