30 de agosto de 2026

Marina de Sevilla: el puerto de lujo que Ricardo Bofill quiso construir en el Guadalquivir

El ambicioso proyecto de puerto deportivo, hotel de lujo y nueva ciudad junto al río que pudo transformar para siempre la relación de Sevilla con el Guadalquivir.

Hay ciudades que, cuando tienen delante una oportunidad, la agarran con las dos manos.... y hay otras que prefieren mirarla pasar, discutirla durante años y, finalmente, dejarla escapar. 

Perspectiva idealizada del proyecto Marina de Sevilla

Como decíamos ayer.... Sevilla pertenece demasiadas veces a este segundo grupo.

Corrían los años 80 y la ciudad vivía la locura previa a la Exposición Universal de 1992. De repente, tras siglos dándole la espalda al Guadalquivir —porque total, para qué querías un río si tenías el Betis y el Sevilla para pelearte los domingos—, alguien en el Ayuntamiento tuvo una idea revolucionaria: “oye, ¿y si recuperamos el río?”.

Y ojo, que por una vez parecía la cosa iba en serio. 

Se eliminó el famoso Tapón de Chapina, ese estrangulamiento urbanístico que llevaba décadas asfixiando la circulación del agua y del tráfico a partes iguales. 

Se incorporó la Isla de la Cartuja a la trama de la ciudad, se levantaron puentes nuevos —el de la Barqueta, el Alamillo, el de la Cartuja, el del Cristo de la Expiración— como si Sevilla hubiera descubierto de golpe que un río se cruza y no solo se contempla desde la orilla con una caña. 

Fue, hay que decirlo sin sarcasmo por una vez, uno de los pocos momentos de la historia reciente en que esta ciudad pensó a lo grande y lo ejecutó.

Ese impulso, esa fe pasajera en el futuro, es el contexto en el que nace nuestra protagonista de hoy, porque si el río se iba a abrir a la ciudad, ¿por qué no abrir también Los Remedios al río? 

Y entonces apareció sobre la mesa una propuesta que hoy resulta casi fantástica: Marina de Sevilla, un proyecto que convertiría parte del frente del río en una gran marina de carácter residencial y turístico, vinculada al Guadalquivir y firmada por uno de los arquitectos españoles más reconocidos internacionalmente, Ricardo Bofill.

No era una ocurrencia menor. Era una manera de mirar al río y preguntarse qué podía ser Sevilla si dejaba de darle la espalda.
Y, naturalmente, no se hizo.

Perspectiva idealizada del proyecto Marina de Sevilla

Una Sevilla mirando al agua

Marina de Sevilla fue uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos —y hoy más olvidados— de la Sevilla de finales del siglo XX.

La operación pretendía transformar una extensa zona junto al Guadalquivir en una nueva ciudad orientada hacia el agua. No se trataba simplemente de construir un puerto deportivo, sino de levantar un complejo capaz de reunir turismo, ocio, comercio, vivienda y actividades culturales en un mismo frente fluvial.

El proyecto contemplaba, entre otros elementos, un hotel de cinco estrellas, instalaciones náuticas, zonas residenciales, tiendas y espacios comerciales, áreas para exposiciones y actividades culturales, espacios de ocio y restauración, un muelle destinado a embarcaciones y cruceros y una compleja red de canales y espacios vinculados al río.

Un Puerto Banús a la sevillana, con perdón de Marbella

Una de sus piezas más llamativas era la utilización del viejo puente Alfonso XIII como elemento de conexión entre distintas partes de la operación.

El Puente de Hierro. Fuente ABC

Todo ello debía ocupar un espacio que hoy resulta perfectamente reconocible para cualquier sevillano.

Y sí: sobre el papel, aquello prometía cambiar radicalmente esta parte del Guadalquivir.

Sobre el papel...

Primeras ideas

La idea original estaba capitaneada por el empresario Manuel Prado y Colón de Carvajal y el espacio elegido para su ubicación era el antiguo cauce de Los Gordales, en los terrenos que hoy ocupan los clubes Náutico y Mercantil.

Es precisamente esa cercanía a la Sevilla actual lo que hace que el proyecto resulte tan fascinante. No estamos hablando de una ciudad imaginaria que habría crecido en un descampado desaparecido bajo décadas de expansión urbana.

El lugar sigue ahí: podemos recorrerlo, podemos señalarlo.... y podemos intentar imaginar qué habría ocurrido si, en lugar de lo que conocemos hoy, aquella parte del río hubiera terminado convirtiéndose en la Sevilla acuática y monumental que proponían sus promotores.

