13 de noviembre de 2008

Sevillanadas en Diario de Sevilla

Hoy Jueves este blog de Sevillanadas tiene el inmenso placer de pasear por las páginas de Diario de Sevilla.

Si el pasado mes de Julio me pusisteis voz gracias a Punto Radio, en la edición de hoy de Diario de Sevilla podréis poner cara y nombre a un servidor.

Pasión por Sevilla en la Blogosfera

Aunque sea ya algo repetitivo, os vuelvo a dar las gracias a todos porque sin vuestra participación esto no sería posible: tanto a los que siempre estáis al pié del cañón (incluso en semanas como ésta en que apenas puedo dedicarle tiempo a este noble arte de bloguear); como a todos aquellos que aunque con sus paseos anónimos dejan una huella silenciosa de su estancia también son parte fundamental e imprescindible de estas páginas; como a todos los medios que con gestos como éste o programas como la Radio de los Blogueros apoyan y difunden estos espacios que con tanta dedicación, trabajo y, sobre todo, cariño, hacen que este mundillo sea cada vez mas amplio e importante.

Y por supuesto, gracias a Francisco García Paños y a Diario de Sevilla por acordarse de este rincón de internet.

4 de noviembre de 2008

La Avenida de la Constitución, 2ª Parte - Cinco calles para un solo camino

El 22 de Diciembre de 1248 atravesaba la Puerta de Jerez el cadí Axataf, último señor de la Sevilla musulmana, para hacer entrega de las llaves de la ciudad a Fernando III de Castilla.

Se ponía fin al plazo de un mes impuesto a la población árabe para que evacuara la ciudad una vez firmadas las capitulaciones de la misma; igualmente se acababan cerca de 15 meses de duro y sufrido asedio y, sobre todo, se marcaba el punto y final a más de 500 años de dominio musulmán a orillas del Guadalquivir. Sevilla pasaba una nueva página a su historia.

El Pendón Real entraba triunfal en la ciudad y recorría las mismas calles que siglos antes habían inspirado los versos de Al-Mutamid y donde se habían plasmado los sueños almohades de acortar el camino hacia el cielo mediante la torre mas alta del mundo hasta entonces conocido.

Tal y como estaba estipulado por las leyes y costumbres castellanas, el Santo Rey Fernando, canonizado en 1671 por el papa Clemente X, repartía la ciudad y alrededores entre todos aquellos que habían participado en la Reconquista de la misma, ya fueran caballeros, nobles, gremios o miembros de comunidades extranjeras.

Sevilla había quedado desierta y sólo un pequeño grupo musulmán y otro algo mas nutrido de judíos se mantuvo en ella, aunque confinados en zonas bastante concretas. El resto de la ciudad era prácticamente un folio en blanco sobre el que se dibujaron las trazas de la nueva urbe cristiana.

Comenzaba una nueva etapa en la ya dilatada historia de la ciudad y, por qué no decirlo, nacía una nueva Sevilla, con todo lo que esto significaba….

Lo que hoy conocemos como Avenida de la Constitución no era ni siquiera imaginable en estos tiempos del Santo Rey. Como se dijo en la entrega anterior, tan sólo el primer tramo desde la actual Plaza de San Francisco hasta la Puerta de San Miguel era mas o menos asemejable a lo que vemos en la actualidad.

El resto de la vía, esto es, desde la Puerta de San Miguel hasta la de Jerez, era como ya se dijo y aún hoy podemos adivinar por los vestigios que quedan visibles, todo un rompecabezas de lienzos de muralla y palacios musulmanes que daban una imagen bastante compleja del entorno.

Pero vayamos por partes; en la Repartición de la ciudad efectuada por San Fernando a los genoveses (uno de los grupos que habían colaborado en el asedio a la ciudad) les corresponde un enclave privilegiado desde el que podrían potenciar y desarrollar sus intereses comerciales. Junto a la Alcaicería Mayor y muy cerca del Puerto de la ciudad, los súbditos de la república italiana son ubicados en una de las calles más importantes de la recién conquistada capital hispalense, cediéndoles Alfonso X el Sabio, hijo y sucesor del rey Santo, una vieja mezquita musulmana para que en ella “labrasen sus palacios”.

Debido a la importancia adquirida por las actividades comerciales y mercantiles de los italianos, la calle pasó a llamarse calle de los Genoveses o de Génova. Esta calle era bastante mas estrecha a como la conocemos en la actualidad, ya que las casas de la acera opuesta al actual Banco de España avanzaban varios metros hacia el interior de la Avenida, situación que fue corregida con la demolición y alineación de la calle en siglos posteriores hasta su forma actual.

La casa o sede de los genoveses estaba situada en la esquina de la Plaza de San Francisco, donde hoy día se encuentra el Banco de España, y estuvo en pie hasta la época del asistente José Manuel Arjona, que ordenó su demolición a principios del siglo XIX para edificar en su lugar un edificio porticado mas acorde con la arquitectura de la zona en ese momento.

El segundo tramo de la actual Avenida iba desde la Punta del Diamante hasta la Puerta de San Miguel de la Catedral, o lo que es lo mismo, desde el cruce de la calle Alemanes hasta el cruce con Almirantazgo, y se llamó calle Gradas.

Como ya se dijo anteriormente, salvo algunas variaciones apenas ha sufrido cambios desde la época almohade.

Si ya fue importante esta calle durante la época musulmana, con la Reconquista de la ciudad pasa a ser uno de los centros financieros y comerciales de la ciudad, sobre todo a raíz del descubrimiento de América, de tal forma que llegó a tener incluso Alguacil propio.

Debido a la intensa actividad comercial de esta calle, los mercaderes adosaban sus tiendas a la misma Catedral, aspecto que no gustaba mucho a las autoridades eclesiásticas al considerarlo una falta de respeto. Por ello, a finales del siglo XVI, se realizaron una serie de obras en la zona que consistieron básicamente en la demolición de un murete que servía de apoyo a estos comerciantes y su sustitución por la escalinata que hoy conocemos, monumentalizando aún mas el entorno con columnas traídas de los pocos edificios romanos y visigodos que aún quedaban en la ciudad.

Empezamos ya con la parte mas difícil de imaginar hoy día y, por supuesto, mas alterada con el paso de los siglos, que es el tramo hasta la Puerta de Jerez.

El final de la calle Gradas, actual cruce con Almirantazgo, era como se refirió en la entrada anterior, un lienzo de muralla en el que estaba abierto una puerta en recodo, la Puerta de San Miguel (no confundir con la aledaña puerta del mismo nombre de la Catedral, también conocida como Puerta del Nacimiento).

Del entorno apenas quedan hoy restos, pero podemos hacernos una idea de cómo era gracias a un grabado de Pedro Tortolero fechado en 1749, años antes de su demolición definitiva en Enero de 1762.

Pedro Tortolero .- Traslación del cuerpo
de San Fernando a su nueva urna en 1729

Como ya se ha explicado, el lienzo de muralla que aún podemos ver en la Plaza del Cabildo llegaba hasta la Avenida, donde giraba 90 grados en dirección a la esquina con Almirantazgo. Allí estaba situada la Torre del Aceite, que a tenor de lo que podemos ver en el grabado de Tortolero era una construcción esbelta y bastante parecida a la Torre de Abdelaziz.

Dicha torre hacía también esquina ya que la muralla de nuevo giraba en esta ocasión en dirección a la Catedral. Sobre la calle Gradas se encontraba el arquillo de San Miguel, abierto en la segunda mitad del siglo XVI y considerado el mayor de todos los arcos existentes en la ciudad, los de las Puertas incluidos, ya que podían cruzarse dos carros bajo el mismo.

Junto al mismo estaba la antigua puerta en recodo de origen musulmán, que como vemos en el grabado era una torre rectangular muy parecida a lo que queda en la actualidad de la Puerta de Córdoba. Tras la apertura del arquillo, esta torre-puerta fue ocupada por el Cabildo Eclesiástico, destinándola a cárcel de canónigos.

En el lienzo de muralla que quedaba entre el torreón y la Catedral fue también edificada una vivienda, aspecto bastante llamativo y que sirve para que nos hagamos una idea de la permisividad existente en la Sevilla de la época.

Toda esta zona se llamó el Almirantazgo ya que en época de fiestas, teniendo en cuenta que se trataba de un enclave privilegiado tanto para presenciar las procesiones de Semana Santa como del Corpus, amén de otras ceremonias de la ciudad (Tortolero por ejemplo refleja el desfile con motivo del traslado de San Fernando a su nueva tumba) era cedido por las autoridades a los Almirantes de Castilla, que la presenciaban desde las grandes balconadas que podemos ver en el grabado.

Sobre este balcón estaba situado un retablo de la Inmaculada costeado por los vecinos de la collación en 1615, pero si por algo tuvo importancia el arquillo era porque desde el mismo se accedía al Colegio de San Miguel, que estaba situado enfrente de la Catedral.

Este Colegio de San Miguel tuvo bastante importancia para la vida eclesiástica de la ciudad. Situado donde hoy se encuentra la Plaza del Cabildo, se mantuvo en pie hasta los años 70, aunque transformado en casa de vecinos y bastante degradado en su última etapa.

Primitivo Colegio de San Isidoro fundado en 1530, es refundado por el Cabildo en 1635 como Seminario, albergando también oficinas y otras dependencias de la Catedral. En este Colegio se instruían y educaban los seises, los “mozos de coro” de Diego Ortiz de Zúñiga, cuya tradición aún hoy sigue viva.

Cruzamos por fin el arquillo de San Miguel y entramos en la zona que habíamos dejado en época musulmana repleta de palacios y grandes edificios, el tramo hasta la Puerta de Jerez.

Parece ser que en los años siguientes a la Reconquista no cambia mucho el aspecto de este sector de la ciudad; de manos de las autoridades musulmanas pasa a las cristianas, que sustituyen los palacetes árabes por otros edificios de usos mas específicos como el Hospital de las Tablas, las Herrerías Reales, la Casa de la Moneda (la anterior a la que hoy conocemos) o las Atarazanas.