Vista Aérea de Sevilla a finales de los años 90,
con la ubicación que iba a tener Marina de Sevilla

Esta propuesta inicial incluía tiendas, un hotel de lujo, un palacio de exposiciones y conciertos, muelle privado para cruceros y —el detalle que a mí, personalmente, me rompe el corazón— usaría el viejo puente de Alfonso XIII, el puente dehierro, hoy abandonado y apedreado por el tiempo y el vandalismo, para unir los dos brazos de la marina.

Todo muy bonito, muy novedoso, muy moderno, muy... pero no se dio ningún paso más.... hasta 1989.

Y es que cuando el proyecto ya languidecía en ese limbo donde van a morir la mitad de las ideas sevillanas, alguien tuvo la ocurrencia de llamar a Ricardo Bofill para resucitarlo. Y aquí es donde la historia deja de ser un simple pelotazo inmobiliario y se convierte en tragedia con nombre propio.

Bofill y Sevilla: un amor de esos que no te devuelven las llamadas

Ricardo Bofill adoraba Sevilla, tanto que la ponía a la altura de Florencia, su otra ciudad fetiche. 

Y Sevilla, agradecida como es tantas veces con quien la quiere, sin ir más lejos lo hemos visto hace pocos días con Juan Lebrón, le correspondió con una simpática colección de portazos.  

Primero le iban a nombrar comisario general de la Expo 92.... se filtró, se anunció casi oficialmente, hasta el alcalde entregó la bandera de la Exposición con él en mente... pero el nombramiento se disolvió como un azucarillo. 

El puesto acabó en manos de un profesor de Felipe González nacido en Ceuta. Simbólico.

Como gesto de desagravio, el alcalde Manuel del Valle le encargó en 1988 la ordenación de las márgenes del río entre los puentes de Triana y las Delicias. Bofill habló de “reto histórico”, de “proyecto apasionante”. No se hizo tampoco.

Y entonces llega Marina de Sevilla, su tercer intento de dejar una huella en esta ciudad que tanto decía querer. En su cabeza, aquello iba a ser un complejo a la altura del Hotel Alfonso XIII, con un hotel de cinco estrellas que se iba a llamar Juan Carlos I y una inversión de 6.000 millones de las antiguas pesetas. Iba a crear 500 empleos estables. Iba a ser, en fin, una declaración de intenciones sobre lo que Sevilla podía llegar a ser si se lo proponía.

Pero se diluyó: sin ruido, sin polémica final, sin un titular de cierre. Simplemente, un día dejamos de hablar de ello. Así, a la sevillana: ni sí ni no, sino todo lo contrario, hasta que el silencio hace el trabajo sucio por ti.

Por si les faltaba ironía a los hados de Bofill con esta ciudad, años después, ya en 2000, le encargarían el rediseño de Puerto Triana, en el acceso oeste a la Cartuja. 

Otra vez entusiasmo, otra vez torrente de ideas... pero cometió un pecado: proponer una torre de ¡80 metros!.

Semejante locura era inviable y, por supuesto, fue vetada por "impacto visual" y enterrada en el cajón de las ideas locas y sinsentido...   

Seis años después, en el mismo sitio, se levantó la Torre Pelli, con 180,5 metros. Más del doble. Ni impacto ni paisaje. Nada. Cuestión de quién firma el cheque político, no de estética. 

Bofill murió en 2022 sin haber levantado un solo ladrillo en la ciudad que decía adorar. Como curiosidad tampoco puso ninguno en Florencia, su otra pasión.

Ricardo Bofill
¿Cómo habría cambiado Sevilla si Marina de Sevilla se hubiera construido?

El Guadalquivir ha sido durante siglos la razón de ser de Sevilla y, sin embargo, durante buena parte del siglo XX la ciudad terminó convirtiéndolo en una especie de trasera urbana. El río estaba ahí, pero Sevilla parecía empeñada en vivir de espaldas a él.

Bofill proponía justo lo contrario: hacer del agua un elemento central de la ciudad. Y aquello, visto desde hoy, tiene mucho de oportunidad perdida, mientras otras capitales europeas descubrían sus frentes marítimos y fluviales.

La propuesta se enmarcaba en esa Sevilla de finales de los ochenta, que cambiaba a una velocidad desconocida: se preparaba la Expo de 1992, se transformaban las infraestructuras, se abrían nuevas avenidas, se recuperaban espacios urbanos.

En ese contexto, una operación como Marina de Sevilla tenía todo el sentido: no se trataba de poner unos barcos en el río... se trataba de crear ciudad alrededor del río.

Bofill aportaba, además, una arquitectura reconocible, monumental y escenográfica, muy característica de su producción de aquellos años. Una arquitectura pensada para construir lugares y convertir una operación inmobiliaria en una pieza urbana con ambición.