En la zona mas cercana a la Puerta se encontraba el Corral de Jerez, un lugar fácilmente inundable ocupado por casuchas y construcciones de poca importancia que sirvió de refugio a los últimos judíos de la ciudad antes de ser expulsados a finales del siglo XV.

Pero los cambios y transformaciones del entorno son constantes y frecuentes, de forma que prácticamente hasta mediados del siglo XVI no se alcanza una cierta “estabilidad” urbanística en la zona, la cual por cierto nada tiene que ver con lo que hoy día podemos ver.

Tres serán los edificios que marcarán la fisonomía de la zona hasta la reurbanización llevada a cabo en la segunda década del siglo XX con motivo de la Exposición Iberoamericana que por fin permitió la apertura completa de la Avenida; de hecho, como se puede comprobar en esta reoncstrucción aproximada de la zona, era totalmente imposible llegar en línea recta a la Puerta de Jerez.

Tramo Almirantazgo-Puerta de Jerez

Estos edificios son el Archivo de Indias (antigua Lonja de los Mercaderes), el Colegio de Santo Tomás y el Colegio de Maese Rodrigo o de Santa María de Jesús. En la actualidad solo quedan en pie el primero y la recoleta capilla de Santa María de Jesús.

Volvamos de nuevo al grabado de Tortolero para continuar con este paseo virtual; como se puede observar, tras el arquillo de San Miguel estaban situadas una serie de casas que obligaban de nuevo a girar en dirección a la Catedral. Sería como una prolongación de la actual calle Almirantazgo que prácticamente nos llevaría hasta el mismo muro de la Catedral para de nuevo girar hacia el Archivo de Indias.

Este tramo se llamó calle de la Lonja y llegaba hasta la actual calle Santo Tomás.

El primero de estos edificios singulares que conformaron durante siglos este privilegiado entorno es, por tanto, el Archivo de Indias, como se dijo antes antigua Lonja de los Mercaderes.

Para evitar las molestias ocasionadas al Cabildo de la ciudad por las operaciones comerciales de los mercaderes que se daban cita en las Gradas de la Catedral (ya se hizo anteriormente referencia a este tema), aspecto acentuado aún mas tras el descubrimiento de América, se llega a la determinación de construir un edificio que sea sede de dichas transacciones.

El arzobispo de la ciudad, Cristóbal de Rojas, había incluso llegado a excomulgar a algunos comerciantes y, ante lo insostenible de la situación, pide permiso a Felipe II para iniciar las obras, que comienzan en 1584 bajo la dirección de Juan de Minjares y de Alonso de Vandelvira, acabando en 1598. Para ello el rey cede las Herrerías Reales y la Casa de la Moneda (que se traslada a su ubicación actual, mas cerca del Puerto) además del Hospital de las Tablas.

Años mas tarde, bajo el reinado de Carlos III y en plena decadencia de Sevilla tras el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz, se convierte en Archivo General de Indias, uso que mantiene hasta nuestros días.

Frente al mismo se situaba el Colegio de Santo Tomás de Aquino; bajo la advocación de la orden dominica, había sido fundado por fray Diego de Deza en 1515, obteniendo en 1541 la categoría de Universidad. Tenía iglesia propia y dos patios interiores, además de una importante y selecta biblioteca.

Sus dimensiones abarcaban desde la calle Santander hasta los jardines frontales del Archivo de Indias, haciendo fachada hacia la calle Tomás de Ibarra, mientras el lateral restante estaba adosado a las casas a las que se ha hecho referencia anteriormente situadas tras el arquillo de San Miguel.

Como tantos y tantos edificios sevillanos, fue arrasado durante la ocupación francesa y finalmente demolido en 1927, no quedando hoy día resto alguno del mismo.

Pasamos ya a los últimos tramos de este paseo histórico, y es que siguiendo por esta calle de la Lonja de nuevo se nos obligaba a girar, en esta ocasión a la derecha, en la esquina del Colegio de Santo Tomás. Frente a nosotros tendríamos la muralla (o ya a finales del siglo XIX una serie de casas adosadas a la misma) que eran los restos del antiguo palacio árabe de Al-Mubarack, donde destacaba (y destaca afortunadamente) la Torre de Abdelaziz.

Esta era la llamada calle de Santo Tomás y llegaba hasta el Arco de la Plata, donde alcanzábamos por fin el último tramo antes de llegar a la Puerta de Jerez, la calle de la Universidad, que se asentaba sobre los restos del antiguo Corral de Jerez.

Flanqueada esta calle a la derecha por la Casa de la Moneda, a la izquierda se situaba el Colegio-Universidad de Santa María de Jesús, fundado por el arcediano Maese Rodrigo de Santaella en 1506.

No es que fuera el lugar ideal para un edificio de tales características, ya que la proximidad de la desembocadura del Tagarete provocaba que constantemente estuviera inundado, pero estamos ante el germen de la actual Universidad de Sevilla.

Capilla de Santa María de Jesús

En la actualidad como se ha dicho anteriormente solo está en pie la antigua Capilla universitaria, ya que el resto del edificio fue demolido en 1920, con traslado incluido de su portada al Convento de Santa Clara, donde aún permanece.