Y quizá ahí estaba el problema: Sevilla podía aceptar una actuación rutinaria, pero le costaba mucho más aceptar una que pretendiera cambiar las reglas.

Posible recreación nocturna de
Marina de Sevilla
¿Por qué no se construyó Marina de Sevilla?

Esta es probablemente la pregunta que queda flotando: si el proyecto era tan ambicioso, si tenía inversores, arquitectos y una localización privilegiada, ¿por qué no llegó a construirse?

La respuesta no parece reducirse a una única decisión.

Marina de Sevilla era una operación enorme que necesitaba inversión, continuidad, acuerdos institucionales y una voluntad sostenida durante años. Y apareció, además, en un momento en el que Sevilla estaba concentrando una parte gigantesca de su energía política, económica y urbanística en un acontecimiento con fecha fija: la Exposición Universal de 1992.

De la misma forma que la Expo tenía que llegarMarina de Sevilla podía esperar.

Y los proyectos que pueden esperar demasiado suelen terminar convirtiéndose en otra cosa: una perspectiva, una maqueta... y finalmente el dichoso olvido.

Marina de Sevilla no parece haber tenido un gran funeral urbanístico: simplemente fue perdiendo impulso hasta que dejó de existir y sólo quedaron imágenes de la ciudad que pudo ser. Otra vez.

La eterna Sevilla del «ya veremos»

Las ciudades no pierden oportunidades solo por falta de dinero: también las pierden por falta de voluntad, y Sevilla ha tenido históricamente un problema con eso.

Existe aquí una especie de tradición administrativa que consiste en no cerrar nunca del todo una puerta, pero tampoco abrirla por completo: se estudia, se informa, se crea una comisión, se encarga un proyecto, se modifica, se discute la competencia, se discute la titularidad, se discute el impacto… y cuando todo está suficientemente discutido, ya ha pasado el momento.

Con Marina de Sevilla ocurrió algo parecido. La propuesta necesitaba decisión política, coordinación entre administraciones y confianza en el futuro. Y eso es justo lo que tantas veces le ha faltado a esta ciudad: atrevimiento.

Posible vista desde el muelle
¿Y si se hubiera hecho?

Esta es la pregunta que queda: ¿qué habría pasado si aquella marina hubiese salido adelante?

Quizá hoy tendríamos un frente fluvial completamente distinto. 

Quizá el Guadalquivir sería uno de los grandes espacios de ocio de la ciudad.

Quizá existiría una cultura náutica mucho más desarrollada, con nuevos hoteles, restaurantes, viviendas y espacios públicos.

No podemos saberlo, pero sí podemos mirar otras ciudades que sí apostaron por sus frentes fluviales y comprobar que, cuando existe una estrategia urbana sostenida durante décadas, este tipo de operaciones pueden transformar por completo la imagen de una ciudad.

Sevilla tuvo el río. Tuvo la oportunidad. Tuvo un arquitecto de prestigio. Tuvo el impulso irrepetible de la Expo. Y, aun así, no fue capaz de aprovecharlo.

El problema no era Bofill: el problema era Sevilla

Es fácil hoy mirar aquellas perspectivas y pensar que el proyecto era demasiado monumental o demasiado ligado a una manera concreta de entender la arquitectura de finales del siglo XX. Puede ser, pero ese no es el asunto.

El asunto es que una ciudad que nunca se atreve a equivocarse tampoco puede aspirar a acertar. Sevilla ha confundido demasiadas veces prudencia con inmovilismo: tenemos un río extraordinario y llevamos décadas discutiendo qué hacer con él; tenemos una historia urbana excepcional y a menudo la usamos como excusa para no construir una ciudad contemporánea a su altura.


La Sevilla que pudo ser 

Quizá por eso merece la pena recordar Marina de Sevilla

No tanto para reclamar hoy exactamente aquella arquitectura de Bofill, sino para recordar que hubo un momento en que alguien imaginó una Sevilla abierta al agua: capaz de atraer actividad económica y turística alrededor del río, sin miedo a incorporar arquitectura contemporánea, y sin esperar a que fueran otros quienes tomaran la iniciativa.

Aquella marina no llegó. El proyecto quedó en el camino, como tantos otros que alguna vez prometieron una ciudad diferente. Y aquí seguimos: mirando el río, fotografiándolo, hablando de su potencial, esperando.

Porque quizá esa sea una de las grandes paradojas de Sevilla: tenemos uno de los ríos más importantes de Europa atravesando la ciudad y todavía seguimos preguntándonos qué hacer con él.