A través de dicha portada, que daba a lo que sería la Puerta de Jerez, se accedía al Colegio, el cual presentaba un gran patio central y llegaba hasta el lienzo de muralla que actualmente es visible en la calle Antonio Rodríguez Buzón, con lo que podemos hacernos una idea de su extensión. En la otra dirección abarcaba desde la calle San Gregorio hasta Joaquín Hazañas, con lo que la actual Avenida dividiría el edificio en dos partes.

Llegamos por fin a la Puerta de Jerez, terminando este recorrido por lo que hoy día es la Avenida de la Constitución, que como hemos visto hace menos de 100 años distaba mucho de la calle actual.

El traslado de la sede universitaria a la calle Laraña (actual Facultad de Bellas Artes y antigua casa-profesa de los jesuitas), el paso de los años, las nuevas necesidades de la ciudad, el ímpetu reformista y, por supuesto, la piqueta, hacen que el entorno cambie radicalmente en pocos años y las 5 calles que conectaban en zig-zag el Ayuntamiento con la Puerta de Jerez pasan a convertirse en la arteria mas importante de la ciudad, en su Avenida. Pero esa es otra historia....

27 de octubre de 2008

La Avenida de la Constitución, 1ª Parte - Orígenes y época musulmana

Las obras de peatonalización y pavimentación realizadas en los últimos años han provocado que la Avenida de la Constitución haya pasado de ser una de las principales vías de acceso al centro de la ciudad a convertirse en todo un proyecto de “Milla de Oro” para la Sevilla del siglo XXI.

Estas transformaciones han servido entre otras cosas para poner en valor el rico entorno arquitectónico de la zona y para que los sevillanos “descubran” edificios que se podría decir que hasta la fecha habían pasado prácticamente desapercibidos a los ojos de la mayoría de la población.

Sin embargo, estos cambios realizados son ínfimos comparados con las grandes transformaciones que ha tenido la Avenida a lo largo de los siglos. Grandes transformaciones en las que la ciudad, dependiendo del contexto histórico concreto en que se encontrara, ha ido adaptándola y modificando con el fin de solucionar los problemas y obstáculos que el momento demandara.

La idea principal de las próximas entradas es analizar la evolución de la Avenida desde sus inicios hasta nuestros días con el fin de realizar una valoración final sobre la conveniencia o no de tantas transformaciones y si verdaderamente la ciudad se ha beneficiado de las mismas.

Es cierto que en este largo e intenso camino a la largo de la historia se perdieron importantes edificios y auténticas joyas de la arquitectura civil sevillana; pero por otro lado se ganaron nuevos lugares, nuevos espacios y, hasta la fecha, un proyecto de Gran Vía en la que, aunque ahora mismo poco menos que podamos tomarnos un café o comprar un disco, es de suponer (y de esperar) que en los próximos años se producirá una proliferación de comercios y establecimientos que la convertirán en uno de los ejes principales de la vida social hispalense.


Curiosamente la actual Avenida de la Constitución quedaba en su totalidad fuera del recinto amurallado de la antigua Híspalis romana. Digo curiosamente porque a pesar de que hoy se asocia con el centro de la ciudad, durante bastantes siglos ni siquiera estuvo dentro de ésta.

De hecho su tramo inicial estaba ocupado por uno de los dos brazos del Guadalquivir que atravesaban Sevilla, concretamente el que llegaba hasta la calle García de Vinuesa, antigua calle de la Mar, donde se unía definitivamente al río después de dejar una laguna en la actual Alameda de Hércules y otra en la zona de Molviedro.

Eso explicaría que en las obras del Metro efectuadas en 1975 en la Plaza Nueva aparecieran los restos de un barco o, ya remontándonos en el tiempo, que donde hoy se encuentra el Ayuntamiento estuviera hasta el siglo XVI la antigua Lonja de la ciudad.

Durante las siguientes centurias la zona apenas experimenta variaciones: el continuismo visigótico junto al papel secundario jugado en la época califal provoca que durante cerca de mil años Sevilla esté constreñida dentro de unas murallas que no solo eran un obstáculo a su crecimiento, sino que habían quedado tan anticuadas que apenas tenían utilidad, como se encargaron de demostrar los vikingos cuando en los años 844 y 859 saquearon e incendiaron la ciudad.

El ocaso del califato de Córdoba y la creación del reino taifa de los abbadíes primero junto a la llegada de los almorávides después significaron una nueva etapa de esplendor para Isbilya, que se terminó de consolidar en época almohade como la cabeza visible de al-Andalus, lo que supuso un grandísimo desarrollo en todas sus facetas, incluida la urbanística.

Hasta esta época la zona de la Avenida había seguido estando extramuros, existiendo incluso un cementerio en el tramo que va de la Plaza Nueva hasta la Punta del Diamante (la antigua calle Génova), como se encargaron de demostrar las excavaciones realizadas con motivo de las recientes obras del Metrocentro, que sacaron a la luz cerca de 80 tumbas musulmanas. Este cementerio estaba a las afueras de la llamada Puerta de los Alfareros, que estaría situada por los alrededores aunque no se sabe con exactitud su emplazamiento.