Ricardo Bofill tuvo una respuesta. Sevilla tuvo la oportunidad de escucharla. Y decidió, una vez más, dejarla para otro día.

¿Y el río, treinta y pico años después?

Pues miren, no todo es lamento. El río sí cambió, y para bien, aunque no gracias a canales venecianos ni a hoteles de cinco estrellas. 

Tenemos los puentes de la Expo, que siguen siendo de lo poco que esta ciudad hizo bien y a tiempo. Tenemos un carril bici y un paseo fluvial que los sevillanos usamos religiosamente para correr media hora y sentirnos mejor persona. Tenemos cruceros turísticos que enseñan la Torre del Oro a extranjeros que no saben que ahí enfrente iba a haber una marina con muelle privado. 

Y tenemos un nuevo proyecto, Vera Sevilla, que también está en Los Remedios, también aspira a transformar una gran pieza urbana junto al río, también mezcla arquitectura contemporánea, hotel, ocio, comercio, espacios de trabajo y nuevas zonas públicas y también promete, en el fondo, vivir un poco más de cara al Guadalquivir.... 

Perspectivas de Vera Sevilla.
Fuente: Proyectar. Arquitectura y construcción

Pero hay una diferencia fundamental: Marina de Sevilla pertenecía a Sevilla, no a los turistas.

No es esa pieza de ciudad ambiciosa, ese “trocito de vanguardia” que pudo soñar Bofill, ese nuevo motor que la ciudad pudo tener si alguien hubiera tenido el pulso de sostener el proyecto más allá de la firma de un convenio y una rueda de prensa. 

Así que estimado lector, como dicen en cierta serie de Netflix a la que servidor no termina de cogerle el punto, la próxima vez que cruces el puente de Triana y mires hacia Los Remedios, imagina por un segundo las góndolas, el hotel Juan Carlos I, las terrazas junto al canal. Después mira lo que hay de verdad. Bienvenido a Sevillanadas, donde la arqueología urbanística es deporte de riesgo.


23 de marzo de 2014

La tragedia de ser Mimo en Sevilla


Ser mimo en Sevilla es, posiblemente, una de las profesiones más duras que existen.
Y es que debe ser difícil, muy difícil, permanecer inmóvil, impasible, estático, mientras infinidad de colores, sensaciones, olores, sonidos… mientras la vida misma, en definitiva, fluye a tu alrededor como torrente de agua pura sin mirar atrás.

mimos de Sevilla


El mimo es una isla que pone algo de calma en esa mar revuelta y bulliciosa que conforman las calles de Sevilla.
Todo es desorden y caos más allá del cestito de mimbre donde se amontonan las pocas monedas que dan sentido a estos hombres de purpurina gris.
A su alrededor, se abren y cierran las puertas automáticas de los centros comerciales de Tetuán, se alternan el rojo con el verde en el semáforo de Alemanes y los veladores de la Avenida pasan del cafelito a la cerveza y de ésta al gin tonic.
Mientras tanto, el mimo permanece quieto, silencioso, brazo erguido, cabeza en escorzo y postura imposible, cultivando el arte de la paciencia en un mundo impaciente, ajeno al lenguaje de las miradas, a las sonrisas de los niños, a la luz… y, sobre todo, ajeno al tiempo.

Mimos de Sevilla


Esto último es lo más fascinante de estas estatuas humanas, y a la vez su mayor tragedia: el secreto indescifrable que les permite permanecer anclados en el tiempo, en un instante preciso, en un intervalo concreto de la eternidad, mientras todo sigue su curso.
Porque nadie sabe como controla un mimo el tiempo, en qué se basa y menos aún en qué lo miden: en minutos, en segundos, en suspiros, en miradas, en vuelos de golondrina
Aunque, realmente, ¿a quién le importa? ¿para qué saberlo? Solo lograríamos que se perdiera la magia, que se deshiciera el hechizo que los mantiene fuera de nuestro mundo impersonal y convulso, que los aleja de ser un granito más de arena en el inmenso desierto de lo cotidiano.
Por eso prefiero ser egoísta, cómplice de su tragedia, y permanecer feliz en mi ignorancia, sorprendiéndome cada vez que los encuentro dando forma a las calles de Sevilla
Es lo mínimo que se puede hacer por respeto al que, quizás, sea el trabajo más difícil del mundo.


16 de marzo de 2014

Nieva en Sevilla (II)

Ahora sí, nieva en Sevilla.
No hace falta buscar postales añejas de hace sesenta años ni revolver en los polvorientos anaqueles de la memoria para ver la ciudad cubierta de un manto blanco: todos los años, en cuanto Marzo mayea, las calles se llenan de pétalos de azahar, como queriendo ocultar los últimos estertores de un Invierno moribundo que llega a su fin.
Y así, caen cientos, miles… infinitos copos inmaculados que, desprendidos de las ramas de los naranjos, pregonan la Primavera que está por llegar bajo un cielo azul turquesa.

Azahar

Nieva en Sevilla.
Nieva a los pies del crucero centenario de la plaza de Santa Marta, donde dicen que se escuchan los latidos de la Giralda cuando el silencio gobierna.
Nieva en los patios de Pío XII, entremezclándose el aroma del azahar con el olor a puchero recién hecho que escapa por los ventanales de las cocinas.
Nievan pétalos de nácar claro, imitando la luz de la Luna cuando cae la noche sobre el horizonte eterno de la calle Castilla.
Nieve inmaculada y limpia, como el rincón del alma donde se escribe el primer beso de un amor nacido al arrullo de la fuente de la plaza de doña Elvira.

Sí, no hay duda: nieva en Sevilla, ciudad soñada, para que vuelva a ser niña por Primavera.

Nieva en Sevilla


2 de marzo de 2014

Un Beso para la Ciudad Dormida

De la ciudad dormida, muy pronto, sólo quedará la noche.
Como liberada de un mágico hechizo, de una ensoñación finita y caduca, Sevilla irá despertando en los días que están por venir poco a poco, muy lentamente, casi sin que nos demos cuenta.
Así, abrirá los ojos clavando sus pupilas en el infinito azul del firmamento; se mirará en el Río como si fuera un espejo de plata; despertará, uno tras otro hasta cinco veces, todos sus sentidos; y, sobre todo, volverá a la Vida

Sevilla, ciudad dormida

Tampoco es que hubiera estado muerta los gélidos meses que ahora quedan atrás. Ni mucho menos. 
Ya lo decía Manuel Ferrand: a Sevilla el frío le sienta de maravilla.
La ciudad se torna durante ese tiempo mustia, silenciosa, quieta; es invadida por una belleza melancólica, como la princesa encantada de un cuento de hadas que espera el beso mágico de un príncipe azul que le devuelva la alegría.
Y ese príncipe azul, ese beso, es la Primavera.

Sevilla en Primavera

Es un beso que entremezcla el olor espontáneo del azahar con el humo bendecido del incienso; un beso que esboza fugaces siluetas de vencejos entre las cornisas de las estrechas calles del barrio de San Vicente; un beso que llena de claveles y gitanillas los maceteros de los balcones de la calle Feria.
Es un beso amarillo albero y ceniza; que suena a racheo acompasado de sandalias de costaleros; que se emociona al escuchar el llanto de una guitarra junto a los muros milenarios del Callejón del Agua
Es un beso pausado, lento, cadencioso, como contagiado de esa Luz que, al llegar el ocaso, trata de ocultarse cada día un poco mas tarde tras las azoteas y tendederos de Triana para no dar paso a las sombras de la noche.

Un beso que, en definitiva, abrirá al Sol un camino entre las nubes y los fríos del invierno para dar sentido a la Vida, para dar sentido al Tiempo y, por supuesto, dar sentido a la Eternidad.
Así fue, así ha sido, y así será siempre en Sevilla
Por los siglos de los siglos.

Turris Fortissima


23 de febrero de 2014

La calle Génova hace 100 años

En la Sevilla de antaño la Avenida de la Constitución, simplemente, no existía. 
Una sucesión de calles, todas diferentes en amplitud, tamaño e incluso orientación, hacían que fuera imposible llegar en línea recta desde el Arquillo del Ayuntamiento hasta la Puerta de Jerez.
Realmente esto no suponía ningún problema: así había sido siempre y así podría seguir siendo incluso hoy. Pero el sevillano, novelero por antonomasia, suele tener un cierto puntillo esnobista que le lleva a imitar las últimas tendencias, lo que se está haciendo en otros lugares, por encima de todas las cosas, a veces incluso de su propia esencia…. 
Y como el último grito urbanístico desde que el tándem Haussman-Napoleón III arrasara el París histórico para construir el prototipo de ciudad moderna eran las grandes Avenidas, Sevilla se subió al carro y proyectó su propia Gran Vía.