Son por tanto los almorávides los que, en vista de que la vieja ciudad heredada de los romanos se había quedado pequeña y con el fin ampliarla y convertirla en la capital de sus extensas posesiones, llevan a cabo la ampliación del cinturón de murallas y por consiguiente de la misma Isbilya.

Aumentar el perímetro amurallado de una ciudad era algo así como hacer en la actualidad un Plan Urbanístico, ya que establecía los nuevos límites de la misma y definía el uso que deberían tener las nuevas zonas anexionadas al exterior. La ampliación almorávide dibujó el contorno de Sevilla hasta el siglo XIX, con lo que podemos hacernos una idea de la importancia que tuvo.

De la Avenida de la Constitución (o lo que actualmente conocemos con ese nombre) tan sólo el sector comprendido entre la Plaza de San Francisco y la calle Almirantazgo pasa a incorporarse a la nueva ciudad, continuando el resto (el tramo que hoy continuaría hasta la Puerta de Jerez) extramuros durante algunos años.

Y es que si bien el perímetro de la muralla había quedado perfectamente definido en el resto de la ciudad, en este sector no termina de estar tan claro debido a las muchas ampliaciones y modificaciones que se producen en el entorno.

La construcción de la nueva Mezquita Mayor en 1172, dado que la antigua de Ibn Adabas (actual Iglesia del Salvador) se había quedado pequeña, junto a las continuas ampliaciones del Alcázar y los nuevos palacios que se construyen en este sector aún extramuros crean un complejo entramado de murallas y cercas de los que aún hoy quedan vestigios como la Torre de Abdelaziz o la Puerta de la Plata.

La Puerta de la Plata

Pero vayamos por partes; los ataques vikingos de finales del siglo IX, a los que ya se hizo antes referencia, además de destruir la ciudad por dos veces dejaron bastante impresionada a la población. Teniendo en cuenta que la primera visión que tenían de la ciudad los guerreros normandos cuando remontaban el río era precisamente este sector, Abd-al-Rahman III, califa cordobés, establece una Alcazaba (cuartel fortificado) en la zona donde hoy se encuentra el Patio de Banderas, cuyas murallas aún son visibles en la calle Romero Murube y en la Plaza de la Alianza.

Esta Alcazaba es el germen del actual Alcázar, el Dar-Al-Imara, lugar donde vivía el gobernador de la ciudad, y se construyó sobre una serie de edificaciones de origen visigodo entre las que destacaba la Ermita de San Vicente Mártir, considerado primer templo cristiano de la ciudad.

El florecimiento que experimenta Isbilya una vez finiquitado el califato e instaurado el Reino Taifa de los abbadíes tiene bastante repercusión en el sector, ya que los reyes de esta dinastía, especialmente Al-Mutamid, comienzan a embellecerlo con palacios y nuevas zonas residenciales.

El Alcázar de la Bendición (Al Mubarak) es quizás el mas renombrado de estas residencias reales; en la actualidad solo queda la entrada al mismo, el conocido Arco de la Plata. Otros edificios de menos envergadura pero igualmente importantes como los palacios de Al-Zahi, Al-Tay o Al-Turaya se esparcen por el sector, que se convierte sin duda en la zona residencial mas importante de la Isbilya musulmana, aunque quedaba fuera del recinto amurallado.

Y es que en un principio la ampliación de la ciudad que efectúan los almorávides no llegaba hasta la Puerta de Jerez: proveniente de la Puerta del Arenal, la muralla hacía un giro de cerca de 90 grados antes de llegar al Postigo del Aceite en dirección a la actual Puerta de San Miguel de la Catedral, en esa época Mezquita Mayor. Aún quedan restos de ese lienzo en la Plaza del Cabildo.

Al fondo, el lienzo de muralla de la Plaza del Cabildo

Una vez llegada la muralla a la Avenida, giraba de nuevo otros 90 grados hasta la actual esquina de la calle Almirantazgo, donde estaba la Torre del Aceite, cuya cimentación se encuentra en la actualidad en el sótano del edificio que ocupa su lugar.

En esa torre la muralla de nuevo giraba 90 grados en dirección a la Catedral y atravesaba la Avenida a través de la llamada Puerta de San Miguel, uno de los nuevos accesos a la ciudad.

En principio la de San Miguel era una puerta en recodo, como la mayoría de las existentes en la Sevilla musulmana, pero con el tiempo se anuló esa entrada y se creó un arco de tal anchura que incluso permitía pasar a la vez a dos coches de caballo, aunque ese tema será referido mas adelante.

Siguiendo con la muralla, ésta adquiría gran importancia al atravesar la Mezquita Mayor, donde coincidía con el muro de la qibla. Dice la tradición que la imagen de la Virgen de la Antigua fue pintada al fresco por los cristianos sobre este muro sagrado islámico una vez conquistada la ciudad. En la actualidad el perfil del muro está diferenciado del resto mediante un pavimento de granito gracias al cual nos podemos hacer una idea de su trazado.

Desde la Mezquita Mayor, enlazaba con la antigua muralla romana en la Plaza del Triunfo, continuando por la Alcazaba y enfilando hacia la antigua Borceguinería (Mateos Gago) desde donde llegaba hasta la Puerta de la Carne.

Quedaban por tanto la Alcazaba y el resto de palacios musulmanes fuera de la ciudad, aunque no duraría mucho esta situación, ya que en la primera mitad del siglo XII se ampliaría definitivamente hasta la Puerta de Jerez, marcándose de esta forma el límite Sur de la ciudad definitivamente.

Con esta ampliación se ocupaba también gran parte de la Pradera de la Plata, la Mary al Fidda, entre el Alcázar y el Tagarete, el lugar donde solía pasear la aristocracia musulmana de la época y donde, según cuenta la leyenda, Al-Mutamid conoció a Itimad, la reina alfarera que le acompañó al exilio una vez hubo perdido la ciudad a manos almorávides.

Introducir todos estos edificios dentro de la ciudad junto con sus sistemas defensivos significó que en la zona quedara un entramado de murallas y puertas bastante complejo del que aún hoy día podemos observar algunos vestigios; además de la mencionada Puerta de la Plata y de un pequeño lienzo de muralla en la calle Antonio Rodríguez Buzón, destaca la Torre de Abdelaziz, resto de un tramo bastante importante que comunicaba la Puerta del León del Alcázar (de hecho, la muralla aún discurre por la medianera de las viviendas de la calle Santo Tomás, a la que asoma con otro torreón) con la Torre del Oro, atravesando nuevamente lo que actualmente sería la Avenida.

Se sabe que estaba situada otra puerta por esta zona, concretamente en la esquina de Joaquín Hazañas con Santander, aunque su existencia debió ser bastante efímera.

La Torre de Abdelaziz

Quedaba por fin integrada en la ciudad todo lo que actualmente conocemos como Avenida de la Constitución, aunque su forma distara muchísimo de lo que hoy día podemos ver.

Como se dijo anteriormente, hasta la ampliación del perímetro amurallado a la Puerta de Jerez la Avenida abarcaba tan solo desde la Plaza de San Francisco, donde hemos dicho se encontraba la sede central de las Pescaderías (aunque el puerto quedaba ya bastante lejos) hasta la Puerta de San Miguel, donde, una vez franqueados los límites de la ciudad musulmana, se esparcían los edificios a los que se ha hecho referencia anteriormente; no se puede por tanto hablar de este tramo como una calle o vía propiamente dicho, simplemente porque no existía y porque, una vez incorporados estos terrenos a la ciudad, tampoco es que tuviera la calle una continuidad directa hasta la Puerta de Jerez. De hecho, esta continuidad no ha existido hasta la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando son derribadas todas las edificaciones que, como los antiguos palacios musulmanes, atravesaban la actual Avenida. Pero ese tema se tratará mas adelante.

Tenemos por tanto una vía estrecha y angosta que a partir de la esquina conocida popularmente como Punta del Diamante se ensanchaba considerablemente (casi tanto como podemos apreciar hoy en día) coincidiendo con el lateral de la Mezquita Mayor de la ciudad.

Esta diferenciación se mantuvo tras la reconquista, llamándose el primer tramo calle Génova mientras que el segundo, más ancho y cómodo, se llamaba Gradas. En esta calle estaba la Pila del Hierro, una de las fuentes mas antiguas de la ciudad que debe su nombre a que a sus pies se vivió uno de los episodios bélicos mas importantes de la toma de Sevilla, de tal magnitud que se cuenta que aún varios siglos mas tarde era fácil encontrar restos de espadas y lanzas simplemente con excavar un poco en sus alrededores. La Pila del Hierro desapareció en 1618 al construirse el Sagrario de la Catedral.

Fue ésta una de las calles mas populosas e importantes de Isbilya, llegando a ser uno de los centros económicos de la ciudad gracias a su cercanía al Puerto y a la Alcaicería de la Seda (actual calle Hernando Colón), condición que mantuvo también durante la época cristiana hasta el punto de llegar a tener su propio Alguacil de las Gradas, encargado de velar el orden y decoro de la calle, aunque para ese entonces la media luna ya había dejado de ondear sobre las almenas de la vieja Alcazaba.

19 de octubre de 2008

La Biblioteca Pública de la Calle Alfonso XII

Eran otros tiempos y otras historias.

Alfonso XII seguía siendo una calle estrecha, larga e incómoda, tremendamente incómoda; los de Lipassam seguían prodigándose con esos manguerazos que le daban siempre aspecto de estar mojada, como si una escurridiza nube hubiera descargado durante un momento para desaparecer de la misma forma en que había llegado, dejando el resto de la ciudad seca; los novios seguían esperando en la puerta de servicio del Corte Inglés que sus parejas terminaran el turno del día; los atascos se seguían produciendo cada vez que un coche mas largo de la cuenta o con un conductor de escasa pericia maniobraba para meterse en cualquiera de las callecitas que la atravesaban; la Plaza del Museo seguía a la sombra siempre bajo la atenta mirada de Murillo; de Plaza del Duque a Puerta Real y viceversa, se podría decir que el decorado seguía siendo el mismo, salvo que con otros colores, otros destinos y, sobre todo, otros calores.