Al principio estas aspiraciones eran casi una quimera, etéreos castillos en el aire levantados por ilusos soñadores, pero con el paso de las décadas la idea fue tomando forma y, con el dinero de la Exposición Iberoamericana, al fin pudo llevarse a cabo.
Con la piqueta en plan estelar, se ensanchó donde había que ensanchar, se derribó donde había que derribar, se alineó donde había que alinear… y la Avenida pasó a ser una realidad en una de las transformaciones urbanísticas estelares de la historia de la ciudad.
Eso sí, el precio fue caro: manzanas de casas, el Colegio de Santo Tomás o la antigua Universidad de Santa María quedaron sepultadas bajo la que desde entonces será nueva arteria principal de la ciudad, contándose entre las “víctimas” la protagonista del paseo centenario que recrearemos en esta entrada: la calle Génova.

Avenida de la Constitución
La Avenida en 1922: ha terminado el ensanche
de la calle Génova - Imagen: Génova Café-Bar

2 de febrero de 2014

El Costurero de la Reina y los Jardines de los Montpensier

Al hablar del Costurero de la Reina me gusta imaginar a una muchacha bellísima y delicada, cualquiera diría que nacida en los pinceles del mismísimo Murillo, que asoma enamorada a las almenillas dentadas de este romántico pabellón.
La mirada la tendría perdida en el horizonte, más allá de la Dehesa de Tablada, en ese punto exacto donde el Río se convierte en una simple línea que se funde con el azul infinito del Cielo.
Sus pensamientos están mucho más cerca, a escasos metros, entre las blancas columnas del templete de la Isleta de los Patos, el estanque donde su amado, el rey Alfonso, le juró amor eterno con el canto de los jilgueros que despedían al Sol antes de ocultarse tras los tejados alfareros de Triana por testigo. 

Y es que la belleza atrae a la belleza, eso es incuestionable.
Sólo así se entiende que la voz popular haya convertido a María de las Mercedes, “princesita hermosa” que primero enamoró a los sevillanos, después a un Rey, más tarde a todo un país y finalmente a la Historia, en Reina de un Costurero que parece sacado de un cuento de hadas, aunque en realidad ni siquiera llegó a conocerlo. 

María de las Mercedes
El Costurero de la Reina

19 de enero de 2014

El Día de los Guardainfantes Rotos



En la España del Siglo de Oro, donde el honor y la rectitud moral se contaban entre sus principales valores, tener un hijo ilegítimo podía llegar a ser una deshonra no sólo para la futura madre, sino para la familia al completo.
Por ello cuando llegaba un embarazo no deseado había que hacer todo lo posible por disimularlo, que pasara desapercibido y, una vez la criatura estuviera en el mundo, deshacerse de ella de la forma más discreta posible. 
Así, de la noche a la mañana, muchachas jóvenes que apenas habían empezado a vivir emprendían extraños viajes de los que no regresaban en una larga temporada, contraían enfermedades que durante nueve meses les impedían ver la luz del Sol o, en el mejor de los casos, hacían sus apariciones en público siempre ataviadas con una prenda bastante popular entre las féminas de la época: el guardainfante

Condesa de Monterrey
La condesa de Monterrey posa orgullosa para
Carreño de Miranda luciendo su guardainfante

12 de enero de 2014

La Cruz del Gran Catarro


La plaza de Doña Teresa Henríquez es la niña mimada del barrio de San Vicente.
Como una delicada flor nacida en pleno invierno, a su alrededor todos parecen conjurados para protegerla y preservar su belleza, manteniéndola lo más alejada posible de las leyes de los hombres que, a escasos metros, colapsan calles, oficinas, centros comerciales y lo que se tercie.
Así, los gruesos muros de la iglesia de San Vicente la evaden del mundanal ruido y demás vorágine del afuera, dando forma a una paz tranquila y silenciosa que sólo rompe muy de vez en cuando el tañir de alguna campana marcando las horas o el vuelo furtivo de los vencejos que se adentran calle abajo camino del barrio de San Lorenzo.
Para evitar las inclemencias que puedan venir del cielo está la bóveda verde conformada por las ramas de los naranjos que en dos hileras se alargan por su perímetro, entre las que juguetean los rayos del Sol durante el día para dibujar sombras caprichosas en el suelo de baldosas en espina de pez.
También escapa del tiempo la recoleta plazuela desde hace siglos, bastantes, los que lleva encomendada a un sobrio crucero blanco sobre peana de fuste que le da cierto aire atemporal, ingrávido, se podía decir incluso que la acerca a la Eternidad, aunque realmente esa Cruz recuerde un triste suceso que sacudió la Sevilla del XVI: el Gran Catarro.