Los calores de unos sitios y unos años que ya nunca volverán, para bien o para mal. El calor de Sevilla Rock, entonces cargada de vinilos y casetes a 800 pesetas en las ofertas de la planta sótano; el calor que desprendían las velas y oraciones a San Judas Tadeo que invadían la calle desde el patio de San Antonio Abad; el calor de esas tiendas y comercios con sabor a barrio que subsistían como podían en la Puerta Real bajo la amenaza del coloso del Duque; el calor de una calle que era uno de los puntos neurálgicos de la vida estudiantil de la Sevilla de entonces: la Academia Afobán, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos y, por supuesto la Biblioteca Pública, daban cuenta de ello.

Por esa época jugábamos a ser universitarios, o al menos a comportarnos como pensábamos que debían hacerlo los universitarios; mas tarde llegarían las litros en el césped del Campus y las Fiestas de la Primavera para echar por tierra nuestras teorías; pero en esos tiempos éramos felices, aunque fuera simplemente por el hecho de ser mayores, o parecerlo.

Reina Mercedes estaba bastante lejos y la antigua Fábrica de Tabacos imponía demasiado respeto, así que lo mas parecido a ese mundo de libros y estudio que anhelábamos se encontraba en el 19 de la calle Alfonso XII. Además, por qué no decirlo, la parada del 12 pillaba cerca.

Dicen que el paso de los años imprime en las imágenes que tenemos guardadas entre los recuerdos un color característico, e incluso a veces un olor. Para mi, la Biblioteca Pública era gris y sepia; un gris frío y silencioso, como la sala de espera de un hospital; un sepia claro años setenta que no desentonaría como decorado de una escena de “Cuéntame como pasó”; funcionalidad, sobriedad, simpleza, el típico edificio público de la época que lo mismo podía ser una delegación de Hacienda que un ambulatorio que una comisaría de policía, siempre cortado por el mismo patrón.

Hoy día sería impensable hacer de un edificio con esas características una Biblioteca; su escalinata de entrada, prácticamente recluida a una esquina por el acceso a la cochera que ocupaba casi toda la fachada, daba paso a una serie de salas y estancias poco iluminadas que invitaban al recogimiento y la lectura; se puede decir que una vez dentro no tenias mas remedio que meterte en faena, porque no había ninguna otra distracción ni posibilidad alguna de tenerla.

A nuestro alrededor se extendía todo un universo de estanterías, libros, revistas, diccionarios y, sobre todo, de ficheros, centenares de ficheros que no eran más que los mismos archivos que hoy día ocuparían menos de un mega del disco duro de cualquier ordenador con los datos principales y la sinopsis de cada volumen, pero que entonces no había mas remedio que almacenarlos en archivadores y carpetas para que el control de la Biblioteca fuera lo mas fácil posible. Y es que Bill Gates aún no era muy conocido, al menos por Sevilla.

El ambiente a biblioteca te envolvía por completo: los cubículos individuales de lectura y las grandes mesas de estudio, los mas de 100 tomos de la Enciclopedia Espasa, los voluminosos y siempre poco manejables Atlas de Salvat, toda suerte de libros y revistas que en la actualidad se diría que solo se pueden conseguir comprando coleccionables en los kioscos y, sobre todo, el silencio, ese silencio tan necesario y siempre reconfortante. Ese silencio que siempre era requerido con la mirada cuando alguien osaba quebrantarlo. Ese silencio que hoy, casi diez años después de su cierre, convive en esos pasillos y salas de lectura junto al vacío de las estanterías y a la soledad de un edificio tantos años abandonado tras su traslado a la Biblioteca Infanta Elena.

Soy consciente de que hoy día es prácticamente imposible que en este lugar se vuelva a albergar una Biblioteca Pública, sobre todo porque como dije antes, por funcionalidad, accesibilidad o luminosidad dista mucho de los cánones establecidos actualmente para ese tipo de edificaciones; pero al menos sirvan estas líneas como recuerdo antes de que esas 17 letras (una ya se ha caído) sean eliminadas de la fachada para siempre.

13 de octubre de 2008

La Puerta Osario: reconstrucción virtual

Inauguro una nueva sección de estas Sevillanadas en la que trataré de realizar reconstrucciones virtuales (lo mas fieles dentro de lo posible ya que no tengo tiempo ni medios como para tirar cohetes, así que se hará lo que se pueda) de espacios y lugares de la Sevilla clásica que por un motivo u otro han desaparecido para siempre.

Como no podía ser de otra forma, las antiguas puertas y murallas de la ciudad, por las que siento especial debilidad, ocuparán un lugar preferente dentro de esta serie de entradas.

Estas reconstrucciones están realizadas gracias a los datos y testimonios tanto gráficos como escritos que quedan de dichos lugares y, siempre que trate de puertas y recinto amurallado, se apoyan tanto para la ubicación como para acercarme a la escala real que tenían, en el Método de Trascripción y Restitución Planimétrica de don Ignacio Algarín Vélez.