Gran Catarro en Sevilla

21 de diciembre de 2013

Montpensier, el Rey Naranjero


Había estallado el escándalo.
Media Sevilla se llevaba las manos a la cabeza, estupefacta e incapaz de reaccionar; la otra media, simplemente, reía a carcajadas, sonoras carcajadas, sonrojantes carcajadas…
Que si era un usurero, un miserable, un avaricioso… de todo menos bonito, el “pitido” de los oídos de don Antonio de Orleans, duque de Montpensier, debía escucharse desde la dehesa de Tablada hasta el campanario del monasterio de San Jerónimo por lo menos.
Críticas desaforadas, menosprecios, detracciones… y, sobre todo, la guasa sevillana, la irremediable guasa sevillana que en juicio sumarísimo dictaba sentencia: había nacido el “Rey Naranjero”

Yo soy el Rey Naranjero
de las huertas de Sevilla,
quise atrapar un sillón
y me quedé sin silla.

15 de diciembre de 2013

Mutadid, el Señor del Jardín de las Cabezas Cortadas


Luz de los ojos y alegría del alma,
es un Jardín que ofrece sus cabezas como fruto.
Que Dios te ayude, oh bien encaminado en tus afanes
que has cosechado esas cabezas de tales semilleros.
Nunca antes vi desolación hermosa
cuya visión horrible fuera agradable compañía.


Con estos versos, normalmente algo bello y delicado, se ensalza uno de los lugares más tétricos y siniestros que ha tenido Sevilla en toda su historia, si no el que más.
Un lugar que, curiosamente, era un Jardín, sólo que entre el colorido de las flores y el murmullo de las fuentes se mezclaban cráneos de príncipes y grandes guerreros andalusíes clavados en picas.
Para colmo, el poema ofrece otra singularidad más, y es que fue escrito por el propio dueño del Jardín: Al-Mutadid Bi-llá, “el que busca la ayuda de Dios, segundo rey abadí de Sevilla, que orgulloso de su obra deseaba que se recordara eternamente.

Mutadid
En el Patio de la Reina del Alcázar de Sevilla 
Ernst Karl Eugen Körner

9 de diciembre de 2013

De Sierpes al Pópulo: la Cárcel Real de Sevilla


Las puertas de la Cárcel Real de Sevilla se abrieron por última vez el 3 de Julio de 1837 para asombro de muchos, que no terminaban de creerlo. 
Y es que eran tantos los años, décadas, siglos… que la ciudad llevaba demandando, casi suplicando, el cierre del viejo presidio situado a la entrada de la calle Sierpes desde la Plaza de San Francisco, que cuando al fin llegó la hora nadie daba crédito.
No es de extrañar por tanto la gran cantidad de curiosos arremolinada alrededor del trayecto que seguirían los más de 500 presos camino de la nueva prisión del Pópulo, un antiguo convento agustino desamortizado meses atrás que se situaba en pleno barrio de la Cestería, entre la Puerta de Triana y el Puente de Barcas

Cárcel del Pópulo
Detalle de un grabado de 1726 donde se representa Sevilla.
En el recuadro rojo, el convento del Pópulo

30 de noviembre de 2013

Luces para la Navidad de 2014

Un año más, la Luz no faltó a su cita con la Navidad sevillana.
Campanas, flores, copos de nieve, estrellas de cientos de formas y colores distintos harán que las noches sea más cortas y menos frías durante las próximas semanas y, sobre todo, dibujarán una sonrisa en la cara de los más pequeños. 
Sólo por eso merece la pena.

Luces de la Navidad 2014
Avenida de la Constitución

25 de noviembre de 2013

Biruji

Es lo primero que me vino a la cabeza al salir hoy a la calle: 

- Vaya biruji...

Inconscientemente, el frío había rescatado de mis recuerdos una de esas viejas expresiones que poco a poco estamos relegando al ingrato baúl de las palabras en desuso, aunque muchas veces sean mágicas.
Porque biruji es una palabra mágica.

Biruji te transporta a la niñez.
Biruji suena a mesa-camilla en casa de la abuela, a merienda en sofá de eskay con bocata de mantequilla y onza de chocolate. De fondo, el la-la-lá de Espinete y el tran-tran de la mecedora.
Biruji es lo que te tenía los fines de semana encerrado en casa, moqueando y viendo por la ventana a los amigos jugando a la lima en el barro que habían dejado los charcos.
Biruji es el helicóptero de Tulipán, un chándal gris de Roscolina y Electroduendes dando saltos en un Telefunken con tapas imitación madera.
Biruji es volver a vivir y por eso nunca debería perderse, nunca.
Aunque sea incómodo y nos hiele hasta los huesos; aunque las calles estén desiertas antes de las seis de la tarde y una monótona melancolía se haya adueñado de nuestros jardines hasta la próxima Primavera.
No tiene culpa de eso el biruji, ni siquiera el Invierno... al contrario, es lo bonito de estar vivo.

Bocata de mantequilla con chocolate

1 de noviembre de 2013

Estampas sevillanas de Don Juan Tenorio


Y llegó Noviembre, el mes de don Juan Tenorio.
El amor y la muerte se dan la mano en las calles de Sevilla bajo la figura del burlador, un tipo blasfemo, sarcástico, pendenciero, truhán, mujeriego… y uno de los personajes mas conocidos de la ciudad cuya figura ha trascendido todo tipo de fronteras, épocas y estilos.
En esta entrada repasaremos las estampas sevillanas de don Juan, esos rincones donde autores tan variados en el tiempo, disciplinas y nacionalidades como Tirso de Molina, José Zorrilla, Mozart, Moliere, Lord Byron o Merimeè situaron las andanzas de este fascinante personaje.

Plaza de los Refinadores

29 de septiembre de 2013

Cabeza del Rey don Pedro: Cruce de Leyendas


Cabeza del Rey don Pedro es uno de los pocos rincones mágicos que aún quedan en Sevilla.
Historia y tradición se dan la mano en este cruce de caminos que recibe su nombre de una leyenda protagonizada por Pedro I, un rey tan sevillano que unos lo llamaban el Cruel y otros el Justiciero.
De ambos apodos hizo gala el controvertido monarca en esta calle ya que, en un alarde de lo primero, mató a sangre fría a un caballero durante una de sus famosas escapadas nocturnas.
Para merecer lo segundo, simplemente, hizo cumplir la ley colocando la cabeza del asesino en el lugar donde se había cometido el crimen.
Sólo que claro, al ser él mismo, lo que se puso fue su propio busto tallado en piedra; una versión “sui géneris” de las leyes castellanas… para algo era el Rey.

Cabeza del Rey don Pedro

4 de septiembre de 2013

¿Dónde están los grillos?


Otro verano más, he vuelto a echar en falta el canto del grillo, ese monótono y constante “cri, cri” que los atardeceres de estío hacía acto de presencia al poco de ponerse el Sol.
Vale que son asustadizos, nocturnos, siempre ocultos entre las hendiduras del suelo, en alguna maceta recién regada o en las briznas de césped de los jardines, pero también es verdad que noche tras noche, verano tras verano, nunca faltaban a su cita con la luna.
Y ahora no los escucho…

Atardecer en la Plaza de España

1 de septiembre de 2013

En la Pradera de la Plata. Itimad y Al Mutamid (I)


Aunque mucho más tarde de lo esperado, al fin Al Mutamid pudo escapar del Alcázar.No es que huyera de sus quehaceres y obligaciones; al contrario, más bien había decidido tomarse algo de tiempo libre para despejar mente e ideas, que falta le hacía.
Eran tantos los frentes abiertos en su poderoso Reino, los amigos con que enemistarse y los enemigos con que conciliarse, que dar un paseo era sin duda el mejor servicio que en ese momento podía prestar a Sevilla.

La Recepción
La Recepción - John Lewis

24 de agosto de 2013

Kristina, la triste princesa de la jaula dorada


Llegaba desde la lejana y fría Noruega
Atrás habían quedado las saladas aguas de los fiordos, la lluvia monótona e incansable, los interminables bosques siempre verdes, los eternos atardeceres estivales y los dibujos que en el firmamento dejaba plasmada la aurora boreal.

Kristina de Noruega
Corte de Alfonso X, el rey Sabio
Imagen: Wikipedia

28 de julio de 2013

La Cruz de Bécquer


Cuando yo tenía catorce o quince años y mi alma estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta […] y todos mis cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades y los poetas, que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado de espadañas y laureles, ¡cuántos días, absorto en la contemplación de mis sueños de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me protegían con su sombra, daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas!
Yo soñaba entonces […] que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en todas magníficas, y en aquel mismo punto donde iba tantas veces a oir el suave murmullo de sus ondas. 
Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.

Gustavo Adolfo Bécquer, "Desde mi celda, Carta 3" 


Gustavo Adolfo Bécquer

23 de julio de 2013

Tradiciones Sevillanas: la Rosa o al Poyetón


Parece ser que antaño no estaba muy bien vista la soltería.
Nuestros mayores consideraban poco menos que una desgracia no contraer matrimonio y ver pasar la vida sin otra compañía que la soledad, si acaso algún gato o un jilguerillo cantarín. 
Para evitarlo, las muchachas (sobre todo) recurrían a todo tipo de tretas y artimañas con el fin de conseguir ese ansiado marido que estaría a su lado en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza... o donde hiciera falta. Al menos sobre el papel. 

José García Ramos
Cortejo Español - José García Ramos (1885)
Museo Carmen Thyssen de Málaga