Esta primera entrega se centra en la Puerta Osario, una de las entradas a la Sevilla antigua que si bien no destacó especialmente por su belleza y monumentalidad, fue una de las mas importantes de la ciudad hasta que el Cabildo Municipal decretara su derribo el 22 de Septiembre de 1868.

De la antigua Puerta Osario no queda en la actualidad ningún vestigio. Enclavada en el cruce de la calle Valle con Puñonrostro, el lienzo de muralla que desaparece en la calle Verónica (del que se ha tratado en la entrada de los Jardines del Valle) y el nombre de la siguiente calle por la que seguiría discurriendo la cerca, Muro de los Navarros, que ya de "muro" solo tiene el nombre por cierto, son los únicos datos en los que nos podemos apoyar para su hipotética reconstrucción.

Al no ser, como ya dije antes, una de las puertas mas vistosas y monumentales de la ciudad, tampoco quedan fotografías ni muchas imágenes de la misma, como por ejemplo tenemos de la vecina Puerta de Carmona o de la de Triana. Sólo algunos dibujos como el que aparece bajo estas líneas de Bartolomé Tovar de 1878 (diez años después de haber sido derribada la puerta) u otro de Richard Ford nos permiten hacernos una idea de cómo era la primitiva Puerta Osario antes de que la piqueta cumpliera su trabajo.

Básicamente se trataba de un arco de medio punto sobre cuyo centro estaba situada una placa que recordaba la fecha de su construcción. Flanqueada por dos torreones destinados a labores de guardia, uno de ellos tenía una escalera de caracol desde la que se accedía a la zona superior almenada de la puerta. Nada de ornamentos, nada de artificios ni de adornos, al contrario, una de las puertas mas funcionales y simples de la ciudad, a pesar de encontrarse entre los caminos que llevaban a Carmona y Córdoba.

La Puerta Osario tiene un origen mas o menos reciente si la comparamos con su vecina Puerta de Carmona. Situada extramuros de la ciudad romana, es fruto de la ampliación de la Isbilya musulmana llevada a cabo por los almorávides en el siglo XII, de la que ya se ha hablado otras veces en este blog y que señaló los límites de la ciudad hasta prácticamente finales del siglo XIX.

Conocida en tiempos de la dominación musulmana con el nombre de “Bib Alfat”, Puerta de la Victoria, ya que según se cuenta por ella entraron las tropas vencedoras de la batalla de Alarcos, sobre el origen de su nombre cristiano no está la cosa tan clara; mientras que para algunos historiadores se debe a que en sus exteriores estaba localizado un cementerio musulmán, para otros eruditos como Rodrigo Caro se debe a que en ella estuvo situado desde muy antiguo el “Unzario” o peso de la harina, que derivó mas tarde hacia “Onzario” y finalmente a su nombre actual.

Hay una anécdota que dice que bajo el arco de esta puerta se situó durante varios años el tenderete de un musulmán que se dedicó a cobrar un tributo a todos los que sacaban un cadáver para enterrarlo en el cementerio cercano. Este impuesto, llamado “almacabra”, no tenía fundamente alguno y parece ser que fue inventado por el citado señor, que seguramente recibiría su castigo una vez descubierto por las autoridades.

Como el resto del recinto amurallado de la ciudad sufrió numerosas reparaciones y reconstrucciones a lo largo de su historia; los motivos, los de siempre: el paso de los años, las crecidas del Tagarete, las necesidades de los nuevos tiempos….

En 1560 fue totalmente reedificada, al igual que muchas otras de las puertas de la ciudad, cambiando completamente su fisonomía original de puerta en recodo (como los restos que quedan de la Puerta de Córdoba) para ser una moderna puerta de acceso directo, aspecto que mantendría con algunas modificaciones hasta el siglo XIX, el último tramo de su historia.

Las Guerras Carlistas dejaron la puerta tan tocada que fue necesario derribarla y reconstruirla en 1848 gracias a un proyecto de Manuel Galiano y Balbino Marrón, en el que se fija la estructura que aparece (algo fuera de escala) en el dibujo de Tovar. Se construyen los dos torreones aledaños y se coloca una nueva placa indicando la reconstrucción de la misma bajo el reinado de Isabel II. Es esa la referencia que he tomado para la hipotética reconstrucción virtual.

Basándome en la restitución planimétrica de Algarín, posiblemente el entorno de la Puerta Osario tendría hoy día esta imagen de no haberse producido el derribo. Quizás uno de los torreones habría quedado embutido dentro de las edificaciones colindantes mientras que el arco central daría acceso hacia el centro de la ciudad a uno de los dos carriles que actualmente llegan por Puñonrostro. Es lo mismo que sucede en la Puerta de la Macarena y en el Postigo del Aceite, tomados como referencia para la escala, donde solo hay un carril de acceso. Y es que precisamente fue éste una de las excusas esgrimidas a la hora de justificar la demolición de las viejas puertas.

El final de la historia es conocido; aunque resulte paradójico, el mismo Manuel Galiano firma el 24 de Septiembre de 1868 un presupuesto para su demolición por valor de 5100 reales.

Nada podía detener el “progreso” y antes de Diciembre de ese mismo año la Puerta Osario era derribada para siempre